EDUARDO MANOSTIJERAS. LA NEGACIÓN DEL AMOR A UN SER INFERIOR
María González
Pasada la cuesta de enero, que actualmente parece prorrogarse y eternizarse, comienza una etapa mejor, más positiva. Llega febrero, un mes para los enamorados. Las actividades dedicadas a San Valentín son numerosas, únicamente tenemos que pararnos ante un escaparate para observar que todo él está repleto de corazones rojos. Si ponemos la televisión las películas románticas, con o sin comedia, aunque sí con happy ending, invaden la parrilla.
¿Pero qué sucede con esos seres para quienes el final de su historia no termina cuando encuentran el amor, si no que ello resulta ser el detonante argumental de la catástrofe del héroe? ¿Quién no tiene en su recuerdo films en los cuales al protagonista, destinado a un fatídico final, le es negado el derecho a ser amado, al contacto humano? Personajes trágicos que, por algún tipo de defecto físico, (la nariz de Cyrano, la cara del fantasma de la ópera…), son rechazados al salirse de la norma, pues ellos, a diferencia de la Bestia, no están encantados, no tienen la posibilidad de cambiar su exterior, lo que les conducirá, por muy tiernos y nobles que sean, a un final dramático.

De todos ellos, el más tierno, cómo no, si se trata de una máquina cortadora con una galleta por corazón, es Eduardo Manostijeras (1990, Tim Burton). Un moderno monstruo de Frankenstein creado por un entrañable inventor sin descendencia, interpretado por el elegante Vincent Price en el que sería su último papel. La tragedia para la criatura comienza cuando, justo antes de concluirla y ponerle las manos, el anciano fallece dejando solo, desamparado e inacabado en su solitaria mansión de la colina, a la creación a quien consideró y educó como a un hijo, a diferencia del doctor Frankenstein, quien engendró al monstruo con el único propósito de alcanzar su propia gloria y reconocimiento en el ámbito científico.
Parece que su cambio de fortuna acontecerá cuando Peg, una representante de Avon, lo descubre y decide llevarlo a casa con su familia. Edward es acogido por todo el vecindario, sumergiéndose en el típico barrio residencial norteamericano de familias acomodadas, con sus casitas idénticas solamente diferenciadas por las variedades de tonos pastel de sus fachadas. Imagen que contrasta con la austera y elegante mansión en la que él vivía, tan única y diferente como sus moradores.

Burton realiza una crítica hacia este tipo de sociedad que habita en unos barrios en los cuales resulta complicado distinguir las viviendas, todo y todos tratan de ser iguales, de encajar, de no salir ni romper norma alguna. Pero tras cada casita unifamiliar se esconde un mundo muy diferente donde un ama de casa aburrida se divierte con el fontanero, donde la introvertida resulta ser una fanática religiosa, donde el hijo malcriado atraca la casa de sus propios padres, o donde la simpática, agradable y muy extrovertida termina siendo la mayor cotilla. Una idea repetida en películas como Las mujeres perfectas (2004, Frank Oz), o en la actual serie Mujeres desesperadas (2004-2012, Marc Cherry).
Edward, con su llegada, es quien convierte en únicos y diferentes a los vecinos, con originales, personalizados e imposibles cortes de pelo que realiza a las mujeres y perros, distinguiendo cada parcela, y todo el barrio en sí, entre el resto del mundo, al hacer de sus jardines un zoo de setos. Transformando ese pequeño mundo con su desbordante imaginación y creatividad.
Pero los humanos, seres volubles y materialistas, cambian de opinión hacia él, tras ser acusado de un robo y de “atacar” a los dos hijos de Peg, siendo todo ello una serie de desafortunados accidentes.

La tragedia final comienza cuando Edward logra el amor de su amada, Kim, la hija de Peg. Este hecho que en los cuentos de hadas en los que el príncipe encantado al lograr el beso de amor verdadero, consigue romper el hechizo, hallando para sí el ansiado final feliz, no les sucede a los “monstruos”. Para ellos el cariño o contacto humano les está vedado.
Su destino es la eterna soledad. Una creación que posee mayor humanidad que los propios hombres y que es un ejemplo a seguir por sus valores y ternura, no tiene cabida en un mundo donde egoísmo e interés son los reyes.

