MILLENIUM III: LA REINA EN EL PALACIO DE LAS CORRIENTES DE AIRE
Lucía Tello Díaz
Título original: Luftslottet som sprängdes.
Dirección: Daniel Alfredson.
País: Suecia.
Año: 2009.
Duración: 148 min.
Género: Thriller, drama.
Interpretación: Michael Nyqvist (Mikael Blomkvist), Noomi Rapace (Lisbeth Salander), Annika Hallin (Annika), Johan Kylén (inspector Jan), Michalis Koutsogiannakis (Dragan), Per Oscarsson (Holger), Anders Ahlbom (Dr. Peter Teleborian), Lena Endre (Erika Berger), Sofia Ledarp (Malin), Tanja Lorentzon (Sonja).
Guión: Jonas Frykberg y Ulf Ryberg; basado en la novela de Stieg Larsson.
Producción: Søren Stærmose. Música: Jacob Groth.
Fotografía: Peter Mokrosinski.
Montaje: Hakan Karlsson.
Diseño de producción: Jan Olof Agren y Maria Haard.
Vestuario: Cilla Rörby.
Distribuidora: Vértigo Films.
Estreno en Suecia: 27 Noviembre 2009.
Estreno en España: 5 Marzo 2010.
El círculo se cierra para descanso de los incondicionales de Larsson (Stieg, se entiende, no su compatriota Åsa, que tanto talento y sangre está derramando por las librerías de medio mundo), y para infortunio de su propio autor. Y hablamos en términos de desgracia porque este obligado punto y final, tiene toda la apariencia de punto y coma dentro de las aspiraciones autorales, con una historia que, al igual que la tensión sexual de Miguel Ángel Lamata, en modo alguno está resuelta. Y eso que Millennium III: la reina en el palacio de las corrientes de aire, emerge con los bordes bien canteados, y con una redondez no sujeta a ningún titubeo. Todas las premisas, argumentos e incluso personajes que coleaban en las dos entregas precedentes se muestran ahora en su último estadio, pendientes del hilo de la acción de Mikael Blomkvist (Michael Nyqvist), cuyas pesquisas y arrebatos serán los únicos aliados con que cuente su incondicional hacker Lisbeth Salander (Noomi Rapace).
Menos escabrosa que las dos anteriores, la tracción de esta entrega se sitúa en un circuito mucho más psicológico que físico, a pesar de que uno de los rasgos de demarcación de la saga fuera, precisamente, el depravado y brillante retrato de una naturaleza humana corpórea, fragosa, sucia y obscena. Dándole la contrarréplica al mal ecuménicamente entendido (el mal personal, profesional, e incluso de Estado), tan sólo el tesón incombustible del periodista Blomkvist será capaz de vencer las trabas innumerables con que se encuentre Lisbeth en su camino hacia el averno entre rejas, aunque eso implique la amenaza de muerte, la persecución, la coerción y la violencia. Acusada de triple asesinato, y perseguida por un grupo clandestino compuesto por agentes secretos cuya misión es silenciar a esta incómoda testigo, el hospital será el primer escenario en esta entrega palpitante, más arrítmica que taquicárdica. Y es que esta entrega, en cualquier caso emocionante, lúcida y bien realizada (merecido reconocimiento a un realizador, Daniel Alfredson, ensombrecido por un hermano verdaderamente perspicaz), es el colofón de un proceso, y como tal resulta menos ágil y más desigual que las anteriores, quizá por la delicada responsabilidad de dar forma a la enmarañada red de conexiones argumentales que sólo Stieg Larsson podía concretar.

Con recursos del cine prototípicamente americano, como lo es un juicio como elemento medular (muy al estilo de Anatomía de un asesinato, Matar a un ruiseñor e incluso Tiempo de matar), cada una de las pruebas presentadas por la defensa irán completando el proceso de exculpación de la joven Salander, como un inmenso pliego de descargas a favor de un personaje cuya vida ha estado marcada por los atropellos contra sus libertades personales.
Fría, sublime y reveladora, destaca sobremanera la presencia de Noomi Rapace, inmensa en su diminuta delicadeza, afecta a la nicotina como a la circunspección, y sin embargo, conmovida por la proeza que tanto Blomkvist como su hermana (su embarazadísima abogada defensora), llevarán a cabo para limpiar el buen nombre de la hacker. Eso sí, no esperen grandes demostraciones afectivas, sólo la penumbra de la mirada de Salander, único iris oscuro de todo un filme azulino, será la mejor muestra de agradecimiento inmarcesible.

NINE
Lucía Tello Díaz

Dirección: Rob Marshall.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 118 min.
Género: Musical, romance.
Interpretación: Nicole Kidman (Claudia Jenssen), Kate Hudson (Stephanie), Daniel Day-Lewis (Guido Contini), Penélope Cruz (Carla), Marion Cotillard (Luisa Contini), Sophia Loren (la mamma), Judi Dench (Lilli), Fergie (Saraghina).
Guión: Michael Tolkin y Anthony Minghella; sobre el libreto de Arthur Kopit para el musical “Nine”; basado a su vez en la película “8 ½” (1963) de Federico Fellini. Producción: Marc Platt, Harvey Weinstein, John DeLuca y Rob Marshall.
Música: Andrea Guerra.
Fotografía: Dion Beebe.
Montaje: Claire Simpson y Wyatt Smith.
Diseño de producción: John Myhre.
Vestuario: Colleen Atwood.
Distribuidora: Wide Pictures y DeAplaneta.
Estreno en USA: 25 Diciembre 2009.
Estreno en España: 22 Enero 2010.
Fastuosa y magnética. Así de portentosa se presenta la ansiada adaptación contemporánea de Nine, tras su paso por las tablas de Broadway, y su deuda artística para con su primogénita versión, la cinta de Federico Fellini, Ocho y ½ (1963).
Nacida por y para impresionar, no encontramos en ella ningún detalle dejado al azar o a la mera improvisación. Con ocho semanas de extenuantes ensayos, sus protagonistas constituyen la libre recreación autobiográfica de Fellini de una manera concienzuda y sofisticada, a pesar de que resulte más tributaria de Chicago que deudora de su antecesor filme.
Esteticista y heterodoxa, la historia está enclavada en la Roma de 1965, y relata la vida de Guido Contini (Daniel Day-Lewis), un cineasta de renombre que pierde a su musa creadora a la hora de concebir su novena película. Afanoso por recuperar el autocontrol, Contini descenderá a los infiernos en una contrarreloj por idear un nuevo guión, intentando salvar la presión de los chicos de la prensa, su productor, el equipo técnico y su fulgurante diva.
Como un moderno Dante en su divina comedia, Guido perseguirá bajo las llamaradas de su incontinente tabaco un filamento que pueda guiarle en su profunda excavación hacia los recodos de su intelecto, valiéndose para ello de la inspiración que a lo largo de su existencia, han supuesto las mujeres en su vida. Con apetito carnal desordenado y fortaleza moral exigua, Guido no sólo se entregará a la pasión con su mujer Luisa (Marion Cotillard), sino con el arrebato de locura que supone su amante Carla (Penélope Cruz), así como con el cortejo de la explosiva reportera de Vogue, Stephanie (Kate Hudson).
A lo largo de la trama, descubriremos cómo se ha ido configurando el genio del realizador a golpe de musical, con unas coreografías imposibles, que no sólo vulneran toda ley gravitatoria, sino que demuestran el talento de un director, Rob Marshall, que oposita prósperamente a convertirse en el Bob Fosse de la nueva centuria. Pese a la calma con que en este “cabaret” aparecen personajes como el de Sophia Loren (cuyas coreografías se limitan a la melodiosa actividad de su voz, y ya es suficiente), destaca sobremanera la participación sonada, pese a su cortedad, de Stacy Ferguson “Fergie”, vocalista de The black eyed peas. Ataviada con un corsé rojo que deja poco lugar a la insinuación, su número “Be Italian” resulta una de las coreografías más logradas y extraordinarias de todo el filme, en un flashback rememorador de la fantasiosa femme fatale de la niñez del cineasta italiano.

Finalmente, con una Judy Dench soberbia en su papel de Liliana La Fleur, la directora de vestuario de las producciones de Guido; así como una Nicole Kidman más estrella que nunca, en su papel de intérprete-fetiche Claudia, destacando con luz propia entre las oscuras calles de una Italia nocturna, húmeda y neorrealista, tan sólo queda reseñar la valía de un hombre, el único, Day-Lewis, capaz de destacarse sobre este candoroso fondo de féminas portentosas, con un talento y una rabia increíbles, dignas sólo de los más grandes.
Con la suma de ocho Óscar en total, así como once nominaciones entre todo su elenco, pese a algunas lasitudes narrativas y elementos disonantes, es de recibo afirmar que Nine resulta admirable en todos los sentidos. Como las nueve musas de la antigüedad (Clío, musa de la historia, representada por Loren; Euterpe, de la música, por Fergie; Talía, de la comedia, por Dench; Terpsícore, de la danza, por Hudson; Melpómene, de la tragedia, ostentado por Cruz y Cotillard; Polimnia y Calíope, de la retórica y la elocuencia, encarnadas en la aspiración del guionista; y Urania, musa de la astronomía, por su gran estrella, Nicole Kidman), esta es una película inspiradora y monumental.

En definitiva, todo un festival que no sólo demuestra lo merecido que es el precio de una entrada, sino que da cuenta del ímprobo y en ocasiones ingrato trabajo de los artistas del cinema. Una industria a la que, para alivio de sus veneradores padres, a veces regresan los hijos pródigos. Inconmensurable.

AVATAR
Lucía Tello Díaz
Dirección y guión: James Cameron.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 162 min.
Género: Acción, ciencia-ficción, fantástico.
Interpretación: Sam Worthington (Jake Sully), Zoë Saldana (Neytiri), Sigourney Weaver (Dra. Grace Augustine), Michelle Rodriguez (Trudy), Giovanni Ribisi (Selfridge), Joel David Moore (Norm), C.C.H. Pounder (Mo’at), Wes Studi (Eytukan), Laz Alonso (Tsu’Tey), Stephen Lang (coronel Quaritch), Matt Gerald (Lyle). Producción: James Cameron, Jon Landau y Rae Sanchini.
Música: James Horner.
Fotografía: Mauro Fiore.
Montaje: James Cameron, John Refoua y Stephen Rivkin.
Diseño de producción: Rick Carter y Robert Stromberg.
Vestuario: Mayes C. Rubeo y Deborah Lynn Scott.
Distribuidora: Hispano Foxfilm.
Estreno mundial: 18 Diciembre 2009.
Si Merian C. Cooper y Ernsest B. Schoedsack, hubieran contado con la tecnología punta de que dispone la industria cinematográfica actualmente, a buen seguro su King Kong (1933) hubiera vivido en un lugar tan majestuoso como Pandora, la nueva Isla Calavera del siglo XXI.
James Cameron, tan conocedor como es del pulso de la taquilla, ha sabido reorientar su exitosa carrera hacia derroteros fantásticos que tienen mucho de ciencia, pero aún más de ficción. Enclavada en un entorno salvaje repleto de sauros bárbaros de aspecto prehistórico, como los habitantes de las míticas selvas de El mundo perdido (1912) de Arthur Conan Doyle y La tierra que el mundo olvidó (1918) de Edgar Rice Burroughs, Avatar nace con la transparente intención de marcar un hito en el devenir de la cinematografía mundial, eso sí, a cualquier precio. Y hacemos referencia al coste porque la que ha sido la película más cara de la historia, con un presupuesto estimado en 500 millones de dólares, hace alarde de su valía fotograma a fotograma.
En esta ocasión, el director de Terminator II y Titánic, vuelve a la carga con la historia de Jake Sully (Sam Worthington), un joven al que le es encomendada la tarea que debiera llevar a cabo su hermano gemelo, un científico que ha resultado muerto cuando se disponía a viajar a Pandora, un satélite con condiciones similares a la Tierra, a 4,4 años luz. Jake acepta la misión que le es delegada a pesar de que su profesión, la de marine, diste mucho de semejarse a la científica. Sus conocimientos en estrategia y su vinculación al Ejército, le servirán sin embargo, para ser captado por el destacamento militar apostado en Pandora, quienes le emplearán de enlace infiltrado para conocer de cerca el mundo de los Na’vi, los nativos del satélite, como paso previo a su expulsión y, llegado el caso, su exterminio.

A pesar de las reticencias de la doctora Grace Augustine (Sigourney Weaver), encargada de analizar las materias de que está compuesta Pandora, definitivamente le es asignada la misión, debiendo hacerse cargo de la dirección y manejo de un avatar, una criatura con cuerpo de Na´vi y cerebro de humano, realizado a partir del ADN de ambos seres, y que se introduce en las poblaciones indígenas para entremezclarse con ellos y conocer mejor sus costumbres.
La fortaleza que define a los aborígenes, su flexible y robusto cuerpo, unido a la autonomía del avatar que conduce Jake (ya no limitado a la silla de ruedas que debe usar con su cuerpo natural), harán que el ex marine se adapte con inaudita rapidez a su nuevo estado físico, siendo cada vez más frecuentes sus incursiones en el universo autóctono.
Cuando Neytiri, una Na´vi guerrera de rápidas reacciones y bondadoso corazón, arriesga su vida para salvar la de Jake, el amor del marine por la mujer y por la naturaleza que ésta le presenta de Pandora, le embriagarán hasta el punto de desvanecerse los perímetros que separan ambos mundos, precipitando que Jake encuentre, en definitiva, su camino y su identidad.

Con un despliegue de medios ruborizante, en que cada uno de los movimientos, planos y artilugios derrochan prodigalidad por doquier, resulta paradójica la escueta materia con que está relatada esta historia exuberante en lo visual, aunque palpablemente exigua desde el punto de vista narrativo.
A medio camino entre un nuevo John Smith de la factoría Disney y un tierno hidalgo new age al más puro estilo de Robert Pattinson, Sam Worthington es, junto con la gran Sigourney Weaver, lo más pulido de toda la cinta en materia artística.
Los efectos especiales, huelga decirlo, resultan prodigiosamente complejos, hipnóticos y extraordinarios, capaces de enganchar al público desde el primer minuto de metraje, imbuyéndolo de este penetrante universo de colorido, luz y movimiento. No obstante, esta orgía cromático-cinética, tan atractiva como cualquier agasajo sensitivo, no debe ser óbice para que se conserve la ecuanimidad, y es que Avatar resulta toda una fiesta para los sentidos, repleta de aciertos, de desmesura y de fuegos de artificio, con un trasfondo, y esto es importante, tan necesario de inocular como acertado. Sin embargo, parece que James Cameron, metódico y minucioso con escrúpulo, ha olvidado en exceso que a toda forma bella ha de acompañarle un fondo conexo y ligado, demostrando que la tecnología sin argumento resulta anodina.
En todo caso, lo que no se puede negar es la intención de este filme didáctico aunque no infantil, y vehemente aunque no adulto; y es que Avatar resulta, en definitiva, una producción realizada por y para la vista, en que el trasfondo no deja de poner en duda que los guerreros, en cualquier parte del universo, defiendan la paz, aunque así lo crean. Ojalá -pensará el realizador canadiense- que así fuera.

