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DIRECTOR´S CUT

Lucía Tello Díaz

 

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CUESTIÓN DE FAITH
Lucía Tello Díaz

Faltaban tres meses para que Oscar Wilde fuera a parar con sus talentos a prisión; tres meses de aquel victoriano 1895 para que fuera presentada en sociedad La importancia de llamarse Ernesto, obra cumbre del genio irlandés, en realidad su única comedia. El lugar elegido fue el Saint James´ Theatre de Londres; el día señalado para tal ocasión el 14 de febrero. En día tan distinguido conocíamos a Gwendolen, una dama de alta sociedad que en su inocencia y candor, se creía predestinada a contraer matrimonio con aquel que poseyera el nombre correcto, Ernest, la única identidad capaz de abrir las puertas de su corazón romántico y aun del visceral. Lady Lancing, título provisional de tan magna pieza teatral, supuso no sólo el encumbramiento de Wilde, sino sobre todo, el comienzo de una nueva forma de entender el destino, el amor de ficción.

only you

Noventa y nueve años después del insigne evento, Norman Jewison, el famoso realizador de Jesucristo Superstar, acercó a la gran pantalla otra historia de enredo y nombre, alegórica y onomástica como lo fue Sólo tú, paradigma cinematográfico del amor perdido y hasta malinterpretado en la traducción.

Su protagonista, Faith Corvatch (Marisa Tomei), padece un romanticismo esotérico inexplicable, desde que en una juvenil sesión de ouija le fuera revelado un nombre que, sin ser Ernesto, marcaría el resto de su vida amorosa: Bradley, Damon Bradley. Años después, sus conjeturas se convirtieron en certezas cuando Madame Divina, pitonista de puesto y feria, corroborara el develamiento de los entes alentando a la joven a buscar y encontrar su alma gemela. Como presa por el espíritu de Ivonne Elliman, Faith sabrá que si no puede tener a Damon Bradley, no querrá tener a nadie más. Con esa identidad y una consigna (el convencimiento de que conociendo su nombre sabrá a quién esperar y quién le esperará a ella), Faith dejará pasar los años perdiendo con ellos el apasionamiento adolescente, pero sin que decaiga su confianza. Sin embargo el tiempo desfilará y los misteriosos caminos del azar tardarán en llegar, por lo que Faith terminará comprometiéndose en matrimonio con Dwayne, un podólogo frío y pedante que no le regala diamantes sino “carbones puros cristalizados en heptaedros”, y quien sustituye los abrazos por auscultaciones. En pleno trajín prenupcial, una llamada telefónica retrotrae a nuestra protagonista a su adolescencia más impresionable: uno de los mejores amigos de Dwayne, Damon Bradley, no podrá asistir al enlace, ya que se dispone a salir de viaje a Venecia. Con vestido blanco, velo y gabardina, Faith se encamina hacia el aeropuerto con su cuñada Kate (Bonnie Hunt), secuaz de la novia y cómplice de sus correrías prematrimoniales, para ponerse rumbo a Italia, donde alberga la esperanza de encontrar y conquistar al verdadero hombre de su destino.

Después de una vida entera persiguiendo a un nombre, por fin llega a Venecia sin que la suerte le sonría, debiendo trasladarse a Roma, donde el volatinero Bradley ha decidido hospedarse. Tras kilómetros de intempestiva búsqueda, por fin arriban a la ciudad del amor con el mandato interno de entregarse al matrimonio con el desconocido adecuado, para dar por finiquitado su compromiso con Dwayne. Pero Faith no conoce a Bradley, no le ha visto en toda su vida y, aunque se creía valedora de un radar infranqueable, descubre que Bradley puede ser cualquiera, que nada nuevo ni excitante dicta su corazón crédulo. Por azar, esta Cenicienta ingenua y anacrónica pierde su zapato, encontrándolo por casualidad un joven americano experto en calzado, quien la seguirá por la Piazza Navona hasta dar con ella. Él es Damon Bradley. Una noche de romance por la ciudad, de poemas de Rilke, de promesas incumplidas y de mucho champagne, desembocan en una madrugada de confesiones e incluso confusiones. Ella ha sido engañada: él no es Bradley sino Peter (Robert Downey Jr.), quien no tiene el nombre adecuado pero es el hombre adecuado o al menos así lo piensa. Sin embargo ella no le quiere, no le cree: “si tú no eras quien decías ser, yo no era quien creía ser –le dirá confundida- ninguno de los dos estuvo allí, no fue real”.

only you

Fulminado por la personalidad de la joven de Pittsburgh, Peter le ayudará a encontrar al verdadero poseedor de tan importante título, mientras Kate se rinde al amor con un apasionado romano (Joaquim de Almeida), cuyo Ferrari y labia hacen de su estancia en Italia unas auténticas Vacaciones en Roma. Pese a estar rodeada de pasión, Faith no tiene tanta fortuna. Peter no desiste en su acoso y derribo emocional, y ella cada vez está más desencantada del amor, dejando de creer en lo que hasta el momento había vehiculado su vida. Con sus bártulos, su desconfianza y su boda anulada a pesar de su decepción, se encontrará ante el mostrador del aeropuerto italiano con el auténtico Damon Bradley, aunque a la cita acuda también y por exigencias del guión, el lisonjero Peter. Minutos después Faith despegará en un avión de Alitalia con el hombre de su vida que, contra todo pronóstico, es también el hombre de su destino.

Esta fábula clásica, tan al uso en este mes de febrero, tan redundante en clichés estereotipados del amor romántico y de la inevitabilidad del Fatum o de la Moira de nuestra cultura grecolatina, no deja de ser un ejemplo de cine de consumo señalado en estas fechas para la celebración de la vida. Dicen que el amor es infinito y no se derrota ni con la muerte, por eso el cine lo ha buscado con denuedo, porque sustenta nuestras ansias de eternidad, de fertilidad. Es más, es febrero el mes que en celebramos la fiesta de la Februa (los Lupercales), una festividad pagana de purificación y de lo fértil. No es de extrañar que en febrero también esté presente San Valentín, quien con su aire inocente y renovador, nos permite iniciar un nuevo año con la promesa de la abundancia, del amor y de la vida.

Puede que estas películas pequen de maniqueas, y que incluso al verlas hoy en día nos sonrojemos con sus expresiones, sus súbitos enamoramientos, su romanticismo exacerbado; pero son útiles, lo son en la medida en que alimentan la propensión interna de perpetuación y de unión, y porque en el peor de los casos, prorrumpen en nuestras vidas trayendo un mensaje más sano y constructivo que el de cualquier otra clase de cine comercial.

Puede, y esto es cierto, que con su deslumbrante puesta en escena eclipsen la propia realidad haciéndola más insípida, menos fulgurante, mucho menos atractiva; puede que incluso nos remitan a la insatisfacción y nos resten contentamiento, pero el cine de amor, como las canciones románticas, siempre nos deslumbra con la idea de que la vida va a  ser mucho mejor y más benigna. Puede que él no sea Damon Bradley, puede que el amor no se manifieste en una ouija ni nos atrape frente a la Fontana di Trevi; puede incluso que el amor real no se parezca ni por asomo al amor del cine, pero qué quieren que les diga, en el día de San Valentín qué mejor que dejarse atrapar y sucumbir ante los fastos del romance. Porque si en nuestra mano está el ser felices y crédulos algunas veces, y no tenemos fe de vez en cuando, quién va a poder ya caer bajo el embrujo del amor.

 

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DE LA VIDA Y SU BANDA SONORA
Lucía Tello Díaz

 

Qué placentera es la vida cuando consigue sorprendernos. Positivamente me refiero, claro está; cuando uno pasea, trabaja o disfruta y, sin conocimiento mediante, surgen circunstancias que, de habérselas imaginado con anterioridad, hubiera pensado que se trata de una ilusión, de una escena al más puro estilo cinematográfico. Sin embargo estas circunstancias suceden, ya lo he dicho en repetidas ocasiones, incluso con mayor frecuencia de la que uno se figura.

a walk in the clouds

Es madrugada de un día cualquiera, muy entrada la nueva jornada. Trabajo en el despacho hasta tarde, como siempre. Todo está oscuro visual y acústicamente, no se escucha un alma. Un alto en el camino me empuja a acercarme a otra habitación y es allí, en el fragor de esa noche ajena, donde comienzo a escuchar una versión masculina, acústica y anónima de Somewhere over the rainbow a través de los cristales. La música es realmente estruendosa en cuanto al volumen –el ritmo y su sonoridad son cadenciosos, como en la versión de Judy Garland-, lo que obliga a los vecinos a asomarse a la ventana. Oigo pasos y también voces. La fuente de tan trasgresora acción es un joven (o ya no tanto) que ha aparcado su vehículo en las cercanías del edificio, quizá un homenaje o un guiño a su amada (o ya no tanto). Ante la indignación vecinal, el infortunado amante vuelve a poner en marcha el coche, reanudando su acción ya en movimiento, llevando su bullicio amoroso a dar vueltas alrededor del edificio, de suerte que lo único que escucha su amada, y a la postre el resto de vecinos, es un revoltijo de sonidos inconexos aunque concatenados, tan arrítmicos como molestos: “some... birds... fly...”. Espero que la sorpresa que le tenga preparada para San Valentín nuestro desgraciado amante, sea cuando menos mejorada y no aumentada, si no es así, cuánto me temo que la damisela en cuestión buscará nuevos puertos en los que atracar.

Nunca sospeché que sería testigo de una situación semejante, tan hilarante, tan bizarra; si acaso sólo posible en el cine. Tampoco imaginé que la comunidad vecinal fuera a actuar de tal guisa, mezcla de pudor, envidia y desgana. Si hubiera sido la damisela en cuestión Aitana Sánchez Gijón, y el muchacho galante Keanu Reeves, nadie hubiera desalentado ese fulguroso amor, ni siquiera Giancarlo Gianinni o su octogenario padre, Anthony Quinn, a todos nos gusta dar de vez en cuando un paseo por las nubes. Pero hele aquí que en pleno siglo XXI, en la etapa más evolucionada y menos violenta de la historia de la humanidad según Eduard Punset, que nos encontramos a una sociedad encrespada, carente de afecto y simpatía. Tal vez el romanticismo murió con Bécquer, aunque intuyo que todos son románticos en mayor o menor medida, si bien dentro de sus casas, cuando el amor es cosa suya y no exhiben que lo anhelan o lo codician. Terrible pecado capital el de la codicia.

true lies

Suerte que momentos de cine como éste nos demuestren que algo queda, algún revolucionario del amor, un último superviviente. También fue suerte que la magia me sorprendiera, nuevamente, a la vuelta de la esquina, estando de viaje por el norte. Una de tantas mañanas frías en el centro de una capital de provincia. Paseo tranquila por una gran avenida sin mayor pretensión que el percibir la armonía y las buenas vibraciones de un grupo de jóvenes músicas que en su infinito altruismo, tocan en la calle con lo puesto, la más alta cultura al alcance de unos vaqueros. Prendada como estaba escuchado a Mozart y a Vivaldi mientras la ciudad iba despertando, me sorprendió de repente una pieza, Por una cabeza, el celebérrimo tango de Carlos Gardel que bailasen Jamie Lee Curtis y Arnold Schwarzenegeer en Mentiras arriesgadas. Arriesgado era, desde luego, introducir esa pieza en tan portentoso repertorio, si bien agradecí profundamente que me permitiera recordar una de las cintas más distraídas de James Cameron, la única en la que el ex gobernador de California no se solaza con la desgracia ajena, o apenas nada.

Ese tango que también apareció en La lista de Schindler o Esencia de mujer -y que yo sólo conocía en orquesta por Itzhak Perlman-, confirió a la calle un aire tan mágico y embelesador, que no fueron pocos, varias decenas, los que hicieron conmigo causa común y sucumbieron a los acordes de aquellas seis músicas.

Los aplausos no tardaron en llegar, la buena música siempre es deleite del oyente, incluso del más apesadumbrado. Quizá una reacción semejante esperara el pobre caballero galante, ése que sigue en la calle, dando vueltas a la manzana esperando a su joven dama. Mientras dure el cortejo, al menos el vecindario podrá disfrutar de la música, abjurando de ella a voz en grito, mientras anhela sotto voce que el prófugo amante dé su serenata bajo su propio balcón. Qué terrible pecado capital es la envidia, y ya van dos.

 

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LIFE SOUNDTRACK
Lucía Tello Díaz

 

How pleasant our life can be when it suddenly surprises us –in a positive way, I mean; when you are walking, working or enjoying and some weird circumstances emerge, circumstances that if you had ever thought about them, you certainly had believed they were an illusion, purely film industry. Nevertheless these situations happen even more frequently than we realize. 

It is any day at dawn. I am working in my study until time goes by. All around is darkness, absolutly in calm. During a short break, I approach another room and there, in the middle of the noiseless night I start to listen to a masculine, acoustic and anonymous version of Somewhere over the rainbow through the window glasses. The music is really thunderous in its volume –its rhythm and sonority are lilting, as in Judy Garland´s version. The rumbling forces the residents to stick their head out of the windows. The source of such transgression is a young boy (or not too young) who has parked his car near the building, maybe as a tribute to his lover (or not his current lover).

a walk in the clouds

Given the fact that the whole neighbourhood is indignant at his attitude, the young lover start the car resuming his activity in motion, taking with him his loving racket to go round the block, so that the only sound his dame (and the rest of the neighbours) could listen to is an unconnected jumble of words, as arrhythmic as irritating: “some... birds... fly...”. I hope he keeps a better surprise for his lover to Valentine’s Day, if not I am afraid that our lady will look for a new port to dock.

I never thought I could have witnessed a similar situation, so hilarious, so dashing; only possible in films. I could not imagine my neighbours could act in a similar way neither, a mixture of reserve, envy and apathy. If the damsel had been Aitana Sánchez Gijón and the gallant boy Keanu Reeves, nobody had discouraged him to follow that gleaming love, even Giancarlo Gianinni or his octogenarian father –Anthony Quinn- would support his efforts, we all love to have a walk in the clouds sometimes.

But in the XXI century, in the most highly developed (and less violent) age of the humankind -according to Eduard Punset-, we find an inflamed society with a lack of affection and sympathy. Maybe romantics died with Bécquer, though I sense they really are but inside their own homes, when love is just theirs and they do not have to exhibit their desire, their greed. Greed, what a terrible deadly sin it is.

Fortunately we find some cinematographically moments like this from time to time; they show us that something stands, that there is still a last survivor. Another fortune was to attend to another magical episode not long before, only a week ago, while I was visiting the North. It is any cold morning in a provincial capital. I am going for a walk along a big avenue without any pretension but perceiving the good vibrations from a group of young musician girls who play in the middle of the street. It is gorgeous: the highest culture on denim.  

true lies

While the city was waking up I was captivated by listening to Mozart and Vivaldi; however a peculiar piece suddenly stunned me, it was Por una cabeza the extremely famous tango of Carlos Gardel, the same which was danced by Jamie Lee Curtis and Arnold Schwarzenegeer in True lies. It was a truly shock to introduce that piece in those repertoire; but how thankful I was remembering one of the most lightweight films made by James Cameron, the unique in which the ex governor does not take pleasure with others misfortune (or almost nothing).
 
Those tango played also in Schindler´s List and in Scent of a Woman –and which I only knew in orchestra performed by Itzhak Perlman-, lent the street so magnetically air that scores of people made common cause with me succumbing to the melody of the six musicians. 

Applauses did not last to come; good music is a delight for the listener, even when the listener is miserable and sad. Maybe any similar reaction was expected by our gallant gentelman, the one who still stands out there, going round the block trying to win his dame’s recognition. While the flirting lasts, the neighbourhood could enjoy the music. The residents will keep on grumbling about the sound while they yearn to find a lover beneath their own balcony, serenading them with his/her fugitive love. They desire it although they complain of it. Envy, what a terrible deadly sin it is.

 

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EL EDIFICIO 333
Lucía Tello Díaz

 

Al séptimo arte siempre le ha gustado la intertextualidad, el cine dentro del cine, el metalenguaje. Continuamente hemos visto la explicación de sí mismo con sus propios elementos constituyentes, la eterna autorreferencia. Por eso no es de extrañar ver a Gene Kelly cantando bajo la lluvia, mientras Cary Grant canturrea su sintonía en North by Northwest. Tampoco lo es observar más tarde al mismo actor británico besar a Audrey Hepburn en una película de Julia Roberts, quien ríe perseverante al ver sus peripecias en clave de Charada, dirigida por Stanley Donen, a su vez realizador de Cantando bajo la lluvia. El cine se alimenta de sí mismo, vive para sí mismo.