EDWARD SCISSORHANDS. THE DENIAL OF LOVE TO A LOWER BEING
María González.
Past January, wich nowadays seems longest till eternity, starts a better time, more possitive. February is coming, a month for lovers. The activities dedicated to St Valentine are numerous. You only have to stop at a showcase and look that is full of red paper hearts. When you turn on the television romantic films are everywhere, with or without a comedy, but all of them with happy ending. But what happen to characters without a happy ending, these ones wich stories do not end when they find love? Who does not remember a film with an avoided love or human contact to a tragic hero?
Freak characters, with physical defects (Cyrano’s nose, the phantoms of the opera face...), are rejected by society for not following the rules because they -not like the Beast-, aren’t charmed, they haven’t the possibility to change their appearance, and it drives them to a dramatic ending.

The most tender of them, obvious knowing that we are talking about a machine cutting biscuit, is Edward scissorshands (1990, Tim Burton). He is a modern Frankenstein monster created by a lovely inventor with no descendant (played by the elegant Vincent Price in his last interpretation). The tragedy of the creature starts when, before ending and giving him his hands, the old man dies, leaving Edward alone, helpless and incomplete in his lonely mansion of the hill, a creation who he educated and considered as his son; unlike the Dr. Frankenstein, he did not create a monster only to achieve scientific recognition.
It seems that his luck changes when Peg, an Avon worker, finds and decides to take him home with her family. Edward was accepted by the neighborhood, finding his place in the typical American middle-class residential neighborhood, with identical houses only distinguishable by the different colors of the facades. Image that contrasted with the austere and elegant mansion in wich he lived, as unique and different as its inhabitants.

Burton makes a criticism towards this type of society tha is found in a few neighborhoods where is difficult to distinguish the homes, everything and everyone try to be equal, not out of any standard. But behind every single-family house lies a different world where a bored housewife has fun with the plumber, where the introverted turns out to be a religious fanatic, where the spoiled son steals in the house of his own parents, or where the nice, pleasant and outgoing is the greatest gossip. An idea repeated in films as The Stepford wives (2004, Frank Oz) or in the current series Desperate Housewives (2004-2012, Marc Cherry).
Edward, with his arrival makes unique and different neighbors, with personalized and impossible haircuts that makes to the women and dogs. Distinguishing each plot and the neighborhood between the rest of the world to become a zoo of edges its gardens, he transforms this small world with his overflowing imagination and creativity.
But human, fickle and materialistic, change of opinion towards him when is falsely accused of a robbery and attacking the children of Peg.

The final tragedy begins when Edward gets the love of his beloved, Kim, the daughter of Peg. This fact that fairy tales where the charmed prince to achieve love kiss, breaks the spell finding the desired happy ending for himself, this not happens to “monsters”. For them the affection or human contact is forbidden.
His destiny is eternal solitude. A creationtha has more humanity that own men, and is an example to be followed by his values and tenderness, he has no place in a world where selfishness and interest are the Kings.

¡OH! PARÍS. CIUDAD ARQUETIPO AUDIOVISUAL
María González
La cultura audiovisual cuenta en su haber con algunas ciudades arquetípicas. Entre las más importantes se encuentra París, centro mundial referente del arte y de la cultura, título cedido tras la Segunda Guerra Mundial a Nueva York, y por el que actualmente pugnan, aunque el peso histórico de París como punto de encuentro de artistas sea mayor. Lo que es indiscutible es el tratamiento de ciudad del romanticismo que la capital ostenta. A ella remiten un gran número de historias cinematográficas para contarnos cómo encontrar el amor, o por el contrario, en otras ocasiones, cómo perderlo.
Woody Allen en su último film recurre a todos estos temas centrándolos en dicha ciudad. Midnight in Paris (2011) aúna todos estos referentes, el cómo perder y encontrar el amor en París y revisa a un buen número de artistas que se dieron cita en el lugar, desde pintores a toreros, pasando por escritores y cineastas, recurriendo a la “bajada a los infiernos” del protagonista durante la hora bruja. Allen unifica así todas las características más habituales de la ciudad en una sola película. Pero normalmente no ocurre así.