Los sustitutos
Francisco Trinidad
Título original: The surrogates
Dirección: Jonathan Mostow
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 88 min.
Género: Ciencia-Ficción. Acción
Guión: Michael Ferris, John D. Brancato
Música: Richard Marvin.
Fotografía: Oliver Wood
Reparto: Bruce Willis, Radha Mitchell,Ving Rhames, Rosamund Pike, Michael Cudlitz, Boris Kodjoe,Valerie Azlynn, Jack Noseworthy, Rachel Sterling,
Producción: Touchstone Pictures / Mandeville Films / Road Rebel
Estreno en España: 25 de Septiembre del 2009.
Pincha aquí para ver el trailer
“Imagina un mundo donde puedes ser quien quieras,… ir a donde quieras,… hacer lo que quieras…” No, no estáis leyendo el nuevo eslogan de un nuevo modelo de coche de alta gama. Tampoco se trata de uno de esos inestimables tesoros que son los anuncios de fragancias. Con esta frase nos invitan a adquirir una copia biónica de nosotros mismos, para que a nuestra imagen realice todas las tareas que rigen nuestra vida.
En una época indeterminada la civilización humana ha encontrado un producto que es más que Universal y útil: los sustitutos. Reproducciones robóticas de cada persona, son manejados desde la seguridad del hogar y hacen que todo sea mejor. No existen epidemias, no se producen muertes en ningún tipo de accidente, apenas existen los crímenes en esta sociedad.
Desgraciadamente para el personaje encarnado por Bruce Willis, un agente del FBI, algo deja de ser perfecto en este mundo tan estéril. De repente ocurre uno de los sucesos más graves desde que se usan los sustitutos: alguien posee un arma capaz no sólo de destruir la copia robótica de los usuarios, sino también ejecutar de manera instantánea a sus propietarios reales. Junto con su compañera en la investigación nuestro protagonista se encontrará con un oscuro propósito que involucra tanto a los creadores y distribuidores de los sustitutos como a aquellos que deciden vivir alejados de cualquiera de los sustitutos.
Uno de los productores de la cinta, Max Handelman logró hacerse con los derechos de la novela gráfica de Robert Venditti, “The Surrogates”. Convencido del tirón de la historia, se espera que próximamente se estrene la segunda parte de la película, basada en una precuela del mismo Venditti, ambientada 15 años antes de la película que hoy podemos disfrutar. Y para no perder la oportunidad de seguir haciendo caja, ya han anunciado que Venditti prepara una tercera parte narrando los sucesos que acontecerán 15 años después de su primera obra.
Pese a que posiblemente parece que te estás enfrentando a una película predecible y con un marcado carácter recaudatorio, puedes llevarte una sorpresa, y no por que se trate de una genial obra del cine, si no porque consigue engancharte en una realidad no tan alejada de nuestras vidas actuales.
Porque en realidad parece que el futuro sólo existe en las películas, como ésta, de ciencia ficción. Al fin y al cabo, como apuntó el increíble Victor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.”
Al margen de ese marco futurista, no cabe duda de que el uso de este increíble ingenio sería algo ciertamente útil para cualquiera de nosotros a día de hoy, pudiendo evitar cualquiera de los riesgos que pudiéramos sufrir. Pero evidentemente esto no quedaría ahí… ¿por qué conformarse con una copia exacta de nuestro cuerpo cuando podemos customizarlo a placer?
En un primer momento puede resultar sorprendente que todos y cada unos de los sustitutos sean simplemente perfectos, porque ya se sabe que hecho el negocio, hecha la trampa. Por supuesto estos “arreglillos” nos dejan estupefactos al poder contemplar el tupido flequillo rubio que luce el sustituto de Bruce Willis – en un intento evidente de hacerle más atractivo cuando se nos muestra su verdadero aspecto en la película – o cuando por ejemplo se descubre que una de las chicas más atractivas de una fiesta de lo más exclusivo está manejada… por un sucio esperpento masculino desde un sofá… sin palabras.

Más allá de flequillos ondeantes o travestidos obesos – o mejor dicho, transustituidos – podemos intuir una metáfora de nuestra actual situación que se plantea en esta película. Porque, ¿acaso no hemos llegado al extremo de poner nuestra vida al servicio de la tecnología? ¿Quién puede vivir a día de hoy sin un ordenador a su alcance? ¿Quién puede quejarse de algo que no sea un sistema operativo con vida propia – y con la voluntad de anular a placer todo el trabajo que hacemos-? ¿Y dónde leéis ahora mismo estas líneas? Si habéis respondido a la última pregunta que en una de las mejores webs de cine, estáis en lo cierto.

Y como siempre, al final de esta cinta te planteas que quizás no sería tan descabellado tratar de desarrollar ese sistema ideal en el que todos podamos ser atractivos, todos tengamos un aspecto impecable - ¡¡fuera esas ojeras que ya forman parte de nuestro uniforme!! - , donde todos podamos ser quienes queramos, donde no suframos accidentes, donde podamos mostrar orgullosos nuestros flequillos de un rubio antinatural, donde a Falete no le impidan el paso a los buffet libres, donde al fin y al cabo, podamos tener la vida que queramos… aunque, ¿qué nos impide tenerla ahora?

Paranormal Activity
Francisco Trinidad
Título original: Paranormal activity
Dirección: Oren Peli
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 86 min.
Género: Terror, Suspense.
Reparto: Katie Featherston, Micah Sloat, Mark Fredrichs, Ashley Palmer, Amber Armstrong.
Guión: Oren Peli
Producción: Paramount pictures
Estreno en España: 3 de Septiembre del 2009.
Pincha aquí para ver el trailer
Los milagros, como bien sabemos, sólo ocurren de vez en cuando, y en este caso la Paramount Pictures ha podido disfrutar – y rentabilizar - un gran fenómeno a nivel mundial.
Paranormal activity consigue, desde su sencillez, hacer temblar de miedo al público, consigue hacernos recordar que en el género del terror aún no está todo dicho. Una pareja de jóvenes americanos, Micah (Micah Sloat) y Katie (Katie Featherston), deciden registrar con una cámara digital y un micrófono todo lo que ocurre en su habitación mientras ellos duermen, movidos por una serie de ruidos y sucesos anómalos que viven desde hace un tiempo. Así, podemos ver día tras día qué es lo que ocurre en su casa, y lo más importante, qué harán ellos para que todo eso cese.

Siguiendo la estela de películas como El proyecto de la bruja de Blair o la saga Rec, Oren Peli nos propone adentrarnos en los pilares del terror de mano de una grabación en primera persona, introduciéndonos como un protagonista más de esta intrigante ficción.
De esta película no sólo cabe destacar el increíble éxito que acumula tanto por parte del apoyo del público, como el de la crítica; si no también las bajas cifras de su presupuesto. Se estima que la grabación de la cinta supuso un gasto de unos 15.000 dólares, mientras que su recaudación asciende a los 22 millones de dólares (15 millones de euros) en EEUU y unos 42 millones de euros a nivel mundial hasta la fecha.
Y es que este marcado carácter austero llega a extremos tales como que la casa en la que se desarrolla toda la acción es la propia casa de Oren Peli – director y guionista de la película-, en la que por cierto (y para sorpresa de muchos de los que ya hemos visto la cinta) continúa viviendo. La cinta fue grababa hace ya algo más de dos años, y tras ser presentada en diversos festivales, Paramount Pictures decidió hacerse con los derechos de la historia.
Pese a que reeditar esta película era una de las opciones que tenía la productora, se prefirió mantenerla tal y como estaba, salvo ciertas variaciones en el final. Y la verdad, el resultado es inmejorable: el hecho de contar con actores desconocidos, de una ausencia de un guión estricto en la misma – incluso, como habréis podido notar, los nombres de los protagonistas son en realidad los nombres de los propios actores-, proporciona una dimensión a la historia que marca una tendencia en los espectadores a la inclusión en la trama.

Aun así, por supuesto la película sufrió cambios en su planteamiento: desde la grabación de un final alternativo aconsejados por Steven Spielberg (cuando la cinta contaba ya con dos distintos, que por supuesto se podrán disfrutar en la próxima edición DVD de la misma), hasta la introducción de infrasonidos en ciertas partes del film para acrecentar una inconsciente tensión en el público.
Y como siempre, ¿¿qué sería de una película de terror sin unas cuantas leyendas urbanas que empujen la promoción?? Porque, lo creáis o no, hay quienes señalan que Spielberg, tras disfrutar de la misma decidió deshacerse de la película dado el impacto que le provocó al verla, incluso los hay quienes dicen que durante la grabación de la misma – que se hizo de manera intensiva durante una semana- el equipo tuvo que lidiar con ciertos sucesos que no fueron puestos allí por obra y gracia de los efectos especiales.
Al margen de estas inevitables habladurías, y de lo cómico que pueda resultar imaginarse a Spielberg corriendo en pijama de vuelta a su casa tras haber sacado la cinta con la basura, esta película consigue hacerte permanecer en una agotadora tensión con un sencillo argumento.
Sin lugar a dudas, el principal responsable del éxito de esta película, no son sólo las grabaciones nocturnas de la pareja – al margen del sinsentido de la puerta abierta de par en par de su habitación o de esas trampas de boy scout de tercera - , si no el miedo que nosotros, como público, traemos de serie. Porque el hecho de pasar del orden de 8 horas – los más afortunados – en un estado de total inconsciencia en el que somos vulnerables tanto física como mentalmente siempre nos inquietará.
Como siempre, el valor de la película lo determina el propio espectador, porque como sucede las películas que tienen un buen material se pueden ver perjudicadas por una publicidad que eleve las expectativas por encima de lo que se ofrece. No podemos atender a una campaña de marketing que la señala como “una de las películas más terroríficas de todos los tiempos”, aunque podríamos matizarla muy al estilo de Bridget Jones, como una de las… 30 películas más terroríficas de todos los tiempos. Siempre, eso sí, que te de miedo.
Pero tranquilos, siempre habrá cintas que puedan aprovecharse de este tirón, y hacernos escuchar ruidos cuando no hay nadie cerca, hacernos ver sombras cuando todo está oscuro, y en la soledad -o compañía, de nuevo en el caso de los más afortunados- de nuestra cama, preguntarnos una vez más antes de rendirnos al sueño:
¿Qué pasará mientras duermo?

Millennium II: la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
Lucía Tello Díaz
Título original: Flickan som lekte med elden.
Dirección: Daniel Alfredson.
País: Suecia.
Año: 2009.
Duración: 129 min.
Género: Thriller.
Interpretación: Michael Nyqvist (Mikael Blomkvist), Noomi Rapace (Lisbeth Salander), Annika Hallin (Annika), Per Oscarsson (Holger), Lena Endre (Erika), Peter Andersson, Sofia Ledarp (Malin), Tanja Lorentzon, Yasmine Garbi, Georgi Staykov (Alexander), Sven Ahlström.
Guión: Jonas Frykberg; basado en la novela de Stieg Larsson.
Producción: Søren Stærmose.
Música: Jacob Groth.
Fotografía: Peter Mokrosinski.
Montaje: Mattias Morheden.
Vestuario: Cilla Rörby.
Distribuidora: Vértigo Films.
Estreno en Suecia: 18 Septiembre 2009.
Estreno en España: 23 Octubre 2009.
Hace unos años, se estrenó una película que, pese a su encanto formal –muy al estilo de Jean-Pierre Jeunet-, pasó desapercibida para las taquillas españolas, La luna en la botella (2007). En ella, el escueto realizador Grojo, ponía en boca de uno de los personajes principales una sentencia curiosa, no exenta de gracia y acierto, que venía a confesar una ley tácita que ha sido vox populi hasta el momento, ésta es, que “en las películas suecas nunca hay tiros”. Dos años después, esta norma no escrita ya ha perdido su vigencia, y no porque la generalidad de los directores sigan haciendo gala de los modos de clásicos patrios como Victor Sjöström, Mauritz Stiller o el archiconocido Ingmar Bergman, sino porque el mundo ha cambiado y con él todos los ámbitos del arte, sobre todo, la literatura.
Y es aquí precisamente, en la literatura, donde se obró el milagro, y de las bucólicas y tranquilas panorámicas suecas, tan admiradas como su impecable democracia, fue a surgir el germen del criticismo, de la mano de un incombustible Stieg Larsson que demostró que, bajo la capa de pulcritud con que se escriben las postales del mundo, reposa la carcoma y la corruptela. Y a pesar de que el embrión se gestara en la matriz literaria, como siempre sucede, los padres adoptivos de esta crítica fueron a encarnarse en cine, con dos películas (de momento) nada desdeñables que cuentan con millones de adeptos y seguidores.
En esta ocasión, se nos presenta la segunda entrega de Millennium, la malograda saga del autor Larsson, que no va a poder vislumbrar más que tres volúmenes –y medio-, de los diez que tenía planeado redactar (de no haberse cruzado un drástico infarto en su camino). En La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, Larsson, o más bien el realizador Daniel Alfredson, retoma la dramática historia de la hacker Lisbeth Salander (Noomi Rapace), esta vez por aparecer sus huellas dactilares en el arma homicida hallada en la escena de un crimen escabroso. Este asesinato parece extender sus apéndices a la investigación que un periodista free-lance está llevando a cabo para la revista Millennium acerca de las redes de tráfico de mujeres en Europa. El editor jefe de la publicación, Mikael Blomkvist (Michael Nyqvist), sabe de inmediato que las imputaciones vertidas sobre su conocida y admirada amiga, responden a una maniobra más urdida contra Salander, quien no está relacionada en absoluto con el crimen. Llevado por el compromiso con la justicia, Blomkvist comienza a investigar el caso a través de distintas fuentes, que le llevan a conocer a lo más granado e infame de la sociedad sueca, al tiempo que descubre qué resortes insospechados llevan a una chica a soñar con una cerilla y un bidón de gasolina.

Con un exceso de violencia desgarradora, sucia, áspera, unos entornos desagradables y unos personajes correosos, esta película ofrece un fresco de la sociedad nada alentador. Dicho esto, y en contra de lo deducible en primera instancia, resulta reveladora la manera en que se muestra la opresión de la mujer en el mundo, como diestramente acentúa SØren Staermose, productor de la cinta.
Una rara avis dentro de la cinematografía internacional, el acierto de Millennium no pasa tanto por su incatalogable uso de la violencia y la sexualidad (en todos los sentidos descomedido, errático, incómodo e impetuoso), ni tan siquiera en el hecho de que una mujer bisexual, traumatizada, vigorosamente outsider y pese a ello vulnerable, sea la protagonista, sino que su importancia descansa incuestionablemente en el enfoque, en la viveza de los personajes, en el carácter definido y transparente de cada una de sus decisiones, y en su profunda honestidad narrativa, lo cual le debemos no tanto a Alfredson, cuanto a Larsson. Quizá no sea la mejor de las películas, y como aviso hubiéramos de advertir de lo crudo de su relato y de la insulsez de su trama –a medio camino entre la primera y la tercera, como de costumbre-; sin embargo, descubrirán en ella un universo de personajes precisos, desagradables, humanos, sin estridencias de bisturí ni profusiones plásticas. Sólo la desesperación de unas personas que han tenido la ventura o desventura de conocerse en las peores circunstancias.
Acaso no sea Millennium II como las películas que deseaba ver el personaje de Grojo, una de “buenos y malos que terminan con un beso”, aunque héroes, villanos, boxeadores y fieras, se ofrecen en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y a raudales. Recomendable, sí; pero como todo lo excesivo, en pequeñas dosis.

KATYN
Marta Montoto

Título original: Katyń.
Dirección: Andrzej Wajda.
País: Polonia.
Año: 2007.
Duración: 118 min.
Género: Drama, bélico.
Interpretación: Maja Ostaszewska (Anna), Artur Zmijewski (Andrzej), Andrzej Chyra (Jerzy), Jan Englert (general), Danuta Stenka (Róza), Pawel Malaszynski (Piotr), Magdalena Cielecka (Agnieszka), Joachim Assböck (Brunon), Stanislawa Celinska (Stasia), Sergei Garmash (Popov).
Guión: Andrzej Wajda, Wladyslaw Pasikowski y Przemylaw Nowakowski; basado en la novela de Andrzej Mularczyk.
Producción: Michal Kwiecinski.
Música: Krzystof Penderecki. Fotografía: Pawel Edelman.
Montaje: Milenia Fiedler y Rafal Listopad.
Diseño de producción: Kamil Przelecki.
Vestuario: Magdalena Biedrzycka.
Distribuidora: Karma Films.
Estreno en Polonia: 21 Septiembre 2007.
Estreno en España: 9 Octubre 2009.
Katyn es una reivindicación de la VERDAD. Así, con mayúsculas. Como película es bellísima, aunque dura. Gustará mucho a los amantes de la historia, entre los que me encuentro, y a los que disfrutan con historias con gran trasfondo psicológico y humano. A mí personalmente me recuerda mucho a la línea que últimamente se dan en ciertos directores de películas bélicas (sobre todo ambientadas en la Segunda Guerra Mundial), por reflejar el punto de vista humano de las víctimas, películas como La lista de Schindler, El Pianista o Los falsificadores.
Conservando un estilo de actuación coral, Katyn nos cuenta cómo tras la ocupación del Ejército Rojo en la Polonia oriental, el 5 de marzo de 1940, el régimen soviético tomó la decisión de ejecutar a más de 60.000 prisioneros: todos ellos funcionarios y militares del ejército polaco.
Todo gira en torno a la famosa lista de Katyn, la lista donde se nombraban a los muertos en el bosque del mismo nombre, y sus trágicas consecuencias en las vidas de los familiares de los integrantes de la lista: la mujer de un General, la familia de un Capitán, las hermanas de un ingeniero enrolado en el ejército, un ex-oficial polaco superviviente de la matanza, y venido a oficial soviético… Pequeñas historias que se entrelazan reflejando la fragilidad y a la vez, la fortaleza del ser humano en las peores circunstancias de la vida.
Y mientras los alemanes durante la ocupación en la guerra, echaban la culpa a los soviéticos de tan brutal y numeroso asesinato, y los soviéticos posteriormente se la echaron a los alemanes, cientos de miles de polacos, padres, madres, mujeres, hijos, amigos… de los mencionados funcionarios se debatían entre la vida y la muerte, intentando sobrevivir en una Polonia invadida por el hambre, la tristeza y el terror de la bota soviética; una Polonia aparentemente fría pero interiormente llena de fe y esperanza por volver a ver algún día a sus desaparecidos.
Más de medio siglo ha tardado en poder salir a la luz la verdad sobre la matanza de Katyn (y eso que hubo otras dos matanzas, de las que están aún por encontrarse las tumbas de tantos y tantos militares y funcionarios polacos), ya que hasta ahora las autoridades soviéticas habían negado la autoría de semejante crimen pasándole el balón a los nazis, falsificando documentos y pruebas pese a que la verdad es que fueron ellos los autores de tamaña atrocidad (la orden de la matanza fue nada más y nada menos que firmada por Stalin). De hecho, Andrzej Wajda, el director, estuvo años queriendo reflejar esta historia, ya que su padre fue uno de los militares asesinados y él mismo sufrió la guerra, con sólo 13 años.
Escenas como el ingeniero rezando el Rosario, el Capitán confesándose frente a un sacerdote, o rezando un Padrenuestro justo antes de ser asesinado, llaman mucho la atención, y más todavía viniendo de un país en dónde su fe católica ha sido silenciada durante años (no olvidemos que en la Polonia comunista se castigaba hasta con la muerte la profesión de fe en público); llaman la atención, digo, porque hoy en día está considerado políticamente incorrecto en ciertos países, eso de reflejar ciertas creencias en público, y menos en el mundo del celuloide... Afortunadamente hoy en día en Polonia se respira un aire de libertad de expresión y de religión, que ya hubieran deseado generaciones anteriores.
Katyn ha recibido numerosos premios de varios festivales e incluso estuvo nominada al Oscar a la mejor Película de habla no Inglesa en el año 2008. Y la verdad es que resulta una nominación muy merecida. Es de esas películas que dejan poso para reflexionar sobre el pasado y el presente, sobre el poder desmedido y fanático de las ideologías sobre los ciudadanos y, sobre todo, para reflexionar sobre los motivos por los que un ser humano podría querer matar a otro ser humano. Algo totalmente irracional e injustificado.
Que esta película sirva para concienciarnos sobre los extremismos y la manipulación de la historia: la Verdad siempre sale a la luz… ¡Afortunadamente!