Curioso que el filme de la actriz pelirroja más amada por el pueblo norteamericano sea, a la postre, Pretty Woman (1990, Garry Marshall), la cinta que gusta invariablemente a diestros y siniestros, y que elevó a categoría de dama al término “hooker”, mucho antes de que el vocablo se pusiese de moda y estuviera en boca de todos. Quién si no Julia Roberts ha conducido un Lotus como el de Edward Lewis, o debiera decir Richard Gere; quién si no ha sido tratada a cuerpo de rey en una tienda volcada en su consumista tarea; quién si no ha comido fresas con champagne, se ha sentado en el poyete de un ático o ha sido reconocida por Héctor Elizondo como pariente de un magnate que además es su postizo tío, aunque una dependienta nos demuestre fotogramas después que ellos nunca lo son.

pretty woman en todos al cine

Pretty woman es la película que mayor índice share atesora cuando es exhibida en televisión en nuestro país, dato que nos desveló en su día Carlos F. Heredero, a quien no osamos (ni osaremos) contradecir. Paradójico en un estado tan poco dado a revivir cuentos de lenocinio ceniciento, o tal vez sí, creyendo que la figura de un libertador errante pueda sacarnos de nuestra persistente rutina. No está mal como punto de partida la existencia de un rescatador, aunque el arbitraje de transacción financiera sea lo que da a este nuevo Pigmalión un trasfondo tan amargo. Si no fuera él un mercader ni ella una dama de compañía nocturna, sería sin duda mucho más benigno su mensaje, más alentador.

Chocante nuevamente, que emitan esta película ahora que tanto y tan machaconamente se insiste en la crisis económica, un filme en el que tan sólo se propugna el consumo, sea éste del tipo que sea. Los protagonistas gastan una indecente cantidad de dinero al tiempo que Roy Orbison pone ritmo a una práctica de probador que repetirán cientos de filmes, desde Cuatro bodas y un funeral a La boda de mi novia. Los restaurantes son los más caros, los modelos y sus tiendas de una exclusividad aterradora; las prostitutas se asignan astros del paseo de las estrellas y se embriagan con la Traviata. Todo es sensacional, todo es resplandeciente. Pero la vida real no lo es, no lo fue la de Vivian ni la del resto de los mortales. El sueño consumista de los noventa, germen de las  desmesuras de nuestro nuevo milenio, se fue abriendo paso en las conciencias de los espectadores hasta convertir el sueño americano en un sueño global. Todos querían ser Vivian, todos esperaban que les rescatasen.

En el filme, y eso es de agradecer, al menos se coloca en su sitio a cada una de las fichas de este ajedrez mercantil: ambos se venden por dinero. Financiero y prostituta son equiparados e incluso sufren un giro más, postrando en un plano ético inferior al personaje de Richard Gere. Este cliché prototípico y moralizante, muy útil y además en triste desuso, nos instalaba en situación de juzgar apropiadamente a los individuos por detrás de su fachada; eran los noventa, la década del trabajo duro, de los yuppies, de la belleza en el interior.

Por eso se hace tan entrañable ver Pretty woman, por la sensación de pérdida irreparable, la de una sociedad que creía en el desarrollo continuado y en la riqueza como única recompensa. Por ello todos querían ser Vivian, esta nueva Galatea con piernas de más de un metro, sus escargots resbaladizos y sus besos consentidos. Ahora las piernas, y cito a Bridget Jones, sólo llegan “hasta aquí”, los caracoles no son tan sofisticados sin el compás de Roxette y los besos ya no se llevan. Por ello los financieros que ocupaban su Edificio 333 en pleno centro de Los Ángeles sólo importan cuando capitanean agencias de calificación, y los riesgos que se toman ya no suponen caminar descalzo o salir a una terraza.

La Metamorfosis de Ovidio ya no se queda en un nuevo profesor Higgins, ni tampoco es de Bernard Shaw; la metamorfosis ahora implica ver Pretty woman y saber que hay cosas que ya forman parte del pasado. Otra fair lady, la de los noventa, que ya no está, ni es, ni volverá a ser. Afortunadamente.

 

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REGRESO A BEDFORD FALLS
Lucía Tello Díaz

 

A lo lejos resuena una sintonía, un ritmo melódico que alumbra la madrugada y que enseguida nos posiciona. Estamos en Nochebuena. El tema es archiconocido, Jingle Bells, y aunque navideño y familiar, no proviene de ningún niño cantor ni de ningún reproductor digital que se precie; por el contrario, es la banda sonora casi celestial, de un filme por lo demás nada navideño y contra todo pronóstico nada familiar, Arma letal; curioso cómo el cine obra el milagro para que una de las películas más brillantes de acción, haya sido capaz de hacerse con la banda sonora más afable y complaciente. Que en ella Mel Gibson sea electrocutado a contraluz o que Danny Glover se sienta mayor es lo de menos, Arma letal es una de las superproducciones más navideñas de Hollywood, mal que les pese a quienes hicieron de ella una de tantas películas nacidas al albor de la testosterona, como lo fue en su día Jungla de cristal, también situada, vayan ustedes a saber por qué, en el terreno de la Navidad.

bedford falls


Pero la Nochebuena es larga, los canales televisivos extensos y la programación ilimitada; así retomamos a personajes queridos como Darlene Love, a quien acabamos de reconocer en Lethal Weapon y quien, en esta ocasión, prefiere codearse con la E Street Band, ya sin el Boss, que seguir a merced de lo que dicte su marido policía y su desequilibrado compañero. Ella pone la voz y el alma a la banda sonora de Solo en casa 2: perdido en Nueva York (1992, Chris Columbus), acompañada por un Clarence Clemons capaz de subir a sus hombros a Macaulay Culkin, positivamente henchido en su orden y mando. Cuánto echaremos en falta al saxo de Bruce Springsting estas fiestas, las primeras ya sin él. “Nadie quiere estar solo en Navidad”, repite Love mientras en otro canal Paul McCartney despliega sus Pipes of Peace en la trinchera de Francia, en 1914, el día de Nochebuena durante el primer año de la también primera Guerra Mundial. Difícil hacer sombra a Love y, sin embargo, el ex Beatle es capaz de conseguirlo año tras año. 55 días en Pekín resurge entre la mezcolanza televisiva sin que uno comprenda exactamente el por qué de su elección; siempre es preferible acudir a los clásicos, es cierto, pero su procedencia para la festividad navideña resulta desconcertante. Su final abierto mostrando a Charlton Heston a lomos de su caballo, y llevándose por añadidura a una niña pekinesa, turba en cualquier época del año, ni qué decir tiene que sobre todo en Navidad.


Tomamos el mando por fin, y cambiamos de canal. Todavía resuenan a lo lejos los acordes de McCartney, cuando aparece en último lugar George Michael con su look Wham!, arrepintiéndose de a quién cedió el corazón las últimas Navidades. Lo único cierto, además de su indestructible embeleso, es que Michael no aprende en cuestión de amor lo que alguien debió enseñarle hace ya algunos lustros. El próximo año que aplique su propia regla, y ofrezca su amor a alguien especial, alguien como el tocayo que desde hace siete décadas es capaz de concentrar el protagonismo audiovisual navideño: George Bailey. Si alguien se ha cuestionado en alguna ocasión el motivo por el que Qué bello es vivir se ha erigido en la película más vista en la historia de la televisión durante las festividades navideñas, descubrirá que no sólo se debe a su bienintencionada y modélica actitud –es un título de Frank Capra, no lo olvidemos-, ni porque su protagonista se haya convertido en el americano por excelencia –James Stewart-, ni tan siquiera porque sea capaz de traerle la luna a su Mary –conocida por el resto de los mortales como Donna Reed-, si ésta se lo solicita, sino por una mixtura de dejadez, de casualidad y de providencia. Como todo en el cine. 


Antes de que la legítima obcecación por el copyright invadiera las tareas hollywoodienses, la Paramount perdió los derechos de Qué bello es vivir sin acritud ni pesar. La major, que había absorbido años atrás la Liberty Films, tuvo los privilegios de explotación de la película hasta 1955, cuando vendió parte de su patrimonio –What a wonderful Life incluida- a la UM&M, la cual pasó a formar parte, años después, de la National Telefilm Associates. Pues bien, la sucesora de la National, la Republic Pictures, cometió un aciago error al no renovar los derechos de autor en los setenta, cuando pasó a convertirse en obra de dominio público, pudiendo ser emitida y reemitida hasta el hartazgo durante dos décadas. Fue en los años noventa cuando las leyes dieron al César lo que es del César, y el filme volvió a manos de la Paramount –su filial VIACOM-, de donde salió para recorrer mundo y llegar a cada hogar por Navidad. La historia es por todos conocida. George –Stewart-, un joven con ensoñaciones de trotamundos, anhela durante toda su vida salir de Bedford Falls, su pueblo natal, y conocer países lejanos y culturas exóticas. Sin embargo, una cadena de casualidades impide que pueda ver más allá que las calles que le vieron crecer, quedando siempre pendiente el despegar de sus raíces. No obstante, hay algo que caracteriza a George, y es su inagotable compasión; desde niño, el pequeño Bailey salvó la vida a un gran número de personas, su hermano incluido, y nunca sufrió quebradero moral alguno al serle encomendadas responsabilidades que excedían su edad o sus aspiraciones. George siempre hizo lo que debió, nunca lo que quiso. Tal vez lo único que amó realmente fue a Mary –Reed-, una joven resuelta que conquistó a George demostrándole que su corazón era un terreno fértil para la exploración. A pesar del amor redentor de su mujer, la muerte de su padre, la gran depresión o la Segunda Guerra Mundial se convirtieron en brechas insalvables en el camino de George, algo que le llevó al borde del suicidio en vísperas de Nochebuena. Es entonces cuando la divina providencia decide hacer justicia, enviando a Clarence –Thomas Mitchell-, un ángel sin sus alas, a socorrer a George, en una revisión del mítico Cuento de Navidad de Charles Dickens, demostrándole lo que hubiera sido del mundo sin el pequeño Bailey, cómo su hermano hubiera fallecido a temprana edad de no haber estado él para socorrerle; cómo Bedford Falls, a la postre Pottersville, habría perecido ante los envistes del señor Potter –Lionel Barrymore-, el oligarca de la región. Y por supuesto, cómo habría perdido la oportunidad de vivir y amar a su esposa y a sus hijos, auténtica alegría en la vida de este malogrado caminante.


Termina la película y queda en el alma del telespectador una sensación de bienestar consigo mismo. Una campanilla suena a lo lejos, otro ángel ha obtenido sus alas porque ha conseguido gratificar las buenas acciones. Continúa la programación navideña y todo vuelve a empezar: a dónde van los corazones solitarios, se sigue preguntando vehemente Darlene Love acompañada por la E Street Band. Pues a Bedford Falls, naturalmente, como cada Navidad.

 

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UN DÍA EN BRIG O' DOON
Lucía Tello Díaz

 

Hay que conocer mundo. Las ventajas de abrir la mente y rellenar el pasaporte son incalculables, máxime al darse cuenta de que el universo no se reduce a nuestra calle, a nuestro portal, a nuestro rellano y a nuestra casa. Sólo conociendo el norte y el sur; el este y el oeste, se aprende a vivir y convivir con todo tipo de gente, con toda clase de personas. Indudablemente son esas lecciones las que acompañan a lo largo de toda la existencia, son pasos que hay que dar contra la intolerancia y la cerrazón. Pensar que nuestra vida es lo único a lo que podemos aspirar quizá viene determinado por desconocer otros horizontes, por no haber visitado aún nuestro Brigadoon.

brigadoon

En 1948, en el legendario teatro Ziegfeld, Bobby Lewis presentó el musical Brigadoon, escrito por Alan Jay Lerner y compuesto por Frederick Loewe. Su argumento narraba la historia de una pequeña villa escocesa, Brigadoon, cuya población se hallaba comprometida por un centenario hechizo, el cual había protegido al pueblo de las energías oscuras de los brujos, impidiendo que la villa fuera perceptible para ningún viajero, salvo un día cada cien años, cuando el pueblo recuperaba su corporeidad y se hacía visible para todo aquel que se acercara a sus terrenos. Aunque la historia inicial fue adaptada de una leyenda alemana, la cual colocaba en Germelshausen el epicentro de su acción, Lerner ideó su particular villa en Escocia readaptando una curiosa palabra, Brig o' Doon (acotación de los términos ingleses Bridge of Doon), un puente que por cierto ya había hecho famoso el poeta Robert Burns en sus versos “Tam O´Shanter” y que cruza, precisamente, el río Doon.

Si todo este background sirve a nuestro propósito es porque el cine, ventana a un mundo a donde no nos es posible viajar, nos presentó su personal y muy mitificado Brigadoon en 1954, cuando Vincente Minnelli aceptó adaptar el prestigioso musical y llevarlo a la gran pantalla con la venía de la MGM. La historia está protagonizada por Tommy (Gene Kelly), un neoyorkino hastiado de la vida urbanita quien decide hacer un viaje a los campos de Escocia con su amigo Jeff (Van Johnson), un audaz compañero, aunque tan beodo como descreído. En su primera incursión por tierras escocesas, tanto Tommy como Jeff llegan al convencimiento de haberse perdido, sin que mapa o intuición les guíen hacia una localidad en la que encuentren muestra de vida humana alguna. Cuando las flaquezas y el hambre comiencen a mermar a los ya de por sí desanimados visitantes, un pueblecito emergido entre los brezos les da la oportunidad de recobrar fuerzas. Aunque no figura en la cartografía de la que disponen y sus ciudadanos parecen provenir de otra época, nada extraña a la pareja salvo un hecho, la belleza inusitada de la campesina Fiona (Cyd Charisse), cuya hermana contrae matrimonio ese día justamente. Invitados al enlace, los conflictos comenzarán cuando Tommy vea en el libro de familia de la joven la fecha en la que Fiona nació, allá por 1720, motivo por el cual la campesina le revelará su terrible secreto: la vida en Brigadoon se ha paralizado dos siglos atrás; por ello, si Tommy quiere estar con ella tendrá que abandonar todo cuanto conoce y trasladarse a Brigadoon, donde cada día el sol se pone para celebrar un nuevo siglo, y de donde nadie puede salir jamás. Descartada la idea de que Fiona se vaya con él a Nueva York, y escéptico de poder romper con su rutina, Tommy regresa a la gran manzana con su amigo Jeff pero sin la pasión auténtica que halló en Brigadoon. Una vez en la ciudad, comprenderá que nada salvo Fiona puede contentarle, decidiendo finalmente regresar a Escocia y esperar a que se obre el milagro: que su voluntad traspase la potencia del hechizo y Brigadoon vuelva a hacerse visible para él. Acompañado por Jeff, más adicto al alcohol que nunca, su estancia en los páramos escoceses será infructuosa por un tiempo, hasta que su arresto triunfe sobre todo encantamiento. Y es que como bien señala el filme: “cuando el amor es firme y verdadero, nada le es imposible”.

Esta historia transfronteriza, internacional y fundamentalmente lúdica, no está exenta, empero, de excesiva fantasía y tendencia a incidir en lo manido, en los estereotipos propios del imaginario que alrededor de Escocia se han ido forjando. A pesar de que ciertos comentarios en la era de la Caza de Brujas pueden herir susceptibilidades, sin duda lo que más llama la atención es su atemporalidad, capaz de infundir el espíritu céltico a cinematografías como la hindú, y que ha dado lugar a filmes como Pyaar Ishq aur Mohabbat (2000, Rajiv Rai).

Una película que demuestra que es “mejor esperar toda una vida al amor, que darle el corazón al primero que pase”, y que ha sido capaz de infundir a cuantos quieren cambiar de rumbo, la confianza de una existencia mejor, aunque sólo aparezca una vez cada centuria.

