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MAJESTUOSA FRIALDAD
Lucía Tello Díaz
Ciento cinco años se cumplirán este septiembre desde que en 1905 naciera Greta Garbo, la actriz cuyo “frío carisma” conquistó las pantallas de todo el mundo. Una centuria ha desfilado ante los ojos de espectadores y analistas que, ante la celebración de su arte, rinden tributo a una de las estrellas más afamadas del universo cinematográfico.
Garbo laughts! rezaba el prometedor eslogan que Ernst Lubitsch lanzó para presentar Ninotschka (1939), filme en el que, por vez primera, se mostraba al público la sonrisa de la “fría” artista sueca. Y digo fría, porque epítetos como éste han sido vastamente empleados para definir a Greta Lovisa Gustafsson, actriz cuyo semblante imperturbable y flemático le condujo al éxito en papeles tan dispares como atractivos.

A tenor de su biografía, no es de extrañar alguien como “la Garbo” no encontrara motivos para reír; hija de un labrador y una costurera, y huérfana desde los catorce años, la actriz hubo de abandonar la educación escolar para poder ganarse la vida. Lo que en primera instancia parecía una existencia abocada al fracaso, fue prontamente transformada por la Academia Real de Arte Dramático, que no sólo le dio una primera oportunidad al admitirla, sino que la introdujo en el mundo del cine de la mano de Maurice Stiller, primero, y Louis B. Mayer tras él.
Como otros suecos coetáneos dedicados al cine –léase Victor Sjöström entre otros- la intérprete de Orquídeas salvajes (1929), demostró su fortaleza trasladándose a Alemania a principios de los años veinte, y a Estados Unidos después, en 1926, dejando atrás no sólo su tierra natal, sino enterrando con el viaje su celoso pasado.
Lejos del viejo continente, Garbo consiguió hacer realidad el ansiado sueño americano, en el que un joven talento carente de medios económicos llega a lo más alto del estrellato hollywoodiense. Así quedó patente con sus primeras películas, dirigidas la mayoría por Clarence Brown, como Ana Christie (1930), basada en la obra homónima firmada por Eugene O'Neill, o las inolvidables Susan Lenox (1931) de Robert Z. Leonard, y Gran Hotel (1932) del realizador Edmund Goulding, y donde pudo compartir plantel con el popular actor Lyonel Barrymore, para deleite de los espectadores.
Sin embargo, no fueron éstas las películas con las que la actriz de Estocolmo deslumbró de forma unánime al público y la crítica. Con La reina Cristina de Suecia (1933) de Rouben Mamoulian, “la Garbo” demostró su versatilidad, tal y como lo hiciera en Mata Hari (1932), dirigida por George Fitzmauric. Más adelante, Greta Garbo certificaría su talento con el famoso trío cinematográfico que la catapultaría en deidad axiomática, tríada que, por cierto, tenía nombre de mujer: Anna Karenina (1935) de Clarence Brown -y basada en la archiconocida obra de León Tolstoi-; Margarita Gautier (1936) de George Cukor; y María Malewska (1937) de nuevo bajo las órdenes de Clarence Brown.
No obstante, no podemos sino rendirle homenaje a la Garbo recordando el que, sin duda, es uno de sus mejores trabajos, la consabida Ninotchka (1939), magnífica realización del inconfundible Ernst Lubitsch. Es Ninotschka un personaje suculento para cualquier actriz: temperamental y cómico, calculador y emotivo; una contradicción en sí misma, cuyo guión estaba firmado por la pluma del gran Billy Wilder. Y fue la Garbo la mejor elección: fría y cálida, sensual y andrógina... Un doble contrasentido del que emerge el mejor trabajo de esta vehemente actriz.
Garbo laughts!, afirmaba el eslogan de este film. Y nunca una sentencia ha estado más acorde con Greta Garbo, habida cuenta de que ella misma declaraba que "cualquiera que tenga una sonrisa permanente en su cara, refleja una dureza que es casi atemorizante". Y era realmente atemorizante, la sonrisa de esta sueca.

ETERNO PAUL NEWMAN
Lucía Tello Díaz
Existen noticias que no debieran darse nunca. Este es el caso del estado terminal en que se encuentra uno de los hombres del cine que, de existir la justicia, sería en carne inmortal, como así lo es en la pantalla. Pensar que el cuerpo y el alma de Newman no van a volver a llenar los escenarios es un hecho no tanto inesperado, cuanto triste. A buen seguro fue Paul Newman el sueño hecho realidad de muchas mujeres y hombres, que veían en sus ojos azules la encarnación del atractivo y del deseo, amén del buen hacer cinematográfico –naturalmente-. Y es que es muy dificultoso hacerse a la idea de que Newman, el inmortal blondie masculino por excelencia, pueda despedirse de este mundo sin que nada ni nadie pueda remediarlo. Dichosa condición humana que es tan frágil y tan pocas veces determinante.