ÁGORA
Lucía Tello Díaz
Dirección: Alejandro Amenábar.
País: España. Año: 2009.
Duración: 126 min.
Género: Drama, cine histórico.
Interpretación: Rachel Weisz (Hipatia), Max Minghella (Davo), Oscar Isaac (Orestes), Ashaf Barhom (Amonio), Michael Lonsdale (Teón), Rupert Evans (Sinesio), Homayoun Ershadi (Aspasio), Omar Mostafa (Isidoro), Oshri Cohen (Medoro), Sammy Samir (Cirilo), Richard Durden (Olimpio), Yousef Sweid (Pedro).
Guión: Alejandro Amenábar y Mateo Gil.
Producción: Fernando Bovaira y Álvaro Augustin.
Música: Dario Marianelli. Fotografía: Xavi Giménez.
Montaje: Nacho Ruiz Capillas.
Diseño de producción: Guy Hendrix Dyas.
Dirección artística: Guy Dyas. Vestuario: Gabriella Pescucci.
Distribuidora: Hispano Foxfilm.
Estreno en España: 9 Octubre 2009.
Exponía Shakespeare, con su siempre decidida agudeza, que hereje no era aquél que ardía en la hoguera, sino aquél que la prendía. Siguiendo al maestro dramaturgo, Alejandro Amenábar (inconformista y juicioso como sólo él lo puede ser), nos propone una cinta capaz de mostrar la belleza infinita de los cuerpos celestes, como la mansedumbre y poquedad que se esconde tras el embozo del fanatismo.
Quienes se crean que Ágora versa sobre la destrucción de una de las siete maravillas del mundo, está en lo cierto, y no porque haya formado parte la Biblioteca de Alejandría del magnífico elenco de veleidades humanas, sino porque es este filme en sí, un canto a la mayor de las maravillas del mundo: la tolerancia. Que ésta venga revestida de un “melodrama histórico basado en hechos reales”, como el propio realizador ha querido definirla, no es más que un pretexto, efectivo y además justificado, para exponer una de las más férreas y atrevidas críticas que jamás se ha realizado detrás de una cámara a la arbitrariedad humana.
Si con anterioridad Los otros y Mar adentro ya habían llamado la atención por su alto contenido crítico, en esta ocasión la naturaleza del limbo o la moralidad de la eutanasia se muestran nimiedades en comparación con la implacable mano ejecutora de incontables hordas de primigenios cristianos, aplacando con su espada o su piedra a cuantos paganos o judíos se cruzaran en su camino. Pero no malinterpreten ustedes las intenciones de Amenábar, esto sería menospreciar el fino juicio de un director con muchas tablas y mayores inquietudes; el trasfondo de la lucha contra el pensamiento secular no es más que un doloroso retrato de la decadencia de la tolerancia, la razón y la lógica, simbolizadas en este filme por la magistral Hipatia de Alejandría.
Profesora de la escuela neoplatoniana de Alejandría, Hipatia (grandiosa Rachel Weisz) imparte clases a las capas más selectas del Egipto coetáneo, entre los que destacan algunos de los personajes con mayor relevancia de la época, como el futuro obispo Sinesio de Cirene, u Orestes (Oscar Isaac), quien llegará a ser el prefecto imperial en tierras egipcias. Será precisamente Orestes –de quien Hipatia fue consejera política y gran amiga-, enamorado incondicional de su mentora, quien intente conseguir el corazón de su profesora, a pesar de que ésta sea asceta y quiera consagrar su completa vida a la ciencia. Su magnetismo, sin embargo, llegará también a su portentoso esclavo Davo (Max Minghella, hijo del desparecido director Anthony Minghella), liberado por Hipatia al conocer en él su ardiente deseo. Maestra de politeístas, cristianos y seculares, la moderada y reflexiva personalidad de Hipatia le hará desdeñar las diferencias entre sus alumnos, afirmando que todos ellos son hermanos semejantes, justo en un momento histórico en que serán las diferencias las que marquen la pauta rectora de la vida pública.
Escindida la ciudad entre politeístas y cristianos, las guerras no dejarán de sucederse, hasta que el monoteísmo judeo-cristiano se imponga al ideario previo (lo que supondrá nuevas batallas por el control del poder). Alejada de la Biblioteca que la consagró, y perdidos todos los vestigios del mundo antiguo, la única ocupación de Hipatia será la de conseguir desentrañar las órbitas que dibujan los planetas en torno al sol, trece siglos antes de que Johannes Kepler descubra que éstas son elípticas y no circulares. Pero en su época, la del cuatrocientos después de Cristo, el hombre se había erigido ya en el centro del universo y el sol un simple apéndice del egocentrismo, por lo que la astrónoma, colmada privadamente por su fenomenal descubrimiento, será tachada de bruja y hechicera –cuando no ramera, algo sorprendente atendiendo a la nula predisposición de la filósofa a mantener relaciones con hombre alguno-. Prendida por el gran poder que había adquirido en la política de Alejandría –sin que ninguno de sus alumnos lograra persuadirla de convertirse al cristianismo-, Hipatia deberá hacer frente al destino seguro de quienes deciden ir contracorriente.

El final de esta mujer, por consiguiente, como el de todas aquéllas que rompen moldes para aplacar la intolerancia, no es en absoluto insospechado, visto el contexto social en que se mueve; es tan sólo el término de una valerosa e inteligente sabia quien, en vista del devastador control mental ejercido sobre sus coetáneos, no se sorprende un ápice de que sea penada porque su pensamiento sea revolucionario.
Pulcra en su puesta en escena, en un vestuario majestuoso, en sus bien invertidos cincuenta millones de euros, con unos decorados que mucho tienen de Ben-Hur y las superproducciones de los cincuenta; con una banda sonora emocionante a cargo de Dario Marianelli; un guión difícil y farragoso en apariencia diáfano y sencillo (inconmensurable unión Gil-Amenábar), y unos planos para persignarse, que incluyen picados, planos medios imposibles, o generales de la bóveda celeste muy de Kubrick, este homenaje a aquéllos que “miran al cielo y encuentran respuestas” no podría haberle salido más redondo a Amenábar –quizá elíptico-, aunque tal vez hubiera que reprocharle cierta tendenciosidad y maniqueísmo a la hora de tratar –o mejor retratar-, las bondades y villanías de la Alejandría del siglo IV.
Decía Amenábar, y en esto tiene mucha razón, que Hipatia comparte muchos aspectos con Jesucristo, al ser un personaje lúcido rodeado de exaltados que proceden a detenerles, torturarles y asesinarles –el propio realizador ha revelado el previsible desenlace en público-, y no podemos sino darle el parabién a tan arriesgada comparación.
Mujer sobresaliente en un mundo en que las féminas no eran más que un mero instrumento reproductor, esta filósofa, matemática y astrónoma, demostró que no era necesario ser hombre para estudiar y conocer el mecanismo científico que subyace a todas las cosas. Aún así, una mujer de su talante seguramente correría igual suerte hoy en día, en nuestro mundo dominado por la cerrazón fundamentalista, en el que subyace el mismo mensaje que el de la propia película: el hecho de que hace tiempo que cada paso gigante para la humanidad, supone un paso hacia atrás en el entendimiento y la sensatez.
Piensen en ello ustedes que pueden. A otros como Hipatia, Galileo, Servet o Luther King, no les consintieron permitirse ese lujo.

¿QUÉ LES PASA A LOS HOMBRES?
Francisco Trinidad
Título original: He’s just not that into you
Dirección: Ken Kwapis
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 129 min.
Género: Drama, Romance, Comedia.
Reparto: Ben Affleck, Jennifer Aniston, Drew Barrymore, Jennifer Connelly, Kevin Conolly, Bradley Cooper, Gennifer Goodwin, Scarlet Johansson, Kris Kristofferson, Justin Long, Leonardo Nam, Sasha Alexander.
Producción: Nancy Juvonen
Estreno en España: 3 de Septiembre del 2009.
Pincha aquí para ver el trailer
No cabe duda alguna: si lo que buscas es un tema conflictivo, que encienda a la gente nada más mencionarlo, que sea capaz de dividir a la población mundial, sólo tienes que pensar en el eterno conflicto entre hombres y mujeres. Y cómo no, esta película se basa en ese imperecedero enfrentamiento, en el que parece que aún no está dicha la última palabra.
Basada en el libro homónimo, escrito por Greg Behrendt y Liz Tuccillo - más conocidos por ser parte del equipo de guionistas de la exitosa “Sexo en Nueva York” – la película nos presenta los problemas que pueden tener un grupo de parejas de hoy en día: una eterna soltera que no logra descifrar el lenguaje masculino, una pareja en crisis por la aparición de una tercera persona, un grupo de singles con ganas de encontrar el amor verdadero y una pareja que no sabe cómo avanzar en su relación, entre otros casos - patológicos, seguro -.
Por si fuera poco, no se contentan con mostrar demasiados – y cuando digo demasiados, creedme, son DEMASIADOS – tópicos en estas aventuras amorosas, sino que además cuentan con un reparto digno de mención. He dicho digno de mención, pero habría que especificar qué tipo de mención. Por una parte tenemos esos actores que con su presencia nos evocan la esencia de la comedia romántica: Ginnifer Goodwin (Gigi), que además de una bonita sonrisa consigue aportar cierta consistencia al papel que le toca interpretar, algo insulso, o Jennifer Aniston (Beth), aunque la pobre siempre figurará en nuestros corazones como Rachel-La-Ex-de-Brad-el-cual-la-dejó-por-Jolie-para-formar-una-camada, o más cariñosamente, como “la chica que perdió lo que más de un@ para si querría”.
Otro grupo de actores dentro de la película podríamos establecer que son aquellos que sin llegar a destacar, hacen que la película tenga más sentido - no sólo por su interpretación, también por su rol – aunque a veces sientas que están encasillándose. Scarlett Johansson (Anna) podría ser una de las integrantes de este grupo – parece que no te molesta que repetir en personajes de calienta… dejémoslo en calienta-palomitas -, pero también podemos encontrar a Drew Barrymore (Mary) y Kris Kristofferson (Ken Murphy), que pueden considerarse como los que tienen eternamente cara de confusión, pero algo así como que con matices: confusión-enamorado, confusión-engañada, y el más difícil aún: ¡¡confusión-confusos!!
Por último, el tercer grupo de “actores” es aquel que podríamos denominar como los actores cuyo talento interpretativo está en la UCI, en constante criticidad. Un buen ejemplo son Ben Affleck (Neil) y Jennifer Connelly (Janine). Porque, podemos entender que Ben tuviera su tirón en un momento muy puntual, pero creo que ahora mismo no hace más que empañar el lustre de esta película: hace falta algo más que su cara de caballo para poder interpretar el papel de la pareja de Jennifer Anniston (sí, de nuestra Rachel). Y qué decir de nuestra gran Jenniffer Connelly, que aunque en esta película parece encajar, nos deja sorprendidos y preocupados. Ya al margen de la película, querría hacer un llamamiento para recuperarla. Porque antes era una mujer que se veía guapa, casi espectacular. Pero ya no es la misma,… es un ente que se sigue llamando igual pero con la décima parte de peso. Por eso os pido, que si la véis no dudéis en invitarla a tomar algo. Simplemente con el gesto de tirarle a su boca – intentad encestar – el bocata que os vayáis comiendo por la calle podremos recuperar a la Jenniffer de la que todos nos enamoramos en películas como “Una mente maravillosa”.
Sinceramente, más allá del morbo de ver a toda esta panda de grandes conocidos en inverosímiles enredos sentimentales, la película no presenta ningún otro atractivo. Porque sigue siendo otro ladrillo más en el muro de los que intentan mantener el conflicto sexual en nuestra cotidianidad, otro lastre para separarnos más aún y pretender hacernos ver que, por ejemplo, una mujer tiene que conseguir realizarse sólo si pasa por una relación amorosa – que, curiosamente, siempre resulta ser tortuosa -. ¿Estaremos preparados para una historia de realización personal, de catarsis, al margen de conflictos tan superficiales?

Pese a todo, la cinta se ha convertido en un filón en la taquilla con más de 1,39 millones de euros recaudados sólo en las salas españolas. Si aún estáis decididos a ir a verla, tened en cuenta que no es más que ficción, que la vida no se comparte con hombres o mujeres, sino con personas… no os dejéis engañar.

MILLENIUM I: LOS HOMBRES QUE NO AMAN A LAS MUJERES
Francisco Trinidad
Título original: Män som hatar kvinnor
Dirección: Niels Arden Oplev
País: Suecia
Año: 2009.
Duración: 129 min.
Género: Drama, Romance, Comedia.
Reparto: Michael Nyqvist, Noomi Rapace, Sven-Bertil Taube, Peter Andersson, Peter Haber, Marika Lagercrantz, Lena Endre, Ingvar Hirdwall.
Producción: Swedish Television, ZDF Enterprises, Yellow Bird Films, Nordisk Film.
Música: Eric Kress
Estreno en España: 3 de Septiembre del 2009.
Pincha aquí para ver el trailer
Una vez más podemos ver cómo una película se nutre de la estantería de best-sellers mundiales. Y no parece que en este caso el equipo haya dado puntada sin hilo, dado el éxito que ha acompañado a la película en su periplo por las taquillas de todo el mundo.
Siguiendo la primera novela de la trilogía “Millenium” de Stieg Larsson, la película nos presenta a Mikael (Michael Nyqvist), un infatigable periodista que participa en la revista de nombre homónimo a la trilogía. Tras sufrir el revés de la justicia por una de sus investigaciones, Mikael acepta realizar una nueva investigación: debe de esclarecer el crimen de la sobrina de Henrik Vanger, un acaudalado empresario. Pese a lo difícil que parece la tarea, dado que ocurrió hace unas decenas de años, Mikael desconoce que alguien sigue de cerca sus pasos, la hacker Lisbeth Salander (Noomi Rapace), una chica de agresiva apariencia, efectivo trabajo y … dudosa sexualidad.
Con un ritmo constante la historia se desarrolla como la gran novela de intriga en la que se inspira. A la adecuada actuación por parte del reparto se añade una cuidada fotografía que consigue convertirse en un mecanismo imprescindible para la cinta.
Pese a todo, ciertas escenas resultan demasiado duras, no sólo por el hecho que tratan de reflejar, sino también por el método tan explícito con el que lo hacen. En cierto modo no se pueden considerar una parte imprescindible de la película, pese al avance argumental de la misma.
El hecho de no contar con la colaboración del escritor de la trilogía, Stieg Larsson, que falleció el 9 de Noviembre del 2004 sin llegar siquiera a ver su publicada su obra, no supuso un hándicap en su lanzamiento. Claro está, que sus herederos seguirán promocionando las versiones cinematográficas, seguro que en pos de universalizar la labor de Larsson…
Con todo, esta película consigue hacernos ver que se acercan nuestras carteleras dos secuelas más que, siguiendo con la estela de la trilogía literaria, consigan un éxito unánime a nivel mundial.

