Ángel García

PESADILLA EN ELM STREET EE.UU. (1984) 92 minutos
Director: Wes Craven
Actores: John Saxon (Sr. Thompson), Ronee Blackley (Sra. Thompson), Heather Langenkamp (Nancy), Amanda Wyss (Tina), Nick Corri (Rod), Johnny Depp (Glen), Robert Englund (Fred Krueger).
Sudoroso, calentito y todo el fin de semana en la cama. Un plan magnífico de no ser porque mi compañera de cama era la fiebre y no una rubia maciza como Scarlett o Elsa Pataky. Bien pensado, tampoco hubiera estado mal una morena como Ana Ivanovic ahora que está libre. Pero bueno, ahora no viene a cuento hablar de mis ligues. Decía que estaba febril en la cama, arropadito con la manta hasta el cuello, cuando me vinieron a la memoria aquellos resfriados que pasabas de niño, cuando estabas cuatro días recluido en la camita con mamá cuidando de ti.
Así, para rememorar al completo mis tiempos infantiles decidí recordar uno de los iconos del terror de mi infancia, una película que nunca había visto ya que, cuando era pequeño, mis padres no me dejaron para que no tuviera pesadillas pero, aún así, su protagonista me cortaba la respiración: Fred Krueger o, lo que es lo mismo, Pesadilla en Elm Street.
Cuando comienzas a ver la película, lo primero que piensas es que todo tiempo pasado fue mejor, y si no que le pregunten al Atlético de Madrid. Pero, si bien es cierto que el paso del tiempo afecta a todo hijo de vecino, hay algunos que lo resisten mejor que otros, no hay más que ver a Monica Bellucci. Y, en el caso de Pesadilla en Elm Street, aunque se nota a primera vista que es una película hecha en otra época y con ciertas limitaciones, hay que reconocer que resiste el paso del tiempo mucho mejor que otras películas de su época o más recientes.
En este aguante al paso del tiempo, influye en gran medida la novedosa idea con respecto a la cual está estructurada la película. En primera instancia, la cinta podría parecer una nueva vuelta de tuerca al terror del estilo slasher que en su momento comenzara La Matanza de Texas y que después continuaron Viernes 13 o Halloween. Películas donde un asesino sanguinario pasa el rato matando unos cuantos adolescentes incautos. Pero, sobre esa base, Wes Craven incorpora un interesantísimo juego entre sueños y realidad, eligiendo como hábitat del maníaco el lugar más indefenso del ser humano. No me refiero a una granja en medio del oeste ni a un campamento de verano; Wes Craven elige el lugar en el que somos totalmente vulnerables, libres ante nuestros temores más profundos y de donde ninguno podemos escapar: nuestros sueños. Continuando con esta temática onírica resulta interesante cómo se refleja en la película la estética de los sueños: persecuciones donde el protagonista trata de huir pero nunca avanza, cambios de escenario sin una relación lógica entre sí, un peligro acechando en cualquier lugar y del que no puedes escapar... Todos los grandes alicientes de toda pesadilla que se precie.
Para cimentar esta interesante idea debemos conseguir un villano con gancho. Cara de cuero tenía su careta de piel humana; Michael Myers, su máscara de hockey hielo. Y aquí tenemos a Fred Krueger, con su piel quemada, su jersey de rayas rojas y verdes, su gorro negro y su inseparable y afilada garra. Toda una iconografía que nos ha quedado grabada en la memoria pero que, con gran acierto, no presenciamos hasta la extenuación como ocurre en otros filmes. Como en las pesadillas, la amenaza no es algo explícito, sino una sorpresa difusa, creando una sensación amenazadora que puede sobresaltar al espectador en cualquier momento.
En el resto del reparto, encontramos las clásicas apariciones de padres atormentados y adolescentes asesinados, destacando el aterrador proceso de envejecimiento de Heather Langenkamp para reflejar el sufrimiento y falta de sueño que le causa Fred. Aunque, por encima de Heather, la presencia más destacable de la película es la aparición de un adolescente ochentero molón con cara de niño bueno que con el paso del tiempo terminaría convirtiéndose en un alguien conocido en el cine; un tal Johnny Depp...
A pesar de esta presencia, en Pesadilla en Elm Street, los actores no son los que llevan la película, sino que son ellos los que se ponen al servicio de la historia; algo debido en gran medida a que el principal protagonista, con respecto al cual se estructura el relato, no aparece durante la mayor parte del metraje. Una mesura en la distribución de Fred Krueger que no se corresponde con el reparto de vísceras y sangre. Así, debo reconocer que Wes Craven supera en ciertas ocasiones el límite del buen gusto, especialmente en ese geiser de ¿vísceras? ¿sangre? ¿vómito? ¿mezcla de todo tipo de fluidos? De todos modos, esa licencia escatológica no debería extrañarnos entre la incorrección política y el especial sentido del humor que Craven salpica en varias escenas de la película. En este sentido, resulta mítico el plano en el que Fred hace asomar su garra por debajo del agua entre las piernas de Nancy en la bañera...
Aunque, además de la incorrección política, esa escena representa la fortaleza de la película: Fred Krueger puede aparecer en cualquier lugar, allí donde te quedes dormido, algo que nunca podrás evitar y que, por tanto, a cualquiera puede afectar. No en vano, todos tenemos nuestro Fred Krueger particular. ¿Quién no sufre un terror profundo en sus sueños? Yo, por ejemplo, a veces sueño con un Atleti hundido en la materia económica, con un proyecto deportivo nefasto, una plantilla desconocedora de lo que significa ese escudo y un entrenador falto de ambición... Afortunadamente, creo haber despertado de este último mal sueño en particular pero, ¿y el resto?, ¿podré despertar alguna vez de la pesadilla que es la gestión del Atleti? Mi Fred Krueger particular...
EL ENTE EE.UU. (1982) 115 minutos
Director: Sidney J. Furie
Actores: Barbara Hershey (Carla Morán), Ron Silver (Phil Sneiderman), David Labiosa (Billy), George Coe (Dr. Weber), Margaret Blye (Cindy Nash).
Tras varias películas repletas de crímenes, matanzas y todo tipo de tropelías, ya era hora de encontrar una película de terror donde está presente el amor. Bueno, realmente no se por qué digo amor cuando quiero decir sexo; en concreto, sexo con algo sobrenatural: sexo con El Ente. Este clásico del cine de terror rememora el mito de íncubos y súcubos (entes sobrenaturales que mantenían relaciones sexuales con seres humanos) adaptándolo a un hecho real ocurrido en EE.UU. en la década de los setenta.
Esta vinculación a un hecho real es el primer elemento clave del filme, haciéndonos pensar que, lo que en la película le acontece a Carla Moran, interpretada por una gran Barbara Hershey, le ocurrió realmente a otra mujer y podría ocurrirle a cualquiera de los espectadores, situación que genera una cierta empatía con la protagonista; una mujer que, nada más comenzar la película y sin apenas descorchar su perfil, ha sufrido la primera violación del ente.
Tras haberla estigmatizado con esa violación, el director traza un perfil más profundo de Carla Morán, presentándola como una mujer sola, sin un apoyo masculino estable a su lado, ya que su pareja se encuentra lejos por motivos de trabajo. Para colmo, se vislumbran ciertos deslices y malas experiencias en el pasado, con lo que parece relacionarse su anterior vida disoluta con el presente castigo infligido por el ente. Una idea punitiva que coquetea con el pensamiento machista de la época según el cual una mujer, para estar protegida, debía tener a un hombre a su lado. Una intuición machista que alcanza la categoría de seguridad tras la reunión de unos doctores que, después de sesudas deliberaciones, llegan a la gran conclusión de que Carla Moran monta esos saraos y violaciones virtuales porque la entran calentones por la falta de sexo y quiere masturbarse a lo bestia, aunque ella no lo sepa.
Poco a poco, el sufrido planteamiento de la protagonista va ganando en dramatismo ya que, tras esa primera violación, Carla pasa por la incredulidad de la gente, un accidente de coche provocado por el ente y toda una serie de abusos sexuales que terminan por hacerla asimilar e interiorizar que esa presencia la domina y puede hacer con ella lo que quiera. Este proceso de sufrimiento interior está muy bien reflejado por Barbara Hershey, mostrándonos cómo Carla Moran empieza a volverse loca, debatiéndose en su interior entre la colaboración o no con la bestia y un fuerte orgullo que no alcanza a comprender cómo la gente no cree su testimonio.
Precisamente con Barbara Hershey encontramos el gran acierto del casting, una protagonista absoluta y guía conductora de la película con una gran interpretación. A la sombra de esta estrella se encuentra el resto del reparto, con un grupo de actores que, sin excesivas florituras, cumplen con su papel reflejando los múltiples estereotipos americanos de los años setenta: el hijo mayor de madre soltera, el matrimonio cincuentón, el doctor madurito interesante... Un catálogo de estereotipos con el que colabora la estética de la película, mitad estilo ‘seventys’, mitad estilo telefilme de Antena 3 los domingos a las 15:30; esos preciosos telefilmes que resultan tan útiles para echarse una siesta tranquilamente.
Afortunadamente, El Ente no reflejó está faceta siesta, manteniéndonos en todo momento en alerta por esa entidad amenazadora e invisible, cuya presencia se ve multiplicada y agravada por la banda sonora de la película, especialmente inquietante y tenaz cuando el ente va a manifestarse. Para ello se usó un sonido machacón y frenético, que perturba y amedrenta al espectador, haciendo que reaccione con sobresalto en cuanto suenan los primeros acordes de esa sintonía.
Un sobresalto muy bien mantenido a lo largo de la película pero que queda un tanto difuso en el final. De hecho, podría decirse que El ente no tiene final, ya que la historia se queda en el aire sin una clara resolución tras el melodramático intento del director de cerrar la película con un remix entre Cazafantasmas y Gran Hermano. Una mezcla fifty-fifty entre un mega experimento con helio líquido que nos recuerda al ectoplasma y a ese simpático Moquete y una casa llena de cámaras donde todo se ve. Sólo falta Mercedes Milá desde la sala de control hablando de Gran Hermano como experimento sociológico y diciendo “Carla Moran, estás nominada”. Bueno, aún podría ser mejor si ella le hubiera respondido “¿Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?”

VIERNES 13 EE.UU. (1980) 95 minutos
Director: Sean S. Cunningham
Actores: Adrienne King (Alice), Ari Lehman (Jason Voorhees), Betsy Palmer (Mrs. Voorhees), Kevin Bacon (Jack).
