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BETTE DAVIS´ EYES
Lucía Tello Díaz
Nunca he sido dada a los aforismos, recetarios populares o refranes variados. Siempre he sido más bien pausada, esperando que los proverbios pudieran emerger de mi propio ingenio, sin sacar a relucir anecdotarios extendidos, por atinados que éstos fueran. Quién lo diría; estaba en lo cierto Heráclito cuando dogmatizaba que todo cambia y nada permanece. Y es que no encuentro mejor manera de exponer una sospecha que de largo me atenaza, que sacando a relucir un axioma muy aplaudido y triste, que exalta la fortuna de la menos agraciada (el matiz femenino aquí es imprescindible), frente a la bella que se queda atrás en lances de suerte. Nadie podía augurar que a estas alturas, este recelo pudiera recobrar presencia en nuestras agendas.

Inquietada por la conocida banda sonora que han decidido asignar a un a priori cándido anuncio de crema de cacao, enseguida reconozco la sintonía de Jimmy Soul y me aventuro a descifrar la letra completa. El título de la melodía no puede ser más festivo If you wanna be happy, y en ella se asegura, con la candidez de infantes haciendo sus cánones a capela, que si un hombre desea ser feliz, debiera decidirse por una mujer fea y no por una bella, pues aquélla –pero sólo desde su personal punto de vista-, no sólo le tendrá la comida a su hora, sino que además no quebrantará su paz mental. Permítanme añadir que esta letra, pronunciada por un coro de menores chispeantes dispuestos a ofrecer sus gorgoritos al más tierno chocolate para untar, me resulta insólita e incomprensible. Qué enajenación o desconocimiento del idioma han obrado en los creativos de esta marca, es para mí un hecho extraordinario, digno de estudio.
Es cierto que la incorrección política respecto a ciertos temas, resulta tan farragosa como innecesaria en ocasiones; perdidos en un sinfín de meollos autoimpuestos, cambiamos de dirección, de sentido y hasta de rasante con tal de no quedar en evidencia ante un colectivo que pueda ofenderse por el curso de nuestra conversación. De ahí a la laxitud con que se toman ciertos temas, empero, va un trecho y muy mal señalizado, sobre todo en lo que a mujeres se refiere. Olvidando que se trata de un anuncio infantil, o al menos dirigido a un público joven –y esperemos que escasamente versado en idiomas extranjeros-, sorprende que nuestros medios de comunicación no hayan cesado de insistir en los estereotipos como preceptos reglados para ajustar nuestro comportamiento. El cine en concreto, no ha dejado de hacer incómodos distingos entre sus actrices bellas y sus grandes actrices, las apodadas de “carácter”, como terrible eufemismo que escondía en su trastienda todo aquello que no podía ser considerado dentro del cauce de lo canónicamente bello. Hace apenas unos años, en otoño de 2007, se elaboró incluso una lista titulada “25 Ugliest Celebrities in Hollywood”, que incluía entre sus filas desde la desalentadora Anne Ramsey (mítica en papel de mamma italiana en los Goonies), hasta Tilda Swinton, Sarah Jessica Parker o Helena Bonham Carter.

Lo retorcido del tema, si me permiten la indignación, es ese avieso fatum que ha logrado hacer realidad el singular dicho, desembocando efectivamente en que la suerte de estas mujeres sea envidiada por otra gran mayoría, seguramente conformada por féminas más agraciadas que ellas (descartemos de entre las afortunadas a Ramsey).
Quién puede negarle a Swinton su incombustible charm, capaz de simultanear a varios varones, y encandilar a la mitad del mundo con su fría distancia; quién osaría quitarle el puesto a SJP como gurú de la moda y fashion victim, capaz pese a las críticas de conquistar a Matthew Broderick, a Mr. Big y a los más alocados seguidores de la HBO; y quién puede arrebatarle a Bonham Carter, con sus voluntarios y forzados despropósitos estilísticos, su exquisito encanto, preparado para romper el binomio “Ken & Em” (Kenneth Branagh y Emma Thompson), incorruptiblemente unido en el imaginario colectivo desde Mucho ruido y pocas nueces, y a quien se había apodado con el título de “Pareja real del cine inglés”. La respuesta es unánime: nadie.
Y es que nadie, del mismo modo, había podido dilucidar en décadas pretéritas, que mujeres andróginas, desgarbadas, desvaídas pero poderosamente turbadoras como Marlene Dietrich, Greta Garbo o Gloria Grahame, pudieran desbancar en éxito a femmes fatales como Lana Turner, Lauren Bacall o Marilyn Monroe. Es más, el propio Billy Wilder, quien poco se prodigó en alabar a sus actrices, confirmó, certificó y juró su incondicional querencia por la Dietrich, prefiriéndola frente a las más voluptuosas bellezas sin ninguna duda.
Pero indudable es, y siempre lo será, la belleza recelosa, altiva y profunda de una de las más bellas entre las deslucidas de Hollywood, Bette Davis, nombre ronco en la garganta de Kim Carnes, descomunal en la gran pantalla. Y todo ello a pesar del humor de este Premio Donostia (ahora que el Certamen está en ciernes), de su mal genio, de su poderío e insolencia, sólo posibles en una gran estrella como lo era ella. Su Jezabel, su Loba y su ¿Qué fue de Baby Jane? no sólo exasperaron a Joan Crawford, gloriosa enemiga de Davis, sino que enamoraron a una hilera de hombres, entre ellos William Wyler o Howard Hughes.

Quizá sea cierto que la suerte de la fea, la guapa la desea, qué importa. Al menos en el cine esta norma habría quedado patentizada tras años y años de enérgica implantación. Lo que resultaría magnífico (ya porque es edificante, ya porque no ofende a ningún individuo), sería evitar etiquetas, protocolos y rótulos sobre ninguna actriz, y que fuera su talento, y no la adecuación estética, lo que llevara a su catapulta y consagración. No nos atañe si alguien es o no es agraciado, lo mismo da; lo relevante, lo que realmente interesa, es poder llevar nuestra individualidad como bandera. De otro modo, díganme quién si no Bette Davis, podría alguna vez lucir los desmayados y celebérrimos Bette Davis´ Eyes.

BREVE ENCUENTRO: O CÓMO RECORRER UN LONDRES DE CINE
Lucía Tello Díaz
No se llamen a engaño, Avatar no nació con James Cameron, sino con los viajes de largo recorrido. El turismo ha demostrado que, lejos de nuestro cuerpo y su respectiva vida, existe un desconocido alter ego en cualquier otra parte del mundo, dispuesto a adquirir corporeidad en el momento en que pisamos suelo extranjero.

Y así es que en España, azotada por olas de calor que han mutado ya en constante estacional, abandoné por obra y gracia del low-cost a mi hipotenso y extenuado organismo, para conquistar la plenitud de la vitalidad en Londres, donde me reencarné en una fisionomía quizá más violácea e inquietante, aunque del mismo modo más vigorosa y recia.
Atrás queda mi pretérita visita al país de James Ivory, más bucólica, más romántica, de campiña y bruma que tanto me recordaron a Evelyn Waugh, y que tan bien retrata en su acreditada Retorno a Brideshead. Lejos permanece el campo y la naturaleza, a tantos pies como distancia existe entre el avión y los dominios británicos. Cuando se llega a tierra firme se descubre que Londres, con su carácter urbanita, vibrante, despierto y lúdico, se convierte en una experiencia capaz de evocar innumerables secuencias de nuestra filmografía universal, convirtiéndose en una ciudad en la que de cada calle, de cada recoveco, se puede extraer una íntima guía turística por nuestra cinematografía personal.

Brief Encounter
Inglaterra es uno de los países artísticos por antonomasia. Lo fue en el campo de la dramaturgia, de la lírica y de la prosa, y lo es igualmente en el del cinema. Sin necesidad de sesudos recordatorios de resultado incierto, la remembranza directa de un sinfín de títulos emana de nuestra memoria sin esfuerzo alguno, siendo sólo necesario pensar en clásicos como David Lean, para darse cuenta de que el cine e Inglaterra son una misma realidad. Lean tuvo la hercúlea deferencia de legar para la posteridad una obra imperecedera digna del British Museum, del BFI o de cualquier galería que se precie, Breve encuentro, la narración de la vida de una dulce mujer devota y pulcra, que aprovecha cada una de sus escapadas semanales a Londres para serle infiel a su leal esposo, tan magnánimo como flemático, mezcla entre aprobación y desgana. También de Lean es La vida manda, magnífico título merecedor de un artículo aparte, como asimismo lo son la mayoría de las obras del realizador inglés.

En un primer contacto, el visitante destila en su paladar el poso dulce de Grandes esperanzas, de los turbadores filmes embrionarios del genio del suspense, con 39 escalones, Alarma en el expreso, Asesinato o Sabotaje a la cabeza, filmados mucho antes de que Hitchcock devolviera a Manderley a su desquiciada Rebeca. Su exuberancia floral conmemora a La Señora Miniver, así como su admirable educación a los Essanay Films de Charles Chaplin, siempre con sombrero y corbata pese a su menesterosidad, convertido en sir lejos ya del Tivoli Theatre de Manchester. Pocas ciudades del mundo, vistas en primer plano, son capaces de conectar tantos recuerdos fílmicos como Londres, convertido ya en auténtico mapa de los sentidos cinematográficos de nuestra historia.
Lo que queda del día
No abundan autores que hayan sabido delinear con mayor pericia la importancia del hospedaje como el británico Edmund Goulding en su archiconocida Grand Hotel, donde un conjunto de idas y venidas configuraban el acontecer diario de un hotel de lujo. Y es que la buena disposición para conocer una ciudad no es sólo resultado de la intención del viajero, ni más faltaba, sino indudablemente del lugar que tenga a bien alojarle, algo que ayuda de manera irrefutable a ver con otros ojos una ciudad tan fría y al tiempo respetuosa como lo es la capital inglesa. Para los más pudientes, o para aquellos a los que la crisis, el ahorro y el comedimiento equivalgan a una simple cuestión estilística, les recordamos el paseo inmenso que por el Ritz se dio nuestro british Hugh Grant en Notting Hill, en la que un impostado redactor de la revista Caballo y sabueso, osa a entrevistar a una Julia Roberts más estrella que nunca, o se sorprende al descubrir la preferencia artística de una jovencísima Mischa Barton, quien sueña con Leonardo, sí, pero no con Da Vinci sino Di Caprio.

Match Point
Pero qué mejor que acercarse al pulso de la ciudad, a su sabor e impertérrito olor a curry, a cilantro, a canela y a clavo, que dejándose seducir por sus tonalidades, por su crisol multicolor, su policromía idiomática y su eclecticismo en equilibrio, fundiéndose con el pasado, el presente y el futuro en sus galerías, en sus museos y en sus salas, aunando en un solo espacio oriente y occidente; norte y sur. Ben Stiller, ducho ya en capitanear batallas espacio-temporales, bramaría sin pudor por vigilar con celo las puertas de la National Gallery, donde la impactante mezcla de talento, hace recordar lo mucho que tiene que ganar el cine en expresividad. Los pintores, acostumbrados a sus dos dimensiones y haciendo uso de su creatividad infinita, fueron capaces siglos atrás de dotar de una vehemencia a sus obras que, salvo algunos genios como Murnau o Jean Renoir (con razón su padre Pierre-Auguste fue uno de los mayores talentos de la vanguardia francesa), no se ha vuelto a contemplar en el cinema. Sólo la mirada desafiante, hermosa y serena de la bella joven de Los paraguas, lejanamente emparentada con los rasgos de Keira Knightley, es capaz de concentrar mayor beldad que el conjunto de la cartelera de los últimos tiempos.

De nuevo comparto con el gran José Luís Garci su opinión, cuando señala que los museos son una lección viva de auténtico cine. Aprendamos pues de la fuerza de Jean-François Millet, de la picardía matizada de La Venus del espejo de Velázquez, de la armonía infinita de la Virgen de las Rocas de Da Vinci, genio entre los genios antes de que su nombre se soldara indefectiblemente al de Dan Brown. No es de extrañar que la National Gallery resulte la mejor cinemateca de toda Inglaterra.
Closer
Pero si la mirada de inocencia redentora de la joven castaña de Renoir deja boquiabierto al visitante, el inmenso caudal de su inhóspito Támesis consigue hipar al más fornido de los turistas, por curtido que esté en asuntos fluviales. Arrogante, intempestivo, auténtico protagonista, su decena de puentes resulta abrumador bajo cualquier perspectiva, tanto a lo largo del paseo de Southbank, como hacían Mark Darcy y Bridget Jones en la segunda entrega de su amoroso encuentro, como desde el aire, comenzando por el emblemático London Eye de reminiscencias jamesbondianas, seguido del ángulo brujeril que aleja a humanos de muggles en Harry Potter y el príncipe mestizo. Sea como fuere, los resoplidos de su propia climatología invitan a alejarse de él durante las ventosas amanecidas y los fríos atardeceres, aunque su compostura y su amable serenidad nocturnas inciten a pasearse entre sus múltiples encantos, siguiendo las luces del Parlamento hasta alcanzar el omnipotente Big Ben, cuyo latido marca las horas de la tibia y apacible noche londinense, momento en que no es difícil ver aparecer a la creación de James Matthew Barrie atravesando las quejumbrosas manecillas del reloj que marca el son de la balada de Peter Pan, quien surge a trompicones mientras intenta coser su sombra a los zapatos, temiéndose, y con razón, que también ella quiera permanecer en la ciudad más tiempo del que dispone.

Shakespeare in love
La noche es joven, dicen, aunque en verdad la de Londres no tenga edad, color, raza ni sexo. La nocturnidad atrae a quienes serios herederos del centro financiero europeo de día, se deshacen de las rígidas estrecheces uniformadas y se entregan al desenfreno color rubí, dorado y parpadeante de los neones capitalinos. En la ciudad no se baila, se seduce; no se mueve, se embelesa; no se escucha la música, se siente. Y así es que Picadilly Circus, tan turística, tan transitada y dúctil durante el día, en la anochecida muta en punto de encuentro universal, donde todos los días es viernes y los un-birthday de Alicia en el país de las maravillas alcanzan el apoteosis en una celebración constante. Los locales de moda se encuentran en el Soho, y allí es fácil toparse con el auténtico esplendor del decálogo fashionista, con jóvenes ataviadas al más puro estilo de Carrie, Samantha, Charlotte y Miranda; hordas de veinteañeras que se dirigen a la zona más trend de la ciudad recordando que el sexo no es territorio exclusivo de Nueva York.

Sin prisa, sin apuro, hindúes que conducen carretillas-taxi con ademanes de Nueva Delhi, acompañan a un autobús de dos pisos tintado en un chirriante pink, mientras en su interior Lady Gaga ruge acompasada por un Bad Romance con Psicosis, Vértigo y Ventana indiscreta incluidos, poniendo banda sonora a una película de lujo, con infinitas Holly Golightly que no sueñan con diamantes en Tiffany´s, sino con un gentleman galante al que llevarse, con orgullo y sin prejuicio, a la pista de baile.
Love Actually
Pero el amor, como los viajes exuberantes, también llega a su fin, y la ciudad que tan amablemente nos acogió durante días o semanas, deja ahora el hueco escarchado de su ausencia, sin que nada honroso o barato pueda hacerse para que regrese. Estaba en lo cierto Mike Newell cuando señalaba que “el amor está en todas partes” en la célebre Cuatro bodas y un funeral, porque así funciona el flechazo en su ciudad. Es amor en sentido estricto lo que se experimenta en Londres: ardor ante su aroma especiado y penetrante; afecto por su comida, ninguna autóctona, compuesta por platos portugueses, libaneses, italianos, japoneses, índicos... Una mezcla de la que es fácil enamorarse y que sólo indigesta si se obvia; pasión asimismo por su afabilidad, por sus eternos eufemismos, por lo agotador de su correcta disposición, por sus elderlies encantadoras, tan difíciles de encontrar en el extranjero como el andén 9 y ¾, y que tanto recuerdan a las hadas góticas de La Bella durmiente, que orientan con el sentimiento y reaccionan a fuego lento, como el té de las cinco, el atestado suburbano, la elección entre la infinita variedad de chocolate, las indicaciones de los viandantes o los copiosos desayunos continentales.