ARRÁSTRAME AL INFIERNO
Francisco Trinidad
Título original: Drag me to hell
Dirección: Sam Raimi
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 99 min.
Género: Thriller, Terror.
Reparto: Alison Nohman, Justin Long, Jessica Lucas, Dileep Rao, Lorna Raver, David Paymer, Adriana Barraza, Fernando Romero, Reggie Lee, Alex Veadov, Bojana Novakovic, Bill E. Roger.
Guión: Sam Raimi, Ivan Raimi
Producción: Universal Pictures / Ghost House Pictures / Mandate Pictures
Fotografía: Peter Deming
Música: Christopher Young
Estreno en España: 7 de Julio del 2009.
Pincha aquí para ver el trailer
No parece que la cartelera estival tenga grandes éxitos entre sus filas, pero siempre hay películas cuyas expectativas son más satisfactorias que la propia película. Y entre ellas podemos encontrar Arrástrame al infierno.
Christine Brown (Alison Nohman), nuestra protagonista, quiere conseguir un ascenso en su trabajo en una sucursal bancaria. Pese a ser una empleada diligente, su director le indica que debería ser menos empática con sus clientes y tomar decisiones de manera más fría. Cómo no, inmediatamente se acerca hasta Christine la señora Agnus, una anciana cuya casa está siendo desahuciada por el impago de su hipoteca. Pese a que la señora le suplica – incluso hasta de rodillas - un aplazamiento para no perder su casa, Christine, pensando más en su posible ascenso que en su clienta, no le concede más oportunidades. Visiblemente contrariada, la anciana – que, por si no lo había comentado es una gitana con un ojo blanco y uñas negras – lanza sobre Christine una maldición por haberla humillado: en tres días su alma será condenada al sufrimiento eterno. Y hasta entonces, deberá sufrir la persecución de un terrible demonio.
Pese a lo que pueda parecer la película no aporta ningún argumento original, ni tan siquiera en su final, que resulta ser más que previsible. Parece que Sam Raimi, conocido por dirigir las películas de Spiderman en la gran pantalla, no trataba de conseguir una película de impacto. Quizás simplemente esto es para él un simple aguinaldo veraniego, porque seamos sinceros, faltan casi dos años para el estreno de la cuarta entrega del héroe arácnido, y no sólo de telarañas vive el hombre.
A lo largo de la cinta no existe ni un solo momento en el que puedas sentir terror, aunque quizás no era esa la intención de los guionistas, nuestro querido Sam y su hermano Ivan. Se me ocurre que no fuera tal su intención porque parece más bien que no quieran hacerte temblar, sino marearte. Son múltiples las escenas en las que la señora Agnus vomita sobre Christine, incluso Ivan y Sam nos enseñan que dichos vómitos son capaces de traspasar la barrera con el más allá. Pero, cortes digestivos aparte, sí es cierto que la película no se hace extremadamente larga, tiene un ritmo constante… pero fácilmente predecible.
Alison Lohman, que encarna a la protagonista de dicha maldición (quizás os suene su cara de películas como Big Fish, en la que interpretaba el papel de la madre cuando era joven o Gamer, ahora en cartelera también), no parece estar muy al tanto del guión de la película. No se si me entendéis, pero ¿sabéis de esa gente que no sabe dónde está, es más, ni siquiera sabe si está en su casa? ¿Aquellos que no son capaces ni de seguir el hilo argumental de la teletienda? Pues ésa es la sensación que evoca la interpretación de Alison. Y es posible que esa fuera la voluntad del director, porque al fin y al cabo, ciertas escenas carecen de sentido, aunque para mi gusto son insuperables.
Y podréis comprenderme que diga que son insuperables como cuando, por ejemplo, la protagonista, a pesar de ser consciente de su maldición, acepta ir a conocer a los padres de su novio. O también, como cuando se enfrenta – en reiteradas ocasiones a lo largo de la película – al pañuelo repleto de flemas de la señora Agnus. Pero sobre todo, y bajo mi punto de vista, la mejor escena de entre las absurdas, es el momento en el que una cabra (sí, habéis leído bien, un cabra, de esas normalitas con cuernos retorcidos), le grita (sí, sí, seguís leyendo bien, es capaz de tener una conversación) a nuestra protagonista, y cito textualmente: “¡¡¡Me has engañado, maldita zo*** !!!... ¡¡¿¿Serás p***??!!”. Yo, sinceramente, no podía parar de reír ante esta situación, una cabra fue capaz de dos proezas simultáneamente: primero expresar en 12 segundos más de lo que expresa la protagonista en la película; y segundo, decirle a nuestra querida Christine, lo que todos hubiéramos dicho de haber estado en sus cuernos.
Aparte de los comentarios de nuestra amiga la cabra, de los accidentes causados por la maldición, o de las más que divertidas visitas de la anciana, la película no consigue ni hacerte sentir el miedo aterrador, ni tampoco sorprenderte con un inquietante argumento. Serás tú, amante del cine, el que tendrá que poner de tu parte las risas por lo absurdo de la película, el arrepentimiento por el dinero perdido o la esperanza de que a la protagonista le pase algo, porque la película no hará ese trabajo por tí. Si no crees que podrás aportar nada y a pesar de ello te pasas a verla, ten en cuenta que te verás arrastrado a un verdadero infierno…

AMERICAN PLAYBOY
Ana Tello

Título original: American Playboy
Director: David Mackenzie
Año: 2009
Nacionalidad: Estados Unidos
Guión: Jason Hall; basado en un argumento de Jason Hall y Paul Kolsby.
Reparto: Ashton Kutcher (Nikki), Anne Heche (Samantha), Margarita Levieva (Heather), Rachel Blanchard (Emily), Sebastian Stan (Harry), Sonia Rockwell (Christina), Maria Conchita Alonso (Ingrid), Hart Bochner (Will).
Estreno en España: septiembre 2009.
Nikki (Ashton Kutcher), obnubilado con las bellezas y el dinero que se destila en Los Ángeles, pretende alcanzar todos esos sueños ejerciendo de gigoló en dicha ciudad, llevando muy poco o nada en los bolsillos.
Con cuatro gracias bien estudiadas y un bonito y deseado físico es capaz de lograr a toda la que se propone con cierta soberbia, encandilando tanto a jovencitas de piel suave como él dice o a señoras de alto standing igualmente adineradas, las primeras por diversión y las segundas para supervivencia y luego comentar sus fechorías con sus amigos, de una manera bastante denigrante.
Este por ejemplo es el caso de Samantha (Anne Heche)mujer independiente, abogada de prestigio y adinerada, sola(y guapa),mayor que él,la cuál lo acoge en su mansión a cambio de sus favores sabiendo que no es la única en la vida de este joven “play boy” y eso si, a cambio de suntuosos regalos, conociendo claramente sus fines y poniendo cara de niño bueno cuando mete a otras mujeres en la casa de la dueña, pero todo es válido mientras él permanezca con ella.
Nikki tiene a todas las que quiere, incluso utiliza a una de sus primeras novias cuando se le antoja a sabiendas de que ella sigue enamorada de él, hasta que conoce a Emily (Rachel Blanchard) una camarera que no se lo pone nada fácil…Encandilado descubre que ella juega de la misma manera con los hombres que él con las mujeres…Estará también jugando con él?
En esta historia de altibajos, hay una línea clara, la facilidad del protagonista de “engañar” aún conociendo las reglas del juego ambas partes y de alguna manera, dominar a las mujeres las cuales parecen meras marionetas en las manos de este descarado gigoló, muchas veces hasta tras el conocimiento del juego que se trae, siguen tras la estela de sus pasos allá a donde vaya. Utiliza a todo el mundo(hasta su madre no quiere nada con él)
Sólo una mujer que se dedica a lo mismo que él es capaz de desmontarlo, con sus mismas tretas, perdiendo su sueño americano.
Esperamos pensar que en el mundo femenino hay algunas mujeres que no se dejan embaucar con una bonita sonrisa y algo de compañía, con eso de que no toda es la belleza…sin hacer falta dedicarse a lo mismo que él ni con tanto nivel de desesperación.
La imagen femenina a mi parecer queda muy desdeñada, mujeres que a cambio de una noche loca son capaces de cualquier cosa(muy estereotipo hasta ahora masculino), tontas ricas y guapas las cuales se pueden usar sin problemas, que encima te adornan de regalos…Haberlas, hailas, no me cabe duda. Pero más bien tiene pinta de un sueño masculino…o las féminas estamos copiando mal.

ENEMIGOS PÚBLICOS
Lucía Tello Díaz

TITULO ORIGINAL Public Enemies
AÑO 2009
DURACIÓN 140 min.
PAÍS Estados Unidos
DIRECTOR Michael Mann
GUIÓN Ronan Bennett, Michael Mann, Ann Biderman (Libro: Bryan Burrough)
MÚSICA Elliot Goldenthal
FOTOGRAFÍA Dante Spinotti
REPARTO Johnny Depp, Christian Bale, Channing Tatum, Marion Cotillard, Stephen Dorff, James Russo, David Wenham, Christian Stolte, Jason Clarke, Branka Katic, Billy Crudup, Wesley Walker
PRODUCTORA Universal Pictures / Tribeca Productions / Forward Pass / Misher Films
ESTRENO ESPAÑA 14 de agosto de 2009.
Instantánea, así resulta la fútil y a pesar de ello convincente propuesta de Michael Mann, Public Enemies, un filme cimbreante, avasallador y excesivamente destellante que abruma y subyuga simultáneamente. La historia de John Dillinger, el más populista de los delincuentes de los Estados Unidos, es en esta ocasión la excusa perfecta para el realizador de El último mohicano, Heat o Ali, para hacer honor de su meticulosa preparación histórica y su perfeccionista ambición estética. Con excesiva cámara al hombro y más de ciento catorce ambientaciones distintas, a buen seguro fue Dillinger no sólo el enemigo público por excelencia de la policía y los banqueros del Medio Oeste de la década de los años treinta, sino también de los directores de fotografía de esta producción, obligados a reproducir con completo escrúpulo los escenarios y lugares que el famoso atracador pisó en su fulgurante huida.
Narrada por el agente del FBI Melvin Purvis (cumplido Christian Bale), al igual que la novela de Bryan Burrough en la que está basada Public Enemies: America's Greatest Crime Wave and the Birth of the FBI, 1933-43, esta cinta relata las andanzas acometidas por las fuerzas del orden americanas en la desesperante y contrarreloj búsqueda de un grupo salvaje que nada tiene que envidiar al de Sam Peckimpah, a pesar de su inexplicable magnetismo y aceptación social.
Dillinger (Johnny Deep), sale del presidio después de nueve años encarcelado por un delito menor en una tienda de ultramarinos. Dispuesto a hacer alarde de su talento para delinquir, se unirá a “Baby face”, Nelson o Homer van Meter, para demostrar que no existía fuerza del orden capaz de capturarle. Amparado en unas leyes no federales, y bajo la total impunidad de que se gozaba al trasladarse de un estado a otro, Dillinger burló todo intento por atraparle, bien huyendo a la desesperada, bien escapándose de cuantas prisiones fuera necesario. Tal como indica el propio realizador, Dillinger llego a convertirse en un “héroe y una celebridad”, ganándose el respeto y aun la admiración de la ciudadanía americana, quien le encumbró como un Robin Hood de la Gran Depresión.
Hombre enamorado del baseball, del cine, de la ropa cara y de Evelyn “Billie” Frechette (Marion Cotillard), una hermosa joven de padre francés y madre india menominee, Dillinger hará de ella su fiel compañera e inmortal amor, conquistándola a base de regalos lujosos y promesas de un futuro mejor.

Por tanto, se trata Enemigos públicos de una película con amor pero sin romance; con historia pero no legendaria, y frenética sin ser ortodoxamente de acción. Una cinta que, habida cuenta del presupuesto y gasto energético por parte de todo el equipo, no logra entrar en el Olimpo del género, y cuyo fulgurante y desenfrenado abuso de metralla acaba por convertirla en tediosa y hasta agónica.
Suerte que en ella un reparto excepcional supla el exceso de movimiento injustificado de una cámara hirviente o en ebullición, que desenfoca con mayor frecuencia de lo deseable el verdadero eje de este filme, éste es, Dillinger y su banda. En definitiva, demasiado ruido visual para el gusto de cualquier espectador de bien y desmedido el canon repetitivo en que acaba por convertirse el rosario de hazañas y proezas violentas de esta banda organizada, amén del excesivo maniqueísmo de su planteamiento.
Lástima para una producción impecable y unos actores de lujo, que su mágico magnetismo sea sólo instantáneo. Disfrútenla pues mientras dure.

HARRY POTTER Y EL MISTERIO DEL PRÍNCIPE
Lucía Tello Díaz
Título Harry Potter y el misterio del príncipe
Dirección: David Yates
Producción: David Heyman Reparto, Daniel Radcliffe, Michael Gambon, Rupert Grint, Emma Watson, Jim Broadbent, Alan Rickman, Maggie Smith, Helena Bonham Carter País(es), Reino Unido, Estados Unidos Género Fantástico
Duración: 155 min.
Guión: Steve Kloves basado en la novela de J. K. Rowling Harry Potter and the Half-Blood Prince
Música: Nicholas Hooper
Sonido: Ac3 Dolby digital 5.1
Montaje: Mark Day
Vestuario: Jany Temime
Presupuesto: $250 millones
Fecha de estreno 15 julio 2009
La maldición de los números pares. Éste habría de ser el título de la última entrega de Harry Potter y no el que la autora literaria y los productores de la Warner Bros. han insistido en colocarle. Y es que esta penúltima entrega de las andanzas del mago más desventurado de cuantos han existido, adolece de un padecimiento del que no se escapa la generalidad de filmes que llegan a nuestra pantalla: ser una película aceptable después de una sobresaliente precuela. Y no es que en esta ocasión el director David Yates (realizador de Harry Potter y la Orden del Fénix), haya perdido las aptitudes cinematográficas, en absoluto, sino que éste destila unas miras decididamente puestas sobre una secuela y fin de saga apoteósica, asumiendo Harry Potter y el misterio del príncipe como un filme-puente, una tarea de obligado cumplimiento previa a la que, se espera, sea la obra culmen de su carrera: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.
Y todo ello pese a que a este filme no se le puede acusar de lacónico y austero. Es más, podría decirse de él que no ha reparado en gastos en cuanto a efectos especiales, duración, ambientación y despliegue técnico, siendo ésta la película de la saga con mayor presupuesto, 250 millones de dólares en total. No en vano, tal es el grado de sofisticación que se ha llegado incluso a barajar el nombre del equipo para futuras ediciones de los Oscar. Pero el “Harry Potter team” no está centrado en ello, no de momento. Tal vez porque John Richardson (supervisor de efectos especiales), Tim Burke (supervisor de efectos visuales), Mark Day (editor), Nicholas Hooper (compositor), Jany Temime (diseño de vestuario) o Nick Dudman (diseñador de criaturas y maquillaje), estén dispuestos a dar el golpe definitivo sin prisa, en la próxima -o próximas- entregas, tal como lo hicieron en su día los diseñadores de El señor de los anillos con su rotundo éxito como colofón, en la entrega de los Premios de la Academia.
En cualquier caso, con o sin intención mediante, Harry Potter y el misterio del príncipe se antoja una película en grado de tentativa, embrionaria de una creación contigua y alejada –quizá demasiado- de los propósitos literarios de su autora, dando lugar a una trama excesivamente centrada en los devaneos amorosos –insistentes, reiterativos y saturantes- de unos magos reconvertidos en jovencitos efervescentes y que a veces, sólo a veces, dejan traslucir su verdadera esencia cautivadora. Parece que todo el meollo de la obra, ésta es, la lucha contrarreloj de Dumbledore por descubrir el secreto crucial que dio poder a Voldemort y que le convirtió en el peligro que ahora amenaza tanto Hogwarts como a mundo muggle en general, debe sucumbir ante los encantos de ver enamorarse en cadena a los protagonistas.