Sin embargo, y al contrario que en el caso de Charlon Heston, Rafael Azcona u otros muchos que este año no han podido sobrevivir a los avatares del destino, quisiéramos en esta ocasión dedicarle unas líneas a nuestro emblema de hombría cinematográfica y dulzura inconmensurables, a una estrella viva, que ahora, más que nunca, merece todo el reconocimiento y gratitud posibles. Vaya a usted, señor Newman, nuestro mayor deseo de felicidad y bienestar, ahora y siempre.
Muchos se han preguntado por la belleza insólita de este intérprete, beldad heredada, sin duda alguna, de las raíces judeo-alemanas paternas y las húngaras maternas; una mezcla que produjo un cóctel explosivo que se llamó Paul Leonard Newman. La vida del joven Newman no fue lineal ni aburrida, como podría serlo la de cualquier adolescente dentro de la norma, sino que adoleció de una heterogeneidad muy fuera de lo común. Después de cursar sus estudios elementales, se alistó en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial, jugó en un equipo de fútbol americano, se licenció en Ciencias Económicas y contrajo matrimonio con Jacky Witte –colega de la compañía de teatro Woodstock Player´s-, todo ello en una sola década, la de los cuarenta. Resultado de este primer enlace, que tan sólo durará nueve años –hasta 1958-, serán sus tres hijos, -Scout, Susan y Stephanie-.
Atendiendo a la verdadera vocación artística del actor, Newman ingresaría en la Universidad de Yale para mejorar sus técnicas interpretativas, así como fue alumno del Actor´s Studio, genuina cantera de genios interpretativos de los años cuarenta y cincuenta. Fiel al estilo de la escuela de Lee Strasberg, la capacidad dramática de Newman no tardó en llamar la atención, debutando en Broadway en 1953 con una obra que, por fortuna, cambiaría el rumbo de su vida: Picnic, de William Inge. En este drama, el actor de Ohio coincidió con quien en el futuro, habría de ser su segunda esposa y amor de su vida, Joanne Woodward, una bella y jovencísima actriz que también pasó por el Actor´s Studio y de quien, años después, quedaría prendidamente enamorado.
Conseguida la formación interpretativa, la plenitud profesional no tardaría en llegar. Si bien no la obtuvo a resultas de su primera incursión en el cine, una más que olvidable The Silver Chalice (1954, Víctor Saville), sí lo haría con el papel del boxeador Rocky Graziano en Marcado por el odio (1956, Robert Wise), film con el que se dio a conocer de manera internacional, y donde se pudo comprobar que de entre los muchos encantos de Newman, se encontraba el de la brillante interpretación. Después vendrían Traidor a su patria (1957, Arnold Laven) y Mujeres culpables (1957, Robert Wise), en la que compartiría cartel con Joan Fontaine y Jean Simmons, ambas prescindibles, pero que ilustran el meteórico ascenso de un actor llamado para triunfar.
Y así fue que en 1958, el pleno auge de su carrera cinematográfica, fue a llamarle a la puerta la adaptación cinematográfica de una de las mejores obras teatrales jamás escritas por el indómito dramaturgo Tennessee Williams, La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks). Bien sea su espléndido papel de genio deportista cuya carrera se ve truncada por los tormentos internos, el alcoholismo y la insatisfacción –manual de cabecera de los fantasmas de Williams-, bien por su duelo interpretativo impecable con la otra "Columna Trajana" de la industria cinematográfica que fue –que es- Elisabeth Taylor, lo cierto es que tras Cat on a hot tin roof supuso todo un punto de inflexión dentro de la fulminante carrera de Newman, al tiempo que supuso un auténtico hito dentro de la cultura audiovisual, aportando una estética, unos fotogramas y unas escenas imperecederas en la infinitud del cine.
A partir de entonces, y pese a que la fama de este gentleman dorado no perdió un ápice de atractivo, las películas que rodase no cosecharían el éxito obtenido por el filme de Brooks, hasta que volviera a trabajar bajo sus órdenes en 1962, en la afamada Dulce pájaro de juventud, filme basado –nuevamente- en una obra de Tennessee Williams –tercera adaptación del dramaturgo en la que Newman actuaba-, en la que se rendía cuentas a una América melindrosa y censora, que vio en la historia de un actor reconvertido en gigoló, una prueba de fuego para con la audiencia-. Cuatro años después, y tras unos cuantos fiascos en la taquilla, Newman volvió a brillar con luz propia –y qué luz- en dos filmes de sumo interés, por un lado, la superproducción Harper, detective privado (1966, Jack Smight); por otro, la incursión en el cine de suspense de la mano del genio incontestable de este género, Alfred Hitchcock, con quien, se podría decir, la intriga nació y feneció. Fue Cortina rasgada (1966), la película con la que se estrenó con el realizador británico, film que bebe del temperamento de Hitchcock aunque no sea, es sentido estricto, una de sus obras maestras. Sin embargo, si algo destaca en Cortina rasgada es una secuencia indisolublemente perenne en nuestra memoria: la escena en que, sin mediar palabra, Newman y una mujer desconocida, colaboran en el asesinato de un hombre. El temple con que está rodada, la expresividad de los intérpretes y la fuerza dramática de la propia narración, hacen de ella una de las imágenes más impactantes, siniestras y paradójicamente bellas, de la historia del cine. Un hombre, de Martin Ritt y La leyenda del indomable de Stuart Rosenberg, serían sus siguientes películas, ambas de notable renombre que, no obstante, no supondrán un punto y aparte en su carrera cinematográfica, a pesar de que el film de Rosenberg gozará de gran fama entre las producciones de su género.

Si bien es cierto que Newman será recordado como un talismán para cualquier director, también lo es que el intérprete también llevó a cabo tareas como realizador, siendo su ópera prima Rachel, Rachel -después vendrían Casta invencible con Henry Fonda, y su gran éxito, El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, con su esposa de nuevo como protagonista -; un film en el que el protagonismo es cedido, por completo, a una brillante Joanne Woodward, retratando la vida y destino de la mujer en la América más tenebrosa. Será con Dos hombres y un destino (George Roy Hill), emblemática para la década de los sesenta, cuando Newman demuestre su capacidad para reinventarse a sí mismo, esta vez junto con uno de los grandes, Robert Redford –reencontrados años después en El Golpe-, en un western vespertino, sin muchos rigores históricos cuyo recaudo, sin embargo, fue abrumador, convirtiéndose en pieza clave dentro de la filmografía del género.

A El juez de la horca (John Huston) o Los indeseables de Stuart Rosenberg, entre otras muchas, les seguirá otra película que le inició en el cine catastrófico: El coloso en llamas, donde por fin compartiría plantel con uno de sus coetáneos compañeros del Actor´s Studio, Steve McQueen. Y hablamos de catastrófico, no porque narre la historia de un edificio convertido en una prisión para sus desventurados inquilinos, sino porque supuso el inicio de una lánguida pero firme caída del actor. Bajo las órdenes de Robert Altman interpretaría Buffallo Bill y los indios (1976), por la que ganó un Oso de Oro en la Berlinale alemana, a la que siguieron El castañazo (1977, George Roy Hill) y El día del fin del mundo (1980, James Goldstone), todas ellas francamente prescindibles, y en clara decadencia en comparación con sus anteriores filmes.
No será hasta 1981 cuando volvamos a ver la versatilidad de Newman, esta vez de la mano de Sydney Pollack, el notable realizador desaparecido recientemente, que le dio uno de sus mejores papeles en el film Ausencia de malicia, una trama de suspense periodístico en el que Megan Carter, una reportera ambiciosa –Sally Field-, se adentra en el universo del cínico solitario Michael Gallagher –Newman-, para investigar un caso de corrupción. De este film no sólo destaca el sólido duelo interpretativo entre Field y Newman, sino quizá una de las relaciones amorosas más dispares y enmarañadas de su filmografía, resumible -tal vez- en una escena escueta y de corte jocosa, pero químicamente desbordante: la reportera, atraída por el importador de licores, le pide que suba a su piso a tomar un café –marcado eufemismo, como es obvio-; Newman, cohibido, le indica que él necesita tiempo para la seducción, ante lo cual Field le expone, literalmente, que es una mujer “liberada” –tremendo adjetivo afortunadamente abandonado-, no necesitando una sarta de preliminares superfluos para el filtreo, respondiendo Gallagher su rotunda necesidad de romanticismo para dar un paso más. Finalmente la periodista, con expresión estupefacta, le dice sin vacilación que, ante ese estado de cosas, no dudará en enviarle un ramo de rosas.
En 1982, otro histórico del cinema, Sydney Lumet –en cartelera recientemente con Before the devil knows you´re dead-, le ofreció otra película indiscutible, Veredicto final, que le granjeó una merecida nominación al Oscar a mejor interpretación. En alza gracias a estas dos últimas producciones, el pócker de ases lo completará El color del dinero (1986, Martin Scorsese), filme por el que, tras largas décadas de denodado esfuerzo, consiguió su merecido Oscar.

A pesar de que un año después volviera a ponerse tras las cámaras, adaptando El zoo de cristal (1987), su cuarto drama de Tennessee Williams –quizá una de los mejores obras de teatro jamás escritas-, y pese también a que no fue un fracaso en la taquilla en modo alguno, ésta será su última experiencia como realizador. Finalmente, en la década de los noventa las apariciones de Paul Newman en cine se verán restringidas a aportaciones de lujo, ennobleciendo filmes menores, o bien actuando en pequeñas obras maestras, tales como Creadores de sombra (1990, Roland Joffé), Al caer el sol (Robert Benton) o Camino a la perdición (2002, Sam Mendes), compartiendo cartel con Tom Hanks y Jude Law. A modo de anécdota, en 2006 Newman hizo su especial aportación al mundo automovilístico, no ya como fanático de la Fórmula 1 como lo es –pilotó durante años para el equipo Bob Sharp Racing en Fórmula Nissan-, sino poniéndole la voz a Doc Hudson, uno de los personajes animados del film de Pixar, Cars.
En definitiva, toda una vida entregada al cine, vivida y soñada para la gran pantalla, llenando salas, despertando pasiones y demostrando que la belleza nunca está reñida con el talento. Este galán entre los galanes, se despide ahora de su público con la humildad y la entereza con que se presentó ante nosotros, con la sencillez de quien se gana a pulso lo que consigue en la vida.
Hay noticias que un periodista preferiría no tener que dar, ya lo hemos dicho, y por ello, porque Paul Newman es más que un apunte en un frío epílogo a una carrera brillante, más que una necrológica o un sentido pero comprometido In memoriam, queremos rendirle tributo en vida a uno de los mejores y más trascendentales virtuosos del Séptimo Arte. Paul Leonard Newman, llegue desde aquí nuestro limpio e inescrutable agradecimiento por tanto trabajo de calidad. Siga dándonos más cine, por favor, de aquí a la eternidad.