Se mencionaba en Love actually, con su histriónica combinación y su recóndito humor, que sólo hay que acercarse a un aeropuerto para comprobar -no sólo que todos quieren ser como Beckham-, sino cómo el amor nunca ha estado más presente en nuestras vidas como hoy en día. Pues bien, en vista de la ingente cantidad de viajeros que esperan ilusionados su turno para adentrarse en la ciudad de la lluvia, no podemos sino rendirnos ante la certeza de que Londres, como cualquier película imperecedera, cala en el alma en sentido literal, y te envuelve para siempre.
Y es que hay pocas metrópolis que hagan contradecir a mi siempre revisitado William Shakespeare, cuando atestiguaba en Macbeth que la vida no es sino “un cuento narrado por un idiota, que significa nada”. Y es que nada, precisamente, es lo que se le puede reprochar a una ciudad que lo tiene todo.

Cuarenta grados a la sombra
Lucía Tello Díaz
Vía de servicio perdida en un recodo de la A2. Tres de la tarde. Treinta y cinco grados marca el termómetro en el interior del coche. En el exterior más de cuarenta. Con pereza reposto el combustible que el vehículo se afana en consumir y me adentro en el cubículo donde se efectúa el pago. Entrego mi tarjeta. Muestro el DNI. Cuando la mera formalidad parece llegar a su fin, el empleado comienza a hacer alarde de una bizarra febrícula, al espetarme con naturalidad: “así que has limpiado el parabrisas, lo he visto desde aquí”. Pasmada no tanto por su voyeurismo como por las confianzas, esbozo una leve mueca de aseveración. Pese a mi escaso esmero, sigue su perorata con impunidad torera: “no sé yo si te habrá servido de nada, para mí que lo has ensuciado más de lo que estaba”. Si fue efecto del calor, del tedio o de la charla no puedo certificarlo con rotundidad, aunque en aquel momento hubiera deseado ser un dobermann rabioso, enajenado y sin desparasitar; o quizá ser un hombre, tal vez eso hubiera bastado para acallar al licencioso cajero: “ha servido para limpiarlo”, me apresuré en contestarle, cuando tras su nuca de sociólogo ilustrado, reparé en las películas pornográficas que esperaban su turno junto a los ambientadores de pino, las baguette recién hechas y los chalecos reflectantes. Jóvenes catetas con largas coletas, rezaba el primer título, al que seguía Jóvenes catetas con piruletas. Permítanme desconocer si se trataba de una saga al estilo Crepúsculo o bien si los nombres respondían a una querencia intencional de sus autores hacia las jóvenes catetas, disculpen la ignorancia.

Lo que es cierto, y para esta deducción no era necesaria la escena antecedente ni las que me restarán, es que esas películas y la actitud del dependiente, manifiestamente guardaban una correlación. Qué tipo de analogía establecían, eso resulta más enjundioso de concretar, aunque concordancia existía a fin de cuentas.
El cine sicalíptico, para una gran mayoría, responde a una suerte de necesidad de experimentación vicaria que requiere del quehacer ajeno para activar la propia imaginación, al menos así me lo han explicado o así quiero entenderlo, quién sabe. Lo que no comprendo, ni en ése ni en ningún otro cine, es la intencionalidad manifiesta de degradar a los individuos, o lo que es peor, de colocar un defecto, un menoscabo personal –aunque sea forzado y tan falso como la juventud de sus intérpretes-, como reclamo para la venta de cualquier tipo de cintas. Lo siniestro de todo esto no es ya la existencia de una de las industrias cinematográficas más boyantes, y cuya manufactura la hace imbatible ante crisis de índole variada, sino la insistencia perversa en subvertir el orden de equidad en un ámbito tan delicado como el de las relaciones, sean o no filmadas.
Y es que las relaciones, por motivos que desconozco, o no tanto, siempre resultan un quebradero de cabeza para los humanos en esta época del año, cuando el calor reblandece la materia gris convirtiéndola en puro dislate. Pero no nos rindamos, no todo el cine veraniego ha de presumir irreparablemente de fallas y grietas, también hay espacio para el esparcimiento menos explícito, más comedido y de mejor gusto. Con Cuarenta grados a la sombra aparecía una de las películas de Mariano Ozores que mejor y más certeramente ilustraba lo que suponía un verano español hace menos de cuarenta años, con todo lo que esta etapa suponía de estrechez económica, de pudor y de represión de desenlace incierto. En el filme conocemos a un hombre (Alfredo Landa) que realiza lo permisible y lo inadmisible por conquistar a su escultural vecina, realizando denodados esfuerzos por conseguir hacerse un hueco en las sábanas del chalet colindante a expensas de su devota esposa. Por supuesto, el magnífico novio de la joven pronto da al traste con las expectativas del desesperado marido, quien habrá de conformarse con hacer de pater familias con impostada rectitud.

Gracita Morales, querida sor Citröen, comparte en esta película penurias con Antonio Ozores, interpretando a un matrimonio bien avenido que tras un verano en la costa, renegará del sol y de sus imperecederas quemaduras, de los pisos a pie de playa, de la incomodidad de las camas y sofás alquilados –nunca dúctiles, siempre arrogantes-, y de las terrazas y jaranas nocturnas, con su ruido, su resonancia y su insomnio. Tras unos días en el litoral, alabarán el envilecido Madrid al que tanto porfiaron, regresando con fruición a sus atascos, sus sofocos y su narcótico sopor.
La película no es perfecta, pero el repaso a su pegadiza sintonía me hace olvidar el torpe incidente de la dichosa gasolinera. Firmo el ticket. Guardo la tarjeta y salgo del establecimiento. Vuelve el atasco, el sofoco y el narcótico sopor. Pero fuera de ese cubículo comprendo lo bien que se está en verano, pese a los cuarenta grados a la sombra, lejos ya de donde se ve adecuado que jóvenes de largas coletas se dejen deducir por quienes las consideran catetas.

CUANDO VON STROHEIM ENCONTRÓ A GABIN
Lucía Tello Díaz
El cine cambia la vida. Ciertas películas, visionadas en peculiares circunstancias, pueden conducir a la resolución de los problemas, a la catarsis más liberadora e incluso a la carcajada saludable, que también es necesaria. Un filme, uno sólo, es capaz de transformar el ángulo de visión a su absoluto arbitrio, haciendo que salgamos de una sala transmutados, revitalizados, mejores personas. En cierta ocasión le confesé a Federico Luppi que su simple aparición en la gran pantalla variaba el rumbo de mi ánimo, revelándole que tras visionar Martín H, mi vida no había vuelto a ser la misma. Quizá no era mejor, es cierto, pero sí diferente.
Otro de los títulos con capacidad de modificar el punto de vista que siempre se ha tenido respecto al mundo es, e indudablemente siempre será, La grande illusion (1937), obra maestra del cine galo dirigida por Jean Renoir. Acostumbrados a superproducciones hollywoodienses de lucha y prestigio militar, en las que el nuevo D´Artagnan rescata in extremis a sus compatriotas Aramis, Porthos y Athos, todos ellos de una muy profunda y depauperada América (los neoyorkinos nunca van a la guerra y los bostonianos tan sólo seducen a Henry James, será que el Oeste les resulta más bélicamente cinematográfico), lo que más sorprende de La gran ilusión es, manifiestamente, la educación admirable de que hacen alarde todos y cada uno de sus protagonistas, sean del bando que sean.

Y es que el enemigo siempre ha sido despersonalizado en el cine. Desde los desventurados nativos americanos, pobres indios en un universo de triunfantes vaqueros, hasta los extraterrestres más sanguinarios, el enemigo nunca ha tenido alma, ni corazón, y mucho menos empatía. Por eso un blanco acertado era un éxito y no una barbarie; por ello un golpe certero era motivo de regodeo y no de reflexión. En el filme que nos ocupa, sin embargo, la I Guerra Mundial aparece ante los ojos del espectador como un juego tan polite como caballeroso, con sus tiempos, sus peones, sus torres y sus reyes. Como un ajedrez a escala humana, cada personaje adquiere un rol diferenciado, solicitando a pesar de su servidumbre, un trato justo y esmerado.
Confinados en un campo de concentración alemán, un grupo de oficiales franceses pasa a disposición del Comandante von Rauffenstein (Erich von Stroheim), una suerte de alcaide quien, con mucha humanidad, cuida con debido respeto a sus reclusos, comprendiendo su afán de huida e instándoles a hacer públicas sus quejas, asumiendo como propia la responsabilidad de que estén en buen estado, máxime atendiendo a su rango militar. Con un código de honor que supedita su actuación, el primer día les es informada la consigna del campo de prisioneros, señalando que los oficiales serán tratados con consideraciones debido a su categoría, con la excepción de que han de someterse a la jurisdicción alemana.

A pesar del inaudito respeto en el trato de igual a igual entre militares de semejante escalafón, los oficiales franceses urdirán un plan perfecto que incluye, cincuenta años antes de que Stephen King le otorgase a Andy Dufresne esa revelación sediciosa, la elaboración de un túnel subterráneo excavado noche tras noche, para la conquista de su libertad. Estos nuevos Conde de Montecristo reptarán a diario por entre las profundidades de su presidio, conscientes de que su libertad está por encima de toda guerra, de todo bando, de todo poder.
Se dice en La gran ilusión, con jocoso atrevimiento, que los campos de tenis o de golf están para jugar, y los de prisioneros para evadirse. Y es que, aunque se repitan una y otra vez que no pueden dar cabida a la ilusión, en verdad es lo único que les queda, comenzando un quejoso devenir reincidiendo en todos y cada uno de los presidios a que son enviados, pese a que incluso von Rauffenstein decida reubicarles unidos en una misma celda.
“El ser humano se adapta fácilmente”, dogmatizan en un momento del metraje con triste valentía. Y es triste porque, realmente, los individuos tenemos una capacidad sobrehumana para soportar lo irresistible; pensemos si no en Haití, en Níger, en Chad, en Mali, en Nigeria o en Burkina Faso. Pero hemos dicho que es valiente y estamos en lo cierto porque, si no fuéramos animosos los humanos, qué sería de nuestra dignidad; dónde quedaría nuestra capacidad de supervivencia.
Hay guerras, como la de La gran ilusión, que resultan insoportables pero que duran pocos años, no alcanzan el lustro. Otras muchas, todavía en ciernes y sangrantes, no parecen terminar nunca. Hambrunas, sed, desidia, olvido, cuántas guerras entran en una historia que ha perdido la cuenta de sus víctimas.

El cine cambia a las personas, y va siendo hora de que las personas cambien el mundo. Jean Renoir demuestra, con talento inescrutable y la valiosa ayuda de Jean Gabin, Pierre Fresnay, Dita Parlo o el propio von Stroheim, que no hay guerra cuyos cimientos no puedan ser cavados, escamoteados y derribados. Claro que para ello, para vencer, se necesita algo más que una espátula y mucha ayuda, se requiere de gente que, como nuestros protagonistas, no olviden que todo individuo necesita conquistar su humanidad.
Entre excavación y evasiva, se preguntan los presos de Renoir por qué los otros reclusos gritan del modo en que lo hacen, y la respuesta no puede ser más elocuente: porque esta guerra (como el hambre, como la pobreza), dura demasiado. Ojalá no quedase ya en el mundo un solo lugar del que necesitar escapar

EL TALENTO DE OLVIDAR A 451 GRADOS FAHRENHEIT
Lucía Tello Díaz
Todos tenemos un talento. Que sea o no provechoso, que tenga o no utilidad, es otra cuestión, algo que se aleja de nuestro propósito y que sin duda queda supeditado a la parcialidad y al arbitrio. Al menos el de los individuos como entidades aisladas.
No es así, en cambio, el juicio que podemos elaborar respecto a los talentos inherentes a nuestra sociedad. Hogar de todos, en nuestra mano está el yugo del compromiso y su consecuente responsabilidad; si el nuestro es el talento de Mr. Ripley deberemos pechar con las consecuencias, por nefastas que éstas sean.

Lo oportuno de las estadísticas, si es que de su desapego y tibieza se puede destilar algo positivo, es su registro incontestable, las marcas profundas que dejan los actos ejecutados, como los tiros en un paredón o el reguero de sangre incontenible de una herida abierta. El cine nos lo ha enseñado con profunda viveza desde sus inicios, ya lo hemos comprobado.
Lo amargo, lo turbador y hasta patético de las estadísticas, es cuando éstas arrojan datos terribles, realidades que en el cine sorprenderían por su violencia y por su brutal insensibilidad. Hace décadas, apenas un par, la audiencia se sintió aterrada por la historia que le tocó vivir a Julia Roberts en su sorprendente Durmiendo con su enemigo, un título que recuerdo con viveza al tiempo que rememoro el cartel de su anuncio colgando de las marquesinas de la que era mi ciudad. Si algo sorprendía de aquel póster, no era tanto la expresión de alerta que mostraba la intérprete, sino lo espeluznante de su título; por aquel entonces se antojaba improbable que alguien pudiera compartir lecho con quien sólo le profería animadversión. “El cine es cine”, pensaría el viandante sin reparar en la realidad que subyace a toda producción cinematográfica. Quién podía creer que las trincheras hubieran de establecerse en el propio domicilio. Era ilógico, era inquietante... Pero era real.
Veinte años después, el Instituto Centro Reina Sofía de Valencia, hace públicos los resultados del III Informe Internacional sobre “Violencia contra la Mujer en las Relaciones de Pareja”, donde recoge los despropósitos sociales de setenta países. Ciertamente, es demoledor hacerse eco de un registro tan amargo. Sus autores, José Sanmartín, Isabel Iborra y Yolanda García, han concluido que la tasa de feminicidios es de 19,4 mujeres por cada millón de ciudadanas mayores de 15 años, siendo España el quinto país donde más se incrementaron este tipo de crímenes durante el período analizado. Qué lástima destacar en materia tan sombría.

Lo terrible, lo inaceptable, no es ya el número de muertes, sino la naturaleza de éstas. Tras años atemorizando a las espectadoras femeninas con callejones húmedos, sombríos, repletos de bocacalles y desagües humeantes, el cine noir se quita su sombrero ante los escenarios de asesinatos de la new age, habiendo de aceptar que siete de cada diez crímenes femeninos, se llevan a cabo en el propio hogar de las víctimas. Lejos queda el apacible cuadro de punto de cruz que rezaba Home sweet home en películas como Los sobornados, de Fritz Lang. La sociedad ha cambiado y el cine habrá de hacerlo con ella: "las mujeres en España parecen estar más seguras en la calle que en sus casas". Sencillamente desolador.
La imagen de un familiar intimidando hasta el abismo a una mujer, me recuerda a una de las películas más olvidadas y ásperas de Alfred Hitchcock, La sombra de una duda, en la que se podía sentir la asfixia límite que llevaba a Teresa Wright a esconderse de su tío, Joseph Cotten, ante su apremiante y persistente ataque. Sólo visionando el filme uno puede sentir la angustia de quien se encuentra acorralado en su propio hogar, temiendo por su vida y cobrando conciencia del precio de un paso en falso. Nadie merece una vida así.

Sin embargo, la sociedad olvida con facilidad, ése es nuestro segundo y definitivo talento. Embriagados por el propio egoísmo, escuchamos cifras como quien oye la lluvia golpear contra los cristales. Y ya sabemos que nuestros cristales lo aguantan todo.
Hace años, en 1966, uno de los mejores realizadores que el mundo ha conocido, el gran François Truffaut, tuvo el acierto de llevar a cabo la adaptación cinematográfica de la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, con un éxito rotundo de público y crítica. En ella se narraba cómo a un bombero, inmejorable Oscar Werner, le era encomendada la misión de destruir los libros, ya que éstos conllevan la reflexión, el pensamiento crítico y, con ellos, la irremediable acción. Aletargados y entumecidos, los individuos fueron perdiendo las obras de Balzac, de Proust, de Faulkner, y junto a ellas el raciocinio, la capacidad de reacción y las ansias por cambiar la realidad.