Otras veces París no es el lugar donde transcurre la acción narrada, pero sí una época anterior, una mejor, en otro momento y otro sitio diferente al actual, uno en el cual un posible final feliz sí pudo haber sido, tal como ocurre en Casablanca (1942, Michael Curtiz) Rick e Ilsa tuvieron su momento de pasión y felicidad en la capital francesa.
En una moderna versión de los cuentos de hadas Amelie (2001), una actual hada buena, encuentra el amor en París. Una preciosa y divertida historia que nos cuenta Jean-Pierre Jeunet, con un colorido brillante que potencia el tono positivo y optimista de la obra. Aunque no siempre el brillo dará la felicidad a los personajes que, en ocasiones, están destinados a un fin trágico vislumbrado desde el inicio. Esto es lo que sucede en el musical de Baz Luhrmann Moulin Rouge (2001), ambientada en el mítico y archiconocido cabaret parisino que da título a la obra, donde arte, amor, baile y música se entremezclan dando lugar a un triste romance entre una corista y un escritor. Una magistral película del director australiano que nos ha dejado para el recuerdo piezas de música tan estupendas como la versión a ritmo de tango que Mariano Mores hizo de la canción Roxanne de The Police. La película resucitó con éxito el género del musical.
La capital posee una zona que por sí misma ya es arquetípica, se trata de Versalles, construida en un inicio como pequeño palacio para la caza, siendo poco después transformado en un gran conjunto palaciego constituido para reflejar los ideales de Luis XIV con sus grandes jardines trazados por André Le Notre. Versalles se convirtió en el centro de la corte del rey ubicándose fuera de la urbe. Gracias a su importancia histórica un buen número de obras se han ambientado en este lugar. Algunas narran las conocidas aventuras de D’Artagnan y los tres mosqueteros. Una de ellas es El hombre de la máscara de hierro (1998, Dir.: Randall Wallace) donde se trata la leyenda mencionada en la novela de Dumas El vizconde de Bragelonne, de cómo el déspota rey Luis XIV fue suplantado por su hermano gemelo oculto y preso, pasando a ser conocido como el Rey Sol. Una cinta destacable por el reparo estelar de actores presente en ella. Este bello lugar también es utilizado por Sofia Coppola para su Marie Antoinette (2006). En la cinta se muestra la transformación de la joven austriaca al verse inmersa en el universo de excesos franceses y cortesanos del siglo XVIII. Todo ello encadenado a ritmo de música pop rock, rompiendo con la habitual música clásica y melódica que suele acompañar a los filmes de corte histórico. Este palacio y sus jardines son muy utilizados en el cine para la representación de obras históricas de corte regio.

Pero París… Cuando se trata de París se puede ir más allá. También la intriga, los crímenes, el misterio y los asesinatos tienen cabida. Así se presenta la inquietante Vidocq (2001) de Pitaf, en la cual se exhiben los bajos fondos parisinos, donde ni el arte, cultura, amor o cualquier tema positivo tiene lugar. Un ámbito terrorífico en el que únicamente los asesinos se mueven libremente.
Así se presenta París como referente en el audiovisual, como una ciudad polifacética, centro arquetipo del romanticismo y el arte, la ciudad de la luz que, en ocasiones, muestra su faceta más oscura ya sea en forma de thriller o de modo histórico. Sea como fuere, lo que parece ser indiscutible es que finalmente, ante todo “siempre nos quedará París”.