Todos tenemos películas que hemos elevado a los altares sin saber muy bien por qué. Es más, muchas cintas ni siquiera las hemos visto pero desprenden un aura mística a la que las ha elevado la crítica para ser reconocidas como obras maestras. Esto también ocurre en el cine de terror, donde hay un grupo de 10 ó 15 películas míticas a las que todos recurren en este género: El exorcista, Drácula, Poltergeist, El Resplandor, Viernes 13... Para mí, esta última película también gozaba de ese halo mítico... hasta el momento en que la vi. Un momento en que descubrí que la mítica leyenda terrorífica de Viernes 13 no se corresponde con la cinta original; no al menos con la primera parte, una película que muestra mucho menos de lo que promete y se queda en una película de miedito en lugar del verdadero terror esperado. Algo así como una película de besitos cuando esperas cine porno o buscar una peli de Clint Eastwood y encontrarte Los Puentes de Madison.
Para ambientar la película, el director recurre al mito del lugar maldito, un enclave que todos los lugareños reconocen como extraño, donde en el pasado han ocurrido hechos luctuosos y sobre el que advierten al viajante forastero del riesgo que corre. Y vaya si era arriesgado, no tanto por la presencia de un asesino sino por la presentación del campamento de Crystal Lake, aislado en medio de la montaña, montado por un grupo de monitores bastante incompetentes y un propietario aspirante a convertirse en musa de los Village People.
Para introducirnos en este universo, Sean S. Cunningham recurre a una primera parte de la película un tanto anodina y pesada, con escasos momentos de clímax que enseguida se ven rotos. Tan sólo hay un verdadero momento culminante: la propuesta de jugar al palé-striptease, un juego nunca suficientemente valorado.
Así, aunque es una película de terror, nos encontramos con unos primeros degüellos bastante discretitos, hechos con mimo, cariño y suavidad, como si el asesino no quisiera hacer daño, algo impropio de ese maníaco que nos debería mostrar el director y que se nos ha vendido en las innumerables secuelas. Es cierto que esta sosería se soluciona en parte con un bonito hachazo en la cabeza, pero no es suficiente. Y, por si fuera poco, el error crucial del director es interrumpir la partida de strip-palé cuando se estaba poniendo interesante. ¡Y sólo porque una chica se había dejado las ventanas de la cabaña abiertas! Sólo por esa desfachatez comienzas a sentir cierta empatía con el asesino, a pesar de que no mate como debiera hacerlo.
Precisamente el tratamiento de ese asesino es uno de los principales errores del director. Nunca se ve al verdugo, algo comprensible por el secreto que le interesa mantener sobre la identidad del mismo. Pero sí podría haber usado más recursos, mostrar sombras, siluetas, sugerir... Su falta de aparición le convierte en una amenaza más impersonal. En este sentido también influye que los personajes del campamento en ningún momento sienten un miedo o amenaza reales, sino que viven en la inopia y en su mundo de piruletas y caramelos. Nunca se percatan de la presencia del asesino; simplemente éste los mata por sorpresa, sin avisarles, dar señales previas o enviar al menos un burofax...
A esta falta de transmisión por parte de los personajes se le une la maldita manía de gran parte de los directores de terror de apagar por sistema las luces sumiendo en la oscuridad la escena. Hecho con tacto, puede ser un recurso tenebroso, pero hecho a granel no hace más que despistar al espectador, que nunca es capaz de ubicar correctamente los escenarios del campamento. Así, el público nunca puede meterse en la película como deseara, sino que se mantiene en una especie de tercera persona observadora un tanto desorientada, intentando recolocarse en la escena en vez de sumergirse en ella. En resumen, todos estos factores hacen que a Viernes 13 le falte mucha incertidumbre. No sé si se debió a la película, a mi falta de sensibilidad o a mi exceso de sueño, pero la película apenas me estremeció.
Si no incertidumbre, al menos la película toma algo de interés cuando conocemos la identidad del asesino pero, aún así, el final sigue siendo muy deslucido, dejando muchos cabos sueltos que quedan sujetos a la imaginación e interpretación del espectador más que a la ligazón de la historia, además de otros fallos más graves, entre ellos la posible ubicuidad del asesino.
Pero, a pesar de todos estos errores, Viernes 13 creó una escuela de psicokillers, dejando a Jason Voorhees vivito y coleando para crear una saga casi interminable, con miles de vivencias, muertes y resucitaciones donde el único recurso que quedó sin utilizar fue enviar a Son Goku a reunir las Siete Bolas de Dragón para revivir por enésima vez a Jason Voorhees y seguir perpetrando nuevos crímenes cinematográficos bajo la sobrevalorada marca de Viernes 13.

TERROR EN AMITYVILLE EE.UU (1979) 117 minutos
Director: Stuart Rosenberg
Actores: James Brolin (George Lutz), Margot Kidder (Kathy Lutz), Natasha Ryan (Amy), K.C. Martel (Greg), Meeno Peluce (Matt), Rod Steiger (padre Delaney).
LA MORADA DEL MIEDO EE.UU. (2005) 85 minutos
Director: Andrew Douglas
Actores: Ryan Reynolds (George Lutz), Melissa George (Kathy Lutz), Jesse James (Billy), Jimmy Bennett (Michael), Chloe Moretz (Chelsea), Philip Baker Hall (padre Callaway).
Muchos pensamos que el cine de hoy ya no es lo que era, algo que uno se explica viendo las nuevas versiones de antiguas películas o ideas. No hay más que fijarse en la contemporánea La guerra de los mundos de Spielberg y Tom Cruise en la que, nada más ver una pequeña parte (la visión de más de un cuarto de hora de metraje puede considerarse como tortura) comprobamos que la originalidad de las ideas ha muerto para dejar paso a tracas de efectos especiales sin ton ni son.
Algo parecido ocurre en el cine de terror. Aquellas sobrias películas de los años 70 donde la historia y el argumento dejaban en un segundo plano a las apariencias, han dejado paso a baterías espectaculares de efectos especiales que provocan un susto fácil que se olvida inmediatamente y nunca llega a sobrecoger al espectador. Para certificarlo no hay más que ver dos películas, dos versiones del mismo hecho real: los sucesos de la casa de Amityville. Dos películas separadas por 25 años.
La primera de las dos versiones fue rodada en 1979 por Stuart Rosenberg y fue titulada Terror en Amityville. La segunda fue perpetrada en 2005 por Andrew Douglas y traducida como La morada del miedo. Las películas están basadas en la novela de Jay Anson sobre los hechos reales allí ocurridos, un origen palpable al contar ambas cintas con el mismo armazón dramático e, incluso, algunos clichés casi idénticos que dicen muy poco de la imaginación y capacidad de adaptación de la segunda cinta. Así, la estructura narrativa de las películas estaría compuesta por una serie básica de hechos donde se suceden la compra de la casa, la mudanza, la escena de cama del matrimonio Lutz (por cierto, pésima en la primera versión), George cortando leña mientras Kathy llega de la compra, la escena de la niñera enloquecida en el armario, el descubrimiento del centro de torturas de John Ketchum en el sótano de la casa, la búsqueda de noticias en esos periódicos microfilmados que tanto me recuerdan la Biblioteca Nacional y la vuelta a casa apresurada para que George no mate a nadie.
Dentro de esta estructura narrativa básica encontramos simples variaciones coyunturales. El personaje que interrumpe el fornicio puede ser una niña fantasmagórica en lugar de uno de los niños pequeños; la boda de un hermano se convierte en cena en un restaurante italiano, seguramente debido a la recesión económica; la niñera feúcha y con aparato de dientes se convierte en una maciza pechugona que parece cualquier cosa menos una niñera; o el niño repelente de la primera parte se convierte en un odioso pseudo-adolescente obeso debido a la ingesta masiva de hamburguesas y perritos calientes.
Pero, dejando a un lado estos matices, más formales que finales, lo que verdaderamente diferencia ambas versiones es la mentalidad con la que se afronta su grabación: con la intención de recrear una historia real en el primer caso, con la pretensión de crear un miedo fácil en el segundo. Así, a la nueva versión le resulta innecesario centrarse en la evolución de los protagonistas o en la aparición coral de otros personajes en torno a la familia Lutz, dos de las principales virtudes de la primera cinta. Incluso la figura del sacerdote queda totalmente desvirtuada en la segunda edición, limitándose a una breve aparición que le muestra como un cobarde. Por el contrario, su presencia es mucho más profunda en el primer filme, donde el padre Delaney, bien interpretado por Rod Steiger en su sufrimiento, se convierte en una víctima colateral, símbolo de la lucha impotente de la familia Lutz por comprender y solucionar lo que ocurre en su casa. Incluso podría decirse que tiene ciertas reminiscencias al padre Merrin de El Exorcista, una sensación agravada por la apariencia del detective que investiga el asunto.
Por el contrario, a La morada del miedo le basta con centrarse en el desenlace, la parte más terrorífica, para crear su ración correspondiente de sustos. Unos sustos visuales que hacen que el espectador dé un respingo en su butaca pero que a los 15 segundos ya han olvidado. Sin embargo, Terror en Amityville intenta recurrir a un terror más psicológico, tratando de jugar con la incertidumbre y sugiriendo cosas en vez de mostrarlas. El principal problema con el que se encuentra en su planteamiento es que, al estar basada en unos hechos reales tan conocidos, el espectador sabe de antemano cómo va a terminar la historia y resulta muy complicado sorprenderle. Así, termina convirtiéndose en una película correcta en la ejecución y la pretensión, pero quizá un tanto fría y falta de sentimiento; al más puro estilo de un consolador, que diría el inefable Risto Mejide.
Ambas películas también usan recursos sonoros y visuales similares: grupos de moscas descontroladas con un zumbido insoportable y todo tipo de ruidos, crujidos y movimientos del mobiliario, lo típico de una casa encantada. La diferencia es que, mientras Terror en Amityville evoca en un segundo plano esos crujidos y sucesos sobrenaturales, La morada del miedo los muestra de una manera brusca, bizarra y grosera, recurriendo a mostrar en pantalla varias veces el espectro de la niña asesinada en la casa u otros personajes secundarios del elenco fantasmal; toda una serie de efectos visuales innecesarios que restan terreno a la imaginación y sólo contribuyen a distanciar la cinta del espíritu real y original con que se rodó la primera parte. Ahondando en estos nuevos golpes de efecto, Andrew Douglas no duda en ofrecer nuevos hechos y detalles no incluidos en la primera versión de la película como el origen del peluche de Chelsea o la escena de la niña subida a lo alto del tejado, un hecho que aporta muy poco al trasfondo de la historia pero que resulta bastante melodramático y rellena cinco minutos de agónico metraje.