El bombero, asqueado por la perversidad de sus acciones, consulta la idoneidad de abandonar su actividad profesional con su mujer Mildred (una enajenada Julie Chistie), quien termina por denunciarle. Huido de su entorno, dará con el poblado de los hombres-libro, cuyos habitantes, conscientes del valor de la letra impresa, perderán su identidad por adoptar la de su texto predilecto. Cada individuo será una historia, y cada historia será un individuo.
Nadie puede comparar un libro con una estadística, ni más faltaba. Con todo, el valor de cada cifra en un inventario cobra una dimensión diferente, paradójicamente humana. Los datos no son números, son personas; los resultados no son cuentas, son crímenes.
Sabemos que el papel prende a 451º Fahrenheit o 233º Celsius, lo que ustedes prefieran; pero la capacidad para borrar la historia de auténticas personas parece diluirse a cualquier temperatura. De norte a sur, de este a oeste, nadie recuerda los nombres de las víctimas. Será nuestra responsabilidad, como ciudadanos consecuentes, el no olvidar que las vidas son mucho más que decenas de datos dispuestos al azar. Sólo acordándonos de sus nombres, de sus historias, seremos conscientes de que de olvido, nadie debería morir. Ni siquiera en el cine.

SORTIDO DE BOLACHAS O DE CÓMO HACER FORÁNEO LO CONTIGUO
Lucía Tello Díaz
En la radio se oye una canción censurada, “Grándola”, pero nadie sabe qué significa, porque nada ha empezado. Todavía no.
Convendrán conmigo que las relaciones humanas son singulares, y más aún las que se entablan en las comunidades de vecinos. Acostumbrados a vivir agolpados, frente por frente, se torna confuso intuir cómo lo que nos es tan cercano, puede constituirse en un mundo paralelo, un universo con sus constelaciones propias, sus satélites y sus órbitas tan bien definidas, que inmiscuirse en territorio ajeno se presenta como un atentado contra la propia individualidad. Será que los humanos preferimos estar solos, quién sabe, sin poder contar con el compañero ni para bien, ni para mal. Cosas que suceden en este nacer y aislarse en que se ha convertido nuestro ciclo vital. En esta dinámica de clausura monacal, de retraimiento enfermizo si me apuran, sucede que extrapolamos nuestro encierro personal al escenario cartográfico, convirtiéndonos en compartimentos estanco del buque de las naciones. Pobreza, injusticia, caos y tortura están a la orden del día a escasos kilómetros de nuestras fronteras, sin que las voces de quienes solicitan ayuda puedan ser escuchadas en nuestras insonorizadas conciencias. Milagros de las puertas blindadas
Sin buscar la tragedia allende nuestros portales, aquélla que clama por una perentoria y necesaria solidaridad, sorprende también cómo hemos conseguido obviar a nuestros propios vecinos de rellano, aquéllos con los que compartimos historia, transformaciones o alegrías, y quienes ni siquiera reclaman para sí atención ni ayuda. Y así es que Portugal, siamesa, vecina y amiga, quien en varias ocasiones formó parte de nosotros, como un matrimonio oscilante y finalmente disuelto, se nos antoja el colmo del exotismo, siendo tan ajenos de nuestros compañeros lusos, como de un antiguo amor del que no se ha vuelto a saber un ápice desde que se consumara el breve romance.

Lo más peregrino, entre otros muchos sucesos insólitos, es que parece que nadie ha reparado en la constante presencia lusa en nuestra vida cotidiana. Como quien recibe el correo diario de un vecino ausente, nuestra vida completa se encuentra transcrita en clave portuguesa, estando especialmente presente en los productos que diariamente consumimos. Así, las cajas de galletas se han convertido, por acción de una bipolar trascripción idiomática, en un “sortido de bolachas”; la composición ha pasado a llamarse “composição”; el modo de empleo es ahora “conselhos de conservação”; y el reiterativo “mantener en lugar fresco y seco”, ha mutado en un exótico: “manter ao abrigo da humidade e do pó”.
Si ignorar esta presencia en nuestra vida consumista es advertida como un estrabismo incomprensible, el desconocer la cinematografía lusa resulta una bizquera imperdonable. Como una producción inexistente, ajena a nuestro día a día, no abundan analistas, críticos ni tan siquiera público, que se esfuerce por conocer el cinema de nuestro país más cercano, de una parte de nuestra propia península. Por ello, por este gran desconocimiento, y por celebrar su singularidad, pese a que exista quien todavía le reproche a Felipe IV su pérdida (inconcebible después de casi cuatro siglos), es por lo que le vamos a dedicar esta columna mensual, al cine portugués.

Como en otros aspectos de nuestra historia, el cinematógrafo llegó a Portugal casi simultáneo a España, de la mano Edwin Rousby el 18 de junio de de 1896 (a su vecina Hispania llegó Alexander Promio el 13 de mayo, apenas un mes de diferencia). Simulando a los Lumière, un realizador portugués, Aurélio Paz dos Reis, se apresuró en presentar en público la Saída do Pessoal Operário da Fábrica Confiança, semejante a la presentada por los hermanos franceses en el Grand Café del Bolulevard des Capucines. Desde entonces, el cine portugués ha seguido un ritmo lento aunque sostenido, con hitos históricos nada desdeñables, como lo fue la creación del Centro Portugués de Cine en 1970, o el surgimiento de realizadores tan magníficos como Manoel Cândido Pinto de Oliveira, valedor, ni más ni menos, que del León de Oro del Festival de Venecia 1985; el Fipresci de Cannes 1990; el Premio Especial del Gran Jurado del Festival de Venecia 1991; el del Jurado de Cannes 1999, y la merecidísima Palma de oro del Festival de Cannes 2008.

Sin embargo, y dado que nos encontramos en uno de los meses más importantes para la historia portuguesa, resulta obligada la reseña de uno de los mejores filmes de su industria, Capitanes de abril (2000), coproducido por miembros de la Unión Europea (entre ellos España), y dirigido por la polivalente María de Medeiros. Y es polivalente porque la que clamara por un vientre sexy en Pulp Fiction (actriz que interpretaba el personaje de la pareja de Bruce Willis), no sólo es una gran intérprete, sino que además goza de uno de los currículums más nutridos e impresionantes del panorama internacional, con licenciatura en la Sorbona incluida.
Con Capitanes de abril, Medeiros se estrenó en la dirección y la escritura cinematográfica, al tiempo que consiguió emocionar a la opinión pública con un filme candoroso, valiente, lúcido y extremadamente seductor, en el que nos retrata la sublevación de los jóvenes capitanes del Ejército portugués el 24 de abril de 1974, cuando decidieron poner punto y final a la dictadura más larga de Europa, de casi cincuenta años de duración.

Protagonizada por Stefano Accorsi, Joaqim de Almeida, Fele Martínez y la propia María de Medeiros, la historia nos narra cómo los capitanes Manuel y Maia, se arman de valor y conducen a los jóvenes oficiales lusos hacia la toma pacífica de los organismos públicos. Conocedores del poder mediático, tomarán una radio nacional, consiguiendo que su locutor emita una canción prohibida por la censura, “Grándola”, convertida en un nuevo himno de la alegría por la libertad. Mientras los capitanes van tomando posiciones para el golpe de estado, la población se encontrará recluida en sus casas, temiendo el peor de los desenlaces, e imaginando una represión tan contundente como atemorizante. Lo que nadie podía imaginar era que, ante su activo pacifismo, ningún militar afecto al régimen se atrevería a cargar contra ellos, llegando a encontrarse ante un pelotón capitaneado por un general iracundo, y consiguiendo, por obra y gracia de la razón, que todos aquéllos que les apuntaban con su metralleta, soltasen sus armas y cruzaran la línea de fuego para reunirse con sus compañeros. Sin duda una de las escenas más emocionantes de la historia de la cinematografía.

En vista del éxito obtenido, y teniendo en cuenta que la revolución pacífica reclamaba un nuevo estado de cosas distinto al imperante, se llevó a cabo el traspaso de poder sin que una sola gota de sangre humana fuera derramada a causa de los capitanes, un loable provecho de la democracia portuguesa. Cuando la sociedad rompió la crisálida del miedo, durante la mañana del 25 de abril de 1974, los ciudadanos tomaron la calle del mercado de las flores, colocando en los embocaduras de las metralletas de los capitanes de abril un clavel como símbolo de paz, en señal inequívoca de que, a veces, las armas no tienen por qué vivir para matar.
Con un tono fresco, de evocación romántica, el impacto emocional de Capitanes de abril se debe no sólo al verismo de su trama, sino al aspecto de improvisación que entregan sus intérpretes, trasladando al espectador a los años setenta, al miedo de la tortura, y a la esperanza de un futuro mejor y más pío.

Quizá una sola película no pueda justificar el amor a todo un cine, el portugués, pero es indudable que sí invita, y con creces, a acercarse a uno de esos vecinos que atesoran mucho más de lo que se puede intuir a primera vista.
En la radio se oye una canción censurada, “Grándola”, y por fortuna, todos saben su significado: la revolución de los claveles se ha impuesto, y al fin todo ha comenzado.

TO BE OR NOT TO BE
Lucía Tello Díaz
Me declaro culpable y reincidente, vaya por delante la honestidad. Y lo soy, porque en lo que a derechos humanos se refiere, o se está comprometido, o no se está, esa es la cuestión. Y es que esta nueva versión shakespeariana se presenta crucial en una sociedad como la nuestra, en que hemos olvidado con exorbitante frecuencia qué valores son los realmente importantes, y cuáles son meramente contingentes. De estar vivo Shakespeare, seguro hubiera militado en el bando del compromiso, máxime cuando el dramaturgo inglés fue uno de los pioneros en eso de darle un papel protagónico a los personajes femeninos, algo que esta sociedad nuestra, tan retrógrada, tan publicitaria, tan monetaria, ha querido situar en un inmaterial segundo plano, devolviéndole la dignidad a las mujeres a base de anuncios de detergente y lacrimógenos sucedáneos emocionales del show business. Cosas de la modernidad.

Y es así que, en este 2010, llegamos al día de la Mujer con unas cifras obscenas, sonrojantes para cualquier individuo, de no estar tan habituados a que se nos presente como una fatalidad escuetamente natural, consustancial a la raza humana. Una mujer muerta. Un dígito más. En todo caso, papel mojado para la edición de mañana.
Este último año arroja unos datos escalofriantes en lo que a víctimas de malos tratos se refiere, pero no sólo en España, sino en todo el mundo, especialmente preocupante en Europa. Según últimos estudios de Amnistía Internacional, en la Unión Europea (UE), “decenas de miles de mujeres y niñas de todas las edades y de todos los grupos sociales son víctimas de múltiples formas de violencia. Son maltratadas por sus parejas o exparejas, son víctimas de trata, sufren abusos y violencia sexual por parte de familiares, personas de su entorno y desconocidos, mutilación genital femenina o matrimonios forzados”. Pero hagamos caso omiso, el mundo va bien y eso del feminismo es sólo una corriente de pensamiento propia de mujeres amargadas. Qué más da una mujer más que menos, ya lo he sostenido muchas veces, tan sólo hablamos del 51% de la población mundial.
Del mismo modo, este día de la mujer coincide con la madrugada de la Ceremonia anual de los Óscar americanos, una circunstancia que, por descontado, no sólo nos agrada por cinéfilos, sino que este año posee el aliciente de que una mujer esté nominada a Mejor Dirección, Kathryn Bigelow por su enérgica En tierra hostil. No obstante, no cabe llamarse a engaño, ninguna edición ha concluido con un Óscar a una realizadora, es más, de las dos únicas directoras nominadas, Lina Wertmuller en 1975 por su filme Siete bellezas, y Jane Campton en 1993 por la magnífica El piano, ninguna de ellas recibió más que un esquelético aplauso.

Desde las starletts más impresionantes de Hollywood, como lo fue la desinhibida y brillante Mae West, el cine ha querido cosificar a la mujer como mero objeto de deseo, en un buñuelesco intento por demostrar que en lo que a entes bellos, la mujer se lleva la palma, aunque ésta sea la de Cannes. Resulta consolador, y al mismo tiempo emocionante, que algunos directores (pocos, no se vayan a creer), hayan rescatado del olvido a la mujer para poner sobre el tapete sus verdaderos problemas, sus auténticos conflictos, y los aspectos más apremiantes de su condición de ciudadano de segunda clase como desean seguir viéndonos, por mucho que nos duela admitirlo. Isabel Coixet, con su desgarradora La vida secreta de las palabras, nos devolvía una visión nada agradable de la trastienda de la guerra, en la que la mujer es siempre perdedora, sea del bando que sea. En El intercambio, Clint Eastwood nos acercaba a una realidad que siempre ha sobrevolado a la mujer, y es la de imposición de tutela física y mental, en un mundo que ella no tiene derecho a controlar y mucho menos a denunciar.

Según estos personajes, encerrar en un psiquiátrico a una mujer parece una solución adecuada cuando ésta resulta incómoda, tanto para el sistema como para sus organismos. Así lo hicieron con el personaje de Angelina Jolie en el filme de Eastwood, como asimismo lo llevan a cabo en una postrera novela y filme de actualidad, Millennium III: la reina en el palacio de las corrientes de aire, donde Lisbeth Salander resulta más conveniente acallada que diciendo la verdad.

Un año da para mucho, es cierto, y oportunidades para cambiar no han de faltarnos. Quién sabe, quizá el punto de inflexión lo supongan los Premios Óscar de este año; o tal vez la conciencia popular de una sociedad hastiada de tanta hipocresía, vayan a saber; pero qué quieren que les diga, a este respecto me declaro escéptica y además reincidente. Y todos saben que en esto de “ser o no ser”, reside la cuestión.

La vida de los otros, o el día del orgullo de san Valentín
Lucía Tello Díaz
Las efemérides tienen una naturaleza intrigante, no me lo podrán negar. Víctimas de alguna perversa tortura, el año entero está repleto de santorales siniestros, en que celebramos la trágica y cruel mutilación y posterior asesinato de cualquier individuo, por el simple hecho de haber realizado cualquier acción bondadosa, o así nos lo han referido. En cualquier caso, el calendario es algo misterioso y sombrío, lleno de citas ineludibles y de responsabilidades contraídas, ora personales, ora sociales, tan turbador como estresante. Pero hele aquí que se nos acerca, como cada año, una de las citas más celebradas de nuestro actual calendario, ésta es, san Valentín.

Hasta nueva orden, o hasta que el maya se imponga con su finitud, nos deparan años y años de impíos san Valentines, en los que de nuevo haremos gala de nuestro comercialismo extremo, nuestra vanidad y, en el peor de los casos, de nuestra soledad. Pero no se crean, Hollywood, tan ducho en esto de hacernos sentir a gusto, ha planeado su propio First Aid Kit para vacunarnos contra todo mal, el de amores incluido.
Porque san Valentín, mal que nos pese, es un día de todos, no sólo de los petulantes filtreadores de amor al peso, que únicamente lo demuestran en ocasiones especiales, exhibiendo a su amado/a como una presa en el zurrón de un cazador. Por fortuna en esta caza no se exhiben las cornamentas de igual suerte, en tal caso muchos de los que alardean de amor sufrirían sus visibles consecuencias.
Pero no se crean, esta columna no está escrita para la crítica, sino para la reflexión, porque ¿quién puede atreverse a definir qué es el amor? ¿Quién puede poner barreras a los sentimientos humanos? Los antiguos romanos (en este aspecto redimen su acción propiciadora de días del santoral), relacionaban la verdad (verum) con la bondad (bonum), de cuya conjunción partía cualquier acto ético; de ello podría inferirse, con altas dosis de romanticismo o de locuacidad, como los maestros de la ética de situación, que el amor sería el acto ético por excelencia.
Esta perspectiva, aderezada con proporciones desmedidas de burbujeante champagne y alguna que otra fresa, también la comparte el cine, quien a su vez nos ha enseñado históricamente que el amor no entiende de color (Adivina quién viene a cenar), de edad (El graduado), de especie (King Kong), ni de sexo para ellos (Philadelphia) o para ellas (Manhattan).