 

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CARTA DE AJUSTE
Lucía Tello Díaz

 

“Está lloviendo hoy, el cielo está gris”. No es cierto, no ahora, pero no cabe duda de que ha llovido, poco atrás. Cuando esto sucede, y el tiempo muta en otoñal, surge en la mente de varias generaciones una melodía que tarareamos todos durante décadas, y que emitió un programa mítico que ya forma parte del background sentimental de nuestra vida, Barrio Sésamo. Suena pueril, incluso naïf, pero nos sorprendería saber a cuánta gente marcó este programa infantil, y cuántas personas rememoran su vida en clave de recuerdos televisivos.

carta de ajuste en todos al cine

La televisión es un ente abstracto, paradójico, de compleja definición. Por ella entra lo mejor y lo peor de la humanidad, sus aciertos más palmarios, sus estrepitosos fracasos, Eros y Tánatos, la vida. A través de ella hemos descubierto el mejor cine, quién si no ha podido compilar un siglo de industria cinematográfica si no la televisión, deformando la longitud, el ratio y la hechura a su libre antojo (a Cineastas contra magnates me remito para mayor precisión), y sin embargo acercándonos cuanto ahora conocemos y forma parte de nuestra propia vida. Pero la televisión ha cambiado mucho, al menos la española. Poseemos infinidad de canales, es cierto, ya no tenemos binoculares de primera y segunda cadena, ahora hay variedad. O no. A decir verdad, a la larga todos los canales parecen el mismo y los contenidos se van uniformando; como otros aspectos de nuestro desarrollo tecnológico, también la televisión ha conseguido aumentar su sofisticación y reducir su calidad y su pluralidad. Eso lo sabemos todos. Triste consecuencia de una sociedad tutelada de manera desigual.

Siempre se recuerda que los niños tenían antes su espacio en televisión. Es más, incluso ellos eran los protagonistas. Programación matinal y vespertina, todo para ellos. Tan sólo el medio día y la noche eran para los adultos. Sus programas eran específicos, sus contenidos estudiados, los anuncios controlados. De mañana, infantil. En la nocturnidad, sesión de cine; pero cine del bueno. Hoy en día la infancia no es más que un recuerdo, porque desengañémonos, los niños no compran, y ya no venden. Ahora el público objetivo es el juvenil, el de los adolescentes que despiertan al mundo antes de tiempo, los que son empujados a consumir desaforadamente y a desaprender lo que les había sido enseñado. Sus tarifas telefónicas, sus refrescos, sus impostadas costumbres, son sólo consecuencia de lo que los adultos han querido de ellos, y la televisión se ha encargado de proporcionarles en vena. Asesinatos, luchas, peleas, sexo, droga, y felicidad efímera del aquí y ahora, nuestra juventud no tardará tiempo en acusar las consecuencias de esta corriente extemporánea que nada tiene que ver con ella.

la familia telerin en todos al cine

Pero los medios son así, o así los hemos constituido. A las salas acuden jóvenes que quieren reír, participar del ritmo frenético de una vida supersónica, del triunfo sin esfuerzo, de chicas espectaculares sin líneas de texto. Dicen que la crisis es económica pero tan sólo representa la punta de lanza de un movimiento global, del que el cinema también forma parte.

En el cine, y sobre todo en la televisión, se han transgredido muchas de las fronteras que creíamos inviolables, se ha permitido lo que años atrás era intolerable, y se ha subvertido el orden que representaba el verdadero progreso, máxime en el caso del papel de la mujer. “No queríais votar, pues ahí tenéis igualdad”, hemos oído en más de tres películas a lo largo de este año. Es significativo que todo se contagie, especialmente las malas costumbres. Producciones en las que las mujeres son protagonistas aparecen en contadas ocasiones, y las características de éstas suelen ser la deformación exagerada y un tanto canallesca de un perfil masculinizante, tan ridículo como los intérpretes pioneros que pintaban su cara de negro. Todo artificial.

En televisión este hecho llega al tuétano de la descortesía, con presentadoras sin presupuesto para vestuario, con guiones ridículos, y fingiendo una sensualidad que, en ocasiones, llega a escamar. Pero nadie se queja, nadie pone el grito en el cielo. A nadie parece importarle.

En estos días, nuestro ente público ha celebrado su 55 aniversario, más de cincuenta años desde que la televisión se implantara en nuestro país. Ojalá el mal gusto sea una moda pasajera y durante las próximas décadas, podamos seguir agradeciéndole al televisor, representar realmente una ventana hacia la realidad. Si no, seguiremos lamentando que está lloviendo hoy, y no nos queda más remedio que ver la televisión.

 

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EN CUALQUIER LUGAR DE ALEMANIA
Lucía Tello Díaz

 

“Estas chicas de hoy en día están hechas de hierro”, pronuncia jocoso un agente de seguridad en la aduana del aeropuerto de Barajas, cuando el arco magnético anuncia mi entrada con trompetas y clarines. Me coloco donde me dicen. Vuelvo a pitar.  “No pases de nuevo, ponte ahí”.  Así, apartada a un lado, proceden a inspeccionarme buscando algún dispositivo metálico potencial o imaginariamente peligroso. Sólo después del pudoroso registro, descalza, con las botas en la mano, poco antes de las siete de la mañana, me permiten seguir adelante: “ya está, puedes pasar”. Con esta proclama, me dan permiso para embarcarme en un avión que por fin me lleve a Alemania, país que había deseado conocer desde hacía años, cuando siendo niña aún, me enamorara de su literatura, de su arte, de su colosal cine.

deutsche flughafen


Un lugar en el que surge el expresionismo, conquista el corazón de cualquier cinéfilo. Cientos de imágenes de Metrópolis, de Fausto, de Los nibelungos, de la increíble “M” el vampiro de Düsseldorf, de El Gabinete del doctor Caligari, o por qué no, de las recientes Deliciosa Martha, Nirgendwo in Afrika, Soul Kitchen, o Berlin is in Germany desfilan deslavazadas por mi mente, sin orden ni lógica, a la velocidad del avión. En especial recuerdo ésta última, Berlin is in Germany, un filme atractivo y lúcido realizado por un director de Stuttgart, Hannes Stöhr, seductor incansable con la palabra a quien, por cierto, conocí años atrás y de quien resulta sencillísimo prendarse. El viaje es largo, me da tiempo a pensar en nuestro encuentro, e incluso a contarlo.

hannes stohr


Al ver a Hannes Stöhr, hace ya una década prodigiosa, no podía imaginar que un realizador de treinta años hubiera sido capaz de rodar un filme tan comprometido y brillante como el que por aquel entonces nos descubría. En realidad lo presentaba poco menos que off the record, sin bombo ni platillo, en un pase restringido de Cinefórum. Al verle, retomo el hilo, cualquiera podía elucubrar que se trataba de algún estudiante, todo él ameno y jovial. Se sentaba con las piernas abiertas y apoyaba los codos en las rodillas, cuando no en la mesa. Hablaba español (no en vano recibió una beca Erasmus para estudiar en Santiago de Compostela), y junto a él varios idiomas más. Por si aquello no fuera suficiente, se mostraba extremadamente cordial, y con él pude conversar durante largo rato, vaticinando para su trabajo un Oscar que algún día llegará, y descubriendo para siempre un idioma que, a partir de entonces, ya no me abandonaría jamás.
La historia que entonces presentó en petit comité, no podía ser más sugerente. Un hombre de 36 años, Martin Schulz (Jörg Schüttauf), sale del presidio de Brandenburgo después de pasar once años en la cárcel por un delito que no había cometido. En prisión no fue testigo del cambio de la sociedad alemana, ya nunca más RDA. Con un hijo al que no conoce, una mujer que no volverá a ser suya, y debiendo reencontrar una vida que ha pasado de largo sin él, Martin tendrá que hacer frente a la transformación social desde la perspectiva más personal posible, con la única ayuda del dueño de un sex-shop como acompañante.


Esta historia triste, valiente, inaudita para un joven realizador, fue la que nos conmovió en aquella sala de proyecciones años atrás, a pesar de que siempre se encuentra en ella algo nuevo que celebrar y descubrir. Berlin is in Germany, buen título para un director que más tarde realizaría One day in Europe o Berlin calling, muy alejadas, todas ellas, de presupuestos previos, de los filmes de Fassbinder que tantas veces vimos en el Instituto Goethe, de la formalidad; ese nuevo expresionismo que en manos de los jóvenes realizadores recobra una nueva e inusitada simbología.
De nuevo estoy en un aeropuerto, esta vez alemán. He de regresar a España con las maletas repletas de experiencias cuasi cinematográficas, incomprensibles en ningún otro lugar que no sea allí. Vuelvo a acordarme de Stöhr, de Murnau, de Ernst Lubitsch, de Caroline Link, de Stefan Ruzowitzky, de Florian Henckel von Donnersmarck y de Sandra Nettelbeck. Todos ellos cruzan conmigo el arco magnético apostado a la entrada de la aduana. Vuelvo a pitar. Me adelanto a quitarme las botas sin que nadie me lo indique.
Definitivamente, estamos hechas de hierro las chicas de hoy. Si no, no me lo explico.

 

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EN EL INTERIOR DE UN TAXI
Lucía Tello Díaz

 

Lo que puede suceder en un taxi es inaudito. El interior de estos vehículos daría para un sinfín de guiones, a cual más peregrino. Son automóviles pero no son utilitarios al uso: hacen las veces de ambulancia, de carroza, de coche de carreras y hasta de kamikaze.  Bien lo ha relatado el cine, y además con obstinación, con Robert de Niro, Queen Latifah, Samy Naceri e incluso Paco Martínez Soria a la cabeza de un bólido de pago por trayecto y servicio urbano.

los taxis en todos al cine

Hay personas a las que sin motivo aparente, les habla todo el mundo, y otras que por su propia naturaleza, hablan con cualquiera. En el taxi se combinan las dos. Dada mi habitual propensión a la conversación espontánea, comprenderán que entienda el taxi como un auténtico mercado de ideas. No hay brainstorm campechano y casi gratuito más eficaz que el de la conversación en un taxi. A poco que se conozca a un taxista, se advertirá la capacidad casi infinita que poseen estos profesionales de referir historias, experiencias vividas, anécdotas hilarantes y hasta amatorias. Desde inocentes narraciones sobre hijas adolescentes que quieren jugar al fútbol, hasta crónicas de robos anunciados, con o sin intimidación. Algunos han protagonizado requiebros de Fórmula 1, y otros me han sorprendido parando en medio de la carretera para abrir el maletero. Me han dado vueltas infinitas –e innecesarias- por la Roma nocturna, relatando los escenarios de Ben Hur con matraca febril, e incluso he presenciado una persecución policial a tres bandas, con un vehículo envistiendo en sentido contrario. En uno de ellos Nick Park, artista que elevó la claymation a categoría de arte con Wallace y Gromit, se fue a olvidar a sus vástagos de plastilina. Aunque ofreció quinientos dólares por sus figurillas, el taxista no hizo ademán alguno de devolver su botín, teniendo que recurrir Park a subterfugios lacrimógenos para reblandecer el corazón de quien pensó que sin sus figuras, no podría llevarse a cabo ninguna otra producción del inventor y su perro. A la postre, este olvido le otorgó mayor publicidad al ganador de dos Oscar que toda la promoción y el marketing contratados.

No crean que uso con frecuencia el taxi, más bien al contrario, soy conductora y como bien remarcan los lemas publicitarios, me gusta conducir. Sin embargo, lo enmarañado del trazado urbano me obliga las más de las veces a apearme del coche en zona neutral, y acercarme a territorio comanche en transporte público, taxi si hay premura. Intenten si no hacerse con el Barrio de las Letras en coche propio, llegarán al siglo de Oro en un nada fascinante traslado espacio-temporal.

Una situación semejante, con nocturnidad e impuntualidad alevosa, me llevó a introducirme en un taxi hace unas cuantas madrugadas ya. La noche de este otoño caribeño era cálida, y en la radio, en vez de un debate político de ímpetus enervados, se escuchaba una canción de jazz. La combinación de la noche y la música eran de una tranquilidad arrebatadora. El locutor, con toniquete en verdad cansino y destemplado, relataba la procedencia de la melodía, una versión curiosa de la compuesta por Henry Mancini para Touch of Evil, de Orson Welles. El tema es conmovedor, no sólo porque Mancini represente uno de los pocos casos en que la música abandona el acompañamiento para convertirse en protagonista, sino porque escuchándola recordé el genio de Welles. Qué combinación descomunal. Para Sed de mal, el realizador quería una banda sonora que, siendo puristas, poco relacionada está con el tono oscuro del thriller. Es más, resulta inusual para cualquier tipo de producción, ya que nunca la mezcla de rock and roll y jazz latino ha sido de fácil deglución, aunque tampoco lo parece en primera instancia el tequila, la sal y la lima, y México hace posible su digestión. Así sucede en Sed de mal, donde la historia de un agente y la corrupción en la frontera de Estados Unidos con México, enhebra una de las mejores películas de Orson Welles. Aunque este filme, protagonizado por Charlon Heston y Janet Leigh, fue dirigido en 1958, hasta ahora no hemos podido disfrutar de su banda sonora al completo, ya que los seis temas que aparecían en su LP original, quedaban muy escasos para la facundia de Mancini, quien ideó casi una veintena de canciones para la película de Welles.

Entre recuerdo cinematográfico y remembranza musical, llegamos al final del trayecto mi taxista y yo. Durante el recorrido de esta ciudad sin límites, pienso en lo excitante que debe ser abrirse camino entre las calles sin saber a quién se lleva en el asiento trasero. En verdad, tampoco el conducido sabe quién es el que le lleva a su destino. No es de extrañar que resulte hechizante lo que pasa en el interior de un taxi, y que en cada bajada de bandera subyazca, en embrión, un guión fascinante.

 

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CAFÉ IRLANDÉS
Lucía Tello Díaz

 

Mares embravecidos, acantilados afilados, hombres con bombachos a cuadros y boina calada. Sus cervezas son pintas, sus prados los más verdes, sus mujeres aguerridas y su leyenda celta. Ningún director que se precie ha eludido retratar el país del cabello bermejo y las pecas, de las localidades portuarias, de las tabernas impronunciables. Irlanda está en el corazón del cine, y no porque con ella haya nacido gran parte de la caterva de realizadores que un día poblaron las pantallas y los sueños de medio mundo, sino porque su estilo, su aire retro y folk, siempre han dado un juego exquisito a quien sabía que las grandes historias nos se encuentran sólo en Nueva York.

LEAP YEAR

John Huston situó en su capital la reencarnación entristecida de Los muertos, de Joyce;  difícil olvidar a Anjelica Huston tumbada sobre una cama llorando por una amistad perdida resguardada de los próceres en Dublineses. John Ford retornó a sus raíces para demostrarnos que la obstinación de una pelirroja irlandesa, grandiosa Maureen O´Hara, es inmune incluso al achaque desesperado de los compromisos maritales de John Wayne. Una dote es una dote nos repetía. Incluso José Luis Guerin volvió a la entrañable y algo sui generis Innisfree para demostrarnos que, en parte, todos somos celtas.

A todos nos gusta Irlanda, lo sepamos o no. Su cine, al igual que su café, mezcla lo más amargo con una chispa de frenesí, de alivio, de espirituosa vitalidad. No está hecho con grandes medios, ni tampoco con narraciones que cambiarán el rumbo de la historia del cinema mundial, pero sí posee la hondura, el aroma y el poso del mejor sabor europeo. Veamos su receta.