Pero la historia y la actuación del director no son lo único que diferencia ambas versiones, los actores también realizan trabajos muy distintos. Para ello nos centraremos en la familia y, especialmente, en el matrimonio Lutz, ya que los niños son unos personajes un tanto planos y estereotipados. Así, podríamos destacar a George en la segunda versión, con un actor favorecido por la posibilidad de sobreactuar por la mayor locura de su personaje; y a Kathy en la primera cinta, una mujer que refleja perfectamente el sufrimiento a diferencia de la chiquilla histérica que encontramos en la segunda película.
En este sentido, Margot Kidder encarna perfectamente en Terror en Amityville la evolución y desmoronamiento físico que padecen los personajes ante tanto sufrimiento; con una actitud razonable que trata de solucionar su conflicto. Esta actitud es similar en su esposo, de ahí que, en la primera película, George Lutz parezca un tipo cuerdo, malhumorado y con ciertos arrebatos de locura pero siempre en sus cabales. Sin embargo, el recorte en el perfil de los personajes le convierte en un loco con arranques de lucidez en la segunda etapa. Esto favorece el planteamiento final de la segunda película donde George está realmente poseído y busca matar a su familia; una versión melodramática y separada de los hechos originales, más ajustados a la primera cinta cuyo final se centra en la necesidad de que esa familia huya de la casa.
Como broche final y resumen del enfoque de ambas películas valga el tratamiento que le dan ambos directores al perro de la familia: mientras en Terror en Amityville el espectador debe sufrir un último mal rato para salvar al lindo perrito del peligro, en La morada del miedo se nos ofrece una sesión de ligera casquería a costa del animalito. Puede ser que en la segunda parte importe más la apariencia y el susto fácil que el trasfondo o, simplemente, que nuestros antecesores tuvieran en mayor estima a sus mascotas. Incluso puede que las dos cosas sean ciertas...

¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO? España (1976) 107 minutos
Director: Narciso Ibáñez Serrador
Actores: Lewis Fiander (Tom), Prunella Ransome (Evelyn) y la pléyade de niños-angelitos de la isla Almanzora
Tras recomendar unas cuantas películas extranjeras, ha llegado el momento de mostrar cómo en España también se hace cine de terror de calidad, para lo cual quiero rescatar del olvido una película de terror española de los años 70. No me refiero a Los Bingueros o a Vente a Alemania, Pepe; sino a una película que da miedo de verdad: ¿Quien puede matar a un niño?, de Narciso Ibáñez Serrador, un gran contador de historias de terror cuya imagen se oculta tras la alargada sombra del Un, Dos, Tres y la Ruperta.
La idea de la película está basada en la novela El juego de Juan José Plans, cuya estructura crece sobre la base de la ruptura de un cliché universal: la inocencia de los niños, las víctimas históricas de los conflictos entre los adultos. Rompiendo esta norma, Narciso Ibáñez Serrador, Chicho para los amigos y para abreviar, plantea una historia donde va desvelando la maldad infantil con cuentagotas para, casi sin darse cuenta, adentrar al espectador en el extraño universo de esa isla Almanzora donde nada es lo que parece ni lo que debiera ser.
La idea no es del todo nueva, pero el director usa sabiamente la ambientación en un entorno typical spanish para convertir la película en algo realmente cercano, en el pueblo de nuestros abuelos. Primero en Benavis, típica localidad mediterránea en fiestas con fuegos artificiales, gigantes y cabezudos, playas... Tras huir de una versión demasiado turística, la isla de Almanzora nos ofrece un pueblo de la verdadera España profunda, con inmensas paredes blancas encaladas, las puertas abiertas de par en par para los vecinos y los forasteros y un sol tórrido que acalora y asfixia la escena.
Antes de recurrir a la ambientación típicamente española, Chicho pretende confundir nuestros sentimientos desde el principio al comenzar la película con una sucesión de noticias, al más puro estilo NO-DO, donde se muestra a los niños como las víctimas de esta sociedad, usando imágenes de algunos conflictos armados del siglo XX. Con ello intenta despertar aún más nuestros sentimientos de ternura y compasión para acentuar la sensación de contradicción y desasosiego que nos invade al ver la película.
Como es lógico, los niños son los que protagonizan los principales hitos que marcan los distintos cambios de rumbo de la cinta; ya sea la niña que encuentra el primer cadáver en la playa, la joven de la isla que toca el vientre embarazado de Evelyn o ese mismo bebé que espera la protagonista. Utilizados por estos cambios de rumbo, la pareja de turistas británicos son el hilo conductor de la historia. Unos personajes perfectamente encuadrados en el perfil del guiri un tanto despistado e inocente que viene a pasar un rato tranquilo a España. Tan inocentes que, cuando se dan cuenta de que en esa isla ocurren cosas extrañas, es demasiado tarde y les resulta imposible escapar de ella.
Ese proceso de concienciación se ve reflejado en la evolución de la percepción del peligro tanto por parte de los protagonistas como del espectador. De la inicial sorpresa al encontrar el pueblo vacío pasamos a la incertidumbre e inquietud cuando sólo encuentran unos niños muy raros. El nivel de agobio alcanza cotas muy altas cuando Chicho nos comienza a mostrar los extraños juegos que tienen los niños de ese pueblo como el “garrotazo senil” o la “hoz piñatera”, los juegos de infancia que más debían gustarle al tierno cara de cuero en la matanza de Texas.
En ese momento, nuestra percepción de los niños se transforma y donde antes veíamos unos personajes un tanto raros, mohínos y un poco feúchos, ahora encontramos unos bichos siniestros, no demasiado expresivos en su gesto, pero que compensan su inexpresividad con la crueldad de sus actos. Unas criaturas que, si Chicho hubiera hecho hoy en día la película, grabarían sus andanzas con el teléfono móvil para presumir de ellas con sus colegas y colgarlas en el Youtube.
Así, en cuanto Tom comienza a presenciar esas felonías, llega a la conclusión de que esos niños no son trigo limpio, de ahí que intente huir de la isla. Pero, llegados a ese punto, caemos en la cuenta de que es casi imposible huir de la isla, aumentándose un poco más la sensación de aislamiento e indefensión. A no ser que se convirtieran en David Meca, tan sólo tenían la posibilidad de huir en la misma barca a motor que les llevó hasta Almanzora, para lo cual antes deben atravesar el pueblo. Y allí, detrás de cualquier esquina, puede aparecer un grupo de niños dispuesto a jugar... Y visto el panorama de la isla, yo no me fiaría de ningún niño. Bueno, sólo de uno, del niño Torres...

LA MATANZA DE TEXAS EE.UU. (1974) 83 minutos
Director: Tobe Hooper
Actores: Marilyn Burns (Sally); Allen Danziger (Jerry); Paul A. Partain (Franklin); Gunnar Hansen (Cara de cuero); Edwin Neal (Hitchhiker).
En estas fechas tan entrañables, www.todosalcine.com quiere unirse al espíritu navideño y mostrar la cara más cariñosa del cine de terror, de ahí que hayamos elegido una película muy tierna: “La Matanza de Texas”, una cinta que cambió el género de terror en el cine, precursora de muchas secuelas y, con cuya base y excusa se gestaron grandes sesiones de sangre, matanzas y casquería en películas de serie B. De hecho, la propia cinta es, en origen, un filme de serie B para cuya realización, Tobe Hooper se reunió con unos cuantos amigos y, sin gran preocupación por la perfección formal, elaboró una cinta novedosa protagonizada por un asesino en serie sin motivaciones aparentes, una idea que luego tomarían prestada numerosas secuelas. Este asesino en serie parece estar basado en hechos reales, unos crímenes cometidos por Ed Gein en los años 50 y en los que también se inspirarían en cierta manera otras películas como Psicosis o El Silencio de los Corderos: el mito de cara de cuero.
El desarrollo y el argumento de la película son bastante simples, como corresponde a la modestia en medios y presupuesto del filme. La acción se desarrolla en un único día: un grupo de amigos viaja a una casa abandonada propiedad de uno de ellos y allí se prepara una matanza tremenda. Sobre la base de este sencillo argumento, Hooper prepara una atmósfera extremadamente angustiosa que oprime al espectador, mostrando el decálogo de reglas a seguir por el protagonista de una película de terror.
La primera norma sería no recoger autostopistas extraños en una carretera. Sólo un grupo de pseudo-adolescentes-veinteañeros americanos podría pensar en recoger en la típica carretera americana desierta a un autostopista cuya apariencia sólo podría definirse como una mezcla entre un yonqui, un friki del programa de Jesús Quintero y un loco psicópata que juguetea con una navaja para autolesionarse. Para colmo, el muchacho tiene una vida interior bastante interesante y una conversación animada y edificante sobre un matadero que revolvería el estómago de cualquier aficionado al McDonalds y los restaurantes chinos.
Una vez se quitan al loco de encima, en vez de ir a un lugar habitado, deciden poner rumbo a la antigua casa del padre de uno de ellos, una choza cuyo nivel de conservación es más bien escaso: unas ruinas infames y abandonadas, con todo el mal rollo y propensión a que te asesinen que eso implica en una película de terror.
Tras encontrar la casa perdida en la montaña y/o lugar campestre aislado, en lugar de permanecer pacíficamente en su interior, los jóvenes deciden ir a bañarse a un río, con las posibilidades que tienen de ser devorados por alguna piraña, tiburón o monstruo submarino, siempre que una erupción volcánica subterránea no los cueza como un cangrejo.
En ese punto, Tobe Hooper tuvo algo de compasión con sus personajes, impidiéndoles encontrar el río. Pero sus personajes no tienen descanso y, al oír el generador de una casa abandonada con una pinta que despertaba bastante poca confianza, ponen rumbo hacia allí para pedir gasolina en una mansión donde sólo puede alojarse un espíritu, monstruo alienígena, narcotraficante, asesino en serie o cantante de la tercera edición de Operación Triunfo.
Así, una vez entran a la casa, a Tobe Hooper no le queda más remedio que sacar el sádico que lleva dentro montando un escenario totalmente tremebundo, dando paso a la escena más terrorífica de la película. El sobrecogimiento, temor, angustia y asco inundan la pantalla y, para colmo, la visión se complementa con el sonido de fondo de un maldito pollo que no deja de cacarear y que seguramente tendrá la gripe aviar.