Sin embargo, existía cierta tendencia voyeurística en el cine de siempre que hacía pensar en su maquinaria como una suerte de artificio autoflagelante, tanto para los que gozan del amor verdadero, como para los que ansían conocerlo, algo que de por sí tiene menos sentido que Ubú rey (con la venia del gran Alfred Jarry), y que por ende, favorece el malestar generalizado. Para los primeros, porque el amor cinematográfico siempre excedía en aditivos y colorantes la belleza del afecto real, más físico, menos melodioso y mucho más humano (en tanto que imperfecto y fallido). Para los segundos, porque el visionar un afecto idílico en esta platoniana cueva de las remembranzas que es el cine, patentiza más si cabe la sensación de oquedad que por otro lado tanto promueve nuestra sociedad.
Es curiosa esta paradoja malsana del que seguro, será el último siglo de la humanidad. Piensen detenidamente, por qué se nos insta al beneficioso individualismo, a las raciones para llevar, a los productos monodosis y a los packs rebajados para singles. Los solteros y sin compromiso se llevan y mucho, tan sólo hay que acercarse a las salas de cine para ver qué tipo de personajes se promulgan a los cuatro vientos y los siete mares. Esto justificaría, de facto, que el día de los enamorados se reduzca a una sola jornada, un momento de licencia única, un solo día, ni uno más. Si el amor interesase a los controladores de mentes, no existiría un día para el afecto; su existencia demuestra en última instancia lo poco que se practica el amor –en sentido amplio-, diariamente; deben recordárnoslo para que, en ese único caso, nos acordemos de él y lo vivamos a nuestro antojo. Lógico es entonces, que no exista el día de la guerra, o el día de lal violencia, ya que, por ende, todos los días son el día de la guerra y de la violencia.
¿Qué interés tendría, en ese caso, remachar las conciencias de los bienpensantes con días para el amor? En este sentido, podríamos buscar la faz sardónica de todo ello, y pensar que es tan sólo el recuerdo de una forma de vida que existió algún día, y del que tan sólo quedan los vestigios, como las devastadas columnas del Coliseo, o las eternas Keops, Kefrén y Mikerinos, tan indescifrables como cualquier cultura muerta. El cine de la era postmoderna, insisto, no busca el amor ni lo propugna. Allá quedaron películas para el recuerdo como el amor inmortal de El fantasma y la señora Muir (obra maestra de Mankiewicz), el amor consecuente de Vacaciones en roma, o el inmutable de Tú y yo (en las dos versiones de Leo McCarey; absténgase Algo para recordar).

No nos engañemos, el cine clásico propugnaba el amor, aquél incluso imposible mantenido entre Doris Day y Rock Hudson; o el arrebatadoramente honesto de Marlon Brando y Eve Marie Saint en La ley del silencio. Lo que el cine unía, no lo separaba el hombre, aunque acoplara a los que no podían amarse e hiciera amarse a los que no podían ni verse.
El cine actual, en su versión más perversa, nos insta a apostarnos (y lo que es peor) a enquistarnos, en esto que han dado en llamar la crisis de la nueva era, donde el relativismo impera y ningún criterio es válido ya. Pero es falaz y todos lo sabemos, el ser humano no ha cambiado tanto; la gente sigue queriendo ser amada por mucho que nos duela. Hay quien no quiere ser querido, es cierto, y resulta honroso admitirlo y disfrutarlo. Adelante, si es su propósito, es magnífico tener las cosas claras. Pero para los demás, para todos aquellos y aquellas que se emocionan (sin reconocerlo) con Lo que el viento se llevó; que han llorado con la magnífica canción de Ray Peterson en Ghost, cuando Demi Moore besaba a Patrick Swayze (olvidemos por un momento que es Whoopi Goldberg), y que siente palpitaciones cuando Richard Gere entra en la fábrica de papel de Debra Winger en Oficial y caballero, a todos ellos, insisto, feliz día del orgullo de san Valentín.

Porque sí, el amor es algo de lo que hay que estar orgullosos, quizá lo menos animalesco de nuestra naturaleza y lo más edificante. No se dejen engañar, salgan de sus cavernas, dejen de mirar la vida de los otros y recuerden, por mucho que nos exhorten con fulgurantes luces de neón, que el amor nunca ha perjudicado seriamente la salud... Al menos en su justa dosis.

SINFONÍA DE UN CUENTO DE NAVIDAD
Lucía Tello Díaz
Nada mejor que una road-movie podría definir con mayor precisión lo que ha sido mi vida hasta el momento. Las carreteras, convertidas en auténticos hogares, me han dado siempre una confianza y serenidad que difícilmente podía conseguir de otras topografías, delineando a través de sus medianas y sus arcenes, el perfil idílico de una vida en movimiento, en constante transformación.

He tenido la suerte de vivir en muy diversos y excitantes lugares, siempre me he enorgullecido de ello. Todos deberíamos, en mayor o menor medida, nutrirnos de esa variedad de experiencias y caracteres que sólo el camino muestra, a veces de forma velada, otras de manera explícita y rotunda. Háganme ustedes caso, dejen en sus casas los prejuicios y el equipaje: salgan y viajen, se darán cuenta de la riqueza que ofrece la vida.
Decía que la mía ha sido una road-movie, y no porque haya tenido pretensiones de emular a Thelma & Louis, en modo alguno; ni tampoco porque Bonnie and Clyde sean el mejor ejemplo a seguir; y menos aún, matizo, Un mundo perfecto. La mía ha sido más parecida a un anuncio, a un cortometraje comprimido: planos rápidos, emocionales, sensitivos; ha sido edición, puesta en escena y sonido, mucho sonido. Y fíjense que no hablo de ruido, deducible del estruendo que, por lo general, emitían los automóviles de mi infancia (los actuales son más cinematográficos, más silenciosos, más de ciencia ficción). El continuo vaivén del firme, la nocturnidad de las estrellas y las pequeñas luces que iluminaban, una tras una, las pequeñas poblaciones que aderezan con su encanto las carreteras secundarias, me hacían vivir, de modo constante, en un mundo navideño. Quizá fuera, vayan ustedes a saber, porque el mayor viaje anual que realizaba era en Navidad, para unir en lo posible aquello que doce meses se habían esforzado en disociar: la familia, se entiende.

Y es curioso que, sea precisamente ese grupo de congéneres y allegados, tan fluctuante e incierto durante todo el año, el que cobrara en Navidades una dimensión especial, mezcla de conmiseración, candor y humanidad, que tanto se añora cuando se vive en la lejanía. Permítanme la licencia pero, si pudiera elegir un símil análogo a la Navidad, no tendría más remedio que elegir el cine como mejor metáfora de esta etapa festiva.
Fíjense en las semejanzas. Comienza con la expectación infantil de vivir una experiencia fascinante, mágica, inagotable en la plenitud de la fantasía que se perpetúa. Nada es fáctico, todo es inaprensible. Esa deslizadiza ensoñación, cobra vida en la penumbra, en la oscuridad onírica de todas las quimeras, donde se da cabida a un juego de luces, sonidos y melodías que poco tienen de reales y que, en su invención, engatusan con mayor fervor que cualquier verdad categórica. Conforme avanza, la ensoñación va dejando el poso amargo del consumo, al tiempo que el entusiasmo aumenta por la cercanía del gran clímax, el final catártico, la recompensa, el deseo colmado, lo que has estado anhelando durante el tiempo en que el sueño ha durado. El regalo. Y así, con un rayo de luz que desvanece el sueño y con él la entelequia, volvemos a ponernos en pie y a enfrentarnos a la realidad de nuestras vidas. Los colores, el celuloide, las guirnaldas, las estrellas, las pequeñas luces de un pueblecito a la vera de una carretera, todo se desvanece cuando la realidad, la mal llamada realidad, hace de nuevo su aparición.

Que el sueño, nuestros sueños, se perpetúen mucho después de que las luces se enciendan, y podamos decir durante todo el año, que la vida es sueño, que el sueño es cine, que el cine es vida y que la vida sabe mucho mejor cuando es Navidad.
Felices Fiestas.

AUTUMN IN NEW YORK
Lucía Tello Díaz
Señoras, caballeros, el otoño ha hecho su aparición. Y es que ésta, manifiestamente, es una de las mejores estaciones del año, a pesar de que la permutación climática haga briosos esfuerzos por demostrar que el verano no entiende de fronteras, y que la caída de la hoja bien puede compatibilizarse con un buen refresco a pie de playa. Eventualidades de la nueva era.
No sé a ustedes pero, a mí el otoño me trae remembranzas de jazz, de cielos grisáceos y de anocheceres rojizos; de griteríos infantiles a la puerta de un colegio, de librerías entrañables protegidas de una oportuna lluvia salpicada de pantallas multicolores de paraguas infinitos. El otoño es un cine nocturno, privado del frío errante de las húmedas calles.

Suelo mantener mis secretos como tales, sin revelar un ápice de sus interioridades (las mías), ante ningún conocido que no sea yo misma, y esto sólo cuando no soy yo la verdadera extraña que desconoce sus recodos –que también puede suceder, no se crean-; pero hoy haré una excepción, amparada en este impensado enamoramiento que me produce por fin, la anhelada llegada del otoño. Reverencio una canción que, de no haber sido concebida, hubiera tenido yo que inventar con jirones de mi propia alma, Autumn in New York, magistral pieza de Vernon Duke que adquiere una significación especial cuando es interpretada por Ella Fitzgerald y Louis Amstrong. Patentado remedio contra el cansancio crepuscular, escucho muy a menudo su melodía para recordarme a mí misma lo profundo de la existencia humana, en un momento de comunión sólo equiparable al reconforto que me producen las conversaciones noctámbulas de Woody Allen y Diane Keaton en Manhattan.

Lástima que, como de costumbre, todas las rosas tengan espinas, y que en esta ocasión la muerte de Patrick Swayze haya empañado los cristales de nuestra memoria cinematográfica. Esto no es un adiós, como catervas de informadores sensacionalistas han querido recalcar. Ya mencioné el mes pasado que toda vida tiene un ciclo, al igual que cualquier lapso, con su primavera, su verano, su otoño y su invierno; la desesperanza surge porque vivimos en una sociedad que ha olvidado su caducidad y, en ese sueño inmortal de perpetuidad, nos engañamos hasta que la realidad nos azota con su contundencia. La culpa es nuestra por vivir alojados en la estulticia, y no lo es de la vida, que no hace sino lo que debe. No voy a negar la evidencia, Patrick Swayze siempre será para mí uno de los hombres más bellos que ha dado el séptimo arte y a él envío la mayor de las gratitudes por los grandes momentos de baile, de sueño y de dulzura que dieron a otras épocas su brillo y su esplendor. Que sea usted muy feliz, señor Swayze, esté donde esté.
Pero no se crean que la del protagonista de Ghost es la única noticia cinematográfica actual. También este otoño nace coetáneo a la detención de Roman Polanski a su paso por Suiza; quién iba a decirle al gran realizador polaco que, tras la máscara de un premio, iba implícito el cumplimiento de un deber para con la justicia contraído hace más de treinta años. Un muy cinematográfico final para una huida o road-movie, entregada al celuloide.

Pero abandonemos las páginas de sucesos de la actualidad del cinema, ya hemos dicho que el periodo estival ha tocado su fin y por fortuna tenemos tres meses de exoneración hasta la llegada del invierno. Por ello, regresemos pues al frío, al cine y al júbilo que produce descubrir que estamos vivos y que todo está por hacer. Empieza un nuevo curso, así que no se dejen llevar por la languidez de los versos tristes de Recuerdo infantil que cantaba Antonio Machado a las aburridas horas de escuela. Que la lluvia tras los cristales nos llene de voluntad y no de monotonía; que las hojas en el suelo sirvan para dar forma a los más variados caleidoscopios de vivencias, y que las confortables salas nos recuerden que todavía, el cine es y será siempre uno de los mejores lugares para pasar nuestro tiempo.
Señoras, caballeros, ¡por fin es otoño! Y es que, ya lo decía la excelsa Fitzgerald, “is good to live it again”...

REBOBÍNALA DE NUEVO, SAM
Lucía Tello Díaz
Cómo son de sencillos los avatares en el cine. El verano, sin ir más lejos: viajes a Acapulco, a Río de Janeiro, cruceros por el Mediterráneo, o incluso amores estivales, de ésos que mutan en desamores otoñales con la caída de la hoja de los afectos. Un sinfín de historias pasajeras, agradables, luminosas y agitadas como un spot publicitario, una canción pegadiza o una comida frugal. El verano en el cine no atiende a razones, ni a cambios climáticos, ni a las impertérritas quemaduras solares de los hombros desprotegidos; no importa que la brisa sea incómoda o la arena huidiza entre los millares de recovecos de nuestro equipaje. El verano a veinticuatro fotogramas por segundo se vive intensamente.
Crecí soñando con un verano de cine, ya lo he confesado en más de una ocasión. Soñaba con los hoteles que recibían a sus huéspedes con collares de flores, con cestas de fruta y una wide -white-smile como consigna. Blame it on Río, uno de mis imprescindibles de Stanley Donen -que nada tenía que ver con su afamada Singin´in the rain-, ilustró a ritmo de samba y bosanova que unas vacaciones paradisíacas eran posibles, sin percances pavorosos al estilo Tiburón, ni aglomeraciones familiares y prototípicas de La gran familia.

Sin corrupción de menores mediante –blame it on Donen-, sino más bien de mayores, aparece en la mente colectiva de toda una generación Dirty Dancing, donde un bautismo de fuego para entrar en la edad adulta implicaba despojarse de los condicionamientos y entregarse al baile sensual e irreprimido, capaz de hacer tambalear los cimientos de maduros con mirada lasciva y recelosa. Por mucho que insistieron, Baby nunca volvió a la cuna a donde la enviaban, conquistando para la posterioridad un hombre, Patrick Swayze, y una canción, The time of my life, inherentes a partir de entonces al pulso de su danza.
Qué sencillo es todo en el cine, insisto. Tanto, que en ocasiones uno quisiera que la vida se amoldara a las leyes de la industria y no de la humanidad, que por mucho que brama por ser inmortal no logra, ni se aproxima, a que la existencia de sus componentes sea eterna. De eso el cine sabe mucho, no se crean. Ningún personaje vive eternamente y, si lo hace, siempre se le atribuye una terrible soledad y amargura.

Pero aún así, aún sabiendo que los protagonistas morirán irremediablemente, siempre queda en última instancia un artilugio tan envidiable como recurrente llamado rewind, el magnífico rebobinado que nos acerca una y otra vez al instante de felicidad, al beso profundo, a la mirada reveladora, al amor sincero. No existen rebobinados en la vida real y eso, casi con exclusividad, es lo que hace al cine muy superior a la vida.
A colación de este tremendo desvelamiento, viene la noticia de que un montañista español, Óscar Pérez, yace en la montaña pakistaní Latok II sin posibilidad de rescate, esperando un destino incierto en el que todos, queriendo o no, participamos como testigos impávidos. Algo escandaloso, terrible, humillante como miembro de una sociedad que se despierta con una noticia semejante durante diez días seguidos, y no pone el grito en el cielo de indignación. Quien recuerde Ace in the hole, uno de los filmes más ásperos y terribles de Billy Wilder, rememorará cómo la población de Alburquerque vivía minuto a minuto la infortunada lucha de un hombre atrapado en un yacimiento, cuyo desenlace no se acercaba ni lo más mínimo a un final feliz. Kirk Douglas, un aprovechado gacetillero, hacía su agosto vendiendo las intimidades del aciago personaje, alargando su sombría mano sobre todo aquello que le reportaría un buen fajo de sucios dólares. Testigo de una injusticia semejante me hacen sentir los actuales sucesos.

En el momento en que escribo estas líneas, se desconoce si el montañista se encuentra o no con vida, a pesar de que las labores de rescate ya han sido interrumpidas sin remisión. Pensar en él, en nuestro compatriota perdido en los confines de un mundo con demasiadas aristas para nuestro débil bastidor, me hace sentir no sólo en sintonía con la gente que a buen seguro está sufriendo por él, sino con su propia persona. Y no puedo evitar preguntarme en qué estará pensando, qué estará sintiendo y cómo se encontrará. Me vienen a la cabeza las palabras que Kristin Scott Thomas relataba para sus adentros durante El paciente inglés cuando, herida de gravedad, era abandonada en una cueva mientras Ralph Fiennes buscaba auxilio. “Sé que vendrás por mí”, repetía Scott Thomas, como un mantra interminable, “sé que vendrás”.
Es increíble que, relatando estas frases, exista un ser humano en algún lugar del mundo que esté padeciendo un sufrimiento semejante y no haya clemencia para con él. Es aborrecible que no se pueda hacer nada. También lo es que asistamos a su paulatino apagamiento sin que siquiera una válvula acelere nuestro corazón y que, al contrario que en el cine, no haya ningún botón de rebobinar para una decisión errada. Quién pudiera pedir que alguien rebobinara nuestra cinta otra vez.
Qué castigo que, en la vida, no seamos los que elijan dónde poner nuestro final feliz.