GRACE KELLY: EL TALENTO EN ESTADO DE GRACIA
Lucía Tello Díaz
Le llamaron Gracia y no pudieron estar más acertados: ojos azules, pelo rubio y sonrisa angelical tan sólo eran el comienzo de una interminable hilera de bondades que la más agraciada de los Kelly nos legó para la historia del cine. De padres acomodados, profundamente católicos y de origen irlandés, no cabía esperar que la pequeña Grace Patricia Kelly, decidiera dar al traste con las expectativas conservadoras que sus progenitores habían esbozado, decidiendo, ya a edad temprana, realizar sus sueños de convertirse en una gran estrella. Por ello, de su Filadelfia natal decidió trasladarse a Nueva York para estudiar Arte Dramático, no obstante, las penurias económicas y la ausencia de papeles le empujaron a ganarse la vida como modelo, hasta que pudo hacerlo como actriz.

Y así fue que, con tan sólo veinte años, en 1949, a la joven Grace le brindaron la primera oportunidad de demostrar que su vocación estaba sostenida en un sólido talento, ni más ni menos que en Broadway, con la obra Las herederas de Henry James. Sus buenas maneras, su delicadeza y su extrema belleza fueron prontamente avistadas por los productores, quienes vieron en ella una gran promesa del cine de los años cincuenta. Contando con 22 años, la joven de Pennsylvania podía presumir de haber realizado su bautismo de fuego cinematográfico con Henry Hathaway en la alabada Catorce horas (1951), donde compartió plantel con Paul Douglas y Agnes Morhead.

No satisfecha con su debut en el cinema, y convencida de que iba a trastocar los cimientos del ajado Hollywood, Kelly se involucró en el rodaje que terminaría por encumbrarla al Olimpo de los dioses del celuloide: Sólo ante el peligro, el magistral western de Fred Zinnemann que convirtió a una actriz en un mito.
La fuerza mostrada por esta principiante, en su pulso desigual con un grande como Gary Cooper, llamó la atención tanto de crítica como de público, quienes vieron en la joven algo más que una simple promesa, había nacido una estrella. Así quedó patente en su siguiente trabajo, Mogambo (1953, John Ford), donde hubo de demostrar su valía frente a actores de la talla de Clark Gable o una condesa enfundada, esta vez sí, en el hermoso y sempiterno calzado de la fama, Ava Gadner. Airosa con el resultado de este doble asalto, Kelly no sólo no desapareció entre las fauces de estos dos pesos pesados de Hollywood, sino que salió, si cabe, reforzada, mostrándose como savia renovadora de un cine caduco y necesitado de divas aristócratas, rubia pero más allá de la carnal voluptuosidad de Marilyn Monroe, e inocente, pero alejada de la ingenuidad virginal de Audrey Hepburn.
Sin embargo, todavía no había llegado la gran oportunidad de esta burguesa urbana de belleza imperturbable. A pesar de sus dos premios Oscar, obtenidos por Solo ante el peligro y La angustia de vivir, su mayor mentor, descubridor y casi preceptor, tenía acento británico y una pertinaz predilección por las blondies, una debilidad que le predestinaba, casi inquebrantablemente, a quedar atrapado en las redes de Grace Kelly. Ni Tipi Hedren, ni Kim Novak, ni siquiera Ingrid Bergman, consiguieron, ni por asomo, obtener la inmutable complicidad que entablaron Alfred Hitchcock y su musa, la bella y delicada dama con quien rodó tres de sus mejores películas: Crimen perfecto (1954), La ventana indiscreta (1954) y Atrapa un ladrón (1955), filmes en los que compartió focos, entre otros, con galanes de la talla de Ray Milland, James Stewart o Cary Grant. Fue durante el rodaje de esta última película, precisamente, cuando la suerte sonrió a la gracia pero abandonó al suspense: un repentino y fulminante romance con Rainiero III dio al traste con las esperanzas que Hitchcock había colocado sobre Grace. Tres películas más concluyeron la corta carrera de, a partir de entonces, su Alteza Serenísima la Princesa Grace de Mónaco.
Alejada ya de los platós, y perdida para la posteridad del universo cinematográfico, la joven niña que un día quiso ser artista se convirtió, avatares del destino, en la más bella princesa de la que jamás se haya tenido noticia.
El paradójico infortunio hizo que un 14 de septiembre, allá por 1982, el que hubiera servido de fondo de su última película con el rey del suspense resultara el último escenario de su corta vida. Desaparecida en un extraño accidente cuando tan sólo contaba con 52 años de edad, el cine no ha vuelto a encontrar a una actriz con el carisma y la clase de la que hizo gala la princesa Kelly, quien, a pesar de haber realizado apenas 12 películas, quedará grabada, indeleblemente, en la mente de todos, como una de las mejores actrices de la Historia del Cine.
FILMOGRAFÍA
Catorce horas (Fourteen hours) (1951, Henry Hathaway)
Solo ante el peligro (High noon) (1952, Fred Zinnemann)
Mogambo (Mogambo) (1953, John Ford)
La angustia de vivir (The country girl) (1954, George Seaton)
Crimen perfecto (Dial M for Murder) (1954, Alfred Hitchcock)
Fuego verde (Green Fire) (1954, Andrew Marton)
La ventana indiscreta (Rear Window) (1954, Alfred Hitchcock)
Los puentes de Toko Ri (The bridges at Toko-Ri) (1955, Mark Robson)
Atrapa a un ladrón (To catch a thief) (1955, Alfred Hitchcock)
Alta sociedad (High Society) (1956, Charles Walters)
El cisne (The Swan) (1956, Charles Vidor)
Las flores del diablo (The Poppy Is Also a Flower) (1966, Terence Young)

RECUERDO A LA ACTRIZ PELIRROJA: INDÓMITA KATHERINE HEPBURN
Lucía Tello Díaz
Entender cómo el cine ha sido capaz de reponerse tras la muerte de uno de sus estandartes más férreos, es una incógnita. Entender cómo los últimos años de Katherine Hepburn no fueron aprovechados, ni siquiera recordados, es una vileza. Porque fue la Hepburn, la magnífica y arrogante actriz pelirroja, una de las más grandes figuras de la cinematografía mundial, ante cuya actuación no cabe sino persignarse y enunciar un sentido chapeau.