Visto ese panorama, las muertes no son demasiado espectaculares para lo podría esperarse y se ha visto en otras películas donde la sangre y las vísceras inundaban la pantalla. Lo que hace verdaderamente terrorífica la escena es la angustia e incertidumbre del espectador porque sabe que ahí va a haber una matanza (si no, el título de la película no tendría sentido). De todos modos, la escena también tiene una parte algo delicada que hizo que después de ver la película me dolieran la espalda y los riñones durante un par de días...
Tras pensar en el terrible destino que podían haber corrido los dos primeros inconscientes, en lugar de buscar ayuda, sus compañeros deciden ir a buscarlos para que, si les ha ocurrido algo malo, la desgracia también les alcance a ellos. Debe ser que en EE.UU. no te aconsejan aquello de no separarse en lugares desconocidos; una inconsciencia que se eleva al cubo cuando haces eso mismo pero en mitad de la noche.
Con la llegada de la oscuridad, se agradece que la típica persecución nocturna se haga de una manera bastante notoria para no despistar al espectador. La chica aterrorizada va gritando en todo momento, con unos ceñidos pantalones blancos deslumbrantes y una camiseta azul chillón más notoria que los chalecos reflectantes de la guardia civil. Su contrapunto lo representa el maníaco de la motosierra, con una vestimenta bastante más discreta pero acompañado por el sonido de su artefacto durante un cuarto de hora, un zumbido que se mete en la cabeza y termina mareando. Aún así, la persecución es un tanto light, con vagos recuerdos a aquellas míticas carreras de Benny Hill donde los protagonistas corrían como patos mareados para no alcanzarse nunca y así poder prolongar la escena.
Claro, tras toda esta serie de despropósitos, no nos debe extrañar el final, un tanto loco y delirante, con gente digna de un manicomio, una locura que termina extendiéndose a toda la película para el desconcierto del espectador. Así, poco más se puede decir de la película. Los actores, aficionados, cumplieron con el papel que se les encomendó, especialmente Marilyn Burns como Sally. El montaje y el escenario fueron sobrios, sin abusar de efectos especiales que pudieran restar verosimilitud a la trama. Simplemente hay que fijarse en la historia y, sobre todo, en la idea original, que es lo que hace a esta película algo verdaderamente diferente. Así, sólo nos queda extraer una moraleja final: no hagáis locuras en las pelis de terror, puede ser malo para la salud. ¡¡Felices fiestas!!

DRÁCULA, DE BRAM STOKER EE.UU. (1992) 130 minutos
Director: Francis Ford Coppola
Actores: Gary Oldman (Drácula), Anthony Hopkins (Van Helsing), Winona Ryder (Mina), Keanu Reeves (Jonathan Harker)
Desde siempre, el vampiro ha sido uno de los grandes mitos del cine de terror. Desde la primera versión del Nosferatu de Murnau, pasando por el Drácula de Christopher Lee en las décadas de los 50 y 60 hasta la modernista Drácula 2001. Incluso Chiquito de la Calzada recurrió al mito del vampiro en su peculiar e inolvidable Brácula: Condemor II. Pero si una obra ha pasado a la historia como, posiblemente, la versión más fiel a la ideada por Bram Stoker a finales del siglo XIX fue la dirigida por Francis Ford Coppola. De hecho, encontramos esa pretensión de fidelidad hacia la novela incluso en el mismo título de la cinta.
Pero no es oro todo lo que reluce. Es cierto que, en líneas generales, la película respeta la trama básica del libro y muestra a todos los personajes ideados por Stoker. Así, en la cinta podemos ver como Jonathan Harker, un joven abogado inglés, viaja a Transilvania para asesorar a un extraño conde sobre una serie de posesiones que va a comprar en Londres. Allí, el Conde captura a Jonathan y pone rumbo a la capital británica para imponer su reinado de terror, llevándose por delante la vida de Lucy, la mejor amiga de Mina, y, posteriormente, intentado hacer lo mismo con Mina, la esposa de Jonathan.
Pero, sobre esta base novelada, Coppola introduce un hilo conductor distinto: la relación amorosa entre Mina y el Conde Drácula. Un personaje que, en lugar del vampiro horrendo y repulsivo trazado por Stoker, Coppola presenta como un gentleman galante y atractivo. Una versión del vampiro demasiado romántica en el sentido más melodramático de la palabra.
A esta visión contribuye principalmente el prólogo ideado por Coppola del cual no hay ninguna referencia en la novela. Es un planteamiento interesante en el que retrata al Conde Drácula como un hombre rebelado contra Dios por la pérdida de su amada que vaga durante varios siglos en su búsqueda hasta encontrarse con Mina. Este planteamiento no queda aquí, sino que, además, relaciona directamente el personaje de Drácula con el mito de Vlad Tepes, un príncipe valaco del siglo XV que pasó a la posterioridad por su extensa lista de torturas, mutilaciones, empalamientos y otras barrabasadas parecidas.
En la lista de deformaciones de la novela ideadas por Coppola también tiene un importante lugar el papel de Van Helsing. El fervoroso beato de Stoker que buscaba destruir al engendro termina convirtiéndose en un loco fanático religioso que ansía romper el amor entre Mina y Drácula. Incluso Renfield, el loco, cambia su origen ya que Coppola inventa una serie de actividades desempeñadas junto al Conde en Transilvania como desencadenantes de su locura.
Aún así, estas libertades creativas de Coppola son pecata minuta si las comparamos con la relación entre Mina y Drácula, una idea que deforma la historia para hacerla más sentimental, romanticona y emocional. No tiene ningún sentido que ambos personajes intimen, vayan juntos al cinematógrafo, tomen copas de Absenta e, incluso, el Conde llegue a sustituir a Jonathan en el corazón de Mina. Es media hora de una historia de amor muy lacrimógena, incluso tierna, pero sin relación con la novela original. El problema es que, para introducir artificialmente esta historia, otras partes han quedado un tanto deslavazadas, encontrándose fragmentos que están tan sólo apuntados y resumidos a trazos muy gordos. Así, aquellos espectadores que no hayan leído el libro de Bram Stoker podrían ver carencias conceptuales e, incluso, tener problemas a la hora de relacionar esas escenas sueltas.
Tras haberme despachado a gusto con el argumento, también debo despacharme a gusto con la fotografía y efectos sonoros aunque, en esta ocasión, en un sentido totalmente distinto. La fotografía del filme es espectacular. Da la impresión de que la apariencia importa más que la verdadera historia narrada en la cinta. El vestuario y el ambiente están perfectamente cuidados, ya sea para recrear el castillo histórico del Conde Drácula o las típicas casas victorianas del Londres del siglo XIX. A esta ambientación le complementa el magnífico uso que hace Coppola de las sombras, tanto para mostrar que Drácula no es humano como para sugerir su amenazadora presencia sobre el resto de protagonistas. No en vano la película obtuvo tres Oscar: el de mejor vestuario, mejor maquillaje y mejores efectos de sonido.
Esa es otra, el sonido. En primer lugar destaca la banda sonora, lúgubre, triste, como correspondería a un castillo abandonado en la montaña y habitado por un vampiro. Pero, junto a ella, se agradece el cuidado que se dio a la voz de Drácula, tanto en la versión original como en el doblaje. Es una voz sombría y grave (Gary Oldman bajó una octava su tono para darle una impresión más tétrica) aunada con un acento rumano que recalca su procedencia; un acento que también usa Van Helsing para demostrar su origen centroeuropeo.
A pesar de esta excelencia visual y sonora, dentro del aspecto formal hay dos pequeños debes en el haber de Coppola ya que, en contadas ocasiones, abusa de grandes charcos y explosiones de sangre, un rojo elemento que es usado con mesura en el resto del filme. El otro debe es sólo parcial. Hay algunos momentos de sexo o lascivia gratuitos, como el apunte de beso lésbico entre Mina y Lucy o las relaciones sexuales que Drácula mantiene con ambas jóvenes. Eso sí, hay un momento sexual totalmente justificable en la película: el acoso de las tres vampiresas a Jonathan en Transilvania. A lo mejor no era necesario que aparecieran semidesnudas, pero se agradece ver a una joven Monica Bellucci en pleno esplendor en su primer trabajo en EE.UU.
En cuanto al resto del elenco de actores, destacan sobremanera el trabajo de Gary Oldman, Anthony Hopkins y Winona Ryder. El resto del elenco masculino queda en un segundo lugar, siendo personajes muy planos y estereotipados, sin apenas desarrollar los rasgos descritos por Bram Stoker. Anthony Hopkins interpreta a la perfección su papel de loco católico perturbado, apuntando rasgos que perfeccionaría años después en El Silencio de los Corderos (basta con quitarle la faceta católica y convertirla en caníbal). Winona Ryder enriquece el personaje ideado por Stoker, demasiado plano y sumiso en la novela mientras que en la película descubre un universo de color y sensaciones que le plantea el galante Conde Drácula. Drácula, Gary Oldman, un perfecto gentleman procedente de Rumania o un abominable monstruo vampírico. Las dos caras del mito, una especie de Doctor Jekyll y Mr. Hyde del que sale vencedor el lado galán gracias al savoir faire de Oldman y el enfoque de Coppola.
Drácula: ese monstruo horrendo, abominable y odioso de Stoker. Drácula: el galán romántico, rebelde y atormentado de Coppola. Dos visiones distintas de un mismo personaje; amor y odio a la vez, como ocurre en la vida misma. ¿Y tú? ¿Con cuál de las dos caras de Drácula te quedarías?

AL FINAL DE LA ESCALERA
Canadá (1979) 109 minutos
Director: Peter Medak
Actores: George C. Scott (John Russell), Trish Van Devere (Claire Norman) Melvyn Douglas (Senador Carmichael)
Dentro de la actual vorágine de películas repletas de efectos especiales hasta la extenuación, se agradece de vez en cuando volver a ver clásicos del terror como Al final de la escalera. Una película limpia, que no necesita de grandes explosiones, regueros de sangre o monstruos sobrehumanos para crear pánico en el espectador. No, a Peter Medak le basta con la inteligencia para sobrecoger al público en una película de terror encuadrada dentro del género de las casas encantadas, aunque no de una manera estricta ya que, además del terror propiamente dicho, la película bebe de fuentes policíacas, interrelacionando la historia de sucesos extraños con la investigación de un posible asesinato, dos tramas distintas que se van uniendo hasta convertirse en una sola.