SI DE FUMAR SE TRATA...
Lucía Tello Díaz
Por muchos años que viva, y espero que sean numerosos y plenos, a buen seguro no olvidaré el día en que Alex de la Iglesia fue investido nuevo Presidente del cine español. Citada en la Academia de las Artes y de las Ciencias a las doce de la mañana –por motivos diversos y, en todo caso, ajenos al objeto de esta columna-, durante más de dos horas fui la afortunada testigo del ir y venir de lo más granado del arte audiovisual patrio.
Un apunte: el cine español, nuestro cine, es muy grande. Años, lustros, decenios han empleado ciertos sectores de la opinión pública de este país, en echar por tierra la labor de nuestros artistas –tanto los que operan delante como detrás de las cámaras-, sin reparar en lo injusto, extemporáneo y desacertado de sus comentarios. Así ha quedado de manifiesto en el día de hoy, cuando el valiente De la Iglesia ha acentuado la necesidad de revisión de la imaginería que de la industria cinematográfica se da; así como su expreso interés en recuperar grandes figuras como Pedro [Almodóvar] y José Luís [Garci]; al tiempo, sostiene que la Academia debiera servir de nexo de unión entre el espectador y el cine, dándole unos mayores preparación y conocimiento técnico a los niños y jóvenes acerca del aparato creador audiovisual, para que ningún niño, como el propio De la Iglesia indica, “piense que una película en blanco y negro es sólo fruto de un fallo del televisor”.

A esto añadió, no sin acierto, que los que trabajan en esta industria -tan vilipendiada, tan poco comprendida-, “no son unos parásitos subvencionados”, sino otra área laboral que recibe ayudas como cualquier otra, tal como afirmó la nueva vicepresidenta, Iziar Bollaín. Nada hay de deshonroso en percibir auxilios como lo hace la industria del tabaco o del aceite.
Sin duda uno de los puntos que más unanimidad encontró fue el de la paridad. La escalofriante discrepancia entre la presencia femenina y masculina en las producciones españolas –piénsese en el vergonzante 7% que alcanzó la participación de mujeres en la realización en los últimos años-, es un enemigo a batir en todos los frentes, siendo obligación moral y ciudadana de toda nuestra industria –y no sólo la cinematográfica-, el apostar por la mujer como se ha venido haciendo hasta el momento con el hombre.
A pesar de esta cifra agónica e irresponsable, también es cierto que existen en nuestro cine damas magníficas e indiscutiblemente glamourosas cuyo inmenso talento es difícil de superar y olvidar. En aquel hall vibrante, a la espera de noticias sobre la resolución de la Asamblea, vi aparecer a la gran Marisa Paredes, impecable en su traje blanco, con unos envidiables peinado y buen humor. Justo cuando parecía que se perdía entre el gentío del pasillo que llevaba a la deliberación, la musa de Almodóvar giró insospechadamente, en busca de un mechero con el que prender su cigarrillo. No tuvo mucha fortuna. Apoyada en la pared, percibí de reojo cómo venía hacia mí y, con su estupenda voz de teatro, me preguntó: “Perdona, ¿tú fumas?”. Cuánto me dolió ser la responsable de desvanecer la esperanza que tenía depositada en mí. Mal momento para hacer alarde alguno de mis saludables costumbres.
Paso a paso, minuto a minuto, hora a hora, me fui acercando cada vez más a la reunión de la Junta, una sala de proyecciones amplia, policromática y atestada de figuras de renombre conocidas -Urbizu, Gómez Pereira, Porto-, como oraciones cinematográficas que uno aprende en la más temprana infancia. Conversaciones cómplices con damas del teatro, las anécdotas entre bambalinas de alguna de nuestras actrices más populares, los cigarros nerviosos de actores deseosos de saciar su ansia fumadora o guionistas madrugadores que dan amena conversación en los pasillos. Ese era el ambiente que percibí, observé e incluso compartí.
He dicho que nunca olvidaré este día y lo sostengo. Nunca olvidaré la merecida ovación proferida a Alex de la Iglesia, su sano interés en hacer más hospitalaria la casa del cine, la casa de todos; o el abrazo cómplice, sentido y casi fraternal entre Carmen Maura y Marisa Paredes, dos de los pilares básicos del cine español –sin olvidar a Pilar Bardem, a Eusebio Poncela, a Fernando Fernán-Gómez o a Rafael Azcona, entre muchos otros-. El día de hoy fue en parte inesperado, arbitrario, puro azar. Un sueño hecho realidad y además cumplido. Una suerte.

Lo único que lamento, si he de sacarle un pero a una experiencia como ésta, es no haberle sido de más ayuda a nuestra adorada Marisa Paredes. No me volveré a encontrar en una situación semejante en la vida, de sobra lo sé, aunque creo haber encontrado la solución para cualquier otro imprevisto de índole semejante: si de fumar se trata, empiezo hoy mismo... ¡Faltaría más!

¡MAMMA MIA!
Lucía Tello Díaz
Decía el singular Lord Byron que “la verdad siempre es más extravagante que la ficción”. Sin duda, nunca el autor londinense pudo dar un golpe más certero en el corazón de la condición humana, y aun en la universal, que cuando afirmó que, en ocasiones, la realidad supera con creces la invención. Y es así que recibo con asombro, dos noticias increíbles provenientes de la realidad tangible y evidente, que me permiten replantearme todos los cimientos científico-morales de esta sociedad. La primera, un varapalo al buen gusto y al sentido común, un disparo a sangre fría contra la mitad de mundo con alevosa iniquidad; la segunda, un canto –en sentido estricto- a la esperanza y a la vida, un tremebundo milagro sonoro con resonancias cinematográficas que nos ha conmovido ciertamente.
Leemos con estupor que bajo el título de “La violación, ¿fuera del Código Penal?”, en la revista Alfa y Omega se ha publicado un texto en el que se llega a poner en duda si la violación debiera ser tenida como delito, dada la degradación moral de la sociedad en el ámbito de los apetitos carnales. Sin poner en duda la intención del autor, y apelando a un raciocinio que el propio Ricardo Benjumea parece haber olvidado en el tintero, nos escandalizamos al leer frases en que equiparan la violación a obligar “a alguien a divertirse durante algunos minutos". Parece que su autor, lejos de conocer y entender no ya la condición de la mujer, sino la del ser humano –dejémonos de emplear a la mitad de la sociedad como moneda de cambio e instrumento-, ha confundido términos y ha equiparado la violación con una diversión. Es probable que el creador de tamaña falacia, no haya leído informes de Médicos sin fronteras, de Amnistía internacional, o ni siquiera lea la prensa. Quizá sea que dicho autor, tampoco sea muy cinéfilo, quién sabe. Y, ya que no es conmovido por la realidad terrible a la que están sujetas féminas por parte de tirios y troyanos –en guerras, en paz, en dictaduras, en democracias-, quizá convendría recordarle pasajes cinematográficos que le recuerden lo tremendo de sus palabras, y el malestar creciente que su medieval ejemplificación –insistimos en su presunción de inocencia, ningún ser humano puede decir algo semejante sin vacilar éticamente-, ha provocado en las conciencias de la gente de bien. Tal vez el señor Benjumea debiera acercarse a Acusados, a El silencio de los corderos, a La letra escarlata, La vida secreta de las palabras o tal vez al crudo cuento Spara che ti passa de Giorgio Scerbanenco, presente en su libro Milano calibro 9, y que tan bien adaptó al cine nuestro genial Carlos Saura bajo el título ¡Dispara! Aunque me temo que será quizá American History X, una brutal y terrible violación masculina, la que más perturbe al autor. El propio Edward Norton aseguró haberse conmovido teniendo que rodarla a pesar de que, al contrario que en la generalidad de los casos femeninos, hablamos de ficción. Espero que en años venideros, las generaciones futuras no vuelvan a tener que encontrarse en un medio de comunicación, frases como "cuando se banaliza el sexo […] deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal", porque quizá eso signifique entonces que también se vaya a permitir la violencia de género y alabar la discriminación sexual o la disparidad de sueldos. Desde esta publicación hagamos un llamamiento al sentido común: basta ya.
Y fuera del sentido común precisamente, e intentando reponernos tras la desafortunada becerrada, nos enteramos de que Layla Towsey, una niña británica de tres años de edad, despertó del coma profundo en que un ataque cardíaco le había sumido, cantando Mamma mia, la mítica melodía que popularizara Abba hace más de tres décadas, y que Layla había descubierto tras visionar la cinta protagonizada por Meryl Streep, una de sus películas favoritas según confirmaron sus padres. La niña, que había estado coreando para sus adentros la legendaria canción durante todo el tiempo en que duró su letargo, emocionó a todo el servicio sanitario del hospital St Mary's, de Paddington (Londres), quienes no pensaban que la pequeña pudiera recuperarse tras la septicemia que en que desembocó la meningitis B que provocó su fiebre y su posterior infarto.
Quizá nadie se haya percatado no ya de lo milagroso de su recuperación, sino del magnífico apoyo a las tesis de cuantos somos cinéfilos, ésta es: que el cine salva vidas. Decía José Luís Garci que, en ocasiones, ver una película determinada puede sacarnos de nuestro ostracismo y ver el mundo con otros ojos. No importa la película que sea, qué tipo de producciones nos gusten y cuánto nos desprecien por ello. Habrá quien venere la el cine clásico, la serie B, o incluso la serie Z, no importa: el cine es cine, y éste se ha inventado para hacernos la vida más fácil, para hacerla vivible y hasta inmortal.
Sea lo que sea lo que salve vidas, como a Layla Towsey Mamma mia, permitamos que el cine vuelva a devolvernos esa parte humana que todos parecemos perder con el inexorable paso del perverso tiempo. Si como decíamos al inicio, “la verdad siempre es más extravagante que la ficción”, al menos dejemos que sea ésta, la que nos saque de los baches en que nos mete la vida. Qué menos se le puede pedir a la fábrica de sueños.

COMO SI FUÉRAMOS MAYORES
Lucía Tello Díaz
Cómo es la vida, siempre dando vueltas. Por avatares del destino, asiste uno a las más inhóspitas situaciones jamás pensadas, esas que de ser vistas en el cine, resultarían histriónicas de tan inverosímiles. Y es en este contexto, que me encuentro recavando documentación en la histórica ciudad Universitaria madrileña, en plena celebración del aniversario de la II República, hace exactamente un mes. Por obra anónima, a cada paso que doy por una escalinata, encuentro símbolos que rememoran los colores de su bandera: “rojo, amarillo, morado”; “rojo, amarillo, morado”; “rojo, amarillo, morado”, o tal vez al revés la hilera cromática, el sentido de mis pasos era ascendente. Y heme aquí, cuando ante mis ojos sólo existe una vista frontal de la muy castigada facultad de Filosofía durante nuestra Guerra Civil, que comienzo a escuchar proveniente de un exquisito coche, un curioso allegro que enseguida me retrotrae a tiempos pretéritos: la “Pequeña serenata nocturna” de Wolfgang Amadeus Mozart; y digo pretéritos porque, si algo activa en mi mente esa sintonía, es a una pelirrojísima y desatada Susan Sarandon en la genial Las brujas de Eastwick, un filme de obligada visión que fue el recreo incesante de mis tiempos de infante.

Y es que los niños y niñas de antes –no hace mucho-, no crecimos con High School Musical ni con Hannah Montana –cuya protagonista, Miles Cyrus visitó Madrid el mes pasado-, sino con películas pensadas, películas que no tenían que ser necesariamente infantiles y que, como bien apuntaba Julián Marías, trataba a los niños como futuros adultos, y no como simples ineptos –aunque no me considere, ni más faltaba, detractora de ninguna de las sagas anteriormente citadas-.
Sin embargo, en ese mundo creado en el ya póstumo siglo XX, no se puede decir que se haya acertado en las medidas y actitudes tomadas, ni que esos antiguos niños, criados como futuros adultos al amparo de aquella sociedad, hayan hecho gala alguna de madura sensatez. Hace unos días se han hecho públicas cuáles son las tres mejores iniciativas de los últimos diez años para los intrépidos internautas, increíble su disparidad: la primera, la abolición del servicio militar obligatorio (sin duda el Soldadito español de Antonio Jiménez Rico lo habría preferido así); la segunda, la investigación con células madre, y la tercera –atención-, la ausencia de Raúl en Selección española que ganó en la Eurocopa. Sin palabras. No sé qué con qué cine se habrán criado los votantes de esta encuesta, seguramente en su mayoría niños que crecieron albergados en series como Campeones u Oliver y Benji, aunque como digo, es sólo una suposición, comprenderán ustedes que no me lo plantee con ningún afán diseccionador, mera curiosidad acaso. No obstante, y dentro del consuelo que me aporta el pensar en el futuro -limitado, no se vayan a creer-, observo con emoción que alguien, al menos alguien, piensa en las consecuencias que ha traído al mundo nuestro intento por ser mayores: No hunger, el nuevo proyecto de Al Gore, con el que me demuestra que todavía hay luz al final del túnel, aunque el camino se esté haciendo en exceso angosto y largo. Después de la aclamada Una verdad incómoda, Gore vuelve a poner el acento sobre una realidad aún más inaceptable: la del hambre, la más injusta de las aberraciones humanas.

Pero ya se sabe, los cabeza de lanza de esa generación adulta y bienintencionada, sigue pensando en la crisis desde sus propias arcas, como un avaro nada teatral que haría perecer de infamia al de Moliere. Campando a sus anchas nuestro sistema internacional, e hincando bien el codo sobre las gargantas de quienes no tienen voz y en los estómagos de quienes tienen hambre, la crisis parece haber permitido que la moralidad y la razón se diluyan sin indulgencia. Algo habrá que hacer. Algo habrá que planear. Lo que es evidente, lo que es incuestionable, es que mientras sigamos concentrados en nuestro histórico y cómodo “pan y toros”, seguiremos asistiendo inmóviles a la destrucción de millones de vidas con nuestras despensas llenas y la cabeza bien alta.

Quizá por eso sorprendan películas como las de Al Gore; quizá por eso llame la atención que aún exista gente con la sensibilidad suficiente como para oír deleitada a Mozart en la soledad de un coche. Y quizá por eso podamos recordar nuestra infancia y nuestro cine como un tiempo pasado pero irremediablemente mejor. No sé cómo será el mundo criado con High School Musical y Hannah Montana, pero sé cómo es el que se cebó de unas películas con vocación infinita. Quizá nuestras generaciones no estaban a la altura de su cine. Dejemos que alguien, quien sea, cambie el mundo, y así podamos decir, como José Sacristán en la genial y única Solos en la madrugada, vayamos adelante y hagamos algo por nosotros, por todos, “como si fuéramos mayores”.