Abundante café negro

Como premisa, es de recibo señalar que en los últimos años el cine irlandés se ha prodigado mucho y muy largo en la comedia, buena decisión si la industria no es boyante ni extensa. Abordan la comedia aunque el dilema al que se enfrenten no sea en absoluto baladí ni despreciable, material que abonaría el terreno para un cine lánguido y triste. Pero a pesar de la oscuridad, de su impertinente niebla y su lluvia, el cine irlandés es cómico, desde la vida a la muerte todo es susceptible de ser retratado con una veta burlesca, eso bien lo saben los irlandeses.

waking ned

Se toman en serio el amor y por ello precisamente, a él han encomendado la mayor parte de su filmografía. Amor incluso por la vida, cuando ya no hay vida. Kirk Jones lo ilustró a la perfección en 1998 al presentar Despertando a Ned. Situada en Tulaigh Mhór (Tullymore), en una minúscula población de tan sólo 52 habitantes, esta vitriólica y sorpresiva historia nos acerca a la vida de dos ancianos, Jackie O'Shea (Ian Bannen) y  Michael O'Sullivan (David Kelly), quienes descubren que el mayor premio de Lotería Nacional ha ido a caer en su pequeña aldea. Intrigados por conocer la identidad del ganador, sucesivas investigaciones les llevarán a dar con el afortunado, Ned Devine, quien yace muerto en su sillón con el recibo de lotería en la mano. De inmediato los octogenarios son conscientes de que el boleto ganador puede cambiar su vida, decidiendo tras muchos devaneos hacerse pasar por él, para obtener el premio. Sin embargo Ned, desconfiado ante todo, hizo firmar su billete para asegurarse de ser el legítimo ganador del premio, ante lo cual O´Sullivan y O´Shea han de convencer a todo el pueblo para que siga adelante con la farsa y les ayuden en su propósito. A cambio tan sólo una condición: el premio quedará dividido en 52 partes iguales. Cuando el inspector de Hacienda hace su aparición en el pequeño poblado –desternillante seña de identidad la de su Fiebre del Heno-, todos los vecinos sabrán que el momento de cambiar de vida ha llamado a su puerta. Una furgoneta desviada, una cabina telefónica y un gran acantilado, darán por finalizada una trama burlesca, entrañable pese a su aciago punto de arranque, e hilarante a pesar del inquebrantable fatum. Para el cine, lo amargo es siempre una inestimable base.

Whisky irlandés

El más reconocido es el de Escocia, pero en Irlanda también existe buen whisky de producción propia. De eso también darían fe los innumerables irlandeses que coparon con sus diligencias el oeste americano, de esos que igualmente protagonizaron Caravana de mujeres (1951, William A. Wellman), y que más tarde encontrarían su producción análoga en De profesión solteros (2000), realizada paradójicamente por una cineasta escocesa, Aileen Ritchie. Tal vez el whisky resulte más gustoso en coproducción.

de profesion solterios

Situada en Donegal, otra pequeña población marítima, en ella encontramos una situación muy explotada en el cine y que, pese a ello, no deja de resultar atrayente y estimulante, la de un grupo de solteros recalcitrantes que tras años de retiro tabernero poco espiritual, deciden poner un anuncio en la prensa para atraer hacia sí a mujeres foráneas, norteamericanas para más señas. Engatusados por el sueño americano, y crédulos con la idea de que en toda mujer extranjera una pin up de revista, el equipo capitaneado por Ian Hart (Kieran), Sean McGinley y Ewan Stewart (Pat), rogará al cielo y a través de la megafonía dominical que las mujeres de su vida lleguen a Donegal con un plan de futuro bajo el brazo, sin atisbar si quiera de refilón que sus conciudadanas, hastiadas de su bizquera y su falta de tino, también aspiran a algo más. Bajo la consigna “si te gusta la lluvia, el viento, la cerveza sin fuerza y los tíos que están siempre pegándose y lamentándose”, las mujeres de Donegal serán de armas tomar, entre otros motivos porque alguien había de tomarlas. Así el idilio amoroso de un pastor, un carnicero, un barman, un sacerdote y un rockero, quedará en agua de borrajas cuando sean conscientes de que cuando se deja de buscar el amor, es él el que te encuentra. Incluso en un paraje perdido y recóndito como Donegal.

Azúcar, mucha azúcar

Y hele aquí que, como toda bebida hot toddy, el toque dulce no podía faltar en nuestra receta. Y en el cine, esto es certeza matemática, el dulzor siempre lo aporta el amor. Amor a la irlandesa en este caso, aunque su director sea tailandés, hijo de hindú y alemana, y la protagonista de la cinta haya nacido en Vicenza. Todos somos irlandeses a fin de cuentas.

El filme se titula Tenías que ser tú (2010), y en él Anand Tucker nos invita a conocer la vida de Anna (Amy Adams), una joven de Boston que cansada de que su pareja no le pida matrimonio, se hace eco de una tradición muy irish que expresa la posibilidad de que el 29 de febrero de los años bisiestos, las mujeres pueden declararse a sus parejas sin que recibir una negativa por respuesta. Así tomará vuelo a Irlanda y, tras una serie de incidentes nada fortuitos, llegará a un pueblo costero de nombre imposible donde se verá obligada a alojarse. Allí conocerá a Declan (Mathew Goode), un tabernero con semejantes talentos al mesero de Irma la dulce, quien no sólo hospedará a Anna en su hostal, sino que se ofrecerá a llevarla a Dublín a cambio de una cuantiosa suma pecuniaria. Huelga decir que sus malas formas, su rudeza, su brusquedad y su descortesía no sólo irán en aumento, sino que paradójicamente la atracción que Anna sentirá por él también padecerá un irremediable crescendo.

Dos centímetros de nata

Hemos conocido a difuntos que legan para sus convecinos sumas multimillonarias; hombres desesperados que buscan el amor, y mujeres que sin buscarlo, acaban encontrándolo. Todo ello en un marco inconfundible repleto de verdín, de olor a salitre, de borrascas incontrolables, y de humor, mucho humor.

Tal vez el irlandés no sea el cine por excelencia, si bien podemos señalar que es excelente por principio. Para el recuerdo quedan imborrables títulos como En el nombre del padre, Verónica Guerin, Michael Collins, Los mandamientos o El viento que agita la cebada; aunque si hay que elegir la cinta más aclamada y reconocida, quizá la más paradigmática, ésa sea The Snapper, una película que, como todas las demás, demuestra que todo, incluso lo más amargo, es más dulce cuando se toma con café irlandés.

 

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POR AMOR AL CINE
Lucía Tello Díaz

 

Parecía un lienzo. Claro que en aquel entonces, cualquier manifestación artística se me habría antojado fascinante, ya que es bien sabido que esperar una larga cola, máxime cuando eres tú quien la provoca, incita a las más inusitadas maneras de perder el tiempo. Pero aquel tatuaje en la espalda de una joven menuda, de piel extremadamente pálida, parecía realmente un lienzo. Recuerdo haberlo pensado justo cuando la cajera, abstraída en su teclado, miró hacia mí y me confesó que la caja registradora se había quedado bloqueada: “necesitaré una llave para reiniciarla”, me dijo algo cohibida. Nunca pensé que la llave tardaría más tiempo en recuperarse que el que necesitó Frodo para llegar a las Tierras Imperecederas.

Inerme, casi sin proponérmelo, mi mente comenzó su particular viaje posándose sobre los más variados distractores que impidieron que me fijara en la desafección que, poco a poco, la larga espera iba provocando en los que detrás de mí esperaban. Uno a uno fueron yéndose, abandonando a su suerte a la cajera, a la llave y a mí. Así, cuando ya no pensaba en otra cosa, volví a reparar en una pareja inusual, muy compenetrada y con un ritmo presuroso, cuya mujer enseñaba a lo largo de su espinazo un tatuaje un punto enmarañado y ciertamente representativo de sus gustos, un inmenso diseño de Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton. De omóplato a omóplato, ambos incluidos, podía verse a su izquierda un inmenso hongo de altas proporciones, coronado por Absolem, la oruga que fuma en narguile, cuya exhalación alcanzaba precisamente el omóplato derecho, donde estaba situado Cheshire el gato, aletargado en su nimbo.

alicia in wonderland tim burton

No sé qué me sorprendió más, si el hecho que alguien demostrase tal apego a la labor del centenar de ilustradores y diseñadores del filme de Burton, o que tras más de quince minutos la llave todavía no hubiera llegado a su destino. En cualquier caso, siempre me he declarado devota de los tatuajes, es un ritual que respeto y admiro, máxime teniendo en cuenta que su adopción implica dolor las más de las veces, por no declarar que siempre provoca padecimiento. La cuestión más acuciante que en aquel momento cruzó mi imaginación fue -además del dolor y de la ingrata sujeción a las modas que siempre llevan parejas estas expresiones creativas-, la idea de que el cine ha de causar una fuerte impronta en los individuos para hacer que varíen su propio cuerpo para hacer de soporte, en sentido literal, de una película, algo casi publicitario.

Veíamos hace años en el filme documental La gran final de Gerardo Olivares, cómo en tierras de la Amazonía, algunos indígenas habían sustituido sus tribales tatoos por la inscripción indeleble de los números y los nombres de sus futbolistas favoritos, como si de una camiseta del equipo de fútbol se tratase. La espalda de estos hombres quedaba marcada de por vida por el 7 de Raúl como si fuese un mensaje guerrero, una arenga para el combate.

Decía Pedro Almodóvar hace par demeses en Cannes que, por desgracia, el cine ya no es capaz de provocar adhesiones como hace décadas, sino que ha pasado a un tercer o cuarto plano, por detrás de los deportistas y los cantantes de pop. Quizá el realizador manchego esté en lo cierto, que el séptimo arte ha perdido adeptos es un hecho; sin embargo, a veces es necesaria tan sólo media hora para darse cuenta de que el cine sigue su inquebrantable movimiento de inoculación paulatina, puede que más sutilmente, pero del mismo modo enérgico. Camisetas parodiando Pulp Fiction o mostrando a Brando  como Vito Corleone o al Al Pacino de Scarface, dan cuenta de la implantación del cine en nuestras vidas. Ya no sólo lo consumimos en las salas, también lo llevamos puesto, lo tatuamos, lo imitamos. Como en un proceso mítico casi de Barthes, nos hemos vaciado de contenido para llenarnos de su magia, de toda su significación. El cine está más presente en nuestras vidas de lo que creemos, y tiene más importancia que la que le concedemos.

“Ya llega la llave, en un minuto podré efectuar el pago”, declaró la cajera alejándome del ensimismamiento al que tanta reflexión me había transportado. “¿Y esto es siempre así?” le pregunté cuando me di cuenta de que los pocos que habían quedado en la cola,  mostraban un entusiasmo similar al de náufragos rescatados. Meditabunda, la joven contestó: “no, esto no suele pasar casi nunca”. En aquel momento, cuan Sabina en sus 19 días y 500 noches, me dio por reír. De todos modos, la que llamé para mis adentros la Llave de Mordor me había hecho recuperar la fe en el cine, esa fe que creía perdida en la gente y en mí misma, y que descubrí de manera casual en aquella cola interminable. Esa fe ciega que se tiene cuando se ve, incluso de manera vicaria, lo que es capaz de hacerse por amor al cine.

 

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EN EL PROBADOR DE SAM COOKE
Lucía Tello Díaz

 

Un flamante descapotable rojo bordeando un montículo cincelado por la erosión. Un Mustang cabrio conducido por Martin Short, un Short gozoso y radiante de felicidad, con el mar de fondo. Durante años este recuerdo se ensartó en mi memoria, una secuencia final a la que no acertaba a dar nombre ni procedencia, mi primer recuerdo en una sala de cine. No fue la primera película que vi  proyectada, pero sí la imagen que durante años se mantuvo viva en la mente de mi despertar cinéfilo. El chip prodigioso (1987, Joe Dante), así se llamaba la película que se guarecía tras los tapacubos del espectacular descapotable, y que protagonizaba Dennis Quaid y la que sería su futura mujer, Meg Ryan.

el chip prodigioso

De éste y otro filme hermanado con el de Dante por un aspecto que mi melomanía unió tiempo atrás, me disponía a escribir cuando un suceso insólito donde los haya, aconteció en mi rutina consumista. Algo me empuja a creer que el karma ha dado al traste con Discordia, la diosa grecorromana del caos. Todo está unido y tiene su sentido. Pese a mi natural aversión a probarme ropa, en dos días consecutivos, en dos provincias diferentes y en dos comercios opuestos, fui a introducirme en un probador cuando en el hilo musical pude escuchar dos versiones distintas de una misma canción, precisamente aquélla de la que pretendía escribir y que, dicho sea de paso, no escuchaba en público desde hacía más de quince años. Se trata de “Cupid”, la archiconocida pieza de Sam Cooke que hizo suya Dante para su prodigioso chip. La primera de las versiones era del intérprete Aaron James Cashell, pero la segunda, justo el día de su muerte, era de Amy Winehouse.

Si todo esto venía a colación de algo es a que, en esta ocasión, tenía planeado rescatar del anonimato al que firmaba los grandes éxitos de unas bandas sonoras espléndidas, ambas de los ochenta, y que acompañaron a los espectadores en su peregrinar durante largo tiempo: El chip prodigioso y Único testigo. Cooke hizo que la proeza de Tuck Pendelton tuviera ese plus de romanticismo que necesitaba, perfecto acompañamiento para la historia de un marine que decide miniaturizarse en pro de la ciencia, y acaba inyectado en el interior de un dependiente al borde del colapso (Martin Short). Su bella exnovia (Ryan), una periodista con olfato para los problemas, contribuye a ocultar el chip miniaturizador tan codiciado por los espías industriales, y de paso volver a enamorarse de su desastroso teniente, tan atractivo como irremediable. 

Pero sin duda la más amada y reconocida canción de Cooke es “What a wonderful World this could be”, en la que enseñaba lo poco que valen la Historia, el francés, la Biología o la Ciencia, cuando hay alguien a quien amar, aunque ésta sea amish, viva en una aldea recóndita y se llame Kelly McGuillis, la profesora que ya había fundido los plomos del caza de Tom Cruise, y que ahora se disponía a engatusar con su rubiácea dulzura a un policía herido, malhablado y gentil que, por cierto, se llamaba Harrison Ford. 

Tanto Único testigo (1985, Peter Weir) como El chip prodigioso son de acción, no olvidemos que estamos en los ochenta. Las dos están labradas con amor de por medio, disparos, niños ya encargados o en camino, y buena música. Sam Cooke no se habría imaginado ni por asomo en su corta pero fructífera vida, que iba a inmortalizar con su armónico genio dos películas que bien podrían haber sido anecdóticas y perfectamente olvidadas. Sabemos que Único testigo es magistral, ya nos lo enseñó al detalle Linda Seger; también que Joe Dante es un experto visual, y que sólo él podría colocar una masa informe de partículas desordenadas para demostrarnos de lo que es capaz un whisky con hielo cuando hay competencia en un director. Pero ningún artificio, ningún truco mejor o peor logrado, puede perfeccionar estas dos películas más que sus respectivas bandas sonoras. Nada sería de Pretty woman sin Roxette, ni de La mujer de rojo sin Stevie Wonder; no me imagino Oficial y caballero sin “Up where we belong”, ni tan siquiera Flashdance sin “What a feeling”.

unico testigo en todos al cine

Fui incapaz de recordar el nombre del título de una película, la primera en esencia, y sin embargo recordé toda la vida su banda sonora. Eso da cuenta de la relevancia de la música en el cine, de un compositor. A menudo soslayamos la importancia de las BSO, incluso reconozco que los números musicales son con frecuencia lo menos visto en las galas de los Oscar; a pesar de ello, el cine quedaría mudo y también sordo sin su música, sin sus cientos de Sam Cooke.

Por ello escuchar “Cupid” en un hilo musical se me antojó tan exótico como superemo, aunque sólo sea para suscribir que el talento está en todos los sitios, incluso en los más prosaicos y frívolos. Es perfecto cuando todo, hasta lo más vacuo, nos recuerda lo inmortal que es el cine. Aun cuando el milagro acontezca en un centro comercial.

 

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EN EL MUNDO A CADA RATO
Lucía Tello Díaz

 

La gente desea celebrar algo, siempre y cuando haya algo que celebrar, naturalmente. Por norma no encontramos contento en nuestra rutina, y son pocas las veces que arrostramos la vida y decidimos mirar al frente y dejar la tristeza en suspenso. Nos acomodamos en la insatisfacción, apenas si reparamos en los pequeños disfrutes de la vida, aunque éstos surjan en nuestro mundo a cada rato.

binta y la gran idea de javier fesser

Bajo este título precisamente se encuadra un proyecto cinematográfico encomiable, desarrollado al amparo de UNICEF, y que nos demuestra que todavía existe un conato de esperanza para la humanidad pese a todo. Llevado a cabo por cinco realizadores españoles, Patricia Ferreira, Pere Joan Ventura, Chus Gutiérrez, Javier Corcuera y Javier Fesser, En el mundo a cada rato (2004) narra desde las distintas perspectivas de cada cineasta, cuáles son algunos de los males que se infligen a la población infantil en su conjunto. El sida, el paludismo, la pobreza, la explotación infantil y el rechazo de la escolarización femenina, son sólo algunos de los males que se sufren en el mundo a cada rato, mientras las sociedades acomodadas maldicen su infortunio, sus minucias y sus fruslerías.

en el mundo a cada rato

Con decenas de niños viajamos a India, a Guinea Ecuatorial, a Argentina, a Perú y a Senegal. Con ellos descubrimos que los menores tienen las mismas inquietudes en latitudes diferentes, los mismos deseos, las mismas ansias de ser felices. Se saben desfavorecidos, pero toman de ello su impulso y siguen adelante, contra cualquier premisa y contra cualquier enfermedad.