La película arranca con un famoso compositor atormentado por la trágica pérdida de su mujer y su hija. Tratando de huir de su dolor se marcha a otra ciudad donde alquila una impresionante mansión que llevaba doce años sin ser habitada. Por algo será... En principio su estancia allí era muy agradable pero, con el paso de los días, pronto comienza a notar las ligeras incomodidades que tiene cualquier casa encantada: luces que se encienden, grifos que se abren, puertas que se cierran, sonidos extraños... La rutina de cualquier caserón encantado.
El siguiente paso en el discurrir lógico de una casa encantada es encontrar un cuarto o habitación secreta, en esta ocasión la habitación de un niño pequeño cuya entrada estaba tapiada... al final de la escalera. Tras una sesión con una médium, pronto quedará aclarado que el niño que vivía en aquella habitación es el espíritu presente en esa casa. Podría parecer que el director había puesto muy pronto las cartas sobre la mesa, ya que en ese punto aún falta una hora de metraje. Pero una vez identificada la causa de los sucesos extraños, la trama de terror pasa a un segundo plano y se enlaza con la vertiente policíaca que dota a la película de otro cariz, una intriga muy bien llevada y que no es solventada hasta el mismo desenlace, cuando se consigue averiguar qué hace ese niño ahí y qué es lo que quería. Al final, como suele ocurrir en esta vida, veremos como el dinero se encuentra por encima de todo y es la causa de todos los males, el vil metal, ese poderoso caballero que diría Quevedo...
Uno de los secretos de esta película es precisamente esa trama policíaca que da otro aire al filme y reoxigena el género de las casas encantadas mostrando una vertiente distinta que relaja un tanto la tensión de la película y le da una originalidad y frescura de la que carecen otras cintas.
Aunque, quizá, la mayor virtud del filme sea la mesura y normalidad del director a la hora de reflejar la historia. En vez de apelar a historias surrealistas y grandes efectos especiales, Medak prefiere la naturalidad, crear miedo de manera normal con objetos que forman parte de la cotidianidad. ¿Quién podría decir que una simple pelota roja y blanca que baja botando por unas escaleras puede causar el pánico en el espectador? Al final de la escalera lo consigue.
Es el triunfo de la sugestión frente a lo explícito. Insinúa pero no muestra. Sería, en un símil un tanto disparatado, la diferencia entre erotismo y porno. Al final de la escalera sería una de las cimas del “erotismo terrorífico”: durante todo momento insinúa distintos problemas y traumas pero trata de mantenerlos ocultos, sin desvelar todos los ases de una vez, creando una incertidumbre en la que crees tener frente a ti todos los cabos de la película pero sin saber muy bien cómo enlazarlos entre sí.
Esta postura transparente, sin intentar engañar al espectador, tan sólo apelando a su inteligencia, contrasta con el cine de terror actual en el que, en muchas ocasiones, se descubre el argumento de la cinta y toda la base narrativa nada más comenzar, por lo que el único recurso que queda para crear intriga es la oscuridad. Una pantalla en negro, ocultar las cosas al espectador, apagar literalmente su percepción en vez de jugar en el terreno de la sugestión e inteligencia. Un recurso un tanto zafio, al que Medak no recurrió más que en las ocasiones estrictamente necesarias y nunca para ocultar la realidad, sino como un simple recurso más.
A estas pretensiones limpias también colaboran los actores, creíbles, perfectamente engarzados en la trama y sin sobresalir de la misma, sin grandes estridencias que distraigan la atención de la historia principal. En este sentido destacan especialmente los dos alter ego masculinos de la historia. George C. Scott en su papel de compositor atormentado que, en vez de huir de esa casa maldita trata de luchar por desvelar el misterio que tanto tiempo ha habitado en ella. Frente a él y enfrentado a él, Melvyn Douglas, un anciano de aspecto un tanto decrépito pero que, como todo político o ejecutivo maduro guarda una fuerza y dureza interior de la que hará gala en la recta final de la historia. Un final, por cierto, con demasiados fuegos artificiales, algo que contrasta con la sobriedad de la que hace gala el resto de la película; pero todo se puede perdonar, Peter Medak también tenía derecho a usar un poco de pólvora, ¿no?

SEGUNDAS PARTES... ¿NUNCA FUERON BUENAS?
Alguien dijo alguna vez aquello de segundas partes nunca fueron buenas. Si esta frase la llevamos al cine, encontraremos un sinfín de casos pero, ¿también ocurre en el cine de terror? Para ello nos hemos servido de la secuela de tres de las cuatro películas que componen el poker clásico del cine de terror: La semilla del diablo, El exorcista, Poltergeist y La profecía. Los resultados fueron muy dispares: tres películas, tres sensaciones muy distintas al finalizar. Comencemos de menos a más, para al menos terminar con un sabor de boca dulce...
EL EXORCISTA II EL HEREJE EE. UU. (1977) 117 minutos.
Director: John Boorman
Actores: Linda Blair (Regan), Richard Burton (Padre Lamont), Louise Fletcher (Dr. Gene Tuskin), Max Von Sydow (Padre Merrin), Kitty Winn (Sharon).
Si hacemos un símil con la obra maestra del spaghetti western de Sergio Leone El bueno, el feo y el malo, sin duda alguna, a El Exorcista II El hereje le toca el papel de malo. Pero no malo en el sentido malvado y canalla que encarnaba Lee Van Cleef, sino en el sentido de malo de solemnidad. Afortunadamente fue la primera película de las tres en ser vista y su pésimo sabor de boca fue poco a poco disipado por las siguientes cintas ya que, de haber sido la última en visionar, temo que hubiera caído en una dura depresión.
Será mejor comenzar por lo poco bueno de la película para destacar algo antes de comenzar a repartir estopa. Y es que lo mejor de la cinta es precisamente lo que no hizo el director: la música. Tras el tono místico de la primera edición de Mike Oldfield, en esta ocasión se apostó por Ennio Morricone, una apuesta segura que, en la banda sonora del filme, aúna influencias de música étnica africana con tonos más espirituales, obteniendo como resultado una música en ocasiones inquietante, en ocasiones relajante, un perfecto cóctel elaborado por este reconocido experto en bandas sonoras.
Pero, tras el caramelito, toca sacar de nuevo el látigo y es que a El Exorcista II le ocurre lo peor que le puede pasar a una película de terror: aburre. No sólo no asusta al espectador sino que le aburre, le sume en un letargo en el que toda la tensión que tenía la primera parte se ha diluido. Así, no es extraño que tengas la sensación de haber visto más de una hora de película y no saber aún hacia donde va la historia ni qué es lo que pretende darnos a entender el director en su trabajo.
Para intentar contrarrestar este sopor, John Boorman tira de efectos especiales en el último cuarto de hora de metraje pero lo hace sin orden ni concierto. Si la primera edición de Friedkin se caracterizó por la mesura para que la historia no perdiera credibilidad, en la segunda parte Boorman saca todo su repertorio para intentar compensar la sosería del resto de la película, buscando asustar de modo postrero al espectador. Pero, sin una historia sólida detrás, los efectos especiales quedan como meros fuegos de artificio.
Quizá lo más realista de la película sea la sesión de hipnosis. Es cierto que puede parecer algo retro, que la luz estroboscópica parece el flash de Pachá Ibiza y que resulta increíble que alguien pueda caer hipnotizado por la lucecita, pero puedo dar fe de que es real. Al menos yo caí dormido en mi casa a la cuarta sesión de luz estroboscópica de la peli, aunque quien sabe si fue por la luz en sí misma o por el argumento del filme...
¿El argumento? Es cierto, olvidé comentarlo aunque, es tan flojo, que con dos líneas bastará. El Padre Lamont es enviado para investigar cómo fue la muerte del padre Merrin en el exorcismo de Regan. Al llegar, el sacerdote se da cuenta de que ese demonio que poseyó a Regan ha vuelto y aún sigue rondando a la joven, por lo que intenta librarla de él, cosa que esperamos que consiga para no tener que sufrir otra secuela igual o aún peor que esta...
LA PROFECÍA II EE. UU. (1978) 107 minutos.
Director: Don Taylor
Actores: William Holden (Richard Thorn), Lee Grant (Ann Thorn), Lucas Donat (Mark Thorn), Jonathan Scott-Taylor (Damien Thorn), Robert Foxworth (Paul Buher), Nicholas Pryor (Dr Charles Warren).
Si El Exorcista II era el malo, La profecía II es el feo. Feo porque ha perdido el brillo inesperado de la primera parte, siendo mucho menos lucida que su primera versión, ya que ha perdido el factor sorpresa del origen diabólico de Damien. Aún así, el director intenta seguir la senda abierta por La profecía y dar cierta continuidad en el tiempo a la historia, convirtiendo a ese pequeño diablo, nunca mejor dicho, en un adolescente que comienza a descubrir su verdadero origen y poderes. El problema es que, con la edad, ese niño, más que en el heredero del anticristo, se ha convertido en un adolescente chuleta, lo que le hace perder gran parte del mérito y credibilidad acumulados en la primera parte.
A pesar de este cambio, la cinta guarda ciertos paralelismos con la primera parte. Si en aquella película había una niñera que cuidaba en todo momento de Damien, ahora siempre se encuentran a su lado un sargento de la escuela militar donde está interno y un empresario sin escrúpulos. Si anteriormente un rottwailer era la mascota defensora del niño, ahora está rondándole un cuervo; una evolución animal perfecta que nos sirve para ilustrar la diferencia entre la primera y la segunda película: el cuervo da menos miedo que el rottwailer, pero es más asqueroso, como le ocurre a esta secuela.
Este menor grado de temor se debe a que la continuación es más basta, incluyendo un mayor número de muertos para impresionar pero dejando de lado la sutileza y el terror mental que rebosaban la primera parte. Por así decirlo, es demasiado obvia, aunque al menos hay que reconocer un alto grado de imaginación al guionista para diseñar diez maneras distintas de matar a los protagonistas, a cual más extraña, ya sea mediante un infarto, ahogado bajo un río helado, intoxicado en un escape de una planta química o incluso aplastado por un vagón parado...
Lo único que resulta igual de bueno que la primera parte, si no superior, es la banda sonora, de nuevo la gran salvación de estas secuelas terroríficas, en el peor sentido de la palabra. Nos encontramos con una música muy parecida a la de la primera parte, compartiendo el mismo estilo, pero igualmente genial, mereciendo la pena tragarse la película completa sólo por escuchar la canción con que se abre y cierra la cinta.
POLTERGEIST II EE. UU. 1986 (87 minutos).
Director: Brian Gibson
Actores: Craig T. Nelson (Steve Freeling), JoBeth Williams (Diane Freeling), Heather O´Rourke (Carol Anne), Oliver Robins (Robbie), Zelda Rubinstein (Tangina), Will Sampson (Taylor), Julian Beck (Kane).