Y eso que en la película existen claves magníficas que devuelven la regocijo a los seguidores de Potter: los horrocruxes, la configuración del mal encarnado en un pequeño Voldemort –cuando todavía no lo era, sino tan sólo Tom Riddle a secas-, el peligro potencial que padece todo el colegio una vez desvanecida su impenetrabilidad; la impagable presencia de un actor como Jim Broadbent como el profesor-fichaje Horace Slughorn; la transfiguración seria de Draco Malfoy o los caóticos humor y estilismo de Luna Lovegood.
En efecto, Harry Potter y el misterio del príncipe no puede interpretarse como un subproducto cultural enraizado en los antecedentes mancebos de género, ésta es una película seria, oscura en más de una ocasión, con un reparto de lujo y una gran historia de fondo. Lástima que los pequeños devaneos afectivos ocupen un metraje excesivo y que la profusión de efectos especiales esté más centrada en los filtros de amor y las cervezas de mantequilla que en la lucha encarnizada entre el bien y el mal. Suerte que el final del filme recobre el ritmo al que nos tenían acostumbrados los filmes antecesores y que actores como Alan Rickman, Maggie Smith, Michael Gambon o Helena Bonham Carter nos recuerden que no estamos ante cualquier producción.
Por ello, porque todavía no está todo perdido, no caigamos en la tentadora opción de pensar cómo hubiera sido la saga Potter de haber contado con directores como Terry Gillian –apuesta inicial y persistente de la autora Rowling-, y demos a David Yates la oportunidad de redención con Harry Potter y las Reliquias de la Muerte. De momento esta entrega ofrece lo que todos deseaban: ver al señor Potter en la gran pantalla después de años de espera. Quién puede pedir más.

BRÜNO
Lucía Tello Díaz
Dirección: Larry Charles.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 83 min.
Género: Comedia.
Interpretación: Sacha Baron Cohen (Brüno), Gustaf Hammarsten (Lutz), Clifford Bañagale (Diesel), Paula Abdul (ella misma), Josh Meyers (Kookus), Ron Paul (él mismo).
Guión: Sacha Baron Cohen, Anthony Hines, Dan Mazer y Jeff Schaffer; basado en el personaje creado por Sacha Baron Cohen.
Producción: Sacha Baron Cohen, Dan Mazer, Jay Roach y Monica Levinson.
Música: Erran Baron Cohen.
Fotografía: Anthony Hardwick y Wolfgang Held.
Montaje: Scott M. Davids y James Thomas.
Diseño de producción: Denise Hudson y David Saenz de Maturana.
Vestuario: Jason Alper.
Estreno en España y USA: 10 Julio 2009.
Indefinible. Sólo así podríamos catalogar la nueva propuesta de Sacha Baron Cohen, Brüno (mit Umlaut, bitte), una película curiosa, insensata, desesperante aunque repleta de humor -no del bueno, pero sí del escandaloso-, capaz de desatar la carcajada y el pudor con idéntico atino. En esta ocasión, el camaleónico humorista inglés encarna al reportero austriaco Brüno, en la que se espera sea “la película más famosa en la que actúe un gay austriaco desde Terminator II", según el propio Baron Cohen.
Presentador glam del magazine Funkyzeit (Tiempo de funk), Brüno caerá en desgracia cuando un traje de velcro le haga boicotear un desfile de Agatha Ruiz de la Prada, la diseñadora menos ortodoxa del panorama español. A partir de entonces, el reportero trazará un plan a priori invencible: viajar a Los Ángeles para convertirse en una gran estrella internacional. Y hele en los Estados Unidos, que el fashion austriaco desplegará todos sus desencantos, apuntando con su afilada intención a cuanto se mueva y respire a sus alrededores.
Con su ya característica fórmula de falso documental vociferante y desfachatado, Sacha se adentra con su impostada personalidad en los distintos ámbitos donde la homosexualidad es denostada, aunque esto le lleve a insinuarse a un congresista, hablar de sexo oral con un pastor o vestir látex negro y cadenas delante de una protesta homófoba. Aunque Baron Cohen esperaba que “Brüno deshiciera el daño (supuestamente provocado) a la comunidad gay por Mi nombre es Harvey Milk”, lo cierto es que según declaraciones vertidas en el The New York Times por la Gay and Lesbian Alliance Against Defamation, la película del humorista sólo habría reforzado los estereotipos negativos que pesan sobre la comunidad gay.
Y es que a nadie se le ha pasado por la imaginación que actos como cambiar a un niño africano por un iPod; encadenarse a un hombre con vestimenta sadomaso; diseñar artilugios de placer –y de todo tipo- con un pigmeo infiel; granjearse el odio de terroristas islamistas tildando el estilismo de Bin Laden como “de Santa Claus trasnochado”, o mediar –si es que esto significa exasperar- en el grave conflicto de Oriente Medio a base de pluma prototípica y humor pedestre, puedan ser, en modo alguno, actos que puedan ayudar a reforzar una imagen positiva de ningún ser humano, sea éste hetero, homo o bi.
Dicho esto, y olvidando escenas indisolubles (léase la felación a un ente en plena sesión espiritista, con médium y mal gusto incluidos, o la caricaturesca imagen de un miembro parlante vociferando el nombre de Brüno), se puede decir que el filme ofrece precisamente lo que de él se esperaba. No hay lugar para la decepción en esta última adaptación de Baron Cohen de los personajes que popularizara en Da Ali G Show de la Paramount Comedy. Si primero fue Ali G Indahouse y después le tocó el turno a Borat, con Brüno cierra la trilogía descocada pero inconfundible que tanta expectación ha creado, y que tan buenos momentos ha dado, a pesar de los pesares.

Con todo, no es Brüno una película en sentido estricto, ni tampoco su protagonista un personaje profundo y admirable. Éste es un nuevo ejercicio auto-laudatorio de un cómico excelente que se sabe querido y que, como tal, se permite la licencia de hiperbolizar a su libre y arbitrario antojo, los aspectos y las causas que él considera oportunos. Aunque no se llamen a engaño, ni los ciudadanos de Kazakhstan, ni el racismo, ni la homofobia pertenecen a su guerra: su causa (legítima y además consentida) no deja de ser la promoción del personaje que ha hecho de sí mismo. Undefinierbar.

ÁNGELES Y DEMONIOS
Lucía Tello Díaz

Dirección: Ron Howard.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 138 min.
Género: Drama, thriller.
Interpretación: Tom Hanks (Robert Langdon), Ewan McGregor (Camarlengo), Ayelet Zurer (Dra. Vittoria Vetra), Stellan Skarsgård (comandante Richter), Pierfrancesco Favino (inspector Ernesto Olivetti), Nikolaj Lie Kaas (asesino), Armin Mueller-Stahl (cardenal Strauss), Thure Lindhardt (Chartrand), David Pasquesi (Claudio Vincenzi), Cosimo Fusco (padre Simeón), Victor Alfieri (teniente Valenti).
Guión: David Koepp y Akiva Goldsman; basado en la novela de Dan Brown.
Producción: Brian Grazer, Ron Howard y John Calley.
Música: Hans Zimmer.
Fotografía: Salvatore Totino.
Montaje: Daniel P. Hanley y Mike Hill.
Diseño de producción: Allan Cameron.
Vestuario: Daniel Orlandi.
Estreno en USA: 15 Mayo 2009.
Estreno en España: 15 Mayo 2009.
Parafraseando el tono socarrón que caracterizaba a los Monty Phyton, podemos afirmar que del visionado de este filme se deducen dos conclusiones certeras: uno, que no todos los hombres llevan sombrero; y dos, que segundas partes nunca fueron buenas. Y no es que en esta ocasión Ron Howard no haya apostado (y fuerte) por el caballo ganador, sino que su rocín, ducho ya en estos lares, ha querido incidir en los mismos vértices que hicieran de El código Da Vinci un punto de inflexión dentro de la filmografía del realizador de Willow. Con idéntica estructura narrativa, deudora del armazón relatado por la novela de Dan Brown, en Ángeles y demonios Howard redunda en una fórmula manida que, si bien mantiene atento al espectador, también deja de soslayo un poso amargo de tibieza insípida. De nuevo protagonizada por Robert Langdon (Tom Hanks), en esta ocasión el profesor de Harvard es reclamado por la Santa Sede para llevar a cabo una confidencial y del todo secreta investigación, a saber: la que ha llevado a una centenaria organización clandestina, la de los “Illuminati”, a secuestrar a los cuatro cardenales “preferiti” –aquéllos de entre los que ha de salir elegido el Sumo Pontífice- durante el obligado cónclave vaticano tras la muerte del Papa.
Los “Illuminati”, una suerte de logia o formación surgida para contrarrestar la falta de cientificismo en la Iglesia, pretende en la ficción de Brown, acabar con los pilares del cristianismo a través de la luz, o lo que es lo mismo, detonando la batería que contiene la antimateria, sustancia conocida por “partícula de Dios” –en clave científica, el Bosson de Higgs-, en pleno corazón de la cristiandad: el Vaticano. Dicha sustancia, habría sido sustraída previamente del CERN una vez se puso en marcha el colisionador de partículas, en un adelanto en el espacio y el tiempo que será, presumiblemente, el próximo mes de octubre. En definitiva, una realidad tangible y efectiva.
Con un trasfondo nada irreal –pensemos que las investigaciones que se llevan a cabo en Ginebra son totalmente ciertas y que incluso se pudo rodar en las mismas instalaciones del citado Centro Energético-, y valiéndose de la extensa documentación con que Brown opera a la perfección, esta historia hilada y perfectamente enhebrada no está exenta de aciertos lógicos, como lo es el enclave mágico de Roma y el Vaticano, el recuento de su amplísimo acerbo artístico y de su intrincada historia, así como unos actores corregidos y aumentados que dotan de cierta entidad a una película que hace aguas con mayor frecuencia de la esperable. En primer término, porque es Ángeles y demonios un filme que transmite una frenética celeridad, no tanto por la presteza a la que deban ir los protagonistas, cuanto por la forzada banda sonora que acelera el pulso sin motivo aparente; en segundo lugar, por la simpleza de la generalidad de los acertijos propuestos para hallar la clave de sol del guión, basados en esculturas y en señales de una sencillez fronteriza a la ineptitud; y en tercer lugar, porque el decorado de fondo, el de la Iglesia, se presenta mutable, pudiendo reemplazar el asunto eclesiástico por cualquier empresa privada con sus cuitas internas y sus puñaladas soterradas –o no tanto-. En todo caso, la visión que de la Iglesia se da roza el estereotipo, con sus claroscuros barrocos, sus rituales ancestrales –perfectamente replicados, eso sí-, y una negrura que ayuda mucho al filme pero que pudiera herir susceptibilidades a algunos espectadores. Si a esto añadimos un desenlace excesivo y predecible, y una constreñida reconciliación científico-eclesiástica final, advertimos una carencia imperdonable a un guión excelente y un director más que aceptable.
En definitiva, es Ángeles y demonios un thriller exótico y entretenido, pero del que se podría haber sacado mucho más de lo que se entrega. Y es que un notable, en caso de un blockbuster, no es buen resultado.

LA SOMBRA DEL PODER
Lucía Tello Díaz

TITULO ORIGINAL State of Play
AÑO 2009
DURACIÓN 127 min.
PAÍS USA
DIRECTOR: Kevin Macdonald
GUIÓN: Matthew Michael Carnahan, Tony Gilroy, Peter Morgan (Remake: Paul Abbott)
MÚSICA: Alex Heffes
FOTOGRAFÍA: Rodrigo Prieto
REPARTO: Russell Crowe, Ben Affleck, Rachel McAdams, Robin Wright Penn, Jason Bateman, Helen Mirren, Jeff Daniels, Michael Berresse, Harry Lennix, Josh Mostel, Michael Weston, Barry Shabaka Henley, Viola Davis, Maria Thayer, Wendy Makkena
PRODUCTORA: Coproducción USA-GB; Universal Pictures / Working Title Films / Studio Canal / Relativity Media / Andell Entertainment
Que en Estados Unidos la usanza del cine periodístico es toda una institución, resulta del todo evidente. Títulos como Primera plana, Los hombres del Presidente o Ausencia de malicia, han marcado un estilo, al tiempo que evidencian que la figura de un intrépido reportero al servicio de la ciudadanía, gusta y mucho. El filme que ahora nos trae Kevin McDonald, (realizador aclamado por El último rey de Escocia), bebe de esa tradición por los cuatro costados, y no tanto por la trama policíaco-periodística que engloba este trepidante thriller, cuanto por el pulso que le ha conferido, intenso y desaforado, capaz desde el inicio de atrapar al espectador en una vorágine de la que uno mismo parece participar.
Cal McCaffrey (Russell Crowe), redactor del Washington Globe, es un periodista caótico, desmedido y eremita, ducho en codearse con los bajos fondos para hurgar los escabrosos detalles de un crimen, así como de moverse con soltura por las altas esferas de la política estatal.

Un doble homicidio en un callejón sin salida y un accidente casual en una vía del suburbano, se presentan fortuitos para políticos, fuerzas del orden y periodistas, a excepción de Cal, quien, acompañado por su joven compañera Della Frye (Rachel McAdams), cronista del blog del Congreso, comenzará a encontrar conexiones entre los tres asesinatos, apuntando con sus pesquisas hacia una empresa privada de seguridad nacional involucrada, ni más ni menos, que en la intervención militar en Irak y Afganistán. Amenazados desde entonces por sicarios que evitan la difusión de la noticia, nada podrá detener la astucia y a habilidad de los reporteros, quienes harán lo posible, lo legal, lo inverosímil y lo deshonesto, por conseguir desbaratar una trama de corrupción que comienza y acaba en torno a la figura del congresista Stephen Collins (Ben Affleck), amigo de Cal y principal víctima de esta conspiración.
Ambicioso filme firmado por los guionistas Matthew Michael Carnahan (Leones por Corderos, de la que ha captado el enfoque periodístico y la corrupción política); Tony Gilroy (El ultimátum de Bourne, de la que ha absorbido su acción trepidante) y Billy Ray (El precio de la verdad, referente incuestionable), y basado en una exitosa serie de seis capítulos State of Play, dirigida por David Yates, La sombra del poder no parece poseer ningún elemento dejado al azar. Un montaje frenético, una banda sonora adecuada y una fotografía espléndida, -con grandes panorámicas que reflejan la desolación de los personajes-, son sólo pequeños jirones de lo que representa su mayor acierto: el equipo artístico. Ninguna otra combinación hubiera resultado más atinada. Barajados -y descartados- intérpretes como Brad Pitt y Edward Norton, el tándem Crowe-Affleck funciona, aunque quizá los nombres propios de sus secundarios resulten más atrayentes que los protagonistas mismos. Una directora de periódico sin escrúpulos y sobrada de bilis como la gran Helen Mirren; una reencontrada Robin Wright Penn hermosa como sólo ella lo fue y es, interpretando a la esposa abnegada -aunque de ánimo infiel- de Affleck; una afamada Viola Davis, nominada y aplaudida por La duda, interpretando a una forense que apenas sale en pantalla tres minutos, y un Jeff Daniels en el papel de político corrupto y marrullero a la caza del voto para el partido, son los ases de los que se ha valido Kevin McDonald para envidar al público, y no con un jactancia bellaca, sino con una honestidad narrativa y visual que pocas veces hemos visto en las salas de cine.

Una película que aúna al mejor Russsell Crowe de American Gangster, con el mejor thriller periodístico al estilo postmoderno de Zodiac, y una Rachel McAdams madura y serena que entrega lo mejor de sí, a pesar de la comedida sumisión inicial de su personaje. Un filme, en definitiva, que aunque adolezca de algunos fallos de guión –apenas guiños, aunque evidentes-, demuestra que no existe crisis insuperable, sino concienzuda entrega, al tiempo que hace patente que el espectador, tal como afirma el propio Crowe en la cinta, sigue interesado en películas en que se aborda la existencia de personajes que “dejan constancia y publican la verdad”.
Buen film sin paliativos, denso y con garra, de los que dan sentido a esta enmarañada industria. Puro cine.

GRAN TORINO
Ángel García
Título: Gran Torino
Título Original: Gran Torino
Género: Drama
Nacionalidad: USA
Año: 2008
Director: Clint Eastwood
Guión: Nick Schenk
Reparto: Clint Eastwood, Geraldine Hughes, Cory Hardrict
Se esperaba mucho de la última película de Clint Eastwood y, si tengo que ser sincero, Gran Torino no decepciona las expectativas creadas. En el filme del director americano tenemos un resumen retrospectivo de toda su carrera, encontrando pequeños detalles y recuerdos de películas pasadas, desde el afán justiciero y malencarado de Harry el Sucio hasta la profundidad filosófica de Million Dollar Baby.
Para conseguir este efecto memoria, Eastwood tuvo que crear una historia en torno, por y para sí mismo. Ese absoluto protagonismo de un personaje es un gran riesgo ya que, de no ser el protagonista un superclase, la película puede naufragar. Pero, en Gran Torino, Clint supera con nota el escollo, asumiendo y llevando con firmeza el liderazgo, en ocasiones monopolio, de la película
El veterano actor es el faro conductor de una historia que representa el choque entre el antiguo americano y el nuevo yanqui. El enfrentamiento entre el maduro veterano de Corea con un inmigrante pandillero macarra. La falta de voluntad integradora de la comunidad americana y la escasa adaptación de los inmigrantes; una dicotomía salpicada con el problema de las bandas urbanas y la falta de alternativas y salidas para los jóvenes de los suburbios.
En esta bifurcación, Eastwood encarna a Walt Kowalski, un perfecto retrato del viudo septuagenario americano que vive anclado en los años 50-60, solo con su perro y su Ford Gran Torino, separado de sus hijos por un abismo generacional. Para completar su inadaptación a los tiempos modernos, su clásico vecindario de estilo americano se encuentra inundado por una mezcla racial y cultural que apabulla su arcaica mente; apabullamiento que roza el enajenamiento cuando descubre que, a su lado, habita una familia de inmigrantes orientales.
Estos cambios conducen a Kowalski a una especie de crisis existencial a la que asiste sin apenas poder hacer nada, observando cómo las vicisitudes del día a día conducen su vida hacia un horizonte que él nunca había siquiera considerado.
Para encarnar al protagonista, Eastwood toma su perfil más gruñón, algo sobreactuado, repleto de malas caras y diálogos mordaces, agresivos, punzantes, incluso hirientes si eres un rollito de primavera de cara amarilla, como define Kowalski a sus vecinos. Pero bajo esa apariencia tosca y desapacible, Gran Torino deja abierta una ventana a la esperanza, al diálogo entre etnias y razas de la manera más inesperada: mediante la conjunción de un viejo racista americano y sus jóvenes vecinos de cara amarilla.