Si alguien le hubiera confesado a Katharine Houghton Hepburn, aquella joven libre y desenfadada de Connecticut, que su nombre iba a brillar dentro del universo cinematográfico con la intensidad y duración con que lo ha hecho, seguramente hubiera caído en la más absoluta incredulidad, y es que esta hija de un doctor y una valiente sufragista, descendiente de los primigenios peregrinos del Mayflower, nunca pensó en la interpretación como meta profesional. Educada en los valores de la autorrealización, la potenciación mental y el ejercicio físico, la Hepburn se graduó en Historia y Filosofía en el Bryn Mawr Collage, siendo entonces cuando vislumbrara la actuación como la vía por la que encauzar su talento artístico. Iniciada en el mundo teatral, en 1928 decide trasladarse a Nueva York, donde comienza a despuntar en obras de Broadway.
Descubierta en las tablas, el cine pronto reclama su presencia, siendo el mismo George Cukor quien dirige su primera actuación cinematográfica para la RKO, Doble Sacrificio (1932). Sin duda será esta unión de Cukor y Hepburn el auténtico comienzo de una gran amistad, pues con el realizador neoyorkino rodará nueve películas, entre las que se encuentran algunas de las más brillantes actuaciones de la actriz de Hartford. Sin embargo, será antes de volver a rodar con el director de las mujeres, cuando Hepburn experimentará una auténtica transformación, convirtiéndose en una actriz de Óscar por su actuación en Gloria en un día (1933).
A pesar de ser una intérprete brillante donde las haya, y pese a haber conseguido un buen palmarés en su segunda cinta con Cukor, Las cuatro hermanitas (1933), por la que obtuvo el Premio a la mejor actriz en el Festival de cine de Venecia, sus repetidos fracasos en taquilla por una serie de películas desacertadas –entre las que se incluye, inauditamente, La fiera de mi niña, del genial Howard Hawks-, llevaron a pensar que la abigarrada actriz resultaba ciertamente peligrosa para la recaudación, postrando a la joven promesa en un incómodo segundo plano que vino a contravenir sus verdaderas pulsiones artísticas.
No fue hasta la década siguiente, 1940, cuando la Hepburn pudo brillar con todo su esplendor. Obviando las reticencias de los productores y haciendo alarde de su incansable carácter, la actriz que afirmara que en la vida lo único que no puede perderse es la sonrisa, aceptó el reto de interpretar –y cómo- el papel femenino de Historias de Filadelfia (1940, George Cukor), rol que estaba más que acostumbrada a encarnar, si se tiene en cuenta que fue la propia Hepburn quien tenía los derechos de esta obra de teatro, y quien puso su fe y empeño en que saliera adelante la adaptación. Su magnífica relación con quien ya hubiera sido su compañero en el malogrado film de Hawks, Cary Grant, añadida al intenso talento con que se urde la trama entre ellos y el tercero en discordia, James Stewart, representa indudablemente el mejor ejemplo de saber hacer del cinematógrafo, aunque pocas veces haya podido ser visto con tanta claridad y brillantez.
Segura de su trabajo y conocedora de su atractivo ante las cámaras, Hepburn se embarcó en un nuevo proyecto que cambió su vida para siempre. Fue obra de George Stevens que el azar uniera, en buena hora, a Spencer Tracy y Katherine Hepburn, convirtiendo a la pareja en una de las más emblemáticas de la historia del cine. Pese a las reticencias iniciales de la actriz –de él llegó a decir que era “más simple que una patata”-, y a pesar también, de cierta tirantez inicial, nunca la premonitoria aserción de un actor había tenido mayor grado de certeza que la que ejecutó Tracy cuando conoció a la actriz, cuando afirmó que a pesar de su diferencia de altura, ya cortaría a su medida a la Hepburn. Y en verdad lo hizo, pues en sus más de nueve filmes unidos, la pareja consiguió mimetizarse de forma tal que, en la actualidad, nadie puede entender la existencia de Tracy sin su Hepburn, ni de Hepburn sin su Tracy. Y es que a pesar de haber estado relacionada con otros hombres - Ludlow Ogden Smith, con el que incluso llegó a casarse; el realizador John Ford; su agente Leland Hayward, e incluso el extravagante Howard Hughes-, nunca hubo hombre para ella como su partenaire en La mujer del año (1942), Sin amor (1945 , George Stevens) o Mar de Hierba (1947, Frank Capra), películas en las que, no obstante, nunca llega a mostrar su activismo en pro de la defensa de los derechos de las mujeres, asumiendo, la mayor parte de las veces, papeles que acaban implicando la sumisión femenina ante su pareja. Fue en 1949, sin embargo, cuando pudo protagonizar una película en la que el talante –y talento- de Hepburn quedó explícitamente mostrado: La costilla de Adán. Dirigida por su admirado y querido George Cukor, el papel de la abogada Amanda Bonner catapultó definitivamente a Hepburn como una mujer fuerte, segura y competente, capaz de igualarse en fuerza y eficacia a cualquier hombre. Fue de nuevo Tracy la contrarréplica de esta “dama del teatro” en un emblemático y único film que supuso la entrada de estos dos magníficos en el Olimpo de los dioses del celuloide.
Sin embargo, y como cualquier sueño, esta relación llegó a su fin. Una larga enfermedad azotó a Tracy, postergando su amor para otro momento, otro lugar. Pocos meses antes de su desaparición, y como epílogo de su relación profesional y sentimental, esta pareja de lujo realizó una de las películas más importantes de su carrera, Adivina quién viene esta noche (1967, Stanley Kramer), tras la cual Hepburn no sólo ganó su segundo Óscar, sino que perdió a su primer y único amor. Según su propia biografía, la Hepburn nunca vio esta última película por el dolor que le suponía recordar la relación que algún día la unió al hombre con el que compartió todo, a pesar de no haber podido siquiera despedirse de él en su entierro, por respeto a su “auténtica” familia.
Más próxima al teatro que al cine, los siguientes años de tristeza de Katherine Hepburn estuvieron alejados de todo el pomposo glamour de Hollywood, a pesar de que sus escasas apariciones le reportaron premios y galardones más que envidiables. En 1968, su papel de Leonor de Aquitania le granjeó su tercer Óscar, el cual sería seguido, casi quince años más tarde, por su cuarta y última estatuilla, obtenido por su papel de Ethel Trayer en En el estanque dorado (1981). Con este premio, la actriz más delicada de la historia del cine había conseguido colocarse en la cima del estrellato, siendo –hasta el momento- la única intérprete que tiene en su haber cuatro Óscar, a pesar de que en el número de nominaciones esté equiparada con Meryl Streep –sin embargo, ésta última ha sido nominada tanto como actriz principal, como secundaria, al contrario que las trece nominaciones como actriz protagonista de Hepburn-.
Aunque en la década de los ochenta pudo ser vista en numerosas ocasiones en la pequeña pantalla, esta actriz con acento inconfundible –el Bryn Mawr-, no volvió a realizar producciones de renombre como las que había llevado a cabo en décadas anteriores, ostracismo que vino a ser reforzado por su estado de salud. Pese a que mucha gente afirma que Hepburn padecía Parkinson, la propia actriz llegó a afirmar en el documental All about me (1993) que su problema psicomotriz era el legado directo de su abuelo paterno, molestia que intentaba paliar a través de la ingesta de whisky. Sea como fuera, lo cierto es que su disfunción motora fue en aumento, llegando a condicionar no sólo sus movimientos, sino su vida por completo. Tras padecer varios cánceres de piel e incluso poseer un tumor en el cuello, la existencia de Katherine Hepburn expiró el 29 de junio de 2003, cuando toda una vida de éxitos y esfuerzos pasó por delante de la casa de Old Saybrook, en su Connecticut natal. A pesar de los cuatro años que nos separa de su vida, la que fuera considerada como la mayor leyenda del cine según el ranking del AFI´s -junio de 1999-, nunca será olvidada, no sólo por su ingente capacidad y juicio, sino por la familiaridad y cariño que despierta en quienes se acercan a cualquiera de sus obras. A pesar de que actrices como Cate Blanchett hayan intentado acercarse a su magnanimidad y competencia en películas como El Aviador (2004, Martin Scorsese), nadie podrá negar que la valía de Hepburn no llegó a ser, ni por asomo, reproducida.
A título personal, reconozco que siempre recordaré a esta gran actriz, no por la química que pudiera mantener con Spencer Tracy –según la Royal Society of Chemistry esta pareja fue la que más química ha mostrado en la gran pantalla, científicamente probado-, sino por la intensa y cómica relación que la Hepburn comparte con otro grande entre los grandes, Cary Grant, en Historias de Filadelfia (1940, George Cukor). Bien porque este galán donde los haya dice como nadie “pelirroja”, bien porque ambos parecen compenetrarse con un entendimiento que roza la divinidad, este es el mejor filme en el que se puede encontrar –y reencontrar hasta la saciedad- a la mejor Katharine Hepburn.