Y por fin llegó Clint Eastwood, el bueno: Poltergeist II. Es cierto que no iguala en calidad a la primera parte pero, como el bueno de Clint, si les comparamos con las dos secuelas predecesoras será fácil averiguar porque ambos son los buenos del trío...
Aunque la película no sea tan sólida como la primera, Brian Gibson tuvo claras algunas de las claves para hacer una secuela decente. La primera, no por obvia, deja de ser imprescindible y es que en Poltergeist II se mantiene casi íntegro el reparto coral de la primera parte, añadiendo un par de extras de calidad (Will Sampson y Julian Beck) que le dan cierta frescura para no caer en una excesiva repetición. Precisamente uno de estos dos, Julian Beck, el reverendo Kane, es la revelación del filme con una interpretación tétrica de un reverendo fantasmagórico. Cierto es que, desafortunadamente para él, el cáncer que padeció en aquel momento el actor influyó en su decrépita apariencia física, dando mayor credibilidad a un papel que fue el último de su carrera, ya que poco después de terminarle falleció. Pero ahí quedó su obra póstuma, recordada por los espectadores a través de la pegadiza canción que tararea en la película y el escalofrío que recorre el cuerpo nada más verle.
Aparte de ese golpe de frescura, la película mantiene el mismo estilo de su predecesora ya que, tras librarse en la primera entrega, Carol Anne sigue siendo perseguida por los espíritus después de haberse mudado de casa, de ahí que toda su familia deba luchar contra ellos. Esta lógica continuidad hace que se mantenga la tipología de miedo, con el mismo perfil de sustos y efectos visuales. Dentro de esta tónica continuista, es la única película de las tres que ha mantenido realmente a su niño protagonista, Heather O’Rourke, ya que Linda Blair en El exorcista ha cambiado mucho y Damien incluso se ve encarnado por otro actor distinto. Esto permite que pueda verse como una continuación más cercana al filme original, no como una secuela descolgada de la primera, algo a lo que también ayuda su brevedad, huyendo de las dos horas de suplicio en que se convierten las dos anteriores secuelas.
En su debe, quizá el final, demasiado sentimentaloide con tanta apelación familiar pero, para una secuela decente que hacen, tampoco vamos a pedirle la perfección ¿no? Si ni siquiera Clint Eastwood era perfecto...

LA PROFECÍA EE.UU. (1976) 110 minutos
Director: Richard Donner
Actores: Gregory Peck (Robert Thorn), Lee Remick (Katherine Thorn), Harvey Stephens (Damien), David Warner (Jennings), Billie Whitelaw (Sra Baylock).
¿Qué harías si descubrieras que tu hijo de cinco años es la reencarnación del demonio y que debes acabar con él para que no termine con la humanidad? ¿Tendrías valor para matar a tu hijo o condenarías al mundo entero? Esta terrible disyuntiva es la que se le plantea a Gregory Peck en La profecía donde, tras una serie de pesquisas casi policiales, descubre que su pequeño Damien es el anticristo. Una situación dura, sin lugar a dudas, pero más aún en el caso de Gregory Peck, ya que el actor sufrió pocos meses antes del rodaje de la cinta la pérdida real de su hijo Jonathan, fallecido en extrañas circunstancias. Así, podríamos afirmar que, en cierta manera, el tormento y sufrimiento de ese embajador enfrentado a la obligación de matar a su hijo provendría de lo más interno de Gregory Peck al recordar la tragedia personal que le había tocado vivir en sus propias carnes unos meses antes.
El otro recuerdo que guardan los aficionados al cine de esta película es el pequeño Harvey Stephens, un actor desconocido por ese nombre pero al que todos recordamos si le llamamos Damien. Un niño de aspecto travieso, con una sonrisa que indica que no está tramando nada bueno, de ahí que la elección del casting no pudiera haber sido mejor para interpretar al anticristo.
Tras presentar a los dos protagonistas de la película, debemos ir al principio del problema, una cuestión que arranca cuando un diplomático americano destinado en Italia ve cómo se le muere su hijo recién nacido. En vez de aceptar su pérdida, desesperado, acude a una organización religiosa para terminar adoptando a un niño cuya madre ha muerto esa misma noche. Una adopción realizada sin que lo sepa su esposa, que piensa que su bebé sigue vivo y es aquel al que está criando.
Tras ese hecho, la vida parece transcurrir con normalidad para Robert Thorn, su esposa y el pequeño Damien. Normalidad aparente hasta que, en el quinto cumpleaños del pequeño, su niñera se vuelve loca y termina por suicidarse colgándose desde lo alto del tejado de la casa. El hecho es interpretado como una enajenación de la joven, que pronto será sustituida por otra niñera demasiado dominadora pero que enseguida hace muy buenas migas con el niño.
Ese suicidio abrió la caja de los truenos y los hechos extraños se suceden. De repente, un cura enigmático contacta con el señor Thorn para decirle que conoce a la verdadera madre de su hijo. El embajador no quiere recordar aquel episodio y se altera más aún cuando el cura le sugiere que su mujer está en peligro, aunque no tome en serio la amenaza. La sorpresa vendrá después cuando sepa que ese sacerdote ha fallecido atravesado por un ariete caído desde lo alto de un campanario.
En este momento de la historia surge la figura de un oportuno fotógrafo que empieza a descubrir cómo, en las fotografías que toma a las víctimas antes de su muerte, se ve algo más que su imagen, se ven también las amenazas que les esperan, como una especie de dimensión futura. En sus negativos pudo ver la soga que rodeaba el cuello de la joven niñera, vio ese ariete que se acercaba hacia el sacerdote y también vio un extraño objeto acercándose hacia su propia garganta, una situación que le lleva a implicarse en la historia y tratar de ayudar a Robert Thorn a descubrir la verdadera historia de Damien.
Mientras tanto, el niño muestra síntomas cada vez más extraños, como el ataque de nervios que le da cuando llega a una iglesia para ir a una boda. Es cierto que a ningún niño le gusta ir a las bodas, pero de ahí a intentar arrancarle los pelos a su madre por llevarle a la iglesia... Otro fenómeno extraño es la relación de Damien con los animales: asusta a las jirafas de un safari y vuelve locos a sus mandriles pero, sin embargo, es capaz de dominar de manera pasmosa a un rottweiler de impresión. No en vano el anticristo es, en cierta manera, el señor de las bestias y éstos serían los seres a los que les resultaría más sencillo identificarle.
Esas dudas y sucesos extraños nunca llegaron a alterar realmente al embajador, pero cuando los hechos comienzan a afectar a su mujer, le predicen su embarazo y, posteriormente, Katherine cae sospechosamente desde el piso de arriba, Robert Thorn comienza a pensar cosas extrañas sobre su hijo. La señora Thorn, interpretada por Lee Remick, será el personaje que experimente físicamente de manera más clara el progresivo ascenso de Damien; un ascenso del anticristo que se traduce en toda una amplia gama de sufrimientos físicos para ella. Primero ligeras molestias y dolores de cabeza, luego una depresión, un embarazo del que quiere abortar, la caída por la barandilla... Toda una serie de sucesos que la van hundiendo y haciendo que cada vez experimente mayor miedo y rechazo hacia el que supuestamente era su hijo y al que terminará por aborrecer.
Decidido a aclarar sus dudas de una vez por todas, Thorn se une con el fotógrafo, dando ambos una clase de periodismo de investigación, incluso mejor que las de Lidia Lozano, ya que ellos sí comprueban la veracidad de sus fuentes y no inventan las noticias... Así, persiguiendo la pista del verdadero origen de Damien recorren toda Italia: un monasterio arrasado por el fuego que ya ha desaparecido, un convento aislado en los montes y un viejo cementerio etrusco abandonado. Precisamente en este cementerio se da una de las escenas más escalofriantes de la cinta, cuando ambos se deciden a abrir la tumba de la que supuestamente era la madre del niño y descubren que lo que allí yace es el esqueleto de un lagarto gigantesco. A su lado, la tumba de un pequeño. Un niño pequeño que ha sido asesinado. El niño pequeño que era el verdadero hijo de los Thorn y que alguien asesinó para sustituirle por Damien.
El asunto es ya muy peliagudo cuando los dos deciden marchar hacia Meggido en un último intento por acabar con el anticristo; un viaje en el que una nueva desgracia confirmará que hay algo maldito en esta historia, haciendo la duda más patente ¿Se atreverá Robert Thorn a matar a su hijo o dejará vivir al anticristo? Dicho de otra manera, ¿Matará al anticristo o dejara vivir a su hijo? ¿Cual de las dos opciones es la correcta? ¿Es realmente Damien el demonio? Lo único claro es que la cinta termina con un entierro, pero ¿quien será el que esté bajo tierra cuando termine la película?

POLTERGEIST EE.UU. (1982) 114 minutos
Director: Tobe Hooper
Actores: Craig T. Nelson (Steve Freeling), JoBeth Williams (Diane Freeling), Heather O´Rourke (Carol Anne), Dominique Dunne (Dana), Oliver Robins (Robbie), Zelda Rubinstein (Tangina).
Para cerrar la trilogía de clásicos del terror, tras El exorcista y El resplandor, sólo nos restaba por repasar Poltergeist, la película que hizo tristemente famosa a Heather O’Rourke, esa encantadora niña rubita que aterrorizó a propios y extraños con su frase más famosa: “Ya están aquí”, tres palabras que anunciaba con un tonillo especial y brillo en los ojos que inquietaban a cualquiera. Y digo tristemente famosa porque, desafortunadamente, la saga de Poltergeist fue la única que pudo protagonizar Heather, ya que la niña prodigio falleció por una extraña obstrucción intestinal que no fue diagnosticada a tiempo. Pero esta muerte no fue la única que alcanzó a esta saga ya que, poco después de estrenarse, Dominique Dunne, la actriz que interpretaba a Dana, la hija mayor de la familia, fue brutalmente asesinada por su novio. Para colmo, otros dos actores de la segunda entrega de la saga también fallecieron poco después de interpretar su papel. Toda una serie de historias y temores que, para qué negarlo, dieron un empujón a la faceta comercial del filme.
Más allá de historias negras y leyendas, de manera muy resumida, Poltergeist narra la historia de una familia cuya tranquila convivencia se ve asaltada por una serie de fenómenos paranormales que van in crescendo hasta que terminan por hacer desaparecer a Carol Anne, la pequeña de la familia, por cuya vuelta tendrán que luchar los familiares, los investigadores paranormales y, sobre todo, su madre.