UNA PAREJA DE TRES
Lucía Tello Díaz
Título original: Marley & me.
Dirección: David Frankel.
País: USA.
Año: 2008.
Duración: 115 min.
Género: Comedia romántica.
Interpretación: Owen Wilson (John Grogan), Jennifer Aniston (Jenny Grogan), Eric Dane (Sebastian Tunney), Alan Arkin (Arnie Klein), Kathleen Turner (Sra. Kornblutt). Distribuidora: Hispano Foxfilm.
Estreno en España: 18 Marzo 2009
Chico conoce a chica, eso nunca se puede evitar. Él, un mediocre reportero. Ella, una prestigiosa periodista. Chico pide matrimonio a chica, ésta acepta su mano. Juntos deciden trasladarse de estado e irse a vivir a la soleada California. Pero John (Owen Wilson), no está satisfecho. La envidia laboral creciente que siente tanto hacia su mujer Jenny Grogan (Jennifer Aniston), como hacia su seductor amigo Eric Dane (Sebastian Tunney), hace que se sienta frustrado. Como toda mala compañía, Eric le muestra un mundo completamente distinto al suyo, un universo de bellezas, de libertad y de ausencia total de compromiso, un entorno que cree perder del todo cuando Jenny le apunta su interés en pasar al siguiente escalón: el de la paternidad. Temeroso a perder todavía mayor parcela de individualismo, John no dudará en frenar ese impulso comprándole a su mujer un perro, Marley, un precioso labrador que conquistará su corazón y, literalmente, su casa. Con toda la energía de un perro sin normas y sin freno, Marley será la compañía ideal para John, así como la excusa perfecta para evadirse de sus responsabilidades cuando, finalmente, Jenny tenga un hijo –y dos, y tres-.
Después de la aclamada El Diablo viste de Prada, el realizador David Frankel nos trae una película amparada por un abrumador recaudo en la taquilla norteamericana, con la nada desdeñosa cantidad de 140 millones de dólares. Un éxito conseguido, probablemente, por la trama publicitaria un tanto fraudulenta, que convence de la comicidad de un filme que resulta, finalmente, más dramático de lo deseable. Y lo es no sólo porque el desenlace llegue al vehemencia trágica, que se antoja al espectador como una agonía innecesaria y además forzada, sino porque todo el guión en sí rezuma unos ecos de otro tiempo, llegando a acercar al filme más a Revolutionary Road que a cualquier comedia typically Aniston-Wilson. En su insistente tendencia a la creación de ese nuevo género híbrido, el de la comedia-dramática, Hollywood nos está presentando con demasiada frecuencia filmes que pierden su primigenia función, en aras de una demostración más o menos fidedigna de las capacidades dramáticas de unos actores que parecen estar encasillados en la comedia. Y así encontramos a Owen –por otro lado, congratulados de que tanto su estado anímico como físico estén completamente recuperados-, interpretando a un personaje vacío, pusilánime, envidioso hasta la saciedad, que quiere estar casado y soltero al mismo tiempo; que quiere hijos pero obvia sus responsabilidades a la vez; que quiere ser reportero, pero también columnista; que quiere vivir en una zona cálida, y fría, y cálida de nuevo; que es paradójico, irresponsable y desesperante. Y así encontramos también a Aniston, interpretando a una mujer brillante, bella y jovial, que se ve sobrecargada por las responsabilidades a que le aboca la vacilación de su marido; que ha de renunciar a su trabajo, que ha de adaptarse a una vida repleta de sinsabores, de ascensos y descensos al pulso que marca la propia inestabilidad de John, y que aún así dice estar satisfecha, adoptando un rol hilarante y triste, de agotamiento constante y de continua extenuación.
Por ello, por ser una película eminentemente incómoda, en que se da una vuelta de más al drama hasta llegar al ridículo, poniendo a unos personajes jóvenes en la más estereotipada situación idílica -léase dinero, familia, casa de campo y un perro a la puerta-, y aún así no se llega a la consecución de la felicidad, por lo que este filme se muestra febril y delirante. Una trama a cargo de los guionistas Scott Frank y Don Roos, basados en la experiencia autobiográfica del auténtico John Grogan Marley y yo, que no se ajusta a lo que realmente promete la publicidad.
Una historia que nada tiene que ver con la vida de una pareja que adopta a un perro, sino más bien, de cómo acabar con la vida que todos quieren tener -y además parecer que se tienen motivos para hacerlo-, poniendo como excusa barata la consecución de un sueño ya cumplido con creces. Lamentable la triste manipulación publicitaria que hace, como en otras muchas ocasiones, que lo mejor de esta cinta, siga siendo el tráiler.

DUPLICITY
Lucía Tello Díaz
Dirección y guión: Tony Gilroy.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 125 min.
Género: Thriller, comedia.
Interpretación: Julia Roberts (Claire Stenwick), Clive Owen (Ray Koval), Tom Wilkinson (Howard Tully), Paul Giamatti (Richard Garsik), Dan Daily (ayudante de Garsik), Lisa Roberts Gillan (secretaria de Tully), Rick Worthy (Dale Raimes), Oleg Stefan (Boris Fetyov), Denis O’Hare (Duke Monahan), Kathleen Chalfant (Pam Frales), Khan Baykal (Dinesh).
Distribuidora: Universal Pictures International Spain.
Estreno en España: 18 Marzo 2009.
Que Tony Gilroy es un gran guionista de thrillers, es indudable. Michael Clayton o The Bourne Ultimatum atestiguan su talento para el suspense. Y es así que, quien busque acción, encontrará en Duplicity un excelente guión al servicio de una gran historia, la de Claire Stenwick (Julia Roberts), una ex agente de la CIA, y Ray Koval (Clive Owen), un ex agente del MI6, que comparten amor, odio y competitividad a raudales en el marco del espionaje industrial. No obstante, y antes de que se llamen a engaño, cabe señalar la correcta interpretación de un matiz implícito que es, y siempre será, que un buen guión no hace, necesariamente, una buena película. Ni siquiera cuando se combina un magnífico libreto con unos intérpretes inmejorables, como lo son la reencontrada Roberts o el magnético Owen. Es cierto que tras Closer, la química entre estos dos actores quedó más que probada, así como también lo es que su continuo rifirrafe dialéctico le otorgue a la historia un plus de agradabilidad. Pero seamos realistas, algunos fallos imperdonables en el ritmo de la cinta hacen de ella una trama un tanto soporífera, con continuos devaneos, repeticiones y pérdidas de tiempo en milimétricos asuntos de escaso interés argumental.
La historia comienza en Dubai, un 4 de julio. Invitados a una fiesta, Koval inicia su táctica de acoso y derribo amatorio sobre Claire, una fría y aún así explosiva americana a quien consigue seducir, cometiendo con ello una sucesión de errores fatales. El primero, pensarse iniciador de la relación, siendo él el conquistado; segundo, enamorarse de ella; tercero, dejar sus documentos sobre el gobierno egipcio en un maletín sin protección al alcance de la agente de la CIA, y cuarto, buscarla hasta la saciedad hasta que consigue dar con ella –aunque esto implique seguir a Stenwick por Italia, Inglaterra y Estados Unidos-. Y es que, en último término, es Duplicity una historia de amor, un romance un tanto caprichoso y enmarañado, rodeado de constante por un combate tácito entre estos dos estrategas, dos inteligentes estafadores que se retan por principio y que, a pesar del afecto que les une, se enzarzan en competición laboral invariablemente.
En definitiva, un filme entretenido, con estética de montaje retro y actuaciones notables, en que la pugna industrial por la exclusiva conquista del mercado sirve de telón de fondo para una historia original y bien orquestada, con planos encomiables y vestuario sobresaliente. Una exótica mezcla entre Un plan brillante, la saga de Ocean´s, Mr. and Ms. Smith y 21 Black Jack. Todo un conjunto de elementos lúcidos que, entre ellos, no acaban de cuajar tan consistentemente como nuestras expectativas deseaban. Tal vez tenía razón la teoría estructuralista y, en verdad, el resultado final nunca es la suma de sus partes.

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON
Francisco Trinidad
Título original: The curious case of Benjamin Button
Dirección: David Fincher
País: USA.
Año: 2008.
Duración: 167 min.
Género: Fantástico/Romance/Drama.
Reparto: Brad Pitt, Cate Blanchett, Tilda Swinton, Taraji P. Henson, Jason Flemyng, Julia Ormond, Elias Koteas.
Guión: Eric Roth
Producción: Paramount Pictures y Warner Bros
Estreno en España: 23 de Enero del 2009.
Pocas películas consiguen emocionar tanto al espectador, y dentro de este selecto grupo podemos encontrar El curioso caso de Benjamin Button. Daisy (Cate Blanchett), una mujer de avanzada edad, espera en el hospital junto a su hija, Caroline (Julia Ormond) el desenlace de su larga vida. Daisy insta a su hija a que le lea un diario, escrito por un tal Benjamin Button (Brad Pitt), en el que narra las peripecias de su extraña vida.
La primera parte de la película nos muestra a un anciano e infantil protagonista, en el que siempre está de manifiesto lo absurdo de ese caso. A lo largo de su evolución a la madurez podemos disfrutar de grandes reflexiones, sobre todo en manos de su madre y de algunos compañeros de viaje, entre las que cabe resaltar: "La vida no se mide en minutos, se mide en momentos" y "Uno nunca sabe lo que le espera”.
Progresivamente se nos presenta un Benjamin Button más maduro y joven, que vive la plenitud de su vida de mano de su gran amor, Daisy. Durante la narración de su amor podemos encontrar momentos que hacen temblar al público de emoción, como sus viajes por el mar, su convivencia, o simplemente, alguna de las frases que se dedican mutuamente: “Amarte, hace que todo merezca más la pena”, “Las oportunidades marcan nuestra vida, incluso las que dejamos pasar”, “Nos hemos encontrado en la mitad del camino” o “Nunca he dejado de amarte”. Es de agradecer que su amor se reduzca simplemente a ese sentimiento, sin tener que recurrir, como hacen otros films, a enrevesados argumentos, histriónicas situaciones o letales enfermedades de amantes.
Pese a la reseñable extensión de la cinta, el guión consigue atrapar con perfección las anécdotas de nuestro protagonista; marcando incluso algún quiebro en la descripción de su vida, como cuando narra con perfecto ritmo el increíble final que una serie de pequeños imprevistos puede provocar.
La película no se libra de ciertas anécdotas, entre otras podemos señalar que la propia hija biológica de Brad Pitt, Shiloh (una de las integrantes de la numerosa camada de Brangelina), aparece en la película cuando tenía unos 10 meses. Además, la gente que opina que no se ha conseguido una buena película por la interpretación de Brad Pitt o Cate Blanchett, deberían saber que para el papel de Daisy se barajó la posibilidad de que fuera Rachel Weisz (no pudo por incompatibilidad con otras grabaciones) y además, también hay que tener en cuenta que hace unos años el mismísimo Mr. Spielberg se planteó rodarla contando con Tom Cruise como protagonista (ya me puedo imaginar a Tom exigiendo que además de un envejecimiento digital de su personaje se le hicieran unos retoquillos photoshópicos).
Aunque contaba con 13 nominaciones a los Oscar, sólo se llevaron a casa tres: Mejor maquillaje, Mejor dirección artística y Mejores efectos visuales. Sinceramente, esta película no necesita ninguna mención de ese tipo, es de esas cintas que logran su premio en la reflexión que cada uno hace de ella.
Pese a todas las críticas que se quieran hacer, la película contempla la narración de la vida de Benjamin de una manera tal que consigue conmoverte desde el primer minuto, hacerte reír y llorar a partes iguales; pero lo más importante es que consigue impresionar simplemente narrando una vida, de tal manera que no importa el inverso rejuvenecimiento de Brad Pitt mientras Cate Blanchett se va marchitando. Y al final sólo descubres que lo que más te ha impactado es la experiencia de disfrutar de una vida absolutamente plena.

SLUMDOG MILLIONAIRE
Lucía Tello Díaz

Director: Danny Boyle y Loveleen Tandan (co-director: India)
Guión: Simon Beaufoy basado en la novela de Vikas Swarup
Reparto:Dev Patel, Anil Kapoor, Saurabh Shukla, Rajendranath Zutshi, Jeneva Talwar, Freida Pinto, Irrfan Khan, Azharuddin Mohammed Ismail, Ayush Mahesh Khedekar, Sunil Kumar Agrawal, Jira Banjara, Sheikh Wali, Mahesh Manjrekar, Sanchita Choudhary, Himanshu Tyagi
Estreno en España: 13 febrero 2009
Quién no entienda todavía por qué la última cinta de Danny Boyle ha cosechado tantos premios allende las fronteras, podrá encontrar aquí parte de las claves que han encumbrado a esta película “menor” a las más altas cotas de prestigio. En primera instancia, porque es el filme de Boyle una de las mejores adaptaciones literarias de que ha sido testigo la gran pantalla en la última década. La primigenia novela de Vikas Swarup, Q & A, es resumida soberbiamente por Simon Beaufoy, en dos horas de metraje capaces de concentrar sus innumerables meandros argumentales en una sola historia, la de Jamal K. Malik (Dev Patel) y su hermano Salim (el niño Azharuddin Mohammed Ismail), dos desventurados huérfanos en el Mombai de los noventa, que viven suspendidos en el aire, en una ciudad donde impera la ley del más fuerte, y donde la valía de la vida de un niño equivale al capital que se puede obtener de él. En un constante juego por la supervivencia, y confinados en un orfanato sin piedad, Jamal conoce a Latika (Freida Pinto), una solitaria niña que se convertirá en el centro de su amor incondicional. Perdido todo contacto con ella, y huidos a través del viaje iniciático que marcará sus vidas, Jamal no cesará en su empeño por encontrar a Latika al precio que sea necesario. La providencial aparición en un concurso televisivo se le antojará como la manera más eficaz de localizar a su perenne amada.
Influenciada sobremanera por el cine de Bollywood, una segunda y poderosa clave de su éxito radica en la policromía de este film enteramente dramático, con betas de azafrán, mostaza, turquesa y fucsia, que ribetean una historia áspera de miseria y adversidad. Con influencias confesas por su propio director de filmes made in Bollywood como Deewar (1975), Satya (1998), Compañía (2002) y Viernes Negro (2004), Slumdog Millionaire no se escapa tampoco del innegable influjo del propio cine de Boyle, siempre cinético, electrizante y publicitario, que precipita un estado anímico siempre desperezado y alerta. Por supuesto que este efecto revitalizador radica, y en esto encontramos la tercera clave de la película, en una banda sonora vibrante, que marca el pulso de una ciudad convulsa y el de dos corazones, los de Jamal y Salim, que laten al ritmo de sus esperanzas, y que optan por vivir contra todo pronóstico. El tema principal de la película, Jai Ho, de A. R. Rahman, es un canto a la vida y a todo lo infranqueable que existe en la supervivencia humana. Perdidos el miedo y el vértigo de una existencia para muchos prescindible, los hermanos huirán, amarán y se decepcionarán a ritmo de una banda sonora vástaga de la fusión perfecta entre tradicionalismo hindú y presurosos sonidos postmodernos.
Sin embargo, si algo destaca en esta película de Boyle –amén de su escandalosa postergación por considerarse de categoría inferior-, es el montaje a cargo de Chris Dickens. El frenesí con que asistimos a la consecución de planos inconexos, la vertebración in medias res de un relato que conjuga argumento y montaje salpicando cada pregunta de un concurso con una experiencia vital, así como ese inconfundible aroma a cinéfilo que destila un interrogatorio al más puro estilo Kaiser Sozé de Sospechosos habituales, donde cada una de las interpelaciones encuentran su réplica razonada y aun justificada, hacen de esta película no ya una de las grandes creaciones de Boyle –indudable ya-, sino una de las mejores películas de las últimas décadas. Al respecto, y para saciar el gusto de cuantos buscan guiños metalingüísticos de la propia industria, atiéndase a la intensa rememoración especular de Alarma en el expreso y Desaparecida. El vaho sobre los cristales nunca fue tan revelador.
En definitiva, un filme que sorprende por su sencillez, su humildad y su mensaje directo y sincero. Una película que nos recuerda que la vida no lo es tanto, si no se lucha con denuedo por salir adelante.
Entonces, ante la inicial pregunta de por qué Slumdog Millionaire ha cosechado tanto éxito, no queda sino aseverar del modo en que la propia película afirma: pues porque estaba escrito, nada más.