Como epílogo, tan sólo les recomiendo que se acerquen a la figura de esta gran mujer para que puedan comprender las palabras que, con motivo de su muerte, afirmó nuestro oscarizado realizador José Luis Garci: “que lo pasen bien, admirando esta sucesión de milagros que es Katherine Hepburn”. Imposible superarlo.
FILMOGRAFÍA
Doble sacrificio (A Bill of Divorcement) (1932)
Hacia las alturas (Christopher Strong) (1933)
Las cuatro hermanitas (Little women) (1933)
Gloria de un día (Morning Glory) (1933)
Corazones rotos (Break of hearts) (1934)
Sangre gitana (The Little Minister) (1934)
Mística y rebelde (Spitfire) (1934)
La muchacha del valle (Spitfire) (1934)
Sueños de juventud (Alice Adams) (1935)
La gran aventura de Silvia (Sylvia Scarlett) (1935)
María Estuardo (Mary of Scotland) (1936)
La rebelde (A Woman Rebels) (1936)
Olivia (Quality Street) (1937)
Damas del teatro (Stage Door) (1937)
La fiera de mi niña (Bringing up baby) (1938)
Vivir para gozar (Holiday) (1938)
Historias de Filadelfia (The Philadelphia story) (1940)
La llama sagrada (Keeper of the flame) (1942)
La mujer del año (Woman of the year) (1942)
Tres días de amor y de fe (Stage door canteen) (1943)
La estirpe del dragón (Dragon Seed) (1944)
Sin amor (Without love) (1945)
Corrientes ocultas (Undercurrent) (1946)
Mar de Hierba (The Sea of Grass) (1947)
Pasión inmortal (Song of love) (1947)
El estado de la unión (State of the Union) (1948)
La costilla de Adán (Adam's Rib) (1949)
La reina de Africa (The African queen) (1951)
La impetuosa (Pat and Mike) (1952)
Locuras de verano (Summer Madness) (1955)
Faldas de acero (The Iron Petticoat) (1956)
El farsante (The rainmaker) (1956)
Su otra esposa (Desk Set) (1957)
De repente, el último verano (Suddenly, Last Summer) (1959)
Larga jornada hacia la noche (Long day's journey into night) (1962)
Adivina quién viene esta noche (Guess Who´s Coming to Dinner) (1967)
El león en invierno (The lion in winter) (1968)
La loca de Chaillot (The madwoman of Chaillot) (1969)
Las troyanas (The Trojan women) (1971)
A delicate balance (A delicate balance) (1973)
The Glass Menagerie (The Glass Menagerie) (1973)
Love among the ruins (Love among the ruins) (1975)
El rifle y la biblia (Rooster Cogburn) (1975)
Olly, Olly, Oxen Free (Olly, Olly, Oxen Free) (1978)
El trigo esta verde (The corn is green) (1979)
En el estanque dorado (On golden pond) (1981)
George Stevens: A Filmmaker's Journey (George Stevens: A Filmmaker's Journey) (1984)
La última solución de Grace Quigley (The ultimate solution of Grace Quigley) (1984)
La señora Delafield quiere casarse (Mrs. Delafield Wants to Marry) (1986)
Aquí durmió Laura Lansing (Laura Lansing Slept Here) (1988)
The Man Upstairs (The Man Upstairs) (1992)
Un asunto de amor (Love affair) (1994)
Visita por Navidad (One Christmas) (1994)
Esto no es amor (This Can't Be Love) (1994)
Una navidad diferente (Truman Capote's one Christmas) (1996)

ERNST LUBITSCH: LA INTELIGENCIA A 24 FOTOGRAMAS POR SEGUNDO
Lucía Tello Díaz

Para quien ha amado alguna vez el cinema, o al menos lo ha querido, existe un nombre incondicional que destaca de entre las páginas de la historia del séptimo arte. Ese hombre con germánico acento es Ernst Lubitsch, autor que legara a sus descendientes el ejemplo in situ de cómo se hace buen cine.
Polémico, locuaz, dinámico y revolucionario, este berlinés fue -y es- fuente de inspiración y admiración de cuantos se han acercado a observar su obra. Nacido en 1892, a edad temprana se decantó por el mundo del espectáculo, formando parte del teatro del gran Max Reinhardt, con quien inició su carrera como actor y director dramático en 1911.

Iniciado en el cine como actor de cortometrajes en 1913, pronto descubrió que su verdadero lugar le situaba detrás de la cámara, ocupando el puesto de director a partir de 1914. En un intento por imbricar el bagaje del teatro de Reinhardt, el arte cinematográfico estadounidense y su conocimiento en el mundo del cortometraje, en 1919 Lubitsch ya despuntaba de entre los realizadores alemanes por su producción elaborada y su humor inigualable. No fue hasta Madame Du Barry (1919), sin embargo, cuando el realizador alemán consiguió que sus filmes llegaran a Estados Unidos, donde una sorprendida Mary Pickford sucumbió ante el portentoso talento del director alemán. Asombrada por la calidad del sello indiscutible de Lubitsh, la esposa de Douglas Fairbanks no dudó en reclamarle para la cinematografía norteamericana, colocándole, por ende, en la catapulta idónea para diseminar su arte allende los mares.
Instalado en Hollywood, Lubitsch llevó a la gran pantalla norteamericana nuevas versiones de sus filmes más afamados de su etapa alemana. No obstante, esto no fue óbice para que comenzase a llevar a cabo sus más prestigiosas realizaciones, aquéllas que, finalmente, le colocaran en la cúspide de la realización cinematográfica coetánea.
Sus comedias inteligentes, alejadas de las soap comedies al uso, hacían alarde de la capacidad sintética del humor del director alemán, así como mostraban una insinuación sensual atípica en una sociedad puritana desacostumbrada a las voluptuosidades sensoriales. Si a su picardía e inteligencia le añadimos la verborrea hilarante de sus diálogos y a una compleja –y arriesgada- insinuación visual, concluimos que Ernst Lubitsch se convirtió el representante del cine más puntero y perspicaz jamás concebido hasta entonces.
Su inigualable “toque Lubitsch” trascendió la mera anécdota, convirtiéndose en maestro de maestros, y genio entre los genios. Películas como Una hora contigo (1932), La octava mujer de Barba azul (1938), Ángel (1937) oThat Uncertain Feeling (1941) representan tan sólo una pequeña porción de la magnanimidad cinematográfica de Lubitsh.