MARY POPPINS VUELVE POR NAVIDAD
María González
La Navidad es una de las épocas más mágicas del año y pese a su frío clima está llena de calidez, luces, campanillas y canciones. Las buenas intenciones nos rondan a todos, aunque en ocasiones pasen de largo. La Navidad es la temporada de los cuentos, de las largas noches leyendo a Dickens y, por supuesto, de las películas de Disney, entre las que no puede faltar la magnífica historia de Mary Poppins (1964, Robert Stevenson). Una de las cintas que más satisfacciones trajo a la productora, tanto público como crítica estuvieron de acuerdo, obteniendo unos bien merecidos cinco Oscar.
En el Londres de 1910, en la calle Cerezo número 17, habita la familia Banks. George, el cabeza de familia, es un rígido y conservador banquero incapaz de escuchar a nadie, sintiéndose molesto con la sola presencia de sus hijos. Cree que su verdad y conocimientos son los únicos aceptables, infravalorando continuamente a su mujer, una moderna y luchadora sufragista que tan sólo coincide con el carácter de su marido a la hora de desentenderse de sus hijos, Jane y Michael, quienes lo único que buscan es la aceptación y cariño de su padre. Aburridos ante las insulsas y rígidas niñeras demandan por carta a una muy especial. A la llamada y para solucionar esta situación, volando desde el cielo con el viento del este, acude Mary Poppins, perfecta en todo lo que hace.

La institutriz mágica de Disney está basada en una serie de libros de título homónimo escritos por Pamela Lyndon Travers (1899-1996). El personaje de Mary, interpretado por Julie Andrews, se englobaría dentro de la tipología de hada buena, siendo un personaje sobrenatural y benefactor con la misión de proteger y ayudar a quienes la necesiten, Jane y Michael Banks en este caso. Mary, a lo largo de una semana, adentrará a unos niños que viven en una casa carente de imaginación y con rígidas normas, en diferentes aventuras mágicas, siempre acompañada de su buen amigo Bert (Dick Van Dyke).
Como marca de la casa en la factoría Disney son muy habituales los personajes de animales humanizados, como el emblemático ratón Mickey, lo cual en el mundo mágico de la niñera no podía faltar. Así imagen real y dibujos animados se mezclan cuando los cuatro (la niñera, su amigo y los dos niños) se introducen en un cuadro. Solo en ese universo paralelo, al otro lado de la pintura, las tortugas, los pingüinos y el zorro hablan y son entendidos por todos los seres humanos.

En el mundo real la habilidad de comunicarse con animales no dibujados es algo exclusivo de Mary, quien mantiene una conversación con Angus, un pequeño terrier, y con un pájaro. En los cuentos escritos como en los cinematográficos el don de la comunicación con la naturaleza únicamente la poseen personajes mágicos, en la mayor parte de las ocasiones son benefactores que vienen a solventar problemas, como Jack (Tom Cruise) en Legend (1985, Ridley Scott) o Gandalf en El Señor de los anillos (2001, Peter Jackson). Sin embargo, si la comunicación se realiza con animales tales como alimañas u otro tipo con connotaciones negativas, el personaje pasará a ser el antagonista del héroe o de cualquiera que sea positivo constituyendo un obstáculo para ellos y su fin. Algo muy común son las brujas malignas, hechiceras, que tienen como esbirros y espías a los cuervos.
Bert es el otro personaje benefactor que ayudará y acompañará a los niños en sus aventuras. Él es quien debe hacer empatizar a padres e hijos, como cuando Jane y Michael huyen del banco de su padre y, perdidos por la calles de Londres, Bert los encuentra y lleva a casa. En ese viaje físico de regreso al hogar se realiza otro psicológico en el que los dos hermanos, gracias a su amigo, comprenden la presión a la cual está sometido su padre y el porqué de su comportamiento. El deshollinador es quien los adentra en el último viaje mágico, el que realizan a través de la chimenea, dándoles una visión muy diferente de la ciudad, la que se divisa desde los tejados. Y esta es en definitiva la misión de Bert, hacer que los personajes tengan otros puntos de vista, abrir sus mentes. Como sucede cuando, de regreso de las chimeneas, le revela a George lo que le sucederá en un futuro, sus hijos crecerán, se emanciparán y él se lo habrá perdido todo.
George trabaja en un lugar en el que la alegría y la imaginación no tienen cabida, el banco y sus moradores se muestran como la antítesis al mundo de Mary. Es un espacio triste sin decoración ni colorido, el negro y el rojo son los colores dominantes, es un habitáculo sin luz, claridad ni ventanas, con una atmósfera densa, con habitantes avaros y grises, como el dueño el Sr. Dawes senior, un anciano egoísta y usurero, interpretado también por el camaleónico Dick Van Dyke.