Rodada en 10 días con un limitado presupuesto (que no llega a 250.000 euros), En el mundo a cada rato comienza con El secreto mejor guardado, de Patricia Ferreira, el  emotivo relato de la vida de Ravi, un niño hindú que vive en una pequeña aldea con su abuela. La rutina de Ravi es extenuante, cada día recorre kilómetros para acudir a la escuela, desde la que se dirige a un puesto donde trabaja por la tarde. Su edad no alcanza los nueve años. Su día a día sólo encuentra descanso al jugar con Krishnaveni, su amiga. Ravi padece sida, aunque él no lo sabe. Por ello no es aceptado en su aldea y sólo tiene una única amiga, alguien lo suficientemente valiente como para eludir las normas sociales y enfrentarse a la enfermedad que, de hecho, va a conducir a la muerte a su propio padre. Pero Ravi no tiene dinero suficiente para pagar su medicación, su abuela lo sabe de buena tinta. Con todos sus ahorros ni siquiera podría sufragar la primera tanda de retrovirales, y el tratamiento es de por vida. Por eso la mujer no le confiesa su aciago destino, el secreto mejor guardado, y prefiere contribuir a contentarle con un nuevo uniforme del colegio. Este año Ravi irá a la escuela y formará parte del baile de fin de curso. El año que viene será para Ravi incierto.

Pere Joan Ventura dirige La vida efímera, acertado título para una sociedad en que las vidas son en verdad efímeras. Al Hospital General de Malabo (Guinea Ecuatorial) acude Vicenta, guineana de madre española que regresa a su país de origen para colaborar en la lucha contra el paludismo, enfermedad que arranca la vida a un millón de niños al año, su primera causa de mortandad. En directo acudimos a la asistencia más primaria en situación de urgencia; a unas transfusiones sanguíneas que repugnan por su rusticidad y falta de asepsia; unos niños que padecen malaria y terminan muriendo por anemia extrema. La vida y la muerte se funden ante los ojos de Vicenta, sobrepasada por tantos niños inermes y dolorosamente raquíticos. Los médicos carecen de medios y las madres se desesperan, esas madres que hacen interminables colas por salvar a sus pequeños, madres incrédulas que azuzan a sus hijos muertos, madres que se desvanecen ante la implacabilidad de la muerte. Desventuradas madres del mundo.

La directora de Insomnio, Chus Gutiérrez, nos trae Las siete alcantarillas, una de las más inteligentes historias que podemos encontrar en En el mundo a cada rato. Lúcidamente escrita y rodada, nos propone adentrarnos en la villa de Las siete alcantarillas, zona depauperada de Córdoba (Argentina), en la que encontramos a una niña que, cuan princesa de cuento, narra los motivos por los que es afortunada, por qué su carreta es un carruaje con caballos; por qué su violento padre se convierte, bajo su límpida mirada, en un rey ecuánime; y por qué su descampado abarrotado de inmundicias, miserias y desgracias, es un paraíso para ella. La perspicacia con la que nos es relatada, la elocuencia de las imágenes contrapuestas a la visión de la niña, dan cuenta de la grandeza de la imaginación, capaz de salvar a una sola de las almas que conforman esos seiscientos millones de niños que viven en la extrema pobreza.

La ciudad peruana de Iquitos es la siguiente parada de este mundo a cada rato. Dirigida por Javier Corcuera, Hijas de Belén nos presenta a Eusebia, una nonagenaria de origen jebero (pueblo de la selva amazónica), que lleva su completa vida subsistiendo en el barrio de Belén. Aunque ambicionaba escolarizarse, nunca tuvo ocasión. No sabe leer ni escribir, y esa indefensión cultural le ha arrojado a la pobreza. Pero esa lacra no es pretérita, desafortunadamente. Las nuevas remesas de las hijas de Belén siguen sin ser escolarizadas, lloran su desventura y salen adelante ante la adversidad en un universo hostil. Niñas mujeres, que no alcanzan la década, obligadas a comportarse como adultas en un mundo para el que su vida apenas vale nada. Niñas que madrugan para sacar adelante a sus familias, niñas vendidas por sus padres para que sean contento carnal de la tripulación de barcos pesqueros; niñas que se ayudan, que se apoyan, que no dejan que decaiga el buen espíritu de solidaridad del barrio. Niñas que han sido alejadas de su infancia; niñas que nunca han sido niñas.

La escolarización femenina es, asimismo, el eje central de Binta y la gran idea, escrita y dirigida por el multipremiado cineasta Javier Fesser. Situada en Senegal, la historia nos presenta a Binta, una niña de siete años que celebra cada día como el primero y el último. Razones no le faltan, va a la escuela, aprende valores fundamentales de sus compañeros y vive bajo la protección de unos padres trabajadores e idealistas. Especialmente su padre, quien a la luz de los acontecimientos que le relata uno de sus mejores amigos, emigrante en Europa, es consciente de la necesidad de progreso humano preservando con él la solidaridad. Plagada de humor agudo, exquisitez a raudales, golpes de efecto y mucha humanidad, Binta y la gran idea pone el broche de oro a una historia dulce, real y difícil, no exenta de lamentos y sollozos, pero sobrada de verdad.

En el mundo a cada rato ocurren las más fatídicas realidades, y los más terribles designios, es cierto; pero también lo es que la solidaridad, el esfuerzo conjunto y el apoyo mutuo pueden darnos motivos para festejar la vida. Porque la gente desea celebrar algo, trabajemos por tener algo que celebrar.

 

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CALON-SÉGUR DEL 96
Lucía Tello Díaz

 

Alergia, tensión baja y cinefilia. Ese es el legado de mi herencia genética. Y es que provengo de una familia apasionada por el celuloide; a todos nos horripilan las malas costumbres, la cocina rápida y el cine vulgar. Eso lo llevamos en la sangre. También es cierto que parecemos haber hecho caso de las instrucciones de Marilyn Monroe, cuando dogmatizaba en Let´s make love que el futuro estaba en la especialización. Así forjamos nuestra propia identidad cinematográfica, y cada uno vive apasionado de su propia parcela fílmica.

El verano, estación en la que hemos entrado a marchas forzadas entre sofocos y olas de calor, tenía en mi infancia un valor especial. Cualquier festividad lo tenía, a decir verdad, puesto que era el momento en que ritualmente nos uníamos para homenajear al cine con ardiente persistencia. Día tras día, noche tras noche, deshojábamos las ansias cinematográfico-literarias en comunión, una  completa bacanal cultural. Con mi familia aprendí el valor de Michael Curtiz, y con ellos escuché por vez primera la voz animal de una película olvidada de Jean-Jacques Annaud. Suya es la factoría Disney al completo y mi incipiente Shakespeare. A ellos debo mi pasión por los Western, mi respeto por el cine de terror, y mi fascinación por las películas que no debía ver. El timorato rating no tenía cabida en mi aprendizaje cinematográfico, aunque eso mis padres lo desconociesen.

jet lag binoche et reno

Curioso que la mayor parte de los fotogramas que dieron vida a la moviola de mi infancia, fueran producciones norteamericanas, películas en las que “los pobres se hacen ricos, los ricos las pasan canutas, a los inmigrantes los legalizan, las guerras se acaban, hasta los muertos reviven a veces y las putas se casan con millonarios”. Algún día les comentaré en petit comité la batahola que fue capaz de orquestar mi abuela al oírme aconsejarle a Richard Gere que hiciera el cálculo mental para promediar la tarifa nocturna de Julia Roberts. El cine estaba de mi parte; mi abuela no. Sin embargo es cierto, el cine norteamericano ha sentado la base preescolar de nuestra cultura cinematográfica. No el auténtico, el de los maestros, el de las superproducciones, los parches, las petacas de oro y el pasaporte extranjero. Me refiero al cine de consumo, el que nos ha servido de base a todos, el que cumple su cometido y se desvanece, el de la filosofía y psicoanálisis por el precio de una entrada. No lo desmerezco en absoluto, ese cine también forma parte de mi vida. Lo bueno de esta tipología cinematográfica es que, sin apenas quererlo, nos ayuda a discernir con criterio. Distinguimos el bien porque existe el mal.

De este modo, puedo entender que hace tiempo, demasiado si hacemos memoria, que el cine americano no nos trae una comedia que merezca la pena, una auténtica, al estilo de Leo McCarey, con enredo, despreocupación y catarsis final: el cine que mejor se saborea en vacaciones. La industria europea, sin embargo, sí ha continuado por esta senda, entregando de vez en cuando, alguna producción que recuerda que el verano es la mejor época para desentenderse y regocijarse con holgura. De este tipo es la cinta de la directora y guionista Danièle Thompson, Jet Lag (2001), un filme que retoma el testigo del efectivo planteamiento clásico: un conflicto, una pareja incompatible, una situación adversa, fine cuisine y un gran amor final. Ni más ni menos, como punto de partida; es en el transcurso de la narración donde se distingue su sobresaliente calidad. Félix (Jean Reno) y Rose (Juliette Binoche), se encuentran por azar en el aeropuerto Charles de Gaulle durante una jornada de huelga general. Ni gas, ni luz, ni transporte ferroviario, ni servicios aeroportuarios, ni controladores aéreos. Nada funciona en París. Félix se halla en la capital francesa para partir hacia Munich, donde se reunirá con su ex mujer. Rose intenta huir a Acapulco, lejos ya de su marido Sergio (Sergi López), el culpable de que ella y su vida sufran constante maltrato. Los aviones no aterrizan, tampoco despegan. Ambos se conocen y se disgustan. Él es un neurótico chef (reconvertido en empresario culinario), que viste de Armani, padece ataques de ansiedad y se desvanece cuando le supera la tensión. Ella regenta un instituto de belleza con su infranqueable capa de maquillaje, su atuendo desacertado y un arquitectónico peinado sostenido con una peligrosa cantidad de fijador.

La compañía aérea indemniza a Félix con una noche en el hotel Hilton, pernoctación que decide compartir con Rose; no en vano, ella le ha atendido en uno de sus drásticos ataques nerviosos, y él la ha apartado de volver a caer en las redes de Sergio. Los dos se deben una noche en compañía, aunque no se soporten. Ambos se dicen las verdades a la cara, él con sus quisquillosas manías, ella con sus impertinentes costumbres. Uno y otro se tantean, descubren que Rose es especialista en apiadarse de quienes le hacen daño, y que Félix no soporta a la gente, pese a que le horroriza estar solo. Se increpan, se vilipendian, se distancian y se vuelven a encontrar. Esta vez en la cocina del hotel, donde Félix prepara mignonettes de ternera que remata con un Calon-Ségur del 96. Se cautivan y se dejan seducir. Pero de nuevo el azar se cruza en su camino y Félix ha de tomar el avión, por fin disponible. Despedida rápida, abrazo corto, maletas a medio hacer y decepción. El vuelo vuelve a estar cancelado.

Sin embargo, esta vez a Félix no le molesta quedarse en tierra, al contrario, brama por retornar a esa claustrofóbica habitación de hotel y poder compartir su tiempo con Rose, ya desmaquillada y sin escudos. Dos horas les separan de sus respectivos vuelos, pero él ya no quiere viajar a Munich. Ella coge su avión y llega a Acapulco mientras Félix busca sus raíces, su pueblo natal, el restaurante familiar. Pese a la distancia, el chef llama a su galopante compañera de lances y le deja un mensaje en el contestador: Rose tiene que regresar a Francia y pasar el resto de la vida a su lado. Como él mismo sopesa: “si no nos inventamos nosotros nuestro propio happy end quién lo hará... Todo depende de dónde pares la película. Parémosla ahora”. Rose escucha la perorata del cocinero y se ríe, como sabe que lo hará durante mucho tiempo. Pronto le pide al taxista que vuelva al aeropuerto,  espontáneamente se percata de que en el neurótico ostracismo de Félix, encontró al fin su hogar.

Puede que la vida no sea una cinta antigua de Hollywood con final feliz y amor eterno, pero qué magnífico sería que este verano pudiéramos parar nuestra película y vivir un día en que la vida fuera como una película americana... O francesa, por qué no.

 

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LIKE FRANKIE SAID
Lucía Tello Díaz

 

Las ciudades que nunca duermen son las que más engatusan. Aquéllas en las que se hace lo que en ninguna otra, en las que se es el soberano, el primero, el número uno. Así definía Frank Sinatra la excitación que provocaba en su ánimo la Gran Manzana, la ciudad de Nueva York que le encumbró y a la que dedicó su himno más internacional. Frankie ha muerto y, pese a ello, sigue vivo adherido al imaginario de la ciudad.

on the city gene kelly

Y hablamos de imaginario porque Nueva York, con todo lo real que es, lugar concreto y alcanzable con costa, río, rascacielos y vecinos ruidosos, como todas las ciudades; tiene aún más de fantasía, de inmaterial, de cine. Y es que algo tendrá este lugar, nacido entre los barrizales y ciénagas de Nueva Ámsterdam, para haberse convertido en centro de peregrinaje de fieles, los desterrados bienvenidos por su Estatua libertadora, y en eje de una industria de ensoñación como la cinematográfica.

No importa cuán profundo o leve se piense en ella, Nueva York nos evoca fotogramas, no recordaciones tangibles. No son recuerdos nuestros los que atesoramos de ella, son planos secuencia, escenas, metrajes completos. No es Central Park, sino Woody Allen encontrando la respuesta divina al santo Job, prendándose de Tracy en Manhattan; no es el Empire State Building, sino Jules Munshin superando su visceral (aunque finalmente remediable) fobia a las alturas, en Un día en Nueva York; no es Wall Street sino Tess McGill ponderando su mente financiera y su cuerpo pecaminoso en Armas de mujer. Curioso que Nueva York sea el lugar al que nunca se acude por vez primera, es la madre patria del imaginario colectivo. A ella siempre se regresa. El cine también vuelve a la ciudad con frecuencia, suyas son las películas que más deleitan. Los hombres allí son más seductores, las mujeres más bellas, los locales más sofisticados, los guetos más profundos, los loft más extraordinarios. Insólito esto del loft, antes de Ghost nadie sabía que un local industrial podía dar diáfano cobijo a los bohemios e intelectuales. Tampoco España, tan rápida en su evolución pero tan lastrada, sabía de un extrarradio como el neoyorkino. West Side Story nos enseñó que la delincuencia más violenta también puede brotar del amor más shakesperiano.

En ella Scorsese colocó un saxo a Bobby de Niro (New York, New York); en sus calles también Joan Chen le dio una enfermedad mortal a Winona Ryder (Otoño en Nueva York) y Peter Tewksbury una situación delicada a la magistral Jane Fonda en Un domingo en Nueva York. Está visto que la música, las estaciones y cualquier día de la semana, son más plenos y contundentes en la Gran Manzana. Nos hemos criado cinematográficamente con la estampa prototípica de King Kong, y del mismo modo, aunque un poco menos, con los muelles de esa Nueva York de hampa y delación de La ley del silencio. Nos hemos enfurecido con todas las calamidades elegidas por la fecunda predilección catastrófica de guionistas y productores, que colocan a Nueva York como núcleo de la tragedia de invasiones extraterrestres (Independence Day), mutaciones niponas (Godzilla), ectoplasmas burlescos (Cazafantasmas) y preconizaciones mayas (2012); y nos hemos enamorado con sociópatas desesperantes (Mejor imposible), neuróticos con colon irritable (Entonces llegó ella), y padres adoptivos en pack de tres (Tres hombres y un bebé). En Nueva York hay cabida para todo, incluso para lo que no es netamente neoyorkino.