Sin embargo, y a título personal, son cuatro filmes de este realizador, los que constituyen auténticas obras de arte. Partiendo del supuesto de que intentar darle un orden de preferencia a estas películas supondría un ilegítimo despropósito, ordenémoslas pues por orden cronológico. Design for living (1933), ocuparía en tal circunstancia la primera posición. Con un limitado pero contundente reparto, encabezado por Fredric March, Gary Cooper y Miriam Hopkins, esta comedia de enredo narra las vicisitudes a las que se enfrentan un par de amigos enamorados –y locamente- de una misma mujer. Con una trama que más tarde retomaría François Truffaut en Jules et Jim, este trío alocado optará por la elección más sencilla y rompedora para la remirada década de los años treinta: que la bella dama se incline por los dos pretendientes. Cargada de humor hilarante y sensualidad a raudales, esta comedia entronca con la insinuación elegante y sofisticada que más tarde volverá a despuntar en Ninotschka (1939). Comedia exquisita donde las haya, el humor de esta crítica mordaz maquillada al estilo de dulce romance, es inigualable. Con el sello indiscutible de Billy Wilder en el guión, y la incuestionable fuerza visual del director berlinés, es Ninotschka algo más que una mera película para consumir y olvidar con la rapidez acostumbrada. El perfecto gentleman canalla encarnado por Melvyn Douglas, y la rigidez de la fría sueca más afamada de la historia, sólo conforman uno de los pequeños atractivos de esta obra coral, donde hasta el más nimio detalle -léase un sombrero, un mapa, un chiste- cobra una relevancia inusitada pero excepcional.

Y es en otra película donde los detalles resultan cruciales, El bazar de las sorpresas (1940), en donde Lubitsch vuelve a embelesarnos con las artimañas de un seductor visual irredento. Un ejemplar de Ana Karenina, una relación por correspondencia o una caja de cigarrillos, se unen ahora a James Stewart y a Margaret Sullavan para deleitarnos con un amor sin fronteras, y una de las relaciones laborales más curiosas de la historia.

Sin embargo, y dado que estamos hablando de hitos históricos, no podemos sino recurrir a la más reputada obra del señor Lubitsch, Ser o no ser (1942), poniéndonos, por descontado, en pie para referirnos a la grandeza visual y literaria de este film sin fisuras, sin engaño ni efectos especiales de tramoyas manidas. Es Ser o no ser la mayor crítica que jamás se ha rodado en clave de humor. Si bien nadie niega el efectismo y prestigio acaudalados por la también ilustre El gran dictador (1940, Charles Chaplin), en el film que nos ocupa encontramos igual cantidad de mordacidad y sátira, exenta de la tragedia y drama que indudablemente entraña la época que representa.
Por ser, pues, Ernst Lubitsch el genio de la palabra y la imagen, cohesionadas esta vez para hacer girar la mágica fábrica audiovisual, y por ser la generalidad de sus obras simplemente sublimes, desde este remoto espacio del universo cinematográfico le dedicamos una oda a quien supo hacer del guión un arma sofisticada, de la imagen una insinuación y del cinema un arte con mayúsculas.
FILMOGRAFÍA
• 1914 – Fräulein Seifenschaum
• 1915 – Aufs Eis Geführt
• 1915 – Zucker Und Zimt
• 1915 – Blindekuh
• 1915 – Der Gemischte Frauenchor
• 1915 – Sein Einziger Patient
• 1915 – Der Kraftmeyer
• 1915 – Der Letzte Anzug
• 1915 – Als Ich Tot War
• 1916 – Wo Ist Mein Schatz?
• 1916 – Schuhpalast Pinkus
• 1916 – Das Schönste Geschenk
• 1916 – La mamá de los perritos (Der G.M.B.H.-Tenor)
• 1916 – Seine Neue Nase
• 1916 – Keiner Von Beiden
• 1917 – Käsekönig Holländer
• 1917 – Der Blusenkönig
• 1917 – Ossi's Tagebuch
• 1917 – La niña de los millones (Wenn Vier Dasselbe Tun)
• 1917 – Das Fidele Gefängnis
• 1917 – Prinz Sami
• 1918 – Pasajero sin billete (Der Rodelkavalier)
• 1918 – La bailarina del antifaz (Das Mädel Vom Ballett)
• 1918 – No quiero ser un hombre (Ich Möchte Kein Mann Sein)
• 1918 – Der Fall Rosentopf
• 1918 – Los ojos de la momia (Die Augen Der Mumie Mâ)
• 1918 – Meyer Aus Berlin
• 1918 - Carmen (Carmen)
• 1919 – Mi mujer, artista de cine (Meine Frau, Die Filmschauspielerin)
• 1919 – La Princesa de las Ostras (Die Austernprinzessin)
• 1919 – Rausch
• 1919 – Madame Du Barry (Madame Dubarry)
• 1919 – La muñeca (Die Puppe)
• 1920 – Romeo y Julieta (Romeo Und Julia Im Schnee)
• 1920 – Las hijas del cervecero (Kohlhiesels Töchter)
• 1920 – Sumurun (Sumurun)
• 1920 - Ana Bolena (Ann Boleyn)
• 1921 - El gato montés (Die Bergkatze)
• 1921 – La mujer del Faraón (Das Weib Des Pharao)
• 1922 – Montmartre (Die Flamme)
• 1923 – Rosita, la cantante callejera (Rosita)
• 1924 - Los peligros del flirt (The Marriage Circle)
• 1924 – Mujer, guarda tu corazón (Three Women)
• 1924 – La frivolidad de una dama (Forbidden Paradise)
• 1925 – Divorciémonos (Kiss Me Again)
• 1925 - El abanico de Lady Windemere (Lady Windemere's Fan)
• 1926 – La locura del charlestón (So This Is Paris)
• 1927 – El príncipe estudiante (The Student Prince In Old Heidelberg)
• 1928 – El patriota (The Patriot)
• 1929 – Amor eterno (Eternal Love)
• 1929 – El desfile del amor (The Love Parade)
• 1930 – Galas de la Paramount (Paramount On Parade)
• 1930 – Montecarlo (Monte Carlo)
• 1931 – El teniente seductor (The Smiling Lieutenant)
• 1932 - Remordimiento (The Man I Killed)
• 1932 – Una hora contigo (One Hour With You)
• 1932 - Un ladrón en la alcoba (Trouble in Paradise)
• 1932 – Si yo tuviera un millón (If I Had A Million) (Director del episodio ‘The Clerk’)
• 1933 - Una mujer para dos (Design for living)
• 1934 - La viuda alegre (The Merry Widow)
• 1937 - Ángel (Angel)
• 1938 - La octava mujer de Barba Azul (Bluebeard's eighth wife)
• 1939 - Ninotchka(Ninotchka)
• 1940 - El bazar de las sorpresas (The Shop Around the Corner)
• 1941 - Lo que piensan las mujeres (That Uncertain Feeling)
• 1942 - Ser o no ser (To be or not to be)
• 1943 - El diablo dijo ¡no! (Heaven Can Wait)
• 1946 – El pecado de Cluny Brown (Cluny Brown)
• 1948 – La Dama del Armiño (That Lady In Ermine) (Finalizada Por Otto Preminger)