Con la llegada de la institutriz todos los problemas de la familia se solucionan, incluso las dos cocineras son capaces de entablar amistad. Mary es la solución para todo. Tras una semana, según lo previsto, cambia el viento y debe partir para ayudar a otros niños. Tras su marcha la familia, feliz y reunida, inicia el último baile y canción del film. Sin despedirse de ella emprenden la salida al parque, como si no hubiera pasado por sus vidas, en un acto que demuestra el egoísmo que los seres carentes de magia, los humanos, poseen.

Así resulta la película de Mary Poppins, un argumento sencillo para una gran cinta repleta de imágenes memorables, como la inolvidable coreografía del baile realizado por los deshollinadores en un bosque de chimeneas londinenses. Y es que la grandeza de una película y una trama complicada no van siempre de la mano.

LA VIDA ES BELLA. GUIDO, UN PRÍNCIPE AZUL EN EL HOLOCAUSTO
María González
En el año 1998 Roberto Benigni dirige e interpreta junto a Nicoletta Braschi, su esposa en el film y en la vida real, La vida es bella, una obra que, como dice Giosuè, el narrador: “Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla, como en una fábula hay dolor y como en una fábula está llena de maravillas y felicidad”. Y así es el tono de esta magnífica obra que deja un sabor agridulce al espectador, una visión feliz, graciosa y diferente de cómo era la vida de un judío en Italia y posteriormente en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Una cinta llena de magia que obtuvo siete nominaciones a los Oscar, ganando finalmente tres: mejor película de habla no inglesa, mejor actor y mejor banda sonora.
En una pequeña localidad de la Toscana, en Arezzo en 1939, Guido, un joven judío, conoce y se enamora de Dora, la profesora del lugar. Hará todo lo posible por casarse con ella, lo cual logrará.

Ambos tienen un niño, Giosuè. Padre e hijo serán apresados y llevados a un campo de concentración. Dora, incapaz de separarse y abandonarlos, pone en peligro su vida haciendo que la detengan y así ir con ellos, aunque estén en barracones diferentes, decide seguir su misma suerte. Guido hará todo lo necesario para reunir a su familia y mantenerla a salvo. Para que el pequeño Giosuè no sepa lo que realmente sucede, le presenta el campo nazi como un concurso al que le lleva como regalo de cumpleaños, si gana obtendrá de premio un tanque de verdad.
Uno de los aspectos que resultan más interesantes en la película es su paralelismo con los cuentos de hadas y la novela caballeresca, un enfoque bastante original cuando hablamos de una narración ambientada en el Holocausto Nazi. También es peculiar el personaje de Guido, el caballero o príncipe de esta historia. Un héroe que, como en los cuentos, realizará las mayores hazañas y proezas inimaginables, pese a no ser físicamente como el príncipe de los cuentos, ya que ni es un alto y fuerte caballero ni tampoco resulta apuesto. Sin embargo, es un campeón capaz de lograr el amor de la dama y de ganar todas las grandes aventuras en las que se embarca, gracias a su carácter heroico.

Las referencias a este tipo de literatura son muy claras. Desde el inicio, la forma en que los personajes se conocen es el habitual salvamento de la dama presa en un torreón, llevado a cabo por un caballero que aparece en el momento crítico a lomos de su caballo. Dora cae de un torreón, en el que se encuentra recogiendo miel, sobre Guido, quien casualmente para el golpe al salir despedido de su coche averiado. Un salvamento a la usanza de las novelas de caballería pero adaptado al siglo XX y al tono cómico de la obra. Un paralelismo que se ve reforzado por el recurrente saludo que Guido le brinda a su amada, Dora: “Buenos días, princesa”. Y eso es para él, una princesa su amada a la que debe cortejar y otorgar su ayuda cuando sea necesario. Guido es un héroe benefactor mostrado como un príncipe azul que realizará las más grandes proezas por servir y proteger a su dama, aunque deba poner en peligro su vida. Unos actos heroicos tan grandes que ensombrecerán a su antagonista, el novio de Dora, un personaje físicamente más viril que él.
En el segundo salvamento caballeresco realizado liberta a la amada, la cual le pide auxilio, de las garras del “ogro”, su prometido. El acto lo lleva a cabo a lomos de su caballo, Robin Hood, llamado como otro personaje arquetípico salvador de gente oprimida, con esto se enaltece ante el espectador el acto heroico, subrayando la premura y necesidad del rescate, pues Dora se halla ante un matrimonio no deseado con un hombre de ideas fascistas que nada tiene que ver con ella. El caballo es un elemento sin el cual un caballero o príncipe azul no es comprendido, poseyendo en algunas ocasiones, como en este caso, nombre propio según la importancia de caballo y caballero. Este animal es quien acompaña al héroe en la consecución de su cometido, y sin el cual no lo lograría. Además, representa la pasión y la fidelidad, dos características que nunca faltarán entre Dora y Guido. En el audiovisual, también es un símbolo habitual de la libertad. Es a lomos de Robin Hood cuando ambos se unen y se liberan, uno de su trabajo y la otra de un matrimonio que sólo su madre desea.