Se dice de Julio Verne que apenas salió de su tierra natal. Paradójico que quien excitó la fantasía de todos cuando éramos niños, hubiera vivido tantos peligros, viajes y travesías tan sólo en su imaginación, y en la nuestra. Con el cine de Nueva York ocurre que, al igual que en la literatura, los lugares más emblemáticos reposan sobre esa esterilla exótica de quimera que tanto gusta, que provoca más contento que la propia realidad. Por eso hay tantas personas, o tal vez sólo los que son más Sting y menos Sinatra, que siendo extranjeros deciden desde su perspectiva narrar la jugada; fuera quedan las experiencias de los autóctonos, de los que saben qué sucede en el asiento trasero de un coche durante la Fiebre del sábado noche, o los que saben que caminar por la milla de oro neoyorkina (La muchacha de la Quinta Avenida) a veces es más peligroso que el Bronx de Mentes peligrosas; que se lo digan, si no, a la imaginación desbordada de Alan Alda y Diane Keaton en Misterioso asesinato en Manhattan.

Porque Nueva York es genuinamente universal, y no sólo americana. Es la camiseta de Jean Seberg en À bout de soufflé, caminando e intentando conquistar, por mandato expreso de Jean-Luc Godard, a Jean-Paul Belmondo, antes de que éste se diera cuenta de que el recuerdo de esa inocente T-shirt del New York Herald Tribune sería lo único que perduraría al final de la escapada. También Nueva York es el Herald en la  corresponsalía romana de Gregory Peck, en las que seguro fueron sus mejores Vacaciones en Roma.

Pero Nueva York es, ante todo y sobre todo, decorado. No es documental, ni movimiento, ni tan siquiera cámara al hombro. Nueva York es atrezzo, es blanco y negro, es cinemascope y risa enlatada. Suya es la vista inabarcable de la terraza de Marilyn Monroe y Lauren Bacall en Cómo casarse con un millonario; las habitaciones futuristas que albergaban los castos sueños de Doris Day en su incómodo Pijama para dos, o la simuladísima sede de la ONU de North by Northwest.

Pero como esta ciudad nunca muere, ni aun teniendo la muerte en los talones, permítanme ya a estas horas, recordar la que sin duda será la mejor película neoyorkina de la historia, irónicamente rodada por un europeo, y protagonizada por Shirley MacLaine y Jack Lemmon. Hecha al detalle, muy al gusto de Billy Wilder, el attrezo de El apartamento no deja lugar a dudas de la procedencia de esa acogedora casa en la que todos, en algún momento, hemos deseado pernoctar. Láminas sin enmarcar de Chagall, Mondrian o Picasso, todas del MOMA, itinerario obligado y cercano al barrio oeste, dan paso a cocinas estrechas de raquetas por coladores, de sillones con horquillas, y de Navidades sin fiestas. Una calle con lluvia, un travelling, un baile cheek to cheek con una desconocida y un “calla y reparte”, ponen punto y seguido a una historia sin final, a la historia de Nueva York, la ciudad que nunca cansa, y en la que todos queremos descansar.

 

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EL GRAN CAÑÓN
Lucía Tello Díaz

 

Scarlett Johansson. En ocasiones Jessica Alba. Si me apuran, Reese Witherspoon y Marion Cotillard; tal vez, y de soslayo, Freida Pinto. Ninguna más, ya no hay más nombres. En menos de quince años todas las grandes féminas del cine han desaparecido, se han esfumado, han perecido bajo el olvido. Olvido de las productoras, claramente, no de los espectadores. Un puñado de actrices, contadas con los dedos de una mano polidáctila, son las que hoy en día llenan nuestras pantallas, aglutinando con su veintena o treintena, todo el abanico de edades posibles y exigibles. El cine se ha vuelto ciclópeo, sólo tiene un ojo, el de la adolescencia.

Hace no mucho tiempo, vino a mi cabeza el recuerdo de una actriz que, siendo yo muy niña, siempre había querido ser, Geena Davis, una mujer –no adolescente adulterada-, que se mostraba en la gran pantalla fuerte, templada, sabia. También estaba Andie MacDowell, y Susan Sarandon, Julia Roberts, Michelle Pfeiffer, Melanie Griffith, Kathleen Turner. Todas ellas desvanecidas, evaporadas. No queda nada de ellas.

Curioso porque siguen en pie, y con holgura, los galanes remotos entremezclados con los ulteriores: no ha perecido Robert de Niro para que surgiera George Clooney; no ha ensombrecido Leonardo DiCaprio la figura de Harrison Ford; Jack Nicholson sigue siendo un maduro atractivo sin menoscabo de Brad Pitt; y en armonía conviven Keanu Reeves con Nicholas Cage; Zak Efron y Richard Gere; Robert Redford con Hugh Grant o Jim Carrey con Robert Downey Jr. Qué fortuna no envejecer para las grandes compañías cinematográficas. Tendrán los estrógenos caducidad para la gran pantalla, vayan ustedes a saber.

Recordar a Geena Davis, quien por cierto pudo seguir trabajando en televisión gracias a su serie Commander in Chief, me trajo a la memoria un documental personalísimo, no muy bien traído pero sí increíblemente revelador, como lo fue el realizado por Rosanna Arquette en 2001 titulado Searching for Debra Winger, presentado fuera de concurso al Festival de Cine de Cannes, en su 55º edición. En él se daba cita una gran fracción de las mujeres que fueron –perfecto este pretérito-, y no han vuelto a ser jamás. De manera lúcida aunque también desoladora, desfila por la cámara de Arquette un perpetuo aluvión de grandes actrices desencantadas con los mandamases del mundo del cine, todas ellas aportando su particular visión de Las zapatillas rojas (1948), obra cumbre de Michael Powell y Emeric Pressburger en que se narraba cómo una bailarina debía hacer caso omiso a su vocación por fundar una familia. Es éste, de hecho, el punto de arranque de Arquette, quien quedó fuertemente impactada por el dilema existencial de la bailarina cuando todavía niña, visionó la película.

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Reencontrarse con actrices con mayúsculas como Jane Fonda, Holly Hunter, Frances McDormand, Charlotte Rampling, Vanessa Redgrave o Anjelica Huston; volver a ver a bellas entre las bellas como Robin Wright, Sharon Stone, Diane Lane, Gwyneth Paltrow, Salma Hayek, Chiara Mastroianni, Daryl Hannah, Julia Ormond o Emmanuelle Béart; conocer la faz actual de actrices con las que hemos disfrutado en los ochenta y noventa como Melanie Griffith, Tracy Ullman, o inolvidables como Whoopi Goldberg, Laura Dern, Catherine O’Hara, Meg Ryan, o Patricia Arquette, no sólo es una exquisita coyuntura para recuperar parte del patrimonio humano y antropológico de nuestro pasado, sino también de hacer justicia con unas mujeres que lo dieron todo por una profesión que no les supo corresponder.

Al final del metraje, cuando apenas quedan ya diez de los noventa minutos que el documental dura, aparece en escena la esperada Debra Winger, inmortal en sus papeles elegidos y cuidados, desde La fuerza del cariño hasta Oficial y caballero, quien decidió, por motivos que se revelan en la película, zanjar su carrera cinematográfica cuando ésta se encontraba aún en la cúspide.

Todas ellas, Winger incluida, se encuentran hastiadas, con una beligerancia teñida con decepción, de encontrarse todavía jóvenes y atractivas, en un mundo que las ha descatalogado. No son un juguete roto, son personas rotas. Las que eran jóvenes en mi niñez ahora son maduras postergadas a un retiro forzoso, anticipado e injusto. Ya no gustan a los adolescentes. Ya no sirven.

final scene thelma and louise

Lo más funesto y sombrío de esta realidad es que el cine, como La ronda eterna de Marcel Carne, sigue girando y bailando en su inmovilismo recalcitrante, postergando en pocos años a Scarlett Johansson, Jessica Alba, Reese Witherspoon, Marion Cotillard, y tal vez, de soslayo, a Freida Pinto. A todas ellas les resta una muerte artística segura. Tienen su fecha de caducidad ya impresa. Quizá ellas, como otras semejantes a Geena Davis, también tengan que darse la mano, agarrarse al volante y meter primera, para precipitarse por un cañón cinematográfico en el final de su road movie. La vida de la actriz acaba como Thelma & Louise. Y así ya nadie se preguntará, porque ni siquiera se acordarán de ella, quién diantre fue Debra Winger.

 

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HAY COSAS QUE SÓLO PASAN EN MADRID
Lucía Tello Díaz

Hay cosas que sólo pasan en Madrid. Cosas que de producirse en cualquier otro lugar, resultarían estridentes y delirantes, histriónicas incluso, pero que dadas aquí, confieren ese aire excéntrico que tan bien le ha venido siempre al mito de Magerit, mucho antes incluso de que fuera capital de ningún país.

mujeres al borde de un ataque de nervios

Por pocos años que uno haya vivido en esta urbe de aire siempre castizo, fachadas sucias, tendel teja o pizarra, y ese punto desastroso y acalorado, tendrá un anecdotario digno del mejor libro de fábulas y leyendas, con intrigas que recorrerían mentideros de toda la villa, con curiosidades resaltadas por la pluma de Baroja, tan dado al cine por cierto, y a quien incluso podemos observar en la versión cinematográfica de Zalacaín el aventurero de 1954, conversando amablemente con Juan de Orduña. El realismo madrileño es digno de un degüello, desgarrador como Galdós; su comicidad entronca con la astracanada de Gómez de la Serna, el sinsentido de Mihura, el esperpento de Valle-Inclán. Todavía Max Estrella pasea su bohemia por las calles de Conde Duque sin encontrar a Don Latino, y los enamorados miran un tabernáculo egipcio en pleno paseo del Pintor Rosales sin saber por qué está allí situado el Templo de Debod.

Madrid es cine porque el cine remite casi obligadamente a Madrid. Y eso que en puridad, la capital tardó mucho en ponerse a tono con respecto a las ciudades más cinematográficamente industrializadas, las siempre vanguardistas Barcelona y Valencia. A este respecto cabría añadir un apunte más, hasta 1911 Madrid no había iniciado su producción ni por asomo, algo que puede sorprender pero que conociendo el ritmo lento de implantación de la fábrica de sueños, no sugiere ninguna novedad. Pero el contorno de la capital ahora, en pleno siglo XXI, es muy distinto. En la actualidad, cualquier momento es susceptible de hechizarse por el incombustible espíritu cinematográfico de la ciudad. Y no sólo porque parte de industria se desenvuelva en sus calles, sino porque todos los rincones de este gran caos urbanizado han sido retratados en nuestro cine en alguna ocasión, o tal vez en mil. Los atascos de la Gran Vía poco recuerdan ya cuando las chicas de El día de los enamorados cantaban sus idilios a voz en grito en su descapotable; Alfonso XII sigue caminando hacia el Palacio de Oriente para sorpresa de un viandante que no le pregunta, todavía no, Dónde vas Alfonso XII, o Dónde vas, triste de ti. Óscar Ladoire regresa cuando puede a Ópera a encontrar a su prima Violeta, y las mujeres de Pedro Almodóvar llegan a Barajas en un taxi kitsch temiendo que Julieta Serrano, sin sedar y sin gazpacho, dispare sobre Carmen Maura y Fernando Guillén mucho antes de que éste sea la voz en off de Amélie. Qué habría sido de Jean-Pierre Jeaunet si el crimen se hubiese consumado.

Madrid es, sobre todo, una miscelánea azarosa que cada uno rellena con sentido cinematográfico a su personal antojo, a su libre albedrío. Es Alfredo Landa y María José Alfonso corriendo por la Casa de Campo en Manolo la Nuit; es Juan Echanove con Marisa Paredes confesando La flor de mi secreto en la Plaza Mayor; es una mañana de preestreno en los cines Palafox, siglos después del sitio a Zaragoza y desconociendo, de antemano, quién era ese Capitán General de Aragón de nombre José. Es encontrarse a Cesáreo Estébanez interpretando a Ciutti en el Teatro de la Comedia, y días más tarde en un restaurante a tu vera. Es que Rafael Álvarez “El Brujo” rompa a aplaudir en medio de El avaro ante un eventual ataque de risa de un compañero de reparto en la sala Olimpia. Es desayunar con Álex de la Iglesia, comer con Gonzalo Suárez, tomar un café con Mariano Ozores y llegar al anochecer discutiendo sobre cine con Basilio Martín Patino.

Y es que Madrid es, sobre todo, el espíritu bueno y luchador de decenas de profesionales del mundo del cine, tozudos como sólo ellos pueden serlo para salir adelante a pesar de los pesares, que son largos y difíciles en esta profesión. Es Pilar López de Ayala comprando ropa en Fuencarral; o Blanca Portillo admirando el crisol cultural del Rastro. Es David Trueba dando una conferencia en San Bernardo, o Jordi Mollà concediéndote una entrevista en una cafetería en la Latina, a varios grados navideños bajo cero.

el dia de la bestia

Pero al mismo tiempo, Madrid es también olvido e inclemencia, de esos que no tienen perdón. Es encontrarse a quienes fueron, sin que nadie ose a girar la cabeza, sin que se reconozca su valor, su aportación. Madrid es un mediodía de diciembre, allá por el año dos mil uno, en que un cabizbajo y achacoso José Luis Dibildos, padre del regeneracionismo cinematográfico de los años setenta, esa tercera vía, caminaba lenta y pausadamente por la Plaza de Santo Domingo, cerca, muy cerca, del edificio Capitol y su luminoso de 312 barras que tan emblemática hizo a la bebida Schweppes. Caminaba decaído, quizá por el frío o el chirrío lejano de los niños y su Cortilandia, cuando una adolescente todavía, estudiante de periodismo para más señas, sorprendió a uno de los personajes que más había admirado de siempre y para siempre. “¿Es usted José Luis Dibildos?” indagó mientras se acercaba a un céntrico restaurante en su camino desde Preciados. “Sí”, respondió tosco, no tanto por el atrevimiento de la joven, cuanto por la extrañeza de sentirse abordado. “¿Me daría un autógrafo?”, prosiguió ella, ante la estupefacción de quien estuvo a punto de preguntarle el porqué. “Claro”, respondió sin embargo, para alegría de quien siempre había valorado el arrojo del productor del primer Garci; el marido de Laura Valenzuela.

Sin embargo, la suerte no estuvo de parte de ninguno de los dos, ni del productor, ni de la periodista en ciernes. El papel estaba mojado por el aguanieve y no se podía marcar; el bolígrafo decidió, en su derecho, dejar de funcionar, y la calle estaba desierta, a excepción de dos providenciales caballeros ecuatorianos que, pese a venir de una consulta médica (radiografías en sus manos, volantes médicos bajo el brazo, bolígrafo de una aseguradora), se ofrecieron de inmediato a auxiliar a la extraña pareja. Una Harley Davidson mal aparcada fue el elegido soporte para llevar a cabo tamaña proeza de rúbrica y firma, justo antes de que los destinos de esos dos personajes, productor y estudiante, se separasen en aquel entonces de manera definitiva. Tan sólo seis meses después, José Luis Dibildos dejó huérfanas las calles de Madrid, ya para siempre.

No se imaginan cuánto sentí la pérdida de quien tan amablemente decidió entregarle unos instantes, bastantes para ser exactos, a quien de nada conocía, y quien tan mal signo parecía tener con el material de oficina. Todavía guardo el recuerdo inalterable de aquel día y, de vez en cuando, esbozo una sonrisa apenada al reencontrarme por fortuna con el autógrafo que tanto esfuerzo le costó entregarme. Un mediodía helado, un bolígrafo inmóvil, dos solícitos y amables extranjeros, un productor de cine y una impertinente periodista, que se fueron a unir en una de las calles más transitadas de la capital, solitaria y desguarecida en aquel momento y día.

Pero ya lo hemos dicho, aquí no hay trampa ni hay cartón; sólo una muestra de los acontecimientos raros, los sucesos inauditos, los hechos insólitos o, sencillamente, las contingencias geniales que pueden acontecer en la vida. Esa hilera de burlescas casualidades que sólo pueden ocurrirte cuando pasas por Madrid.

 

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MOLLYWOOD: EL ARTE DE HACER CINE CON UN PUÑADO DE RUPIAS
Lucía Tello Díaz

 

Ya no es Hollywood, ni tan siquiera Bollywood; el futuro del cine no está en las salas, ni en las grandes producciones. El devenir del cine regresa a sus orígenes, a las personas.