25 AÑOS Y ADELANTE
Santiago Carrasco García-Casarrubios
¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando comenzamos esta aventura. ¡A ver qué nos echan hoy! 25 años y adelante.
Corría el año 1985 cuando un grupo de aficionados al cine perteneciente a la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima de la Esperanza del municipio ciudarrealeño de Campo de Criptana decidió embarcarse en una aventura que, a priori creían que iba a ser efímera, pero que a día de hoy se ha convertido en una cita ineludible en el tiempo cuaresmal. A modo de cineclubs, este grupo emprendedor pensó en proyectar títulos cinematográficos de contenido socio-religioso con los que no sólo disfrutar sino también concienciar a los espectadores de las problemáticas presentes en la sociedad.
Fue así como, año tras año, la última semana de Cuaresma (de lunes a jueves más concretamente) el público acude fielmente a la cita para presenciar en pantalla gigante los títulos más destacados del panorama cinematográfico. Es durante esta semana cuando pueden escucharse frases como ¿Otra vez por aquí?, ¡Qué alegría volver a verte! o Me han dicho que esta es buena como preludio del encuentro o como vaticinio de un título que no se había oído en la vida. Y es que la Semana de Cine es, sobre todo, momento de reencuentro, momento de disfrute con los amigos… No es necesario nada más. Conoces perfectamente a todos los que acuden porque son prácticamente siempre los mismos, y les preguntas por sus asuntos, y por su vida, y por cómo se presenta la Semana Santa. Y te sientes bien porque los alegras tanto como ellos a ti, e incluso sales con buen sabor de boca (siempre que la temática de la película te lo permita) y dispuesto a regresar al día siguiente.
Y así durante 25 años. Se cumplen las Bodas de Plata de este acontecimiento y es motivo de alegría para los organizadores. Por eso, aparte de la semana propiamente dicha, este año es especial. Para celebrarlo se van a volver a recuperar títulos de películas que, en su momento, fueron grandes éxitos de taquilla. Películas que quizá estemos cansados de ver en televisión, pero que seguramente la mayoría, no hayamos podido disfrutar en pantalla grande. Todos los domingos del mes de marzo, el Teatro Cervantes de Campo de Criptana acogerá el ciclo cinematográfico especial 25 Aniversario, con grandes superproducciones como Jesucristo Superstar (1 de marzo), Los Diez Mandamientos (8 de marzo), Ben Hur (15 de marzo), la infantil El arca de Noé (22 de marzo) o La Misión(29 de marzo). Será maravilloso emocionarse con las canciones del famoso musical, dejarse asombrar por la fuerza interpretativa de Charlton Heston como Moisés, ver por enésima vez la intrépida carrera de cuadrigas o descubrir la belleza de los paisajes naturales de la película de Roland Joffe.

Y en un continuo retorno, y quizá guiados por la melancolía del vigésimo quinto aniversario, la Semana de Cine preparada para este año y que se desarrollará del 30 de marzo al 2 de abril, contempla títulos donde los niños van a ser los protagonistas. De esta manera, el lunes 30 de marzo comenzará la semana con la proyección de Los niños de Huang Shi, una producción protagonizada por Jonathan Rhys Meyers y Chow Yun-Fat, entre otros, y que narra las aventuras de un joven periodista británico que se aferra por salvar a un grupo de huérfanos durante la invasión japonesa de China en 1937. El martes 31 de marzo, el turno será para Jack Nicholson y Morgan Freeman con la película Ahora o nunca, una producción que combina comedia y drama, y que cuenta la historia de una pareja de enfermos terminales de cáncer con caracteres y mundos completamente opuestos.
El miércoles 1 de abril Bella transportará a los espectadores a un momento inolvidable en el que dos personas se conocen y a partir de ahí viven una experiencia inolvidable. Eduardo Verastegui y Tammy Blanchard bajo la dirección de Alejandro Monteverde protagonizan esta comedia romántica de la que muchos han hablado maravillas. Finalmente, el jueves 2 de abril culmina la semana con la taquillera El niño del pijama de rayas, el drama que versa sobre el holocausto nazi y que narra la historia de amistad de dos niños.
Una semana de cine inolvidable para verdaderos cinéfilos. Una cita que ineludiblemente se repite en el calendario y que forma parte de la tradición cuaresmal del pueblo de Campo de Criptana. Una cita a la que pueden asistir todas aquellas personas que deseen pasar un buen rato y entender que en la sencillez puede radicar la verdadera belleza de las cosas.
¡Qué continúe el espectáculo!
Programa del 25 Aniversario

LET IT SNOW
Lucía Tello Díaz
“Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín”, fue la consigna marinera que rompió el silencio de un vagón tardío, en el Metro de Madrid. “Bajel pirata llamado por su bravura El temido, en todo mar conocido, del uno al otro confín”, continuaba diciendo con voz sentida un joven estudiante, fervoroso por un examen realizado. La amada del muchacho -siempre la hay cuando un chico se pone en evidencia-, asistía risueña a su interpretación, engatusada por su empeño y por su, por qué no decirlo, valentía.

- Espera, espera, ahora viene lo mejor –proseguía el estudiante, más metido ahora que nunca en su recital- “Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar”. Ése sí que era un lobo de mar, ése sí que adoraba la navegación, y no como ese Jack Sparrow de las películas- afirmaba arrebatado.
La joven enamorada, entre carcajada y sonrisa, asentía taxativamente todo lo que le profería su amado. -¿Dónde se ha visto que un pirata lleve Rimmel? ¡Pues nunca, nunca se ha visto!
No se puede negar su mérito, el chico había conseguido hacernos olvidar el endémico tiempo de demora del suburbano, el frío que arreciaba y el hacinamiento de aquel vagón. Y es que, en ocasiones, un buen temporal de frío hace recordar lo que el paulatino aburguesamiento va haciéndonos olvidar. Decía Azcona, en este y otros muchos sentidos su cita es ineludible, que un guionista pierde su alma cuando abandona el transporte público. Como siempre, el maestro tenía razón. No recordaba lo fructífero que resulta, en ocasiones, abandonar el coche en el garaje.
- Entonces, cuando Sparrow lucha, ¿qué conversaciones mantiene con otros piratas?- profería vehemente-, “¡tú, desenfunda!”, le diría al bandido, a lo que el otro le respondería: “De acuerdo Sparrow, pero antes dime, ¿qué máscara de pestañas usas?”... Y dejando la espada clavada en un madero, todavía vibrando la hoja, le diría: “acércate y le echas un vistazo tú, es la que mejor combina con la sombra de ojos”... ¡Eso no son piratas, por amor de Dios! ¡Se ha perdido la esencia!

A pesar de que su amiga, novia o amante –había grado de confianza entre ellos, eso seguro-, insistía en llamarle loco, y a pesar de que se intuía que su extrapolación e hipérbole gratuita respondían más a una suerte de cortejo que a una crítica sentida acerca de un cambio social más o menos acusado según su criterio, lo cierto es que la conversación en sí no tenía desperdicio. Y no porque dejara en entredicho la capacidad interpretativa de Johnny Deep –admirado por este medio hasta lo indecible-, ni tan siquiera porque su intenso alegato fuera o no convincente; lo que sorprende, lo que emociona, es que el cine, como fenómeno social y antropológico, haya alcanzado todas las áreas de nuestra vida, y nos sirva como referente para juzgar y medir nuestra realidad. Es cierto que los tiempos han cambiado, y es muy posible que los piratas de cine sean mucho más presumidos que aguerridos, pero lo cierto es que de nuevo, sea como fuere, a pesar de la crisis, de la baja calidad de las películas y de sus respectivos guiones, pese a todo ello, insistimos, el cine sigue adentrándose en nuestra vida y en nuestra alma.
No está mal como punto de partida a un año que se teme, será largo y complicado. Al joven Romeo el cine le granjeó la sonrisa de su Julieta; a los testigos cercanos al romance, nos devolvió las escolares andanzas de la Canción del Pirata de Espronceda, tan repetidas cuando niños, y tan recordadas desde entonces. Y al vagón entero, nos dejó la sensación de que el cine, en su inmensa ficción, forma parte sustancial de nuestra realidad.
No se puede pedir más al temporal de frío que asedia a un seco martes 13 de un enero antojadizamente nórdico. Mientras sea para recordar momentos estelares del cine, y pese a los inconvenientes que suponga, ya lo dice la canción: let it snow, let it snow, let it snow.

Navidad in memoriam
Lucía Tello Díaz
Seamos realistas, la vida es cruel. Así son las cosas o, al menos, así nos las han contado. Y es que no hay momento más crítico para reflexionar acerca de la fiereza de la vida, que la Navidad, período festivo, mágico y casi por obligación feliz que, en la mayor parte de los casos, acaba en desastre. Lejos quedan aquellas fechas de la infancia en que todo era como una película de De Sica, “pan, amor y fantasía”, y en que los regalos y la alegría desbordaban las tiernas expectativas de los infantes. La vida pasa, los niños crecen, y con ellos los gastos, las hipotecas y el desencanto. Echémosle la culpa a la crisis, a Bernard Madoff, al calentamiento global o a nosotros mismos. Todos somos partícipes de esta espiral en que hemos convertido al mundo, tremendo egoísmo el que nos azota y nos hace pensarnos el ombligo del universo. Lástima.

Pero el ser humano es así, en cualquier estación del año, en cualquier momento de la historia. Por ello, por la ingente cantidad de despropósitos humanos que somos capaces de hacer, torpe aunque concienzudamente, dedicamos este especial mensual a los innumerables lamentos que nos hacen maldecir políglotamente la Navidad.
Y es que el cine, agudo observador de la realidad, no se ha sustraído a la doble vertiente de las fechas navideñas. Si bien es cierto que existen cientos de filmes basados en las bondades de estas fiestas, también lo es que algunos han colocado las mayores calamidades afectivas, personales, profesionales y aun vitales en la Navidad.
Comencemos por un drama familiar de libro. No es que haya desterrado al emblemático George Baily de Capra, ni más faltaba, pero sí es cierto que para una generación temprana, la de mediados de los ochenta, la película Home alone de Chris Columbus, supuso todo un mito. Y es que estar solo en casa en Navidad, para según qué familias, puede ser todo un alivio. Un hermano insufrible, un niño abandonado, una pareja de delincuentes acechando y la más terrible soledad, es la combinación perfecta para el ocio familiar de la pasada década. Quién diría que hablamos de cine infantil.

Aunque quizá debamos departir sobre Solo en casa II, perdido en Nueva York, para darnos cuenta de la brutalidad de los realizadores a la hora de abordar el período navideño. Mostrar a la gente padeciendo la indigencia, a ricos malgastando su capital en lujos inservibles, y decenas de niños hospitalizados que miran con triste resignación el mundo allende sus ventanas. Que suene Jingle Bells, no olvidemos que es Navidad.
A comienzos del siglo XXI, Brett Ratner nos trajo Family Man, con Nicolas Cage en el papel de hombre de negocios frío y satisfecho que, por avatares del destino, acaba en un borough de Nueva York compartiendo miseria con Téa Leoni. Del cielo al infierno redentor, en una vuelta de tuerca a la novela de Dickens y su personaje Scrooge, este “cuento de navidad” del nuevo milenio demostraba que, a veces, menos es más y que, atención al mensaje, siempre queda tiempo para perder algo más. Alentador.

Una de las más inquietantes y, por ello, realistas películas acerca de la Navidad se la debemos la gran Jodie Foster, con su A casa por vacaciones (1995). La que hubiera sido la niña más famosa de Coppertone, dirigió un filme satírico y mordaz acerca de las licencias que la familia se toma con respecto a sus miembros. Capaces de sojuzgar, de condenar y hasta ejecutar sus penas, los familiares de Home for the holidays son jueces y parte de la desesperación. De forma increíble, la confabulación del clan a las órdenes de Foster, precipita que muten en auténticas alimañas.
Pero no creamos que la soledad, el abandono o sostener a un grupo de impresentables genéticamente compatibles son las mayores atrocidades que el cine nos ha mostrado. Sólo a una industria feroz se le habría ocurrido acabar con la vida de Diane Keaton en una, a priori, comedia: The family stone (2005), película en que una Sarah Jessica Parker un tanto pusilánime, intenta abrirse camino en la familia de su novio, Dermot Mulroney, antes de que éste caiga rendido ante los influjos de su hermana, -Julieta eterna- Claire Danes.
Sin embargo, no es la única muerte a la que Hollywood nos tiene acostumbrados en Navidad. Para el cine, lo habitual es perder a familiares en estas fechas: un hijo en la dulce e increíble Serenata nostálgica; una esposa en Planes, Trains & Automobiles (1987) con unos geniales Steve Martin y John Candy; e incluso un padre en la aclamada historia de Jack Frost (1998, Troy Miller). Increíble la abulia con que el cine ha tratado a las personas, y la facilidad con que se deshace de ellas para accionar la palanca emocional.
Para ello, qué mejor que acudir al ejemplo más cercano, gamberro y macabramente genial que fue el filme de Alex de la Iglesia, El día de la bestia (1994). A nadie más que a De la Iglesia se le habría ocurrido colocar el nacimiento del anticristo en una ciudad como Madrid, tan maltratada y variopinta como sus calles. Sólo De la Iglesia se pudo imaginar el descontrol que supondría tal suceso en la capital, ni más ni menos, que el día de Nochebuena. Sin duda, matrícula de honor dentro de la filmografía catastrófica de Navidad.

Es por ello, por la cantidad de sucesos inesperados, trágicos, sorprendentes, horribles e insospechados que pueden suceder en Navidad -y que tan bien nos ha retratado nuestro adorado celuloide-, por lo que les insto, nos insto, a que disfrutemos de las vacaciones como nunca antes lo hemos hecho: ni una gota de alcohol al volante; ni una pizca de intimidación a las familias; ni un recodo de amargura. No demos al cine nuevas ideas, para más cine catastrófico en Navidad.

TRANSFORMARSE O MORIR. EL RENACER EUROPEO DE WOODY ALLEN
Lucía Tello Díaz
Quien dijera que mezclar nunca es bueno, estaba equivocado. Al menos esa expresión parece contradecir al cosmopolita espíritu del más afamado realizador de Nueva York, Woody Allen, quien en su último proyecto cinematográfico ha demostrado que de las combinaciones más impensadas, pueden surgir estimulantes resultados. Bajo el título Vicky Cristina Barcelona, -inusitado para un cineasta como él-, se esconde uno de los filmes más arriesgados de Allen, con plantel y localizaciones que mucho –no todo- tienen de nuevo, y que no parecen corresponderse con el alma que impregnaba las primigenias obras del director, ni tan siquiera las de sus mejores películas.

Atrás queda Manhattan, la Gran Manzana que tanto juego diera a Allen en su extensa filmografía –que excede las cuarenta películas-, y lejos queda también su adoptivo Londres, ciudad que acogió sus films de la nueva centuria. Con su último trabajo, Allen se ha reinventado a sí mismo mostrándonos que la mutación del paisaje no cambia, en absoluto, su carisma inconfundible ni su afán creador.
Redundando en su travesía europea, después de títulos que renovaron su ya consolidada fama –léase Match Point (2005) o Scoop (2006)-, atrás quedan las tierras británicas para que el crucero Allen arribase en costas españolas, promesa contraída por el director neoyorkino tras su merecido Príncipe de Asturias de las Artes en 2002. Una ofrenda que, por descontado, ha cumplido con creces, habida cuenta de que gran parte del rodaje fue llevado a cabo en tierras astures, tal como unos pocos periodistas afortunados tuvimos la ocasión de presenciar. Fiel a su palabra, Allen filmó en las localizaciones más emblemáticas del Principado, con un despliegue hollywoodense que sorprendió, y de qué manera, al público allí concitado. Pero Allen cumplió, y no sólo en Asturias –tal como se infiere del título de la cinta-, aunque para ello tuviera que soportar el asedio de medios y público al que se vio sometido. Cumplió a pesar de que llegaran a solicitar a los curiosos turistas en Barcelona, que cejasen en su empeño de fotografiar las escenas durante el rodaje, precipitando la intervención de policía y guardia urbana para evitar el cerco al director. Cumplió, incluso, a la hora de hacer el cásting, siendo mayoría española el plantel del film, con el oscarizado Javier Bardem y Penélope Cruz en dos de los roles principales.
Misma musa, misma neurosis
A pesar del sabor español que impregna la película de Allen, qué duda cabe de que el realizador ha medido milimétricamente las concesiones estilísticas, manteniendo invariables elementos fetiche que le han definido en sus últimos filmes. Como musa indiscutible de Allen –pese a que en innumerables ocasiones lo haya negado-, Scarlett Johansson vuelve a coprotagonizar este filme, poniendo un toque sofisticadamente platino a esta comedia ligera y romántica, en la que Vicky y Cristina, dos amigas norteamericanas –Rebeca Hall y Scarlett Johansson respectivamente- deciden atravesar el Atlántico para vivir nuevas experiencias en tierras españolas, donde conocerán –y se enamorarán- de Juan Antonio –Javier Bardem-, un sugestivo pintor que las embelesará con su atractivo, al tiempo que deberán hacer frente a su colérica y celosa ex mujer, la exuberante María Elena -Penélope Cruz-. Un conflicto amoroso difícil de sostener que provoca una situación límite que, según el realizador, “en la vida real, la mayoría de nosotros no podríamos manejar”.