THE READER
Lucía Tello Díaz
Dirección: Stephen Daldry.
Países: USA y Alemania.
Año: 2008.
Duración: 124 min.
Género: Drama.
Interpretación: Kate Winslet (Hanna Schmitz), Ralph Fiennes (Michael Berg adulto), David Kross (Michael Berg de joven), Lena Olin (Rose Mather/Ilana Mather), Bruno Ganz (profesor Rohl).
Distribuidora: On Pictures.
Estreno en España: 13 Febrero 2009.
Descubrí a Chéjov, como todos los amores, durante la adolescencia, momento en que el corazón y la cabeza cincelan inquebrantables las pasiones. El primer relato que me acercó a la obra del gran escritor ruso fue La dama del perrito, cuento en que se narra la historia de amor prohibido e inmarcesible que se profesaban Dmitrii Dmitrich Gurov y Anna Sergueevna, dos desconocidos que se encuentran en Yalta, y deciden mantener un romance velado e intenso sin visos de ocaso. Un amor semejante, pero sempiterno y tortuoso, es el que nos brinda ahora Stephen Daldry en The reader, película compleja, prodigiosa, exuberante y tremendamente lóbrega, que juega con los criterios éticos del propio espectador, sin saber con qué parámetros juzgar una realidad, la de los ejecutores del nazismo, que nadie ha sido capaz de desenmarañar; un dilema moral clave en este film, como lo fue en su momento en la obra autobiográfica de Bernhard Schlink, de la que esta película incontestablemente bebe.
Estamos en 1958. Una revisora del tranvía de Neustadt (Kate Winslet), conoce por azar a un jovencito adolescente, Michael (David Kross), con el que pronto inicia un tórrido romance, basado en sensualidad carnal aderezada con prolongadas lecturas a cuenta del tierno Michael –alfa y omega del filme-, quien cuan moderna Sherezade, combina en cada sesión amatoria con Hanna, el placer por la lectura con el placer de su piel. La odisea, La dama del perrito (mal traducida como La señora con el perrito), El amante de Lady Chaterley, El viejo y el mar e incluso las aventuras de Tintín, son parte de las amenidades de esta relación estacional, que llega a su conclusión con el término de un prolongado verano. Estamos ahora en la década de los setenta. Michael, estudiante de Derecho, acude durante unas clases prácticas a un juicio contra seis antiguas afectas al régimen nazi, entre las que figura, para su aturdimiento, Hanna Schmitz, su antiguo amor. A partir de entonces, Michael será arrastrado por una ingravidez absorbente, al comprobar cómo quien le inició en el sensualismo y la efusión, es juzgada como agente de las SS, dirimiendo si formó parte activa del asesinato de trescientas judías a cuyo cargo estaba encomendada. De nuevo un paso en el tiempo. Estamos ahora en 1995. Michael (Ralph Fiennes) es el padre de una familia desestructurada que ostenta un alto cargo en la Judicatura alemana. Michael recoge a su hija en el aeropuerto. Después de décadas de silencio, decide confesar un secreto.
Con una trama inextricable, en que la bondad y maldad absolutas son sólo relativas, y en la que la perversión se encuentra tan íntimamente intrincada con lo apropiado que resultan indisolubles, encontramos un film repleto de malas acciones, de errores de cálculo, de palabras calladas, de sentimientos no compartidos, de orgullo y de cerrazón. Un canto al retraimiento, al prodigio humano, a la capacidad de progreso y hasta de perdón; una regia clase de cinematografía dada no sólo del reputado realizador de Billy Elliot o Las horas –experto, como es Daldry, en historias difíciles de auto superación y amor-, sino por una dirección de montaje espléndida; una producción a cargo del desaparecido Anthony Minghella impecable; y una actuación digna de elogio, de reverencia y hasta santiguamiento, conducida por una Kate Winslet en estado de gracia, y un Ralph Fiennes hosco, sinuoso y magistral como sólo Fiennes lo puede ser. Una historia de afectos peliaguda y sin parangón en la que, parafraseando al maestro Chéjov: “uno y otro se habían perdonado cuanto de vergonzoso hubiera en su pasado, se perdonaban todo en el presente y se sentían ambos transformados por su amor”. Increíble.

REVOLUTIONARY ROAD
Lucía Tello Díaz
Dirección Sam Mendes
Reparto: Kate Winslet, Leonardo DiCaprio, Kathy Bates
Producción: Bobby Cohen,Sam Mendes,Scott Rudin
Guión: Charles Leavitt, basada en la novela de Richard Yates
Música: Thomas Newman
Fotografía: Roger Deakins
Montaje: Tariq Anwar
País: Estados Unidos
Año: 2008
Género: Drama
Distribución: Paramount Vantage
Una película fetiche, un lujo en blanco y negro digno de elogio imperecedero, fue y siempre será, ¡Quiero vivir! (1959, Robert Wise). En ella, una mujer abigarrada, con fuertes convicciones y vida ajetreada –quién sino Susan Hayward-, era apresada injustamente y condenada a pena de muerte. Sin caer en la vacilación moral absurda en que incide su re-creación Bailar en la oscuridad (2000, Lars von Trier), el filme de Wise entretejía una sombría red de fingimiento al que la sociedad en su conjunto rendía tributo. Un final apoteósico y un ruido estentóreo del gentío, quedaban mitigados por un gesto inocuo en principio: la extinción del sonido de un audífono. Con ese aspaviento, con ese acto de desaire hacia una sociedad que realmente hacía oídos sordos a un problema acuciante, terminaba ese gran film, único que había recurrido a un efecto semejante. Hasta ahora.
Que Sam Mendes es un cinéfago por encima de cineasta, es todo un hecho. Después del despliegue de encantos con que adornó American Beauty (1999), o su incursión en el universo del hampa con Camino a la perdición (2002), Mendes se adentra ahora en un terreno aún más espinoso, el de la condición de la mujer y su situación en el matrimonio. Que esta aseveración no llame a engaño a demagogos que creen que las desigualdades ya están superadas y que el feminismo es un mundo aparte. En este caso, como siempre que se habla de igualdad, se trata del abordaje de la vida de la mujer desde la perspectiva de los Derechos Humanos, dos realidades que en la generalidad del planeta no suelen darse al unísono. April (Kate Winslet), es una joven llena de energía y expectativas. Frank Wheeler (Leonardo DiCaprio), un chico sin vocación definida pero con grandes sueños. Tras conocerse y casarse, deciden irse a vivir a una zona suburbial del Connecticut de los cincuenta, comenzando a partir de entonces una modélica vida en pareja, caracterizada por la devoción de la mujer y el cariño del marido. Sin embargo, el matrimonio no es feliz. A pesar de sus dos hijos y de su casa de ensueño, Frank lleva una vida “irremediablemente vacía”, con un trabajo que detesta y una rutina que le absorbe. April, siempre resolutiva, decide poner punto final a la cotidianeidad de la familia, elaborando un futuro prometedoramente radiante para todos. Los vecinos, los amigos y los compañeros de trabajo no podrán soportar la idea de que los Wheeler sean capaces de romper sus cadenas. Si a la hostilidad del entorno se le añade el repentino embarazo de April y la pueril imposibilidad empática de Frank, es de esperar que a esta novela de Richard Yates, sólo le reste la tragedia.
Con un duelo interpretativo a la altura de La gata sobre el tejado de Zinc (1958, Richard Brooks) e incluso Días de vino y rosas (1962, Blake Edwards), y con unos compenetrados y maduros Winslet y DiCaprio, esta película llega a lo más profundo de la condición humana, tocando los valores que han subyugado a las mujeres durante décadas, y los recursos fulleros de los que se ha valido la sociedad para tener cautivas las ambiciones, los cuerpos y las almas de quienes siempre quisieron ser tratadas de igual a igual.
Maestral forma de enseñar que otra vida es posible en teoría, aunque no así en la práctica. Porque no todos están dispuestos a conducir por un Revolutionary Road, y todavía hay quienes, ante tales injusticias, siguen prefiriendo apagar el audífono para no escuchar.

SIETE ALMAS
Lucía Tello Díaz

Título original: Seven pounds.
Dirección: Gabriele Muccino.
País: USA. Año: 2008.
Duración: 123 min.
Género: Drama.
Interpretación: Will Smith (Ben Thomas), Rosario Dawson (Emily),Woody Harrelson (Ezra), Michael Ealy (hermano de Ben), Barry Pepper (Dan), Elpidia Carrillo (Connie), Robinne Lee (Sarah Jenson), Joseph A. Nuñez (Larry), Bill Smitrovich (George), Tim Kelleher (Stewart Goodman), Gina Hecht (Dra. Briar).
Distribuidora: Sony Pictures Releasing de España.
Estreno en España: 16 Enero 2009.
La maquinaria expendedora de Oscar nunca ha sido justa. Grandes artistas del pasado han visto coronadas sus carreras con un premio Honorífico que, en la generalidad de los casos, tiene el gusto amargo de un café a destiempo. Este destino aciago, ese oscuro objeto de deseo nunca satisfecho, parece alejarse cada vez más de la trayectoria profesional de Will Smith, rey de la taquilla que ha optado, como el sentido común indica, por demostrar al mundo -y a sí mismo-, que todavía tiene mucho que entregar.
Desbancados todos los records –incluido el de que ocho de sus películas hayan embolsado ingresos superiores a cien millones de dólares consecutivamente-, y habiéndose afianzado en la industria cinematográfica, las apuestas de Smith han adquiridos tintes astronómicos; ya no cabe duda alguna acerca de sus aptitudes dramáticas. Postergados los hit-parade de la taquilla momentáneamente –léase Men in black, Hitch o Hancock.-, el señor Smith conoce a la perfección los resortes de la Academia, y a ellos dirige sus pasos con competencia y juicio. En Siete almas Will Smith demuestra que la fama nunca está reñida con el talento y que su capacidad creadora de personajes atormentados, enigmáticos y llamados al ostracismo auto-impuesto, no sólo suponen un ejercicio ímprobo de reconstrucción artística, sino que dejan patente su indomable talante de self-made-man.
En Seven Pounds, repitiéndo bajo las órdenes de Gabriele Muccino tras En busca de la felicidad, el personaje trágico es Ben Thomas, un agente de Hacienda que busca exonerar su pasado turbulento mediante acciones heroicas. Esta redención cuasi mística supone no sólo un sacrificio físico recóndito e insondable, sino una paulatina dación de su propio cuerpo en aras del bien público. Ezra Turner –Woody Harrelson-, Emily Posa –Rosario Dawson-, Holly Apelgren, Connie Tepos, George Ristuccia, Sarah Jonson y Nicholas Adams, son las siete almas elegidas por este hombre para llevar a cabo su maquiavélico –aunque paradójicamente desinteresado- plan, un designio con final marcado de antemano que, como tragedia romántica que se precie, sobrecoge al espectador.
Pese a que la trama nos trae a la memoria películas como Obsesión (Douglas Sirk, 1954), ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946) o Cadena de favores (Mimi Leder, 2000), en esta ocasión destacan las magníficas dotes interpretativas de Smith, auténtico protagonista de la cinta, capaz de llevar el peso de un film duro, seco y áspero, no apto para todos los públicos y fatuamente dramático que, al menos, hará recordar al público el valor de las cosas más nimias. Insuperable, a este respecto, la escena de la bañera: genialidad sin parangón a prueba de puristas.
Esperemos que Mr. Smith corra mejor suerte con estas Siete almas que con Ali y En busca de la felicidad, aunque no cabe forjarse grandes expectativas con la Academia de Hollywood. Ya se sabe, no siempre hay un Ben Thomas que salve lo irredimible.

CREPÚSCULO
Ángel García
Director: Catherine Hardwicke
Productor: Wyck Godfrey, Greg Mooradian, Mark Morgan, Karen Rosenfelt
Reparto: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Taylor Lautner, Billy Burke
Duración: 120 minutos
Estreno: viernes 5 diciembre 2008
Género: Fantástico
País: EE.UU.
Distribuidora: Aurum Producciones
¿Cómo podría definir Crepúsculo? Es algo complicado, aunque podría catalogarla como una pseudo-comedia-adolescente-americana. Quizá eso es lo más adecuado pero omite uno de los principales ganchos de la película: su protagonista es un vampiro. Pero me niego a considerarlo un vampiro. Los vampiros de verdad deben dar miedo, tener afilados colmillos, beber sangre humana, dormir en ataúdes... Esas cosillas y costumbres que tienen los chupasangres de bien...
Pero, en este caso, nos encontramos un vampirito metrosexual y vegetariano. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Un hombre lobo depilado? Y es que, en el tema de lo sobrenatural, Crepúsculo queda mucho más cerca de los magos adolescentes de Harry Potter que del verdadero conde Drácula. Así, asistimos a una historia de un ser sobrenatural que, de acuerdo a los estatutos del sindicato de monstruos, debería ser un malo muy malo pero que, ¡oh milagro!, gracias al amor, se convierte en un bueno muy bueno.
La historia puede resultar aceptable dentro de un bestseller para adolescentes (la cinta está basada en la novela homónima de Stephanie Meyer) pero de ahí a intentar convertirla en un nuevo fenómeno cinematográfico mundial, media un abismo. En este fracaso influye la ambientación del filme. La cinta se localiza en un lugar muy lluvioso y nublado, ya que ambientar una peli de vampiros bajo el sol de Almería no tendría mucho sentido. Pero el cielo gris del estado de Washington crea una atmósfera demasiado oscura, cargada, lluviosa, plomiza. De todo menos inquietante, dejando al espectador en su butaca más aplatanado que aterrado. Más que EE. UU., parece un deprimente otoño londinense aunque, eso sí, perfectamente aderezado con todos los estereotipos americanos: el baile de fin de curso, el periódico del instituto, las camionetas Chevrolet... Sólo faltaba el grupo de animadoras macizas; una verdadera lástima porque su presencia hubiera levantado algo el tono monocorde de la película.
Pero este uso de los estereotipos queda devaluado cuando llegamos a la parte espectral. ¿Cómo puede tener un vampiro su casa totalmente acristalada? Habitualmente, según nos ha enseñado el cine, los vampiros se destruyen con la luz pero este, por el contrario, se convierte en un gigoló con purpurinas y peinado a lo James Dean.
Y eso que el trailer parecía medianamente prometedor, incluyendo alguna de las escasas escenas de acción de la película. Pero cuando te sientas en la butaca, terminas absorbido por el ritmo exasperantemente lento de la película. El filme se detiene en innumerables detalles nimios y, durante más de una hora, da vueltas intentando ocultar al espectador que, ¡oh sorpresa!, el protagonista es un vampiro, algo que todo el mundo sabe porque es el gancho utilizado para vender la película. Así, durante la primera hora de cinta, la mayor gracia está en buscar algunos parecidos razonables. Edward Cullen, con su cara pálida y espléndido toque de manzana, es igualico que Iniesta. Y no nos olvidemos del amigo indio, una copia de Rafa Nadal. Sólo le falta sacarse los calzones del orto...
Quizá la película no sea tan mala pero la sensación que me queda, como espectador, es sentirme engañado, ya que se ha vendido algo que no se corresponde con la realidad. Tú vas a ver una película de suspense-acción-terror y te encuentras una cinta para adolescentes mínimamente correcta. Vale, acepto Crepúsculo como película de buen rollito pero, por favor, no la relacionen con los vampiros. Pueden destrozar el legado de Bram Stoker, Nosferatu y, quizá el vampiro que más me ha sobrecogido, el Señor Burns en un capítulo de Halloween de los Simpson.