Descubro agotada sobre la butaca de una habitación de hotel que zapear (terrible palabra), es uno de los grandes aciertos de la televisión por cable. Entre la oferta nada variada de programación de Semana Santa, en otra ciudad, tras horas de viaje, encuentro por fortuna un documental fascinante en un canal dedicado en exclusiva a recorrer el mundo. En uno de esos trayectos infinitos, el director del reportaje recaló en India, país colosal donde los haya, en el que se encuentra enclavada la industria cinematográfica que mayor volumen de producción registra anualmente. Mayor que la norteamericana, por descontado.

bollywood valiente corazon se llevara a la novia

Póster de El valiente corazón se llevará a la novia, título imbatible hindú

Por cincuenta rupias (0,80 euros, aproximadamente), los hindúes pueden disfrutar de tres horas y media de entretenimiento y puro espectáculo, con coreografías policromáticas, historias de amor sin beso e intensa efusividad. Acudir al cine en India tiene un absoluto ritual consagrado, casi sacro, que incluye escuchar el himno nacional previo a cada proyección, algo que los hindúes respetan y cumplen a rajatabla en las salas. Esto sucede, claro está, cuando hay salas, porque la generalidad del cine que se consume en India proviene de pequeños barracones, habitaciones atestadas provistas de un televisor con DVD, o pequeños puestos ambulantes, que repiten una y otra vez los éxitos de siempre, y a quienes se debe el que las mujeres accedieran al cine antes de la independencia del país, mácula que aún lastra la población espectadora, mayoritariamente masculina. “Nuestra vida es ésta: proyectar sueños en la calle”, menciona uno de los proyectores hindúes encargado de desplazarse recorriendo la ciudad: “la gente se mueve, baila y hace ruido... Pero así es como hay que vivir el cine”. Con una población hindú-musulmana, los conflictos quedan en parte diluidos por efecto del cinema. Así un distribuidor posee un puesto llamado “Prakāśa”, término aglutinador que significa “luz” tanto en indio como en árabe, como símbolo indiscutible del cine reivindicado por todos y para todos.

Sin embargo el cine hindú ha sufrido un duro varapalo en los últimos tiempos. Acuciados por esta crisis impertérrita que padecemos todos, y asediados por el auge de canales televisivos, la industria de Bollywood ha perdido un treinta por ciento de su recaudación anual, lo que ha llevado a plantearse los términos de una cinematografía invicta, con títulos como El valiente corazón se llevará a la novia, proyectado ininterrumpidamente durante más de quince años en toda India. A la sombra de Bollywood, han surgido nuevos cines que reclaman para sí el derecho propio de existencia, como el de Calcuta, cuna del cine independiente indio, o el de Malegaon, la capital del cine sin fronteras ni cotos. A 280 kilómetros de la capital  Mumbai, esta ciudad del estado de Maharashtra ha protagonizado una de las historias más insólitas y prometedoras de la manufactura cinematográfica. Y hablamos de manufactura y no de industria porque, en honor a su etimología, todo está hecho a mano. Absolutamente todo.

shaikh nasir

En Malegaon ha surgido una de las figuras más impactantes del espectro cinematográfico hindú, Shaikh Nasir, un joven apasionado, ferviente admirador del cine clásico, que ha hecho de su pequeña población depauperada, un estudio cinematográfico de resonancia global. Su trabajo comenzó con Malegaon ke Sholay, versión libre del éxito indio Sholay (1975), y a partir de entonces se ha encomendado a emular las grandes superproducciones norteamericanas, siempre limitado por los recursos escasos a que le aporta su trabajo en la tintorería local. Malegaon ka Superman es indudablemente su mayor éxito, saga que cuenta ya con su séptimo episodio, y en la que Nasir reinterpreta la tarea del personaje de Krypton adaptándola a las necesidades de su ciudad. En ellas Superman salva a los niños de las crecidas del río, escucha a las mujeres cuando algún desalmado intenta robarles, protege a las vacas de ser arrolladas por alguna locomotora. Todo hecho a mano y con una clara función social.

superman malegaonsuperman malegaon

Armado con una cámara digital, y con sueldos de poco más de un euro, el equipo de Nasir lo conforma toda clase de artesanos, incluida su gran estrella,  Sheikh Shafique, un joven bien parecido aunque de hechura endeble, no profesional por supuesto, que trabaja en un telar catorce horas al día por tan sólo veinte euros semanales. Ser actor le compensa, le desinhibe. Atado a una bicicleta recorre Malegaon como Superman surca los cielos de Metrópolis. A Shafique le entusiasma su doble vida, y al resto de la ciudad también. Dicen que Nasir es el James Cameron de la India, y aunque en su primer filme tan sólo invirtió quince mil rupias, su segunda película tuvo un presupuesto de cien mil. Shaikh Nasir se toma su tarea con calma y vocación,  y encuentra en sus conciudadanos su mejor apoyo y público. No tiene prisa y además Internet, con sus redes sociales y su frenética difusión, ha contribuido a que vídeos de su trabajo se conozcan y se vean por todo el mundo. Ni siquiera él es consciente de su dimensión. 

Y es que a Nasir no le interesa estrenar en Maratha Madir, e incluso ha rechazado suculentas ofertas de Mumbai. El realizador, a cuyo cargo también está la confección del vestuario, el atrezzo, la escritura del guión, el rodaje, la edición y la difusión, ha creado “Mollywood”, un mestizaje entre tradición y modernidad, entre efectos especiales y conciencia popular. Nasir es feliz, está satisfecho con su trabajo: “tengo todo lo que necesito, mis amigos me ayudan”, afirma cuando le preguntan si desea salir de los cauces del cine de Malegaon. Este personaje íntegro y virtuoso, de una moral y creatividad incorruptibles no duda en señalar que hace su “propio cine”, y que jamás lo cambiaría por otra forma de trabajar.

Esperemos que su honradez y su buen hacer sigan imbatibles ante las envestidas económicas, y se haga justicia al pequeño mundo de Mollywood, cuya integridad no es capaz de quebrarse por un puñado de dólares. Ni de rupias.

 

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SAKE EN COPA DE CHAMPAGNE: JAPÓN SEGÚN OCCIDENTE
Lucía Tello Díaz

 

Hemos conocido Hiroshima a través de la voz susurrante de dos amantes. Hemos recorrido las calles de Tokio desde el ventanal de un hotel en el que Scarlett Johansson esperaba y se exasperaba; y hemos bebido sake, comido mochi y observado una majestuosa colección de Petite Blythe bajo la atenta mirada de Isabel Coixet. Tres perspectivas, un único escenario. Francia, Estados Unidos y España han deglutido las costumbres japonesas y han establecido un mapa conceptual y personalísimo de la inspiradora cultura nipona, a la que nosotros ahora vamos a acercarnos a través de tres filmes referenciales, distintos y auténticos en sus planteamientos: Hiroshima mon amour, Lost in translation y Mapa de los sonidos de Tokio. Adentrémonos pues, en la magia del mundo japonés. ようこそ.

hiroshima mon amour

 

¿Por qué no tú, en esta ciudad y esta noche?

En 1959, dando forma a la embrionaria nouvelle vague de Al final de la escapada y Los cuatrocientos golpes, Alain Resnais presentó en sociedad Hiroshima mon amour, canto pacifista a la unidad y al perdón , en plena reconstrucción tras la funesta Segunda Guerra Mundial y su guerra fría. Con un espléndido guión de Marguerite Duras, se nos presenta la historia trágica –no puede ser de otra forma-, de dos amantes trasfronterizos, una actriz francesa (Emmanuellle Riva), y un arquitecto japonés (Eisi Okada), que compartirán intimidad en una de las cintas más brillantes y exitosas de la nueva corriente francesa. Incandescentes planos de cuerpos infinitos, su comienzo no puede ser más revelador: sobre una cama, sin cubrir, ambos personajes pronuncian con ímpetu sus pensamientos, mientras se concatenan planos aislados de las distintas partes de su fisonomía. Ella rememora un nuevo escenario, que ya no nos va a abandonar nunca, la pequeña población de Nevers. En Francia precisamente se había enamorado durante la ocupación alemana de un soldado, a quien más tarde irremediablemente perdería. Así recala en Hiroshima, donde incrédula, se cuestiona el porqué de su fortuito encuentro con el deseo nuevamente: “¿cómo iba yo a imaginarme  que esta ciudad estuviera hecha a la medida del amor?”, se preguntará apacible, ante el silencio de su amante. “No has visto nada de Hiroshima, nada”, le dice él entre estremecimientos. “Lo he visto todo, todo”, responderá ella, consciente de que habiendo recorrido medio mundo, al fin se ha encontrado a sí misma en Hiroshima.

Evelyn Waugh no era mujer

Si en el filme de Resnais el amor llamaba a la puerta a la forastera recelosa, en Lost in translation (2003) es la abulia y el sopor los que se apoderan de Charlotte (Scarlett Johansson) a su llegada a la ciudad tokiota. Casada con un fotógrafo despegado e indolente  (Giovanni Ribisi), la joven norteamericana se verá postrada en su habitación de hotel, desde la cual observará el mundo que se abre ante ella, tan enigmático, tan enredador. Sola acudirá a templos y locales, aprenderá el arte de los adornos florales y beberá, beberá mucho en la barra intranquila del oscuro bar del hotel. Allí conocerá a Bob Harris (Bill Murray), exitoso actor de capa caída, en las horas más bajas de su profesión. A Tokio irá a rodar una conveniente campaña publicitaria y a hacerse promoción, ahora que su imagen no atraviesa por su mejor momento. Bebedor incansable en sus ratos ociosos, e incluso en los más productivos, en Charlotte encontrará la única compañía que le haga olvidar su precaria situación familiar, su cansancio vital y su tristeza. No son amantes, ni lo van a ser; no son amigos, ni lo serán; no pertenecen al mismo mundo, ni lo van a hacer. Sólo tienen en común haber aterrizado en Japón en un momento inadecuado, y haberse conocido y gustado a pesar de su diferencia de edad, de caracteres y de ideas. Ganadora del Oscar a Mejor Guión Original, así como dos Globos de Oro, dos Bafta y cuatro Independent Spirit Awards, a Sofia Coppola no pudo serle más rentable su experiencia personal con Spike Jonze para escribir un guión inestimable, desasosegante y lúcido, en el que la personalidad de Johansson comienza a despuntar con fuerza, y que dejará para el recuerdo una escena –de tantas excelentes-, que nos recordará que las rubias protagonistas de Coppola son tan inteligentes en su cine como en la vida real: “me he registrado como Evelyn Waugh en recepción”, le referirá al marido de Charlotte, una empalagosa estrella del cine. “Así que pregunta por Evelyn”, le insistirá. Cuando la provocativa actriz desaparezca por los pasillos del hotel, Charlotte le inquirirá a su marido no ya que haya estado insinuándose a la joven, ni tan siquiera que no la haya presentado, sino algo aún más sugestivo: “Pero si Evelyn Waugh era un hombre”. Ante el error delatado, su marido no podrá ser más tajante: “es que te crees que todo el mundo ha estudiado en la universidad como tú”. Y es que Coppola nos recuerda que ni siquiera en Tokio, con sus neones, sus karaokes y su ímpetu, se puede abandonar el fracaso en el amor.

Place des Vosges. Bastille

Nunca antes en el cine, un falso vagón de metro francés había resultado tan intensamente turbador. Y es que nunca antes nadie se había atrevido a retratar las bajas pasiones en Tokio como Isabel Coixet, tan dada a atraparnos como a sobrecogernos. Narrada por Min Tanaka en su versión original, y por Mario Gas en español –que tanto nos recuerda a Ben Kingsley de su Elegy-, Mapa de los sonidos de Tokio (2009) nos adentra en la vida de Ryu (Rinko Kikuchi), apocada joven que en manos de Coixet se nos presenta como una bipolar muñeca Kokeshi, trabajadora nocturna en la lonja tokiota, y sicaria cruel por encargo de sus eventuales clientes. En esta esquizofrénica miscelánea se dirime su vida hasta que un empresario poderoso, Nagara (Takeo Nakahara), solicita a su asociado Ishida (Hideo Sakaki), que contrate a un esbirro para acabar con la vida de David (Sergi López), antiguo amante de su hija Midori, quien se ha suicidado a causa de su ruptura. La tarea de Ryu se complicará cuando conozca al español, de quien pronto quedará vivamente prendada y a quien, por supuesto, no podrá asesinar como le ha sido encomendado. Sus encendidas noches de pasión en el hotel Place des Vosges, y todo lo que ha presenciado el discreto vagón de metro que ambienta la habitación Bastille, provocarán que esta joven de aspecto quebradizo, exponga su propia vida para proteger la de su amante.

Sayōnara desde Occidente

Siempre con el amor de fondo, hemos comprobado cómo los países de Occidente han retratado el mundo japonés de manera apasionada, en ocasiones estridente, destacando los elementos más llamativos de una cultura distinta, y, pese a ello, dejándose seducir por su sensualidad, sus usos y su modelo de vida. La fusión de personajes orientales y occidentales en la generalidad de los títulos nos demuestra que el entendimiento no es sólo posible, sino además altamente gratificante para quien se deja embelesar por lo desconocido y excitante. Ponemos, por tanto, un punto y seguido a este repaso al cine japonés, convidándoles a seguir leyendo, ya que todavía nos queda por conocer qué retrato de la cultura nipona ha diseminado el propio cine japonés /AQUÍ/. Con un hasta luego, pues, concluimos este repaso, para darles la bienvenida a nuestra segundo recorrido por Oriente. El viaje acaba de comenzar. では、また

 

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MÁS QUE JAPÓN, FRENESÍ

Lucía Tello Díaz

 

Samuráis, videojuegos, menores con uniforme y Takeshi Kitano. Bajo estos cuatro baluartes se acomoda la percepción occidental de la cultura japonesa, una identidad otorgada por la impericia y labrada por años de distanciamiento. Japón es código samurai, por supuesto; es alta tecnología enfocada al ocio; es cine violento y también magazines de gusto incierto. Pero Japón es más, mucho más. Periodistas y realizadores como Jacques Rivette y otros grandes cineastas del mundo miraron en una ocasión hacia “La tierra del sol naciente”, para empaparse del buen hacer de Akira Kurosawa, de Yasujiro Ozu o de Kenji Mizoguchi. Ellos aprendieron a expresar su lirismo a través del cine como nadie antes lo había hecho. El séptimo arte nipón es poesía, es épica, es dolor y es silencio. Todo es pausado. Mientras la muerte silba un blues, el sonido destemplado de las tablillas de madera resuena entre los cuencos de arroz y el sake. Las esterillas en el suelo, las rodillas bien hincadas, los paipais agitándose, la sangre hirviendo, todo ello es el fresco asiático que el cine nos ha mostrado y que ahora evocaremos, con ayuda de tres filmes distintos e incomparables, que abarcan desde obras maestras como Rashomon y Cuentos de Tokio, a fábulas intemperantes de la era post-solitaria como lo es Air Doll.

No es tu verdad, es la nuestra
Rashomon (1950), no es una película, es un mito. Si las deidades se encarnasen en celuloide, sin dudarlo Kurosawa habría sido la mano ejecutora de tal simbolización. La estructura de la pieza teatral de Ryunosuke Akutagawa ha dado lugar a múltiples emulaciones cinematográficas, a teorías sociológicas, a reinterpretaciones psicológicas. Rashomon ya no es una producción japonesa, es patrimonio de la humanidad. Reducirla al Oscar o el León de Oro veneciano que obtuvo es limitar su magnanimidad a un mero reconocimiento, apenas una esquirla de su verdadera dimensión. Con ella viajamos al Japón de hace diez siglos, a una terrible violación y un dramático asesinato que será narrado, sucesivamente, por sus cuatro protagonistas, uno de los cuales será, impensadamente para la época, la víctima fallecida. El honor, la subjetividad, las bajas pasiones, la reinterpretación de los acontecimientos y la verdad, serán desveladas con las distintas versiones que Kurosawa deslinda para nosotros, hasta llegar a la consecución de la realidad. “Guerras, tifones, terremotos, incendios, enfermedades... Cada año, tenemos desgracias”, se lamentarán los mesiánicos personajes de este drama inconcluso, en el que nunca se adquiere la certeza absoluta: “quédate con la versión que sea más creíble –nos propondrán- y no pienses más en ello”.

rashomon

La fotografía impecable de Kazuo Miyagawa, su planificación artística –esa puerta colosal y dementemente buscada por Kurosawa-, su rítmica banda sonora de afilada acústica, o la magnífica actuación del siempre extraordinario –y atractivo- Toshirô Mifune, hacen de esta película no sólo un referente, sino una autoridad. “Gracias a ti creo que puedo seguir creyendo en los hombres”, se dice al final del metraje cuando Takashi Shimura lleva a un niño en sus brazos. Pues gracias a Rashomon, el espectador puede seguir creyendo en el cine.