El enredo amoroso, los secretos compartidos, la intimidad, el arte, el sexo y la reclamante locura, serán el eje central de una película en la que los arquetípicos asuntos de Allen, volverán a ponerse frente al patíbulo para ser diseccionados y juzgados por el público.
Con su música a otra parte
Con años de saxofonista a su espalda, resulta curioso que el realizador de Manhattan haya elaborado una esmerada banda sonora en la que dos temas han sido llevados a cabo por un grupo de música español. Alejado de su jazz emblemático, el grupo catalán Giulia y los Tellarini, ha hecho su peculiar aportación con dos singles que dan voz a la imagen del film de Allen: “Barcelona” y “La ley del Retiro”, ambos incluidos en su primer disco, Eusebio. Esta aportación fortuita –dejaron en el hotel en el que estaba alojado el cineasta un CD para que lo escuchara- sin duda ha enriquecido una película que ya ha cosechado éxitos en Cannes el pasado mes de mayo, cuando se presentó en sociedad, y tras cuyo visionado en la capital mundial del glamour cinematográfico, fue laureada por unanimidad.
En la actualidad, además de haberse hecho público el cartel que será la tarjeta de visita del film, la película también fue presentada en la première de Los Ángeles el pasado 5 de agosto, donde de nuevo volvió a cosechar el triunfo que ya obtuviera en el estreno.
En nuestro país, habrá que esperar todavía al próximo 19 de septiembre para saborear la nueva película de un cineasta que nunca deja indiferente a su público y que, como mínimo, poseerá un toque incomparable con respecto a sus filmes más representativos. Tal como afirma el diario de espectáculos Daily Variety, esta película es “más apasionada que el cine normal (de Woody Allen) por varios grados”.

Grados de pasión que resultarán todo un aliciente para el espectador y un récord loable para un director que, treinta años después, aún consigue sorprendernos.

CALOR LATENTE O LOS PECADOS DE UNA SOCIEDAD CÓMODA
Lucía Tello Díaz
Hace no mucho, nuestro siempre admirado referente, Jaume Figueras, afirmó que “calor latente” tenía visos de convertirse en un magnífico título para un filme. Siendo conscientes de nuestra limitación económica –no obviemos el estado de recesión mundial-, nos conformaremos con titular así no ya una película, sino a una columna dedicada a esta magnífica estación que ahora estamos disfrutando o padeciendo –allá cada cual-: el verano. Y es que si el calor latente es “la energía absorbida por un cuerpo al cambiar de un estado a otro”, qué mejor que denominar así al período estival, que con tanto ahínco se esfuerza, año tras año, en derivar nuestro cuerpo y paciencia al estado líquido. Sin embargo, no sería justo reprocharle tanto al estío. No en vano, a él le debemos nuestra inexcusable cita redentora de todo un año eludiendo nuestro radical compromiso para con el cine. Sólo tolerando su soporífera penitencia llegamos, y de qué manera, al sublime placer de ver, disfrutar y sentir el séptimo arte como en ninguna otra estación. Al verano vaya, por tanto, el tributo que ahora le rendimos.

Que la crisis no sirva de excusa alguna, cada vez se acude menos a las salas de cine, sin que exista pretexto convincente para avalar esa melindrosa tacañería. Con o sin crisis, el mundo siempre se ha regido por la tendencia a disfrutar del cinema a través de sus ortodoxos –y legales, desterremos de una vez la piratería- medios. Hagamos memoria histórica. Allá por los años diez de la pasada centuria, los sacrificados ciudadanos acudían prestos a las proyecciones que se efectuaban en barracones de madera –los que más-, o teatros adaptados –los que menos-, sólo para poder disfrutar de los limitados cortometrajes incipientes que pioneros como Promio ponían a su disposición. Salones de variedades, recreos como el de Salamanca o el de Argüelles, o incluso el ya mítico Circo de Price, acogían a estos embrionarios cinéfilos que estaban dispuestos a pagar un exorbitado precio –demasiado para una economía de subsistencia restringida- por complacerse con una diversión al alcance de muy pocos.
Tres décadas más tarde, nuestros antepasados hubieron de conformarse con ver desde las trincheras los pocos noticiarios o películas propagandísticas de dudosa calidad –denso tema que indudablemente merece una columna aparte-, con los que tenían la “suerte” de deleitarse. Un decenio después, los famélicos y desesperados descendientes de toda la catástrofe civil, sobrellevaban sus penas y miserias con un cine desmesuradamente caro, que les mostraba cómo existía luz más allá de las fronteras, y que eran capaces de llegar al ayuno para acudir a su cita con Gary Cooper o Rita Hayworth. Ni qué hablar de la censura, ¡cuántos besos le habrá arrebatado la represión a niños y niñas como Salvatore (Cinema Paradiso, 1988, Giuseppe Tornatore), que se criaron sin saber qué sucedía tras el THE END!

Y es que, superado el siglo XX, el tercer milenio nos ha traído unos parámetros hasta ahora inhóspitos que resultan difícilmente explicables, y aún menos comprensibles. La vida está cara: es cierto; la crisis de guionistas ha hecho mella en el cine: de acuerdo; la calidad de las cintas está ciertamente mermada: depende. Y es que, en una sociedad que tiene a la hipocresía generalizada y a la demagogia, afirmar que no se acude al cinema por la baja calidad de las producciones es un insulto a la inteligencia, máxime cuando nuestro país está a la cabeza de los estados que descargan vía electrónica las producciones cinematográficas. Allá cada cual. Y en el caso de las maldades y bondades del cine, quizá fuera adecuado recurrir a Locke y a su archiconocido empirismo. En el pasado año, el cine español perdió varios millones de espectadores, hecho que se trasluce en una merma significativa del poder adquisitivo de la industria y, lo que es más pernicioso, que precipita un miedo a priori del sector productor. Menos inversión equivale a menor producción. Y eso sucede, como decimos, en un año en que se han realizado películas de calidad considerable, como lo son Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta), Chuecatown (Juan Flahn), Días de cine (David Serrano de la Peña), La habitación de Fermat (R.Sopeña, L. Piedrahita), Mataharis (Icíar Bollaín), El Orfanato (J.A. Bayona), Oviedo Exprés (Gonzalo Suárez), El prado de las estrellas (Mario Camus), REC (Jaume Balagueró), Salir pitando (A.F. Armero), La soledad (J. Rosales), ¿Tú quién eres? (Antonio Mercero) o Trece rosas (E. Martínez Lázaro). Hablar de falta de calidad es adolecer de una carencia absoluta de escrúpulos y aun conocimiento. Acudir a las salas de cine, o disfrutar de él en casa bien sea con legítimos VHS, DVD o Blu-Ray, no es sólo una recomendación, sino un requerimiento que nos beneficia a todos, desde consumidores hasta directores; de críticos a actores.

Sin intención de que el tono peque en exceso de admonitorio, sí es cierto que este verano tenemos una oportunidad inigualable de disfrutar del cine como un acto responsable y fiel, fidelidad que le debemos a una industria que ha puesto imágenes a nuestros sueños; que ha dibujado con tanta lucidez veranos de ensueño como el disfrutado por Kim Novak junto a un rasuradísimo –exigencias del guión y la censura- William Holden en Pic-Nic (1955, Joshua Logan); el cine que nos ha presentado a una directora encomiable como Lee Jeong-Hyang y que nos ha retrotraído a un verano armonioso y dulce conducido por Sang Woo y su abuela (2002), a través del cual nos ha enseñado que, a veces, no hay fronteras para la comprensión, ni físicas ni idiomáticas. Un cine que nos ha revelado cómo los amores de verano no entienden de edad, como le sucede a Blas Otamendi en Historia de un beso (2002, José Luis Garci), ni tampoco de clase social, West Side Story, (1961 Robert Wise); ni tampoco profesión ni condición, como nos mostraron –deleitándonos- Holly Golightly –Audrey Hepburn- y Paul “Fred” Varjak –adorable George Peppard- en Breakfast at Tiffany´s (1961, Blake Edwards).

Y es que el verano, como el cine, tienen mucho que ofrecernos. No importa cuan calurosa sea la temperatura. No importa que las crisis, los termómetros, los guionistas norteamericanos o la piratería se unan en una causa común para hacernos desfallecer y perder nuestra fe. El Via Crucis de la desidia y la apatía tienen un fin libertador: el hecho de que cada vez que las luces se apagan en una sala de cine, la ilusión vuelva a comenzar. No sé ustedes, pero que un invento que cuenta con más de cien años de vida siga produciendo semejante efecto en nosotros, se me antoja como un verdadero sueño de verano. Por ello, ahora como antes, disfruten del cinema como él y nosotros nos merecemos. Ya saben, ilegalidad, nunca; pero cine… Cine siempre.

SYDNEY POLLACK: TAL COMO ERA
Lucía Tello Díaz
“Siempre se van los mejores”, dicen incansables las voces de quienes no se dan cuenta –consciente o inconscientemente-, de que todos los mortales, tarde o temprano, acaban cediendo el paso a la posteridad. Quién iba a decir que la muerte es lo único verdaderamente democrático. Pero en este caso, al margen de las inquietantes condolencias que tratan de poner barreras a lo inevitable, sí que se puede afirmar que, en efecto, uno de los mejores se ha ido, no sólo porque Pollack, director ineludible para las generaciones de los setenta y ochenta, fuera un notable realizador, sino porque su polivalencia y maleabilidad –entiéndase por maleable no el fácil de persuadir, sino por el contrario, el que es capaz de adaptarse a cualquier forma sin romperse-, hacían de él un “todo terreno” del mundo audiovisual.

Y es que Sydney Pollack, en sus más de cuarenta años de carrera, fue capaz de ejercer como actor, productor y director, en una treintena de filmes de la más variada etiología, en los que demostró que la versatilidad no es sólo una floritura banal en una industria como la cinematográfica, sino todo un requerimiento para cuya consecución no todos están a la altura.
Nacido en Lafayette (estado de Indiana) en julio de 1934, este descendiente de inmigrantes rusos tuvo claro desde el principio su vocación artística y teatral, viajando a Nueva York para completar sus estudios dramáticos y participar en la cuna del teatro estadounidense, Broadway. Después de su travesía dramática, la televisión captó toda la atención de Pollack, dedicándose a la realización de programas y espectáculos que le valdrían el reconocimiento de la Academia, con varios premios Emmy. Sin embargo, la vida de este polifacético autor no se quedaría confinada a los monótonos 25 fotogramas por segundo que le ofrecía la televisión, sino que pronto vio la oportunidad de saltar a la gran pantalla. Fue en 1966 cuando, por vez primera, Sydney Pollack rodó su primer largometraje, The Slender Thread, un filme desigual y con escasa repercusión mediática que, sin embargo, le abrió las puertas del cinema. Tres años después, en 1969, Pollack pudo ver recompensados su esfuerzo y reconversión gracias al palmarés obtenido por el film Danzad, danzad, malditos, premiado tanto en Cannes como en Bruselas o Belgrado, e incluso nominada al Oscar por la Academia.
No obstante, como a todo autor que se precie, Pollack no alcanzó el verdadero estatus de realizador hasta que no encontró a su musa, su preciada y dulce inspiración que, paradójicamente, en su caso fue encarnada por los mechones rubios de un galán, Robert Redford. Encontrada la musa y congregada con ella, de la fusión nacieron los más afamados filmes de Pollack, no tanto Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), tan sólo primera aproximación, como Tal como éramos (1973) o, más adelante, Memorias de África (1985), film que le valió el Oscar a la Mejor Dirección.

Pero antes de todo Oscar, como presumiblemente después de él –aunque por desgracia no en todas las circunstancias-, siempre hay obras que catapultan al éxito a sus autores. Éste punto de inflexión de Pollack vino refrendado con Tootsie (1982), film con el que su fama internacional quedó de manifiesto, no sólo porque fuera el único realizador lo suficientemente diestro como para calzar unas medias de rejilla a Dustin Hoffman, sino porque sus diez nominaciones a los Premios de la Academia hicieron patente la capacidad creativa del director de Indiana.
Tras los rotundos éxitos que supusieron Tootsie y Memorias de África, y superada ya la década de los ochenta, la fama de Pollack sufrió un viraje insólito, colocándose en un soterrado segundo plano que, a pesar de sus intentos, nunca llegó a superar. Pese a éxitos de taquilla como La tapadera (1993), film protagonizado por Tom Cruise –sin duda peor inspiración que la sugerente mirada del padrino del Festival de Sundance-, Pollack hubo de conformarse con pertenecer a la lista de “los que en cierta ocasión fueron, pero no volvieron a ser”.
Superados los noventa, el nuevo milenio trajo al Pollack más arrollador con un filme en el que el realizador volvió a rodearse de estrellas consagradas, en esta ocasión, Sean Penn y Nicole Kidman, en La intérprete (2005), un trepidante thriller de acción que sólo un experto director podía conducir. Finalmente, en 2007 Pollack dirigió a George Clooney en Michael Clayton, film nominado al Oscar a la Mejor Película que, sin embargo, no brindó a su director la oportunidad de llevarse la preciada estatuilla.
Con o sin palmarés por sus últimos trabajos, lo cierto es que Pollack siempre ha sido una figura inexcusable en el panorama cinematográfico mundial, no sólo porque sus filmes hayan llegado tan lejos como cabría esperar, sino porque era Pollack una persona a la que siempre agradaba ver en la gran pantalla, tanto detrás como delante de las cámaras. De estas incursiones en el mundo de la actuación, quién puede olvidarle en Tootsie, sentado en el Salón de Té ruso de Nueva York, o compartiendo escenas con Tom Cruise enla última producción de Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut (1999). No obstante, si Pollack es reconocido públicamente se debe, en esencia, a una única interpretación, ésta es, la de Maridos y Mujeres (1992, Woody Allen), donde compartía con el genio neoyokino no sólo amistad, sino intimidad a raudales.
Y es que así era Sydney Pollack, un hombre polivalente, único e inigualable que, como todo lo bueno, termina por agotarse. Un hombre que, en palabras del propio Clooney, “hacía el mundo un poco mejor; hacía las películas un poco mejor; e incluso hacía la cena un poco mejor”. Un hombre recordado y al que recordar, eso sí, tal como era.

TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A ROMA
Lucía Tello Díaz
Aterrizar en una capital extranjera resulta la mayor de las veces, una experiencia apasionante: lo nuevo, lo único, lo inmóvil y lo ajeno. Cada ciudad tiene su encanto y sus peculiaridades, lo que no siempre se presenta ante el viajero como “excitante”. Sin embargo, la experiencia adquiere tintes disímiles cuando uno sobrevuela y vive Roma, metrópoli que, al igual que otras ciudades como Nueva York, Los Ángeles o París, parece que uno conoce a la perfección, a pesar de no haber transitado por sus vías en toda la vida. Y es que, qué no se habrá visto de Roma en la gran pantalla, esa ciudad tan viva, tan carismática y atrevida, enraizada en sus costumbres y enriquecida con los nuevos idiomas, sabores y colores de esta multiétnica globalidad. Aunque uno se sienta extraño, y aun nostálgico en ocasiones, recorrer sus calles nunca vírgenes –cuántas generaciones de celuloide no las habrán retratado- aporta al peregrino una sensación de genial fusión con la ciudad. De nuevo el cine ha conseguido hacer cercano lo que no lo es tanto, y próximo lo que aparentemente nos es lejano. Y así, abrumados por la belleza del fortuito romance con Roma, el viajero puede sonreír al ver en la televisión local una reposición de Zafarrancho en el casino (1961, Richard Thorpe), donde un Steve Moqueen italianizado, inmortal y políglota nos demuestra cómo el cine es cine en cualquier punto del mundo, en cualquier rincón del planeta.