HERMANOS POR PELOTAS
Lucía Tello Díaz
Título original: Step-Brothers
AÑO: 2008
Duración: 95 min.
País: Estados Unidos
DIRECTOR: Adam McKay
GUIÓN: Will Ferrell, Adam McKay
MÚSICA: Jon Brion
FOTOGRAFÍA: Oliver Wood
Intérpretes: Will Ferrell, John C. Reilly, Mary Steenburgen, Richard Jenkins, Adam Scott, Kathryn Hahn, Andrea Savage, Elizabeth Yozamp, Lurie Poston
Producción: Apatow Productions
La primera vez que tuve ocasión de conocer el trabajo de Will Ferrell, fue en la fantástica, mítica y poco conocida por el gran público Superstar (1999, Bruce McCulloch). Esta película histriónica, spin-off del que fuera el espacio en el Saturday Night Live de Molly Shanon -perenne ya como Mary Katherine Gallagher-, narraba la historia de una joven adolescente –treintañera y más allá en la realidad-, que retozaba con los árboles porque quería ser amada, y se prendaba del chico más popular del instituto, un rejuvenecido Ferrell que mostraba ya señas de identidad íntegramente reconocibles. Aunque había interpretado distintos papeles, su comicidad y genio se fueron popularizando a pasos agigantados, haciéndose a partir de entonces un firme hueco dentro del panorama cinematográfico hilarante de finales de la centuria pasada, y principios de ésta.
Periodista por graduación, pero comediante vocacional, este californiano que empezara junto con su compañera en la gran cantera que supuso el SNL, no tuvo reparo alguno en introducirse en unas mallas verdes para dar vida a Elf (2003, John Favreau), ni tampoco para padecer los excesos psicológicos y ansiosos de un personaje de Woody Allen en Melinda y Melinda (2004). No le importó ser un agónico personaje de la novela de Emma Thompson en Más extraño que en la ficción (2006, Marc Foster), ni siquiera caer prendido un año antes, de una Nichole Kidman embrujada y sobrenatural en Bewitched (2005, Nora Ephron). Lo más curioso de su trabajo, además del atavío al que suele someterse es, sin duda, su avasalladora personalidad, la cual es capaz de otorgarle a todos sus papeles un toque indiscutible de locura e infantilismo, mezcla de dulzura y sinrazón. Pese a los años que han pasado y a la ductilidad de sus protagonistas, Ferrell posee la extraña cualidad de trascender el guión y ser un personaje en sí mismo, no caricatura de una identidad, sino al contrario, piedra angular de un estilo de comicidad distinto, trasgresor.
En esta ocasión lo hace en una película co-escrita por él mismo (en colaboración con el director, Adam Mckay), en la que nos vuelve a enseñar ese carácter anquilosadamente adolescente, el suyo y el de toda una generación, que reniega del paso del tiempo y de su consiguiente exigencia de madurez. Nancy (Mary Steenburgen) es una mujer madura que decide contraer matrimonio con Robert (Richard Jenkins), un doctor responsable y formal. Con un hijo en la cuarentena cada uno, la pareja tendrá que explicar a sus otoñales vástagos –, infantiloides, vagos y territorialistas-, que ya va siendo hora de que se hagan cargo de sus propias vidas. Obligados a ser adultos, Brennan –Ferrell- y Dale –John C. Reilly-, deberan hacer frente a un cambio de estado juntos, manteniendo una relación que linda el sadomasoquismo pueril.
En la línea de sus anteriores largometrajes, El reportero: la leyenda de Ron Burgundy (2004) y Pasado de vueltas (2006) –ambos protagonizados por Ferrell-, Adam McKay nos presenta en este film una extraña mezcla de ingredientes dispares que, tan pronto padece insipidez, como adolece de un exceso de colorantes y conservantes. Y es insípida porque su ritmo es lento, la generalidad de sus bromas socarronas y manidas, su exposición irregular y su guión flojo. Y es excesiva, porque en muchos aspectos se nos muestra desmedida: los golpes, su escatología, los personajes secundarios histriónicos e irreales y un final espectacular aunque esperable.
Quizá parte de culpa la tenga el doblaje, con Florentino Fernández y Santiago Segura a la cabeza. Y es que, si bien la voz del primero es tremendamente versátil y creíble, la arrolladora personalidad que lleva impresa la voz de Segura, le hace demasiado presente y penetrante como para atender al personaje de Ferrell, quien hubiera ganado mucho más en matices con su doblador habitual.
En líneas generales, es una película que ofrece justo lo que se espera de ella, fresca, dinámica, sorprendente en ocasiones, crítica con una sociedad en que los adultos no abandonan el nido por comodidad, no ya del modo en que lo haciera Tanguy (2001, Étienne Chatiliez), sino más bien en la línea de Big (Penny Marshall, 1988), con niños encerrados en cuerpos de adultos que no encuentran la frontera entre la infancia y la vida madura, al tiempo que se le reprocha el cambio a aquellos adultos que pierden lo humano en su transformación. Será cuestión de equilibrio. Lo que es seguro, es que Hermanos por pelotas es, como buena producción de Apatow, todo menos equilibrada. Aún así, resulta. Será pura alquimia.

Brideshead Revised (Retorno a Brideshead)
María A. Sopeña Font
Dirección:Julian Jarrold
País:Reino Unido
Año:2008
Duración:100 min.
Género:Drama
Guión:Jeremy Brock, Andrew Davies
Producción:Robert Bernstein, Douglas Rae y Kevin Loader
Música:Adrian Johnston
Fotografía:Jess Hall
Montaje:Chris Gill
Vestuario:Eimer Ni Mhaoldomhnaigh
Estreno en España:31-10-2008
…mientras el pez aún nadaba en el agua sujeto al sedal, el pescador esperaba paciente el momento justo para tirar del hilo y atraer el pez para sí…
Dios se comporta de modo parecido… contempla cómo sus peces nadamos, nos concede la ilusión de la libertad mientras nos mantiene sujetos a ese sedal hasta que, con un simple tirón, decida atraernos, arrastrarnos a tierra… o, darnos más espacio, según su voluntad; o mejor aún, contemplar cómo el mismo pez se va enredando en su propio sedal… o quizá, incluso, podría ser aún mejor… como si ni siquiera existiera un pescador y justificáramos con su presencia la violenta necesidad de atarnos unos a otros a un sedal y atraernos; pero ¿hacia dónde exactamente?
Una visión un tanto oscura del catolicismo, una visión en la que los inconformistas, los que se revuelven y pretenden soltar el sedal, no tienen posibilidad, ni esperanza… donde como el pez estamos condenados desde el principio.. y a merced del pescador.
La novela homónima de Evelyn Waugh narra, en palabras del propio autor, " de lo que la teología llama “la intervención de la gracia divina”, es decir, el acto de amor unilateral e inmerecido por el que Dios llama continuamente las almas hacia Sí".
Siempre me ha parecido cuanto menos intrigante el modo en que el hombre se somete a sí mismo a voluntad, cómo el hombre se desentiende de la responsabilidad en su propia felicidad. Charles Ryder, uno de los protagonistas, en un momento dado explica, o mejor dicho, justifica ante sus contertulios la diferencia entre tomar una fotografía y pintar un cuadro, que, aunque imperfecto, capta mejor el sentimiento y la emoción del momento, (que por definición, tampoco es perfecta). De esta manera Waugh explica y justifica también su obra, explica cómo pintará un tríptico maravilloso, un elaborado y delicado retablo sobre el inconformismo, la religión, el amor, y sobre la búsqueda de la felicidad… y explica que, en realidad, quienes lo pintarán serán sus personajes, unos personajes terriblemente humanos, complejos, poliédricos, emotivos… y cómo los amará hasta las últimas consecuencias, a cada uno, por cómo es, por sí mismo, sin juzgarlos y sin abandonarlos jamás a su suerte... todo un ejemplo de piedad literaria sorprendente en la literatura del s/XX. Un retrato, en definitiva, cálido y nostálgico, conmovido por el triste devenir y la espiral decadente a la que sus personajes se ven empujados en unos tiempos convulsos de por sí.
No es la primera vez que esta genial obra es llevada a la pantalla; ya en los años 80 se convirtió en serie de televisión, (y aún hoy es catalogada por muchos como “la mejor serie de televisión de la historia”) con un jovencísimo Jeremy Irons, más inglés y encantador que nunca... y Laurence Oliver entre otros. Sin embargo, esta vez, y arropada por la modernidad que permiten los nuevos tiempos, se viste más transparente y ambigua que nunca, mostrando, como si fuera la primera, esas entradas ocultas a jardines encantados de los que habla Charles, embriagado por el aroma y el sabor del vino, del lujo y de lo exquisitamente desconocido (no en vano Waugh recuerda que escribió su novela absorto por la añoranza de tiempos mejores, de sensaciones plásticas, de vívidos recuerdos que intentó plasmar en su obra como si de pintura se tratara)
La historia de los Flyte, su excentricidad y decadencia, se retrata a través de la mirada atea de Charles Ryder (Matthew Goode “Match Point”) lacónico, medido, de refinado encanto, que conoce casualmente en Oxford a Sebastián Flyte, hedonista maravilloso, romántico, sensible y atormentado por sí mismo y por su madre, con la que mantiene una dicotómica y enfermiza relación. Sebastian conducirá a su nuevo amigo por un universo aparentemente lleno de gracia en el que los secretos, los silencios y la estricta moralidad coartarán el destino de todos. La relación de Charles con los Flyte estará marcada, simbólicamente, de esta manera en dos claros escenarios: la ostentosa fuente del jardín, con alguna de las escenas más pretendidamente ambiguas entre ambos protagonistas, y la austera capilla, símbolo medieval de ese oscurantismo que les persigue y les atará a esa mansión, cada vez más lúgubre y oscura. Por otro lado, y en paralelo transcurre la historia de amor entre Charles y Julia, la lánguida y fascinante hermana de Sebastian, lo que terminará de configurar un doloroso triángulo “amoroso” platónicamente idealizado en un único verano.
Lo que comienza con un retrato de amor y admiración por parte de Charles, lleno de luz y sensaciones, como una de sus geniales pinturas impresionistas, va cambiando y oscureciéndose hasta una triste mirada de compasión, lástima…y culpa…(siendo este hecho aún más penoso y lacerante en la novela con su final conversión al catolicismo)
Sobre el desesperado intento de liberación por parte de Sebastian de las ataduras que le ligan a su madre, a esa mansión y a la religión que coarta su sexualidad (por otro lado abiertamente aceptada), reflejo de la huida de su padre (con una redención final absolutamente dramática), Ben Wishaw (“El perfume”) realiza un conmovedor y desgarrador retrato, siendo éste uno de los personajes más ricos y profundamente humanos de toda la obra. Sebastian, frágil, y sensible, resulta encarnar todo lo bello que se oculta tras el muro, todo lo hermoso, cálido y encantador…a la vez que efímero, vulnerable, inestable y frágil.
En cuanto a Julia que manifiesta una rebeldía mucho menos acusada que la de su hermano, y que, aunque se considera a sí misma víctima de las normas impuestas, resultará ser al final para sí misma su peor y más cruel verdugo, el tipo Hollywoodiense rompe con ella el banal Happyending que esta historia no admite de ninguna de las maneras, resultando ser la mejor metáfora de la pérdida física y personal, de la caída, de la soledad, de la destrucción del individuo por sí mismo y su inmolación en un desesperado intento por recuperar la perdida gracia de Dios.
Completa el reparto una como siempre magnífica Emma Thomson, que se erige como matriarca de este clan, como enemiga de la libertad, erróneamente guiada por el amor a sus hijos, a los que empujará a la autodestrucción, para, finalmente, morir sola y llena de remordimientos. Genial papel de Emma. Directa y compleja. Fría en contraste con la tierna calidez que inspiran el resto de los personajes. Insuperable.
Para terminar, y en un ataque de sinceridad, confesaré que escribiendo esta crítica, intentando diseccionar su maravilloso mensaje en un desesperado intento de concreción por mi parte, me he descubierto sorprendentemente conmovida por uno de los trabajos más sólidos, honestos, coherentes, circulares y multidimensionales que he tenido la oportunidad de ver. Desde luego soy consciente de que no resultaré objetiva ni cinematográfica, porque sus méritos, por otra parte, exceden también, y traspasan, los meramente técnicos… pero quisiera dejarlo aquí, con únicamente una firme recomendación. Imprescindible.
Lo mejor: La asombrosa identificación y aceptación de los personajes como reales y propios así como la inmejorable presentación de su relación contramundum. La banda sonora, igualmente plástica e inspiradora. La fotografía genialmente diseñada con impagables caracterizaciones de atmósferas, que nos sumergen en una nueva luminosidad intencionadamente evocadora. Convincente. Brillante. La aceptación y desdramatización de la religión como nuevo tema de controversia, curiosamente poco “explotado” hasta la fecha en el cine.
Lo peor (relativamente): La inevitable y delicada tristeza de la historia. Magnífica. La catarsis ideológica a la que somete al espectador más desprevenido.

Step Up 2 (The streets): (The streets?? Si es que les pierden los eufemismos…)
María A. Sopeña Font
Título:
Título original: Step Up 2 the Streets
País: USA
Estreno en USA: 14/02/2008
Estreno en España: 22/08/2008
Productora: Touchstone Pictures
Director: Jon Chu
Guión: Toni Ann Johnson, Karen Barna
Reparto: Briana Evigan, Robert Hoffman, Will Kemp, Cassie Ventura, Adam G. Sevani, Telisha Shaw
Vamos, vamos, que en estos tiempos que corren, en los que “High School Musical” (quintaesencia del onanismo adolescente y principal responsable de la subida de mis niveles de azúcar en sangre) se erige como órgano impositor y punitivo de lo que “mola y no mola” entre los jóvenes (y desgraciadamente tampoco TAN jóvenes) vayamos a rasgarnos las vestiduras frente al vacío existencial de la segunda parte de Step Up (incomprensiblemente traducido al español como Street Dance) no puede ser otra cosa sino el efecto secundario de uno de esos ataques de “intelectualismo” tan rancio como injustificado que se ceba especialmente contra la cartelera de verano…y es que, el que se acerque al cine pretendidamente engañado por uno de los carteles más explícitos de las últimas décadas, se merece lo que le pase.
Por dónde empezar? No, no me pagaron por verla y sí, encima pagué yo por ir al cine; de hecho, tal era el sentimiento de culpa que mi idea inicial fue escribir una crítica sobre una inexistente producción independiente referente a un triste, a la par que meditabundo, (pero con una expresiva mirada, delatora de una impresionante vida interior) agricultor homosexual moldavo (aún estaba por decidir si sería checheno) que aún a falta de un brazo cultivaba con esfuerzo la árida tierra congelada, tan áspera y poco fértil como la sociedad a la que se enfrentaba, y que dedicaba su escaso tiempo de ocio a leerle a Nietzsche a su pequeña hija sordociega...toda una crítica al capitalismo presente incluso en la sociedad comunista..ah y encima la peli iba a ser muda..
Pero al final me he decidido a ser sincera..a aceptar a mi friki interior y animarme a descuartizar, o mejor dicho, diseccionar… esta segunda parte de lo que fue en su momento otro subproducto destinado a la última estantería del videoclub.
“Stret Dance” podría haber sido la enésima reencarnación de “Dirty Dancing” con la chavalita de enorme potencial. aunque ligeramente pardilla. y con una coordinación próxima a la de un playmobil, que va a dar con el intencionadamente chulo, aunque de buen corazón, profesor de baile, con el que, tras el inevitable odio inicial (con esa lucha de clases tan presente) acabaría encontrando el amor verdadero para finalmente enfrentarse en una competición de baile amañada….pues no!
En este caso seguimos el esquema número 2…chica con la madre muerta (madre preferentemente aunque puede ser abuela si la madre resulta ser un mal bicho..) confinada a semilibertad por una austera tutora (versión moderna de la madrastra de Disney de toda la vida) que le impondrá como acto de forzada penitencia (también llamada contricción forzosa) su ingreso en una escuela de danza bajo pena de destierro; medida que a la larga resultará ser lo mejor para nuestra heroína en cuestión ya que encontrará su sitio en el mundo y reforzará su sentimiento de pertenencia (tan importante para la juventud, sobre todo para esta nueva “generación bullying”) a la vez que se vengará de sus anteriores amigos tras darse cuenta de que no, después de todo no le beneficiaban nada de nada…ah! se me olvidaba…evidentemente la chica encontrará tiempo para hacerse amiga del más asocial del “insti”, que con su ayuda demostrará a todos su, hasta entonces oculto, talento, y enamorarse irremediablemente del atractivo pero rebelde protagonista rubio…
Con batalla final de baile, claro!...
En definitiva, si no os perdisteis ni un especial de FAMA (a bailar..) este genial y seguramente carísimo videoclip de hora y media será vuestra peli del verano; si no…ni os acerquéis…su retrato de una sociedad previsiblemente clasista puede resultar irritante y simplón y su concepción como película “musical” degrada al género a la mínima expresión del arte, al del espectáculo vacío por vocación.
Lo mejor: Las coreos geniales
Lo peor: Evidentemente que haya que pagar por verla cuando podían haberla distribuído directamente vía MTV.

|