Como hemos sugerido, al principio, los fenómenos no pasaban de pequeñas molestias que, curiosamente, la familia se tomaba un poco a broma: una televisión que se enciende sola tras el cierre de emisión, roturas de vasos, la cubertería doblada, mobiliario que se mueve solo... Cuestiones más parecidas a trucos de Uri Geller, aquel doblador mental de cucharas, que a fenómenos paranormales, de ahí que la familia no se lo tomara muy en serio. Pero ya cuando un árbol rapta por la ventana a tu hijo y quiere comérselo y a tu niña pequeña la rapta una cosa que hay dentro de un armario y termina apareciendo dentro de la televisión, la cosa ya pasa de castaño oscuro y no queda más remedio que tomárselo en serio.
Y es que, realmente, la habitación de los niños, más que una habitación infantil, parecía un mini pasaje del terror. Había una ventana cuya única vista era un árbol que, más que un árbol, era un esqueleto de madera muerta. También había un payaso verdaderamente terrorífico ya que, si el recurso del payaso es algo habitualmente muy usado en el cine de terror, este ya daba miedo sólo al verle, sin necesidad de fenómenos extraños.
Tras la desaparición de Carol Anne se desatará toda una clase práctica de fenómenos paranormales, ante la que los padres se ven obligados a llamar a expertos en el tema. Unos investigadores que se encuentran ante una situación de una envergadura que nunca antes había visto, casi ni siquiera imaginado, como una habitación donde el mobiliario da vueltas y vuela sin orden ni concierto durante las 24 horas del día. Esta situación va minando la moral de la familia que, aterrada, termina montando un bunker en el salón donde todos conviven hundidos ante la disyuntiva de huir de aquel infierno o quedarse para luchar por su hija ante lo que escogen, sin duda, a Carol Anne.
Para intentar sacarla de la extraña dimensión donde está alojada, los investigadores recurrirán a Tangina, una especie de médium con un aspecto tan rato y estrafalario que casi da más miedo que el propio ente. Tangina será la encargada de intermediar en el enfrentamiento con el fantasma para rescatar a Carol Anne, una escena fantástica donde la madre grita angustiada la frase que ha pasado a la historia: “¡Corre hacia la luz, Carol Anne, corre hacia la luz!” Será precisamente el papel que toma la madre el más destacado durante la ausencia de la niña. En todo momento, JoBeth Williams, la actriz que encarna a Diane Freeling, encarnará la esperanza por recuperar a su hija, no rindiéndose en ningún momento y estando dispuesta a hacer lo que sea porque su pequeña vuelva con ella, siendo ese amor materno el único factor que logra que Carol Anne salga de ese extraño universo paralelo en el que se halla atrapada.
Una vez salvada la niña, la familia se apresurará a huir de esa casa maldita lo antes posible pero, no hay que celebrar las cosas antes de tiempo, siempre puede haber sorpresas. Cuando todo parece resuelto, el pasado aparece cuando menos te lo esperas, y si no que se lo pregunten a los famosos de Aquí hay tomate...
Por último, no podemos terminar sin hacer una mención de honor a los efectos especiales de la película. En la cinta vemos un excelente despliegue de efectos especiales, sorprendente para la época y que, además, no deben calificarse como superfluos, ya que todos esos recursos resultaban claramente necesarios para plasmar y transmitir toda la serie de fenómenos paranormales que sufría la familia.
Así, como hemos visto, Poltergeist es un gran película, todo un hito más que por el uso de los efectos especiales, por lo original de su idea: la relación de lo paranormal con las nuevas tecnologías; una relación que se verá plasmada posteriormente en otras muchas películas pero, seguramente, no de la misma manera. Una manera muy especial donde se nota la mano de Steven Spielberg en la sombra y que nos deja dos importantes enseñanzas de despedida:
1.-Los efectos dañinos que puede tener la televisión (y eso que en aquella época aún no existía Salsa Rosa, sino Spielberg hubiera sido mucho más duro).
2.- Hay que tener mucho cuidado con donde se construye tu casa. Con tanta especulación inmobiliaria y tanta recalificación, quién sabe lo que puede encontrarse bajo los cimientos de tu hogar...


LA LLAVE DEL MAL EE.UU. (2005) 104 minutos
Director: Ian Softley
Actores: Kate Hudson (Carolina Ellis), Gena Rowlands (Violet Devereaux), John Hurt (Ben Devereaux), Peter Saasgard (Luke)
Tras hablar anteriormente de dos clásicos del cine de terror, en esta tercera entrega vamos a atrevernos con una película que pasó un tanto desapercibida por las carteleras; siendo su mayor mérito, a priori, la actriz principal, Kate Hudson, la hija de Goldie Hawn. Quizá fue ese cebo, junto a un trailer llamativo, los factores que me llevaron a ver una película que terminó siendo interesante, con un terror más psicológico que visual y que, a pesar de que no se convertirá en un clásico, es una película bastante sugerente merced, en gran parte, a un imprevisible giro final. ¿El título de la cinta? La llave del mal. Es cierto, el título no era un dechado de imaginación y parecía bastante típico. Afortunadamente, el argumento y el trabajo de los actores, daba bastante más de sí.
Para empezar, partimos de una película ambientada en la América profunda: Nueva Orleans. Una zona repleta de pantanos y casas apartadas y solitarias. La zona que, curiosamente, quince días después del estreno de la cinta en nuestro país, fue arrasada por el huracán Katrina, lo cual hace que el espectador perciba la situación de la cinta como algo más inquietante de lo que pudiera ser en su origen. Una serie de lugares turbadores, muy lejos del perfil de la América urbana, donde reinan las creencias espiritistas y se pueden ver altares dentro de las gasolineras o tiendas de amuletos y derivados en las lavanderías. Un lugar propicio e idóneo para ambientar una película cuya banda sonora se ve aderezada por las canciones de blues que se van salpicando a lo largo del filme.
En este ambiente, Caroline, una enfermera hastiada y descontenta con su trabajo, encuentra una oferta de empleo irrechazable, sin ett de por medio, sueldo basura ni nada parecido. Mil dólares a la semana por cuidar a un anciano enfermo, ¿quién podría rechazarlo? Al llegar a esa vieja casa colonial, solitaria e incomunicada en medio de los pantanos, la joven descubre a Ben Devereaux, un anciano al que una embolia repentina ha afectado a ambos lados del cuerpo y le impide hablar; de ahí que todos le den como desahuciado. Caroline se implicará con el anciano desde el primero momento al ver en él la figura de su padre fallecido repentinamente lejos de ella, una carga sentimental que aún lleva dentro de sí.
Como contrapunto a Ben, encontramos a su esposa, Violet, una mujer recia y seca, un tanto intimidatoria en su actitud con Caroline pero que, tras esa dura fachada, parece esconder un lado oculto, un secreto relacionado con algo de esa enorme casa; una casa a la que han quitado todos los espejos, al más puro estilo Drácula. ¿Qué es lo que no quieren que reflejen esos espejos?
Según va conociendo la casa y a sus moradores, las sospechas empiezan a asaltar a Caroline, más aún cuando descubre una habitación oculta en la buhardilla donde se encuentran todo tipo de extraños objetos para hacer ritos de judú: magia negra; vamos, como el vudú pero en más chungo todavía. Con el tiempo, la joven enfermera descubre que en esa buhardilla vivieron hace muchos años Mama Cecile y Papa Justify, dos criados negros expertos en judú que desarrollaban allí sus prácticas y, por lo que parece, de alguna manera, aún están presentes en la casa.
Al principio, Caroline se mostrará escéptica con esas creencias pero, poco a poco, impulsada por el ambiente de la casa, la extraña enfermedad de Ben, la actitud de Violet y su propia curiosidad, se va adentrando en el mundo del judú. Es lo peor que podría haber hecho ya que, si no crees, el judú no te afecta. Pero, ¿y si terminas creyendo en él? Así, la enfermera termina convenciéndose de que, ese mal que afecta a Ben y que ni el mismísimo doctor House pudiera curar, no es una enfermedad propiamente dicha, sino una especie de conjuro de judú. Implicada con el anciano, la chica intentará salvarle a toda costa de aquello que amenaza a Ben. A Ben, y a la propia Caroline...
Con este argumento, nos encontramos ante una película sobria en los efectos especiales, sin aplicar un terror intenso, sino más bien una tensión psicológica mantenida a base de incertidumbres, dudas y pistas salpicadas que sólo se ven despejadas en el giro final; un final un tanto canalla ya que no presenciamos el típico final feliz donde el mal es vencido irremisiblemente, el bien triunfa, los pájaros cantan y las nubes se levantan. Precisamente, uno de los mayores encantos de La llave del mal se encuentra en lo inesperado de su final.
Y, antes de finalizar también nosotros la crítica, no podemos despedirnos sin hacer una mención para los actores; especialmente al elenco femenino. Kate Hudson vs Gena Rowlands. La joven enfermera de ciudad contra la recia anciana sureña. Dos papeles que ambas asumen y plasman a la perfección, encarnando un tenso duelo a través del cual va avanzando el hilo conductor de la historia. Por así decirlo, una especie de lucha entre la tradición y la historia de la casa frente a la modernidad y la juventud. ¿Quién vencerá?

EL RESPLANDOR EE.UU. (1980) 118 minutos
Director: Stanley Kubrick
Actores: Jack Nicholson (Jack Torrance), Shelley Duvall (Wendy Torrance), Danny Lloyd (Danny), Scatman Crothers (Dick Hallorann).
Tras rememorar El Exorcista el mes pasado, en esta entrega del cine de terror vamos a recordar otro clásico del miedo: El Resplandor; un peliculón donde, sobre todas las cosas, destaca un nombre: Jack. Un nombre presente en la película en tres dimensiones: Jack Nicholson, el actor; Jack Torrance, el personaje protagonista; y Jack Daniels, el bourbon con hielo que vuelve loco, y nunca mejor dicho, a los dos Jacks anteriores.
La trama de la película gira en torno al personaje de Jack Torrance y el apartado hotel Overlook. Torrance es un escritor en horas bajas al que proponen un trabajo de vigilante en un hotel situado en un remoto lugar de las Montañas Rocosas. Hacia allí se dirigirá con la intención de reflotar su carrera literaria junto con su mujer y su hijo, un niño dotado con un don especial denominado el resplandor. Pero nada será como ellos esperan. Toda una serie de antiguas historias y hechos acaecidos en el hotel en el pasado van invadiendo la mente de Jack, llevándole poco a poco hacia una locura psicópata que le empuja a intentar matar a su familia; justo igual que hizo el último vigilante del hotel...