El último acto heroico que deberá realizar Guido por servir y proteger a su familia, Dora y Giosuè, exigirá su propio sacrificio. Logra que hijo y amada sobrevivan al campo de exterminio y vuelvan a estar juntos, sin embargo, deberá pagar con su propia vida. Aunque es consciente de ello el héroe no flaquea, en ningún momento abandona ese mundo maravilloso por él inventado y embellecido para su hijo y esposa. Cuando está disfrazado de mujer y lo apresan sabe que va a morir y que Giosuè lo observa escondido, en ese instante, pese a todo, mantiene el tono cómico, su actitud bufonesca, para protegerlo.

Así es como este héroe salva a la princesa y al niño del torreón, matando al gigante y muriendo en la batalla, todo por seguir su premisa heroica de protección, todo porque su hijo pueda vivir.
“Ese es el sacrificio que hizo mi padre. Aquel fue el regalo que tenía para mi.”

VAMPIRISMO: MÁTAME SUAVEMENTE
María González
Nos gusta pasar miedo. A todos nos gusta sentir esa perturbación angustiosa que provoca en nuestro interior una descarga de adrenalina ante un riesgo cercano. Si bien sólo nos agrada cuando ese daño es imaginario, cuando nos cuentan una terrible historia de terror, o bien leemos alguna leyenda de Bécquer, o vemos desde la butaca imágenes espeluznantes que nos sobresaltan. Sólo entonces, sintiéndonos a salvo es cuando el ser humano disfruta de un buen susto.
Entre los diferentes tipos de cine de terror está el poético, el de corte gótico, leyendas y cuentos repletos de seres malvados, bestias, vampiros y hombres lobo, un imaginario que reside en bosques y montañas en los que algún personaje incauto se adentra olvidando o esperando la fatídica llegada de la noche. Como ocurre en El proyecto de la bruja de Blair, (1999, Dir. Eduardo Sánchez y Daniel Myrick).

Pero hay seres que traspasan los límites de su mundo para adentrarse en el nuestro, sin necesidad de que vayamos en busca del peligro, pues es él quien viene a nosotros. Esos seres son los vampiros y el más famoso de todos ellos posee nombre propio: Drácula. Aunque en la actualidad gracias a la literatura (Drácula, 1897, Bram Stoker), y al cine de terror gótico (Nosferatu, 1922, Murnau, Drácula, de Bram Stoker, 1992, Francis F. Coppola) casi siempre el personaje vampírico principal es un hombre, en su génesis el mito en el cual se basa eran mujeres.
Según la mitología grecorromana las lamias o lamia, devoraban o chupaban la sangre (según la versión) de sus víctimas, niños en los albores de la adolescencia. Lo que siempre permanece común en todas las versiones es su papel de asustaniños y de seductora, siendo esta combinación de mujer tipo fascinante devoradora el antecedente del vampiro y de las vampiresas.