GEORGE STEVENS: EL TALENTO A LA SOMBRA DE HOLLYWOOD
Lucía Tello Díaz
El próximo 8 de marzo se cumplirán 32 años desde que uno de los más grandes directores de cine, George Stevens, falleciera en su California natal a los setenta y un años. Pese a su reconocimiento de la crítica internacional y el innumerable palmarés cosechado a lo largo de su fructífera carrera, este realizador de Oakland nunca alcanzó la fama que obtuvieron otros directores de su misma generación. Por ello, y en agradecimiento por haber entregado a la Historia del cine películas como La mujer del año, Gigante o Escrito bajo el sol, dedicamos este mes nuestro reportaje de cine clásico a la figura del imperecedero George Stevens.
El siglo XXI, con su grosera idolatría, ha caído en el craso error de creer que, por mezclar y remezclar las fórmulas históricamente eficaces, ha llegado a dar con un descubrimiento nuevo, de suerte único. Parecen inútiles los continuos esfuerzos por demostrar que lo novedoso es reducible a la mimesis, o que lo espectacular se subyuga a lo que otros, ya desde Méliès, han creado antes. Egolatría de la centuria, otro daño colateral de nuestra sociedad.
En cine, es harto común que los realizadores de nuevo cuño, en un ataque de euforia de tintes Wellesianos, se crean el colmo de la originalidad, creando y recreando lo que otros directores, mucho antes y con un talento inmensamente superior, ya habían colocado en la senda de lo creativo, lo rompedor y lo vibrante. Cada año surge una nueva Audrey Hepburn; día tras día una nueva estrella vuelve a ser comparada con la malograda Marylin; todos los guionistas quieren ser Billy Wilder, y cualquier road-movie es comparada con, ni más ni menos, la fordiana Diligencia.
Lo que aún más pernicioso, júzguenlo ustedes mismos, no es ya la flagrante emulación a la que asistimos repetidamente, cuanto el incontestable desdén que al mismo tiempo se tiene hacia los artistas que nos precedieron. Salvo los incondicionales del público, léase Alfred Hitchcock o Steven Spielberg –los directores favoritos de tirios y troyanos-, parece que nadie repara en quienes han configurado nuestro pasado cinematográfico y a quienes se les debe, entre otras muchas obras, La fiera de mi niña, Historias de Filadelfia o El fantasma y la señora Muir. No será en esta ocasión, sin embargo, cuando hablemos de autores como Howard Hawks, George Cukor o Joseph L. Mankiewicz –asignatura pendiente, nos consta-, sino de otro autor aún menos conocido si cabe, el gran George Stevens. Poco, o casi nada, se sabe de este realizador consagrado, ganador de dos Oscar a mejor director, y autor de una veintena de filmes imprescindibles para la historia del cine. Por ser pues George Stevens un meticuloso radiólogo de la condición humana, y por ser uno de los directores menos reconocidos del cine clásico, qué mejor ocasión que el trigésimo segundo aniversario de su pérdida, para dedicarle a este gran realizador californiano el justo homenaje que se merece.

George Stevens nació el 18 de diciembre de 1904 en Oakland, California. Hijo de Georgia Cooper y Lanciers Stevens, el joven realizador tuvo un prematuro contacto con el arte escénico, acompañando a sus padres, directores de una compañía teatral itinerante, en sus recorridos artísticos. Operador de cámara en el estudio de Hal Roach en los años veinte, poco a poco se fue haciendo hueco en el cine de los grandes pioneros como D.W. Griffith, Flaherty o Chaplin, revelándose como gran director de cortometrajes en la década de los treinta.
En esta década, el joven Stevens también comenzó a dirigir sus primeros largometrajes, entre los que sin duda destacan Kentucky Kernels (1934), Agencia matrimonial (1934) o Sueños de juventud (1935) -Alice Adams en su versión original-, contando en ésta última con la presencia de los grandes Katharine Hepburn y Fred McMurray, y siendo la primera película firmada por el californiano que optó al Oscar a mejor película.
Años después y repitiendo con la misma actriz protagonista, volvió a sorprender al público con una comedia ácida e inolvidable como lo fue La mujer del año (1942). No en vano, pocos directores pueden hacer alarde de haber unido, por vez primera en la historia de la cinematografía, a esa explosión de arte en estado de gracia que es el binomio Katherine Hepburn y Spencer Tracy. 
Cineasta que experimentó con varios géneros, no podemos desdeñar tampoco su vis aventurera, espectacularmente mostrada en Gunga Din (1939), donde unos geniales Douglas Fairbanks hijo, Victor McLaglen y Cary Grant, protagonizarán una cómica y valiente película de aventuras. Consecuencia del buen resultado de su colaboración con Stevens, Cary Grant volverá a trabajar a las órdenes del realizador en dos ocasiones, El asunto del día (1942) y Serenata nostálgica (1941), siendo ésta última una de las mejores obras dramáticas del realizador, amén de la genial e inmensa Nunca la olvidaré (1948) - I Remember Mama en su título original-. Sin duda éste es un filme cuyo dramatismo y genialidad hacen de él uno de los exponentes del mejor cine de los años cuarenta y, por supuesto, una de esas películas que convierten a su director en un artista. Tan sólo hay que recordar los denodados esfuerzos realizados por una madre con mayúsculas –la extraordinaria Irene Dunne-, para sacar adelante una familia de inmigrantes, para comprender que el cine, aunque sólo ocurra en pocas ocasiones, es capaz de ser más grande que la propia vida.
En los años cincuenta, consciente del giro obrado en el cine y de su condición de producto manufacturado, Stevens supo subirse al vagón de la comercialidad a tiempo, quedando en el recuerdo películas como Un lugar en el sol (1951) oscarizada adaptación la novela de Theodore Dreiser; la legendaria Gigante (1956) o El diario de Ana Frank (1959), contando en menos de cinco años con actores –ya mitos- de la talla de Elisabeth Taylor, Montgomery Clifft, Rock Hudson o el siempre inmortal James Dean.
Ya en sus últimos años, La Historia más grande jamás contada (1965) y El único juego en la ciudad (1970) vinieron a demostrar la camaleónica potencialidad de un director capaz de adaptarse a los tiempos, ofreciendo idéntico grado de verismo, pureza y emotividad pese a los cambios generacionales.
Quizá porque el cine es eso, sentimientos impresos en celuloide, su filmografía puede tildarse de imprescindible. Cuando la necesidad y la desesperación de las circunstancias se unen a la fortaleza y la ejemplaridad de los personajes, encontramos filmes cargados de mensaje y contenido, características que advertimos de forma ineludible en el cine de Stevens y que, muy a nuestro pesar, no son frecuentes en el cine actual.
Quizá debiéramos aspirar a aquel cine con criterio y mesura que, no por mostrar con crudeza la a su vez cruda realidad, probaba las lindezas de la sensiblería, ni acudía a maniqueos golpes de efecto vanos, que remueven el estómago pero rara vez la conciencia. Una vez más, y van un ciento, no estaría de más que aprendiéramos de quienes nos precedieron en el tiempo, y nos superaron en eficacia.
PALMARÉS GEORGE STEVENS
Oscar al mejor director por Un lugar en el sol (1951).
Oscar al mejor director por Gigante (1956).
Nominado como mejor director por El amor llamó dos veces (1943).
Nominado como mejor director por Shane (1953).
Nominado como mejor director porEl diario de Ana Frank (1959).
FILMOGRAFÍA COMO DIRECTOR
Kentucky Kernels. (1934) Kentucky Kernels.
Agencia matrimonial. (1934) Bachelor Bait.
Sueños de juventud. (1935) Alice Adams.
Annie Oakley. (1935) Annie Oakley.
La Viuda negra (1935) The Nitwits.
En alas de la danza (1936) Swing Time.
Señorita en desgracia (1937) A Damsel in Distress.
Olivia (1937) Quality Street
Ardid femenino (1938) Vivacious Lady.
Gunga Din (1939) Gunga Din.
Noche de angustia (1940) Vigil in the Night.
Serenata nostálgica (1941) Penny Serenade.
La Mujer del año (1942) Woman of the Year.
El Asunto del día (1942) The Talk of the Town.
Amor llamó dos veces, El. (1943) The More the Merrier.
Nunca la olvidaré. (1948) I Remember Mama.
Un lugar en el Sol (1951) A Place in the Sun.
Raíces profundas (1953) Shane.
Gigante (1956) Giant.
El Diario de Ana Frank (1959) The Diary of Anne Frank.
La Historia más grande jamás contada (1965) The Greatest Story Ever Told. El único juego en la ciudad (1970) The Only Game in Town.
FILMOGRAFÍA COMO ACTOR
Dr. Jekyll y Mr. Hyde. (1920) Dr. Jekyll and Mr. Hyde. De John S. Robertson
FILMOGRAFÍA COMO PRODUCTOR
Ardid femenino. (1938) Vivacious Lady. De George Stevens
Gunga Din. (1939) Gunga Din. De George Stevens
Noche de angustia. (1940) Vigil in the Night. De George Stevens
Serenata nostálgica. (1941) Penny Serenade. De George Stevens
El Asunto del día (1942) The Talk of the Town. De George Stevens
Amor llamó dos veces, El. (1943) The More the Merrier. De George Stevens
Lugar en el Sol, Un. (1951) A Place in the Sun. De George Stevens
Raíces profundas (1953) Shane. De George Stevens
Gigante (1956) Giant. De George Stevens
El Diario de Ana Frank (1959) The Diary of Anne Frank. De George Stevens
La Historia más grande jamás contada (1965) The Greatest Story Ever Told. De George Stevens
FILMOGRAFÍA COMO GUIONISTA
La Historia más grande jamás contada (1965) The Greatest Story Ever Told.
FILMOGRAFÍA COMO DIRECTOR DE FOTOGRAFÍA
Battle of the Century, The. (1927) The Battle of the Century. De Clyde Bruckman