En la película, el primer empeño de Kubrick es retratar el aislamiento al que se someterá la familia del escritor en su reclusión en el hotel. Para ello, no duda en apostar por una secuencia inicial que se le hace interminable al espectador, con un coche amarillo serpenteando por innumerables carreteras de montaña hasta que, por fin, llega al hotel; un hotel aislado en medio de las montañas, casi inaccesible con buen tiempo, imposible de alcanzar tras las nevadas del invierno. Por tanto, asistimos a un escenario aislado, sin posibilidad de interrelación ni comunicación con otras personas que no sean Jack, su mujer o su hijo. O los fantasmas del hotel... Una sensación claustrofóbica que llega a atrapar al espectador, agobiándole y haciendo que él también desee escapar de ese hotel que parece maldito.
Para colmo, no estamos hablando de un hotel normal, sino de un edificio con una antigua historia macabra. En principio está construido sobre un antiguo cementerio indio, lo que puede dar lugar a todo tipo de supersticiones; pero lo peor está todavía por llegar: el anterior vigilante mató y descuartizó a su mujer y sus dos hijas, una noticia que no parece inquietar demasiado a Torrance...
Un Jack Torrance que muestra una magnífica evolución en la que su aspecto va degenerando a lo largo de la película, descuidando su apariencia poco a poco, pasando de aquel pulcro y aseado hombre que asiste a la entrevista de trabajo a ese tipo huraño y desgreñado, con aspecto de ermitaño que termina completamente loco blandiendo un hacha contra su familia. Ese es precisamente el mayor recurso terrorífico de la película: el propio Jack Nicholson, un actor conocido por su habilidad para encarnar a desequilibrados mentales y que, en esta ocasión, lo borda. Las muecas, los gestos, los ojos desencajados, las locas carcajadas y la barba de varios días convierten a Jack en alguien que, de encontrártelo por la calle, haría que cruzaras a la acera de enfrente para no cruzarte con él.
Como contrapunto al histrionismo y gesticulación excesiva de Jack Nicholson, se encuentra el papel de su hijo, interpretado por Danny Lloyd, un niño sin experiencia previa en el cine. Especialmente escalofriantes son sus paseos en triciclo por los interminables pasillos del hotel donde se encontraba a los fantasmas de aquellas dos niñas de aspecto tan tremebundo e inquietante. También es para el recuerdo la escena donde Danny está en la habitación con su madre y, el resplandor, esa especie de don interior, le hace repetir una y otra vez, con una voz que le hacía parecer poseído, la palabra Redrum, un término sin significado aparente pero que, cuando toma sentido, muestra la verdadera medida e importancia de ese resplandor de Danny.
En esa intranquilidad y temor que infunde Danny en el espectador tiene gran parte de culpa el gran uso que hace Kubrick de la steadycam; esa cámara que persigue a Danny, como si fuera el propio espectador el que se desplazara, mientras el niño rueda por los interminables pasillos del hotel con su triciclo. Kubrick también recurre a la steadycam cuando el niño es perseguido por su padre en ese gran laberinto verde, rodeados ambos por la oscuridad de la noche y el blanco de la incesante nevada.
No puedo acabar la crítica sin hacer un guiño a la secuela más irreverente y mejor elaborada de El resplandor: la que hicieron los Simpson. Tras haber visto ambas cintas en varias ocasiones, los amantes de Homer y compañía disfrutarán apreciando la fina ironía y perfección de la secuela de los personajes amarillos más famosos de la televisión. Y es que, ¿qué fan de Bart Simpson no asimiló a Hallorann, el cocinero negro de la película, con Willy, el escocés que comparte el Resplandor con Bart? Y en la conversación de Jack Nicholson con el barman, ¿quién no se imaginó a Moe sirviendo una Duff detrás de la barra? ¿Y por qué Kubrick no cambió el “All work and no play makes Jack a dull boy” que repite machaconamente a máquina Jack Nicholson por el más alegre y tronchante “Sin tele y sin cerveza, Homer pierde la cabeza”?
Pero todo no podía ser perfecto, ya que la película tiene un importante debe en su haber: el doblaje. El actor de doblaje que aporta la voz a Jack Nicholson no es el habitual y eso se nota. Pero lo que ya es especialmente ridículo es la elección de Verónica Forqué como Wendy Torrance, una elección que, parece ser, hizo el mismísimo Stanley Kubrick. Menos mal que el director americano era mucho mejor director de cine que director de doblaje... Y es que, en muchas ocasiones, la voz aflautada y estereotipada de la actriz española hace que nos parezca estar viendo un capítulo de Pepa y Pepe en vez de un filme de terror como El Resplandor.
Pero ni siquiera esa pequeña rémora puede reducir la locura y el miedo que infunden Jack Nicholson y el misterio de lo que ocurrió en aquella famosa habitación 237. ¿Quién sabe qué desgracia pudo ocurrir en ella? Esperemos que después de haber visto El Resplandor, cuando vayáis a un recóndito hotel de montaña, con largos pasillos no os alojen en la habitación 237. Quién sabe que podría haber ocurrido allí...

EL EXORCISTA EE. UU. (1973) 122 minutos
Director: William Friedkin
Actores: Linda Blair (Regan), Ellen Burstyn (Chris MacNeil), Jason Miller (padre Karras), Max von Sydow (padre Merrin).
El cine de terror es uno de los que más pasiones levanta entre los aficionados al séptimo arte. Ya sea a favor o en contra de él, las opiniones que despierta son siempre apasionadas y, desde aquí, desde www.todosalcine.com vamos a romper una lanza a favor del cine de terror. Muchos de los prejuicios que se aglutinan en torno a este género se basan en anticuados clichés y estereotipos de cine de serie B. Pero cuando un verdadero aficionado al cine ve una buena película de terror, termina por descubrir un género apasionante, quizá el que más enganche de todos. Y es que, ¿quién no recuerda el fotograma de Regan, la niña del exorcista, girando su cabeza 360º? ¿O la cara de psicópata de Jack Nicholson asomándose a través de la puerta en El Resplandor? ¿O ese “Ve hacia la luz Carol Anne” de Poltergeist? El cine de terror forma parte de nuestro imaginario colectivo y de nuestra cultura y, por eso, desde aquí queremos rememorar y dar a conocer las grandes obras maestras de este, a veces, tan depauperado género.
Para inaugurar esta sección hemos elegido uno de los grandes filmes de terror de la historia, quizá el preferido de muchos cinéfilos del terror: El Exorcista. Poco más se puede añadir tras mencionar el título ya que, quien más quien menos, ha visto la película completa o, al menos, parte de ella.
A grandes rasgos, la trama de la película nos narra la historia de Regan, una niña de doce años que enferma extrañamente. Su madre, una famosa actriz, la lleva a un sinnúmero de médicos sin que ninguno pueda encontrar el mal que le aqueja. Ante la falta de soluciones médicas, terminarán por recurrir a un exorcismo para intentar liberar al Regan del mal que le acecha.
La propia historia en sí podría resultar impresionante, pero lo que convierte a El Exorcista en un filme realmente espeluznante es la amplia gama de recursos utilizados por William Friedkin para recrear una atmósfera aterradora donde desarrollar una verdadera historia de miedo; un clima que comienza por la música. Quien no recuerda la escena del padre Merrin entrando en la casa de Regan y se estremece ligeramente cuando escucha el Tubular Bells de Mike Olfield, el tema más famoso de la película.
En cuanto a los recursos visuales, el director consigue un magnífico equilibrio entre los recursos utilizados para crear una sensación tenebrosa pero evitando sobrecargar la escena de tal manera que resulte increíble. Usa efectos especiales como la levitación de la niña o los temblores de la cama pero sin llegar a ser lo suficientemente espectaculares como para restar credibilidad a la historia. Usa la sangre y los fluidos de Regan con gran mesura, sin caer en la vorágine de sangre y vómitos en que degeneran otras películas de terror. Podría decirse que William Friedkin captó el punto justo de sal que debía usar para sazonar el filme sin que quedara demasiado soso ni demasiado salado.
En esta credibilidad de la historia destaca la excelente elección del emplazamiento donde se desarrolla. Los hechos suceden en la ciudad de Washington pero, ante el espectador, no se presenta la típica casa americana espaciosa, luminosa y con jardín. Es más bien una casa de estilo tenebroso, con aire plomizo, a la que llega poca luz y que está rodeada de unas inquietantes escaleras, ¡ay las escaleras...! Si nos adentramos en el interior de la morada, la imagen no es mucho más alentadora, especialmente la del cuarto de Regan, donde el frío glaciar que destilan todas las escenas en ella rodadas (la habitación se construyó dentro de un gigantesco congelador) encoge al espectador y, de cierta manera, le hiela y sitúa junto al padre Karras, en la cabecera de la cama de Regan.
Hasta ahora sólo se ha hablado del ambiente magníficamente creado, pero con ello no se puede pasar por alto el papel de Regan, interpretado por Linda Blair. Una niña con dos caras a lo largo de la película, tan pronto un pobre angelito atormentado interiormente como un demonio de la peor calaña. A la sombra de este papel tan espectacular, se encuentra el personaje de la madre, Ellen Burstyn que, relegada a un segundo plano por el obvio protagonismo de la niña, va interiorizando y reflejando progresivamente en su personaje el abatimiento y desesperación que produce en su hija y en ella misma la situación que ambas viven. Un sufrimiento que, a su manera, también padecerá el padre Karras, entremezclando la situación de Regan con la reciente muerte de su madre.
Un contenido muy prometedor al que, por si no fuera bastante, también le acompañan otro tipo de historias reales más oscuras acaecidas durante el rodaje de la película: el incendio misterioso y sin aclarar de uno de los sets de grabación; la muerte del actor Jack McGowran, el director borracho, que falleció durante la grabación de la cinta; las muertes de familiares de actores y gente relacionada con el rodaje... E, incluso, cuando la película se llevó al teatro en Londres, también se tradujo en muerte cuando la actriz que hacía de niña poseída (Mary Ure) falleció poco después de hacer su primera función.
Una obra inquietante y sorprendente hasta el último momento, con ese gran giro final de la película cuando, tras atormentar a Regan durante toda la cinta, el espíritu... Bueno, mejor no desvelar el final y que lo averigüen por sí mismos. Si es que aún hay alguien que no haya visto El Exorcista...

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