Ya no cabe duda de que esta sociedad convulsa y su imperdonable colonialismo –qué tantos males nos ha traído-, han brindado a la descendencia postrera un único consuelo: la idea de formar parte de un todo y, por ende, la excéntrica capacidad de sentirse en casa en cualquier sitio. Por ello, ante entornos como el romano, el extranjero no puede sino darse por vencido y sucumbir ante los recuerdos –ora propios, ora de nuestra cinéfila memoria colectiva- que espontánea e inconscientemente surgen en la mente del forastero.
Quién no ha llorado de pura delectación ante la Fontana di Trevi, cuya visión lleva pareja la imagen imborrable de Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en La Dolce Vita (1959, Federico Fellini); quién no ha reído de la emoción, y hasta se ha sorprendido, al introducir la diestra en la Bocca della Veritá, sabiendo que, en algún momento, nuestra adorada Audrey Hepburn sufrió conmocionada al creer a Gregory Peck –o bien su alter-ego periodístico Joe Bradley-, amputado por la pétrea boca del mitológico Tritón en Vacaciones en Roma (1953, William Wyler). Y quién puede haber olvidado, si es que hay alguien que alguna vez haya osado olvidarlo, a la Magnani cayendo muerta, fulminada por la intransigencia y el amor, en Roma cittá aperta (1945, Roberto Rossellini). Más de uno se habrá emocionado al pensar en Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani), buscando incansable su medio de vida, en la cumbre del neorrealismo que fue El ladrón de bicicletas (1948, Vittorio de Sica), película en la que descubrimos que, ante la pobreza, a veces ni siquiera las bicicletas son para el verano. Y es precisamente de de Sica, de quien más se acuerda el transeúnte –propio y foráneo-, en la ciudad imperial: enamorado de la capital romana, nadie como él retrató en centro motor de su organismo en la poco celebrada Stazione Termini (1953), cuando un Montgomery Clift atormentado, puso cuerpo y voz al pensamiento de Truman Capote.
   
Pero son más, muchas más, las rememoraciones que al viajante le evoca esta ciudad enérgica y envolvente: La vía Veneto nos recuerda a Las noches de Cabiria (1957, Federico Fellini); Lungotevere Testaccio rememora Accattone (1961, Pier Paolo Pasolini); La vía del Moro, es decir, Trastevere, hace inmortal una obra menor como Sólo tú (1994, Norman Jewison); incluso la vía Cavour nos remite a la histórica Cleopatra (1963, Joseph L. Mankiewicz) o la vía de S. Teodoro con su indisoluble Circo Massimo, nos sitúa en Ben Hur (1959, William Wyler).
Nadie se siente solo, insistimos, cuando las luces de la ciudad comienzan a aparecer y el día cede paso a la noche romana. Nadie siente extrañas a sus gentes, su magnífica arquitectura ni su voluptuosa historia. Nadie parece desentonar en una urbe que forma parte de nuestro recuerdo, de nuestro cine, de nosotros. A nadie le sorprende su fisonomía, ni siquiera cuando su perfil se haya desfigurado con el tiempo o Steve Moqueen sea caro e civettuolo y no sólo apuesto. No, en Roma cualquiera se siente como en casa. Y es que, ya lo dijo Dorita, “se está mejor en casa que en ningún sitio”.
Hace tiempo que la gran pantalla nos ha mostrado que el cine, si es verdadero, suena mejor cuando se habla en italiano.

RODAJE DE UNA NOCHE DE VERANO
Lucía Tello Díaz
Sesión nocturna. Una pareja sale del cine a media noche y se dirige a su casa decidida y calurosamente. Él, camina con desdén; ella, deslizándose enfrascada en sus pensamientos. De repente, una bocanada de aire surge de entre los barrotes de la reja de ventilación del metro. El público se queda atónito, y Wilder grita ¡corten! Así recuerdo The seven year itch, una de esas películas que tan bien refleja el característico aire estival y festivo de las noches de verano.

Hace años, les retrataba con pasión en un artículo titulado "La más impía de las estaciones" la desidia que provocan los sofocantes días de verano. No obstante, no sería justo finalizar la estación que nos ocupa sin atender, por liviana y superficialmente que sea, a las escasas y aprovechables noches que nos brinda esta temporada, aunque sólo sea observándolas a través de los ojos del gran maestro de la comedia. Y es que en La tentación vive arriba, son muchas las claves que se pueden observar, pese a que la atención en verano se merme por el aletargamiento.
Nadie puede imaginarse cuán detestables pueden ser las horas muertas si se prescinde de un necesario aparato de aire acondicionado. Tan sólo debemos evocar la súbita satisfacción que expresaba la malograda Marilyn Monroe, al descubrir que su convecino gozaba en su hogar de unas noches frescas y agradables. Hasta la más grata de las actividades puede resultar detestable cuando se la somete a tan inhumana temperatura. Otra clave deducible es la de los amoríos estivales. Si bien es cierto que John Travolta y Olivia Newton-John cayeron serviles a los poderosos influjos del romance veraniego, aún lo es más que la mayor parte de las veces estas relaciones no superan la mera anécdota.
Como bien retrata Wilder, son muchos quienes pretenden deshacerse de la familia en verano, aunque sean pocos los que lo consigan realmente –tengan o no a un sex symbol por vecino-.

Y qué me dicen del atuendo. ¿Quién no ha querido lucir el maravilloso –y ya histórico- vestido de gasa blanca que llevaba la que fuera esposa de Joe DiMaggio? ¿Qué mujer no ha querido atraer para sí tal grado de atención? Resulta evidente que cualquier fémina desearía vestir de modo sofisticado y distinguido en las noches de verano, para no sucumbir –como de costumbre- a las miméticas, socorridas y descuidadas prendas propias de esta época del año. No sé ustedes, pero a mí me produce una grima de tamaña envergadura vislumbrar en el horizonte centenares de seres vestidos según un idéntico patrón. Y hablando de mímesis ¿qué me dicen de la programación cinematográfica del verano? ¿Acaso no les enerva la ausencia de producciones dignas de ser exhibidas? Puede que el calor afecte al estado de nuestras neuronas, es cierto, pero no a la cantidad.
En la Tentación vive arriba Tom Ewell y Marilyn Monroe salían del cine después de haber visto otra de las olvidables películas de monstruos de ciencia ficción –de esas que se fabrican a granel y se venden de oferta-. Sin embargo, pocas veces se puede afirmar con orgullo que alguna sala cinematográfica exhiba un ciclo sobre directores ejemplares o films emblemáticos. Aún recuerdo con veneración cuando en una producción francesa, Tangui, dos de los protagonistas sonreían henchidos tras visionar un especial del gran Blake Edwards; o cómo en las intrincadas películas de Woody Allen, los actores suelen mencionar a los grandes mitos del cine–valga de ejemplo el parlamento sobre Ingmar Bergman que se desarrolla en Manhattan-. Pero como antes matizaba, estos son pocos casos aislados, tan sólo reales en el universo de la ficción. En el mundo real estas circunstancias son aún menos frecuentes, si cabe, hecho que pasa inadvertido para muchos, y que nos preocupa a algunos otros.

Quizá las aquí escritas parezcan divagaciones propias de esta larga estación. No obstante, estoy convencida de que ustedes reflexionan sobre esta realidad cultural perniciosa de modo tan frecuente y vehemente como yo lo expongo. Desde aquí aliento a las grandes salas de exhibición a que se atrevan a invertir –sin miedo- en reposiciones, sesiones dobles, ciclos e incluso conferencias sobre el ya olvidado “cine de calidad”. Quizá debiéramos volver al pasado, a los conceptos acuñados por Cahiers du cinema y otros pioneros en el gusto por el arte para poder disfrutar, aunque sólo sea durante el estío, de este gran invento que se resiste a ser desterrado. Esta vez nos ha servido como guía y deleite La tentación vive arriba para analizar la realidad circundante, aunque soy consciente de que existen otras muchas grandes obras en las que apoyarse para observar cómo, inexorablemente, todos los años cometemos los mismos errores. Esperemos que la próxima temporada estival podamos ver cómo los fallos han sido enmendados. La fe es lo último que se pierde. Como dijo Manuel Vázquez Montalbán “siempre se espera un verano mejor y más propicio, para hacer lo que nunca se hizo”. Disfruten de su tiempo.

UNA NAVIDAD DE CINE
Lucía Tello Díaz
Regalos, turrones, luces… Cámara y ¡acción! Como todos los años, la Navidad ha llegado y, con ella, nuestra ineludible cita con la filmografía navideña, una de las épocas del año que más ríos de celuloide ha vertido. Sin saber a ciencia cierta a qué fenómeno responde tal demanda cinematográfica, lo cierto es que a la vera de estas entrañables fiestas ha surgido un cine propio, un género cinematográfico que, de tan frecuente, viene a ser consustancial al matasuegras, el aguinaldo y el polvorón.
Pero no es éste un fenómeno nuevo fruto del desaforado consumismo del que hacemos alarde en estas fechas, ni tan siquiera una estratagema comercial urdida por la industria cinematográfica para hacernos caer en su insalvable oferta de ocio familiar. No, el cine de Navidad, el verdadero cinema de uso y disfrute navideño, no es un fenómeno de nuevo cuño, este tipo de filmes son tan antiguos como lo es la propia fábrica de sueños.
Y es que hay pocas épocas en el año que más se presten a la ilusión, a la fantasía y al sueño -que es en definitiva la materia con que se construye la cinefilia-, que la Navidad, esas dos semanas en las que los problemas decrecen, el ingenio se agudiza, y las prisas se incrementan. Por ser la Navidad el momento de magia y encanto que nuestro maltratado mundo merece al menos una vez al año, y por ser este lapso de tiempo la mejor forma de demostrar que la buena voluntad hace milagros, qué mejor que poner veinticuatro imágenes por segundo a los sentimientos de ternura que la Navidad suscita en nosotros, y proyectar sobre la pantalla de nuestro recuerdo las películas que han hecho de la Navidad una de las mejores épocas del año.

Es de obligada mención –cuyo olvido pudiera contemplarse como delito por omisión en el mundo del cinema-, comenzar este azaroso y personal recorrido cinematográfico-navideño con Qué bello es vivir (1946), la inmortal película que Frank Capra le legó a la historia del cine de por vida. Nadie ha podido nunca olvidar el nombre de George Bailey, ni siquiera un espectador olvidadizo podrá negar el encanto natural –y también buscado-, de este drama familiar con moralina, tan cercano y típicamente navideño que se sufre como propio –difícil ver a James Stewart como alguien ajeno-, y cuyas situaciones acaban provocando la más profunda de las adhesiones y empatías. Un personaje, Bailey, tan bondadoso y magnánimo que consigue de inmediato la identificación del espectador, en una película en la que tan sólo recordar el modo en que un niño pierde la audición, para emitir un lánguido y sentido suspiro.
Pero no nos llamemos a engaño, no es la sensibilidad el coto privado de la cinematografía navideña, más al contrario, valga como ejemplo que el segundo personaje más recordado de las cintas de estas fiestas lo interpreta el malvado Scrudge, personaje de Dickens encarnado en celuloide de la mano de muy distintos autores, que no sólo le han conferido la malevolencia que ya depositara en él el novelista, sino que le han dotado de un sinfín de caras –incluso la de un cartoon del más avaricioso de los personajes de la factoría Disney en Mickey's Christmas Carol (1984)-. Y es que los personajes malignos aparecen el los filmes navideños como “cláusula de inexcusable cumplimiento”, a pesar de que la mayor parte de éstos estén destinados –mire usted por donde- al consumo infantil. A qué publico si no, iba a ir dirigida una película en la que un niño se queda Solo en casa (1990, Chris Columbus) en Navidad, precisamente el día en que dos infames ladrones osan saquear la propiedad de la familia. O bien, qué publico será el indicado para ver una película en la que Santa Claus sufre un fatídico accidente realizando sus bondadosos quehaceres anuales, lo cual lleva a un padre desesperado a ocupar de forma apresurada su irremplazable puesto en Vaya Santa Claus (1994, John Pasquín). Seguramente el mismo público que estará encantado al ver a un histriónico y verde Jim Carrey danzando por entre la nieve con el firme propósito de arruinar la Navidad, El Grinch (2000, Ron Howard).

Es evidente que tanta crueldad envasada en monodosis cinematográficas no puede tener destinatario alguno si no el infantil. Pero de nuevo las apariencias engañan. El cine cruel aparece como indicado para los niños y los dramas se reconvierten en comedia, aunque para ello sea necesaria la maestra mano del también maestro Tim Burton en Pesadilla antes de Navidad (1993), en la que un mítico Jack Esqueletor queda fascinado por las “luces de color” del mundo navideño, sin duda más deslumbrante que su lúgubre pasaje infernal. Nada que ver su mundo, por cierto, con el de otro de los iconos de estas fiestas, Elf (John Favreau, 2003), un sobreexcitado elfo que encuentra en la Gran Manzana el mejor escondrijo para que sus babuchas verdes y sus apretadísimos leotardos amarillos –sin duda valiente el polifacético Will Ferrell-, pasen desapercibidos.

La que muy a su pesar no logra pasar desapercibida, es sin duda la mujer cuyos devaneos con Mark Darcy y Daniel Cleaver han revolucionado el mundo del celuloide tanto como el desproporcionado tamaño de su ropa interior, la inconfundible Bridget Jones (2001) de Sharon Maguire, que pronto nos enseñó cómo conseguir a un hombre –y un buen resfriado-, a golpe de sinceridad y nulas porciones de autocontrol.

Pero qué vamos a hacer, la Navidad es así, la nieve cae y la gente se enamora, aunque ésta lo haga de quien nunca debe Love Actually (2003, Richard Curtis), o al menos de quien nunca imaginó que lo haría. Cómo si no se puede explicar que James Stewart encuentre a su amor en la mujer que se ocultaba tras un libro de Ana Karenina a quien, dicho sea de paso, nunca hizo el más mínimo caso en El bazar de las sorpresas donde ambos trabajaban (1940), magistralmente dirigida por el gran –con mayúsculas- Ernst Lubitsch.
Y quién si no su más sobresaliente pupilo, Billy Wilder, hubiera sido capaz de rodar la mejor comedia agridulce de todos los tiempos, ambientada en una íntima y siempre recurrente Navidad neoyorkina, en la que el espectador se sumerge con la comodidad y confianza con que uno se desenvolvería en su propio Apartamento (El, 1960), y que ha legado para la posteridad imágenes tan indelebles y suculentas como el baile que Jack Lemmon comparte con una improvisada partenaire en un escaso bar. Pocas películas son capaces de deslumbrar con tanto talento e imaginación como ésta, en la que un disparo en una rodilla resuena a comedia y un corcho despedido por la furia de un año nuevo resuena a tragedia. Nadie como Billy Wilder es capaz de hacer de lo malo bueno, y de lo bueno, mejor.
No quisiera, ni debiera, cerrar este repaso a la cinematografía festiva sin recordar la más castiza y entrañable de todas las Navidades, a saber: la española. Puede que Manhattan deslumbre, o que el polo Norte se presente como el más indicado decorado para los trances navideños pero, sin ninguna duda, la madrileña calle Mayor y sus irremplazables puestos de Navidad no tienen parangón, por muy espectacular que sea el árbol de Navidad del Rockefeller Center, o lo elevados que sean los efectos especiales de la ciencia ficción foránea. Quizá sea porque la Navidad de mi infancia lleva acento español, o bien porque en mi mente resuenan Alberto Closas, Gracita Morales, José Luís López Vázquez o Pepe Isbert, lo cierto es que ante mis ojos películas como La Gran Familia (1962, Fernando Palacios), Un ángel tuvo la culpa (1959, Luís Lucía), o la dulce Felices Pascuas (1954) del siempre grande Juan Antonio Bardem, se presentan ante mí como irremplazables, entrañables y mías.

Puede que las Navidades no sean la mejor época del año, puede que en ellas la mezquindad y sordidez humanas sigan actuando del modo en que acostumbran, e incluso puede que la falsedad campe a sus anchas sin atisbo alguno de desvanecimiento; sin embargo, ningún otro momento invita más a la redención que la Navidad. Bien sea en la vida real, o bien vicariamente a través de los siempre útiles fotogramas de nuestra memoria, lo cierto es que nunca mejor que en Navidad para soñar y ser feliz.
Ya saben, tanto si sus vecinos les apoyan, como si deciden comprar un diario, boicotear las fiestas, hacer las veces de Papá Noel, perder a un niño en el centro de la ciudad, defender su casa de ataques o cambiar de apartamento, nunca mejor que estas fechas para empezar de cero. Mientras tanto, tan sólo me resta desearles un año cargado de cinefilia.
Felices Fiestas.

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