Pero la historia de Vlad Tepes, más conocido por su leyenda como el Conde Drácula, convirtió el mito al género masculino y Bram Stoker configuró la historia literaria que le haría pasar al celuloide y pervivir en cientos de versiones, hasta tal punto que podríamos denominar al cine de vampiros como un subgénero del de terror.
La figura del vampiro ha variado en el tiempo, el hombre ha modificado su leyenda para adecuarlo a una época o una edad determinada. Sin embargo, hay características que permanecen intactas. Para él es durante la noche cuando comienza la “vida”, posee una sensual elegancia y altivez propia de su aristocrático rancio abolengo, está condenado a una vida eterna y su mordisco nocturno revela su característica más notable, la de seductor implacable e insaciable.
Dentro del género de terror es más habitual y representativo el arquetipo de romántico maligno e insaciable sexual, una fusión entre Casanova y el demonio. Es una bestia que vive en un castillo solitario y se alimenta durante la noche de jóvenes vírgenes, adentrándose en su dormitorio para morder su impoluto cuello. Como en la iconográfica representación que hizo del personaje Bela Lugosi durante tres décadas. Formando parte del imaginario colectivo su mirada hipnótica y ese porte aristocrático rematado con su capa negra y su peinado en “pico de viuda”, Drácula, 1931 de Tod Browning. Es con este film con el que las mencionadas características estéticas del personaje y su mundo quedan fijadas.
Este tipo de personaje de malvado seductor lo encarnó también en 1966 Christopher Lee en Drácula, príncipe de las tinieblas, de Terence Fisher, siendo este actor a su vez figura representativa del personaje. Unos vampiros de corte destructivo, prototipos del mal y en relación con su insaciable ansia sexual y su sed de sangre, equiparables a un tipo de demonio, un sátiro.

En 1992 Coppola lleva al personaje a la gran pantalla en Drácula, de Bram Stoker, representando una faceta más romántica del vampiro y mezclando este género con el de terror gótico. Un hombre castigado a la vida eterna por renegar de Dios por la muerte de su amada. Y aunque la sangre, la sexualidad, las bestias y alimañas continúan acompañando al personaje, aparece encarnando a un tipo más romántico y algo menos demoníaco que los anteriormente mencionados. Esta clase de vampiros en parte personifican el arquetipo de perfecto amado deseado, pese a esta faceta benefactora, debe pagar por su otro lado más oscuro, convirtiendo ese amor hacia la mortal en un imposible, estando así predestinado a un trágico final. Como sucedió con el televisivo personaje del vampiro con alma Ángel (David Boreanaz) de la serie de Joss Whedon Buffy Cazavampiros (1997-2003). Un dramático vampiro, casi siempre benefactor, castigado a un sufrimiento eterno con el que debe purgar todos sus pecados cometidos. Es una clase de personaje atormentado que tiene su antecedente en el carácter de otro mito, el rebelde y atormentado James Dean, y que sentaría la base de la personalidad del actual personaje literario y cinematográfico del vampiro Edward Cullen, creado en 2005 por Stephenie Meyer para la saga Crepúsculo.
También cercanas en el tiempo nos quedan las cintas de terror de la saga Underworld (2003, Len Wiseman), donde el mundo de los vampiros se entremezcla con el de los licántropos en una eterna batalla. Ambas especies de monstruos tienen connotaciones sexuales en sus numerosas películas y leyendas, pero mientras el vampiro es un elegante extranjero refinado y seductor, el hombre lobo es una bestia salvaje que sigue sus rudos instintos, incapaz de dominarse.
La protagonista y narradora de esta saga es una mujer, una vampiresa, que pese a mantener la habitual belleza y sensualidad del mito ya no posee otras cualidades como la de seductora implacable. Ahora representa a una nueva mujer, modificando su ancestral leyenda para adaptarla a la actualidad y así poder identificarse el espectador con el personaje.
Es una guerrera diestra en el arte de la lucha, una enamorada capaz de transgredir las normas arcaicas para salvar y proteger la vida de su amado, siguiendo estas dos premisas en todo momento, como todo buen héroe. Tampoco debe ser olvidado el tremendo sacrificio heroico y el precio que paga el protagonista de Treinta días de oscuridad, (2007, David Slade), al convertirse para proteger a los suyos.
Son estos algunos de los muchos posibles ejemplos de un universo de muertos no muertos, de vampiros que asustan y dan miedo. Un mundo terrorífico y cruel donde en unas ocasiones domina más el romanticismo y en otras más el terror, pero que al final siempre nos atrae de forma inexorable.

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