¿NOBODY IS PERFECT?
Lucía Tello Díaz
Por encargo de un joven guionista advenido en director, Saul Steinberg diseñó un letrero -ya célebre-, cuyo texto rezaba un ¿Cómo lo haría Lubitsch? afamado y heroico.
Y digo heroico porque, dentro de la humildad que conlleva el compararse con uno de los grandes –siendo otro grande-, atreverse a subvertir el orden establecido en la llamada comedia alocada, o soap comedy para los más puristas, imbuyendo al espectador en un género audaz, sedicioso e inteligente, supone todo un reto, acaso una heroicidad.

Samuel Wilder sabía cuál era ese material noble con el que se construyen los sueños, esa delgada línea que separa el disparate inverosímil de la trama hilarante, aquélla entroncada en el humor distinguido, único. Noventa y nueve años cumplió el 22 de julio el cineasta inconfundible, al que cabe agradecer parte de los más suculentos metrajes que se han podido visionar –y revisionar hasta la catarsis- en las pantallas de todo el mundo.
Este austriaco de Sucha no gozó, como cabría esperar de un fecundo guionista de comedias, de una vida nutrida de experiencias jocosas y festivas; al contrario, tuvo la desgracia de toparse con la ignominia de la masacre y el espanto. El longevo cineasta debió hacer frente al ascenso del nazismo, a la inmigración, y a la muerte de gran parte de su familia en Auschwitz. No en vano, un hombre que al ver La lista de Schindler, aún sabiéndola ficción,busca entre la multitud a su madre y a su tía desaparecidas, no ha podido perdonar las maledicencias que el Tercer Reich perpetró en el maltratado siglo XX. No obstante, tal y como el nonagenario realizador afirmaba, “lo que mejor hago es escribir lo contrario de lo que siento”, y así lo dejó patente a lo largo de fructífera carrera como guionista y director, que ha legado para la historia del cine innumerables obras maestras.
Supo hacer comedia siguiendo la estela de Lubitsch, pero sin caer en la intertextualidad y la réplica. Gustoso con la comicidad, usó el diálogo para engatusar, salvando los usos que habían sido introducidos por cómicos como Stan Laurel y Oliver Hardy, Buster Keaton o los geniales hermanos Marx. Cómodo con los gags, nunca llegó a alcanzar las cotas de Blake Edwards en lo que a desmesura se refiere, sino que prefirió albergar una comedia híbrido entre la melancolía y el romance, entre lo pícaro y lo sutil.
En definitiva, por ser Billy Wilder un genio indiscutible, me propongo rendirle un justo tributo, si ustedes me permiten que recuerde –de modo un tanto personal y arbitrario-, algunos de los mejores momentos que la mente de este austriaco fue capaz de concebir.
Nadie puede discutir que The Apartment (1960)roza la perfección, no sólo porque Lemmon y McLane estuvieran en estado de gracia –que lo están-; ni porque Izzy Diamond y Billy Wilder parezcan haber encontrado una compenetración excepcional; ni porque sea el suyo sea uno de los mejores guiones de la historia del cine; ni tampoco por cómo está filmada, contextualizada y planificada; sino porque todo ello se ensambla para dar lugar a una comedia melancólica, donde las miserias de la cotidianeidad son el eje vertebrador de lo cómico. El hecho de que Bud Baxter, un trabajador opaco y desdichado, deba ceder la intimidad de su apartamento y de sus sábanas en aras del ascenso profesional, no deja de ser una crítica mordaz a la sociedad en la que se inscribe.
Some like it hot (1959)es, sin embargo, una comedia en estado puro. No exenta de humor desenfrenado, de sensualidad y de frases que hacen historia, Con faldas y a lo loco combina como ninguna otra el asesinato, la chanza, el travestismo y la agudeza. Nadie se había atrevido a unir la matanza del día de San Valentín, con un tren de mujeres alcoholizadas, aderezado con dos músicos a los que las medias y el tacón les favorece tanto o más que a las propias féminas.
Es de recibo hacer referencia a The Seven Year Itch (1955), película que le granjeó a la historia del cine una de las instantáneas más emblemáticas de todos los tiempos –léase “la Monroe” sosteniendo su travieso vestido impulsado por la rejilla de ventilación del Subway neoyorkino-.

No obstante, hablando de Wilder como lo hacemos, no podemos desdeñar su bis grave, dramática en ocasiones. Y es así que, dentro de la vertiente de cine “serio”, el señor Wilder destaca igualmente, tanto con la narración de un desalmado periodista en busca de una exclusiva –Ace in the Hole (1951)-, como seis años después en la versión cinematográfica del relato de Agata Christie, Witness for the Prosecution (1957).
Y llegamos a Sunset Boulevard (1950), reverenciada de tan inesperada y genial. Con Charles Brackett de copiloto en el guión, El crepúsculo de los dioses es una obra maestra por lo que tiene de rompedora y de trágica. Ninguna mujer ha alcanzado las cotas de elegancia, seducción y estulticia que consigue Norma Desmond –es decir, Gloria Swanson- en esta cinta; ni existe en el Paseo de las Estrellas galán como William Holden, tan atractivo como profundo que, pese a ello, aparece flotando sobre una piscina al comienzo de la película.
Sin embargo, hay muchas películas que no he mencionado y ante las cuales sucumbo con total entrega –como Perdición, Irma la Dulce, En bandeja de plata, Avanti o Primera plana-.
En cierta ocasión el cineasta José Luis Garci afirmó que, tanto Howard Hawks como John Ford y Raoul Walsh, tenían una butaca en la misma fila del Paraíso. Puestos a recolocar a los realizadores en el coliseo de los desaparecidos, estoy convencida de que Wilder ocupa un puesto de honor en la primera fila, cerca de Lubitsch, y frente a un escenario donde los inconmensurables Lemmon y Matthau actúan bajo sus órdenes.
Aunque E. Brown manifestara que “Nadie es perfecto”, cabe señalar que, al menos desde el punto de vista cinematográfico, a nadie más que a Billy Wilder se le puede atribuir tal cualidad. Gracias por sus enseñanzas señor Wilder.

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