Es nuestra verdad, pero ojalá no lo fuera

Aprender a amar a Yasujiro Ozu es de una organicidad tal que, no hacerlo, se me antoja una sandez. Pocos directores, muy pocos, son capaces de conmover con una viveza tan enérgica como Ozu, corto apelativo para una dimensión artística tan elevada. Su vida también fue breve, sesenta años, de los cuales agradecemos haberse dedicado a la cinematografía cerca de cuarenta. Conocía bien el alma humana, demasiado; retrataba con exquisita puntería los sueños, la melancolía, el murmullo de los vecindarios, el dolor de las mujeres, la historia de su país. Excede en mucho su aptitud al espacio reducido que dedicamos a su figura, pero en éste no podemos por menos que mencionar su aclamada Cuentos de Tokio (1950), tan amable, tan sosegada, tan despiadada.

Toda ella irradia crueldad y, no obstante, transmite una paz indescriptible. De la puerta de Rashomon nos trasladamos a Onomichi, población marinera donde vive un matrimonio en la sesentena, un hombre y una mujer calmados, con ritmo decelerado, sofocado y parsimonioso. Viven con su hija menor, una joven que les atiende con mimo, y que les esperará a su regreso de Tokio, a donde se disponen a viajar para ver cómo se han asentado en la gran ciudad, sus hijos mayores. A casa de Koichi, varón de mayor edad, acudirán primero, esperando encontrar un doctor consagrado y triunfante, en lugar de un médico de familia vulgar, con una vivienda vulgar y unos hijos vulgares (y maleducados) para más inri. La sensación de desapacibilidad les hará trasladarse a casa de Shige, su hija mayor, a quien sienten más lejos que nunca con su frialdad, su ambición y su oportunismo. “Una hija casada es casi una desconocida”, se dirán cuando, con sus hatillos y en la calle, deban buscar un lugar donde cobijarse. A casa de su nuera Noriko (bellísima Setsuko Hava), habrá de irse la madre cuando el padre decida deambular hasta encontrar a un amigo en la ciudad que le permita dormir una noche en su casa. En casa de Noriko, la mujer descubrirá a la que de haber sobrevivido su hijo, sería la mejor de las hijas: atenta, dulce, entregada, espléndida. Ambas mujeres se compenetrarán de modo tal que, ante la partida de su suegra, Noriko sentirá un gran desconsuelo. “Perder a los hijos debe ser terrible –se llega a afirmar en el filme-, pero vivir con ellos no es fácil, casi nunca sabes si haces bien, si haces mal; es un dilema complicado”. En efecto para el matrimonio Hirayama lo será, máxime al regresar de nuevo a Onomichi, donde al poco tiempo fallecerá la madre. El hijo se irá pronto; su hija rapiñará sus preciadas prendas; su hijo de Oaxaca ni siquiera llegará a ver a su madre; la única que acompañará, llorará y atenderá a la familia será Noriko, una mujer que entrega su vida, para que el resto viva la suya.

Si esto es verdad, empecemos de nuevo

Familias, mujeres perdidas, hombres deshonrados. El honor, la sangre, la venganza, el linaje. Ese código implícito, esas normas colectivistas, se diluyen en la era de la postmodernidad, del nihilismo, de la desidia global. “El mundo está lleno de historias horribles”, se citaba en Rashomon, y asimismo sombría es la locución “En Tokio hay demasiada gente, no es fácil triunfar”, pronunciada en Cuentos de Tokio. Pues bien, la fatídica combinación resultante de ambas es Air Doll, cinta rodada en 2009 por Kore-Eda Hirokazu, participante en la sección oficial de Cannes, que narra ni más ni menos que la alienación emocional de unos ciudadanos enajenados en la hipermasificada sociedad tokiota, y de sus treinta millones de almas insatisfechas. Una de estas almas es Junichi (Arata), hombre desesperado que llenará su vacío existencial con una muñeca hinchable (Bae Doona), una bella joven de aspecto angelical a quien acicalará, hablará, dará de comer y poseerá noche y día, relatándole todo cuanto acontece a su alrededor. Como toda fábula, la muñeca se transformará en una joven de carne y hueso, hecho que pasará desapercibido para su dueño. En cuanto Junichi vaya a trabajar, la joven se pondrá en marcha disfrutando de todos los placeres sensoriales que le sea posible, la brisa, la música, el cine, el amor. En un videoclub, rodeada de películas y pósters, descubrirá lo que es enamorarse sin tener que simular indolencia, apatía o fingimiento. Ella quiere estar viva, quiere tener corazón; ser considerada un mero objeto para el más primitivo de los desahogos le hace sentirse vacía por dentro. “Hoy en día todo el mundo está vacío, sobre todo los que viven en ciudades como ésta”, le confesará un anciano filósofo de mirada infinita.

Curioso que Japón, uno de los países más abarrotados del mundo, hable tanto y tan a menudo de lo difícil que es la soledad. Quizá sea cierto que todos estemos vacíos; tal vez el ritmo frenético, la aglomeración, la nada, se apoderen de nosotros sin conocer, como ella comprende finalmente, que el mundo es la suma de esos vacíos, y que sólo estando juntos, podemos completar el vacío de todos los demás.

 

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DIVÁN, TAQUILLA Y BUTACÓN… Y OTROS MUEBLES DEL MONTÓN
Lucía Tello Díaz

 

Qué poco apegados estamos los españoles a lo nuestro. Qué lástima. Ciudadanos de todo el mundo quedan eclipsados por nuestro cine y nuestro arte, y nosotros nos regocijamos en subrayar diferencias, demarcarnos de nuestros compatriotas y abjurar de lo nuestro. Nos arrepentiremos de ello, tiempo al tiempo.

penelope cruz y su estrella en el paseo de la fama

El conato aglutinador del Mundial de Fútbol de 2010 nos duró lo que un gol, apenas unos segundos y un par de repeticiones de la jugada. Lo que otros admiran con ganas se disipa en una marisma de inquina patria; siempre nos alboroza pensar que somos mejores que nuestros compatriotas. Así no es de extrañar que noticias como las que inician este mes de abril pasen desapercibidas ante nuestros ojos y ante nuestras memorias. Penélope Cruz, la más internacional de cuantas intérpretes españolas han existido, ha conseguido su estrella en el paseo de la fama hollywoodiense. La que todavía es cuestionada como actriz por nuestra amarga crítica, ha abierto una senda inexplorada en territorio USA, sin que todavía exista un reconocimiento unánime a su talento en su país, su casa. Lo curioso, y esto lo remarco con especial interés, es que su compañero de reparto en Piratas del Caribe, Johnny Depp, ha dicho sobre la intérprete: “He intentado provocarla muchas veces para que se enfadara. No funciona. Trabajar con Penélope es como ir por una carretera llena de sonrisas". Como comprenderán, después del retrato que han perfilado de ella determinados medios españoles, resulta conmovedor que alguien alabe la profesión y la personalidad de Cruz, algo que se presenta como inaudito para un sector que la tilda de desabrida, antipática y engreída. Mejor la conocerá Depp, intuyo, que tantos desconfiados que abundan por el ruedo ibérico.

Del mismo modo, nos enteramos de que el próximo dieciséis de este mes, el New Center for Psychoanalysis, dependiente de la UCLA, dedicará un simposio a la figura de Pedro Almodóvar, cineasta internacional donde los haya, reverenciado e idolatrado por masas allende nuestras fronteras, y cuya obra aquí –pese a reconocida-, no deja de suscitar las más variadas críticas y descréditos. Sentada metafóricamente en el “diván”, la obra de Almodóvar será auscultada por Thomas M. Brod, en especial aspectos como las necesidades primitivas, la posesividad, y la ansiedad, es decir, todo aquello que conforma los “Espejos del corazón” de Almodóvar, título asignado al congreso. Será que Women On the Verge of A Nervous Breakdown tiene mayor entidad que Mujeres al borde de un ataque de nervios, ya saben que todo traducido al inglés es mejor, o ilusamente así se tiene entendido.

El que parece capear con una maestría inigualable las envidias de nuestra raigambre cultural es, sin duda alguna, Santiago Segura, director que conoce como nadie lo importante que es captar la atención del público cuando lleva el paso cambiado. Dada nuestra irracional antipatía a la erudición, a lo comedido, a la alta cultura, qué mejor que entrar en las conciencias de la audiencia a través de la chuscada, la silicona y el pringue. Al contrario de lo que se piensa, Segura, licenciado en Bellas Artes y gran conocedor del engranaje cinematográfico (la escatología es una pose, lucrativa y extremadamente provechosa a más señas), es un auténtico animal de la industria del cinema, quien tiene en su haber ni más ni menos que tres premios Goya, y que ha batido récords por doquier en la taquilla. Hagamos memoria. En 1998, con su Torrente, el brazo tonto de la ley, obtuvo once millones de euros de recaudación, y más de tres millones de espectadores. Torrente 2: misión en Marbella conseguiría embolsar veintidós millones de euros, siendo vista en las salas por más de cinco millones de espectadores. Tras los 18 millones de euros recaudados con la tercera entrega, su cuarta parte, Torrente 4, Lethal Crisis, ha sido en su primer fin de semana una de las películas más vistas en el país, acaudalando  más de ocho millones de euros. La gran mayoría de la gente desconoce que Segura incluso se reunió en Nueva Zelanda con James Cameron, director de Titánic y Avatar, con quien departió acerca de la idoneidad y posibilidades de rodar en 3D. Todo un logro para un español que pretende hace alarde de unos gustos prosaicos y poco refinados. Lo que es indiscutible, y eso no puede soslayarse, es que Segura es de una inteligencia notable, capaz de ganarse al público de modo imbatible, con una ambición secundada por el sentir popular, algo de lo que deberían aprender quienes deseen dedicarse a esta vacilante profesión. De la gran pantalla de los cines, al butacón de los salones españoles, Santiago Segura se ha impuesto como figura de primera magnitud.

Señala González-Sinde que “hay gustos para todo” y es cierto. A pesar de que Torrente, saga por excelencia de nuestra cinematografía, nos contraríe con su bribona forma de ganarse al público, con desnudos improcedentes, conversaciones soeces y procacidades de la más variada etiología, no podemos por menos que rendirnos ante su hegemonía. Sin duda tendrán que estudiarse su producción, su distribución, su marketing y sus maneras. Cómo ha llegado a convertirse en un fenómeno sin parangón, resulta un reto para la mercadotecnia.

Habremos de apostar por este modo de aproximarnos al público español mientras éste siga reaccionando a los mismos estímulos cinematográficos, si bien no en su contenido, sí en sus formas de captar la atención de la aletargada audiencia. Es de esperar que las modas cambien, pero hasta entonces, intentemos acercarnos a los espectadores sin inquirirnos con esta aflicción infinita, sin desdeñar a nuestras grandes estrellas, sin emponzoñarnos en este criticismo deconstructivo y sin azuzar este fuego eterno, sobre qué ha hecho el cine español, para merecer esto. 

 

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I´VE GOT MY PRIDE
Lucía Tello Díaz

 

Sirva como premisa que el orgullo es libre y necesario, y por supuesto todos tenemos derecho a manifestarlo cuando las circunstancias atentan contra nuestra dignidad. Valga entonces como antecedente que, naturalmente, todos tenemos nuestro orgullo. O tal vez no.

the women

Se sabe que el fin de muchos sistemas despóticos sobrevino cuando se implantó la comunicación por satélite: las comparaciones son odiosas y nadie quiere ir en el vagón de carga de la modernidad. Hoy en día, las redes sociales, las comunidades virtuales y los foros internacionales han sacudido medio mundo, precipitando que ciudadanos de países como Egipto, Túnez, Libia o Bahréin tomen medidas para igualarse a quienes observan a través de la Red; si unos lo han conseguido, por qué no todos. Sin embargo, siempre queda algo en la recámara, una revolución pendiente, un estremecimiento, una conmoción. Año tras año, lustro tras lustro, década tras década, las mujeres han venido padeciendo abusos y postraciones, sin que gran cosa se haya hecho para mejorar su situación; no a nivel global, de qué vale una pretendida paridad en un pequeño conato de la población humana, si la gran mayoría sigue padeciendo la insensatez y la irracionalidad. Asesinatos, violencia, abusos y discriminación están a la orden del día: mujeres violadas en los campos de refugiados, en sus casas, o en las fronteras; por compañeros, por verdugos, por invasores, por víctimas, incluso por quienes defienden la justicia. Decenas de miles de niños nacen al año como resultado de relaciones no consentidas con menores, jóvenes y adultas. Poco se hace. Casi nada.

La mujer transige desde que nace

Esta última frase, tan locuaz, tan amargamente desoladora, era pronunciada en una conocida película norteamericana, The Women, dirigida por George Cukor en 1939, y basada en la obra teatral homónima de Clare Boothe (absténganse de ver The Opposite Sex o The Women (2008, Diane English), aunque versiones de la anterior, el nivel de éstas llega a rozar lo ignominioso). Mujeres es una cinta que, dicho sea de paso, debe parte de su éxito al plantel íntegramente femenino (los hombres no aparecen ni de refilón, aunque su presencia sea omnipresente durante toda la trama), tanto en su versión cinematográfica como en la teatral.

En The Women, las opulentas damas de Park Avenue, todas ellas gossip girls, se recrean y entretienen descubriendo los escarceos y demás espesuras de la vida matrimonial de sus compañeras, intentando destrozar cuantas parejas sean capaces de alcanzar con sus afiladas lenguas. En esta ocasión el turno le toca a la apocada Mary (brillante Norma Shearer pese a sus usos tan de cine mudo), quien descubre que el señor Haines, su marido, le es infiel con una llamativa y poco recatada vendedora de perfumes, Crystal (Joan Crawford). Ese instante de revelación es posibilitado por la venenosa intervención de su prima Sylvia (magnífica Rosalind Russell), quien hábilmente allana el camino para que Mary descubra toda y nada más que la verdad. Ultrajada, ésta decide acudir a Reno, estado en el que la dignidad de las mujeres es recobrada por obra y gracia del divorcio express, que les daba la oportunidad de reconquistar su decoro poniendo la demanda de separación antes que sus cónyuges. En Reno se reunirán, como cónclave de insatisfacción, la corista Aarons (Paulette Goddard), la condesa De Lave (Mary Boland) y la pusilánime Peggy (Joan Fontaine), todas ellas dispuestas a dar por finiquitada su relación no tanto por restituir su libertad, cuanto por mantener las apariencias de su buen nombre. Sin embargo, y ésta es la clave, ninguna ha dejado de amar a su pareja. Tanto si se trata de una reincidente (De Lave), como de una mujer harta de que su marido fiscalice su sueldo y a pesar de ello no la respete (Peggy), e incluso una mujer a la que maltratan reiteradamente (caso de Lucy, Marjorie Main), todas ellas quieren que sus respectivos esposos regresen a sus brazos. El motivo por el que no son ellas las que acuden primero es simple: tienen su orgullo. Así lo hace saber en más de una decena de ocasiones Fontaine, quien ante cualquier tipo de pregunta responde concisa aunque con cierto descreimiento: “I´ve got my pride”. En cualquier caso, si algo no les cuadra en la ecuación a todas ellas es, finalmente, el orgullo. Rendidas a los pies de sus maridos, una a una irán desfilando por el camino del deber (oculto bajo el rótulo del amor), dando dos, tres e infinitas oportunidades a quienes saben ya de sobra, que poseen crédito indefinido en sus cuentas matrimoniales.

El orgullo es un lujo que una mujer enamorada no puede permitirse

Con esta sentencia concluirá la película cuando Mary, absorta y en éxtasis cuasi místico, recorra la habitación en un primerísimo plano hasta fundirse (en sentido estricto), con su pareja y con la cámara. Espeluznante mensaje, sin duda, sobre todo atendiendo a que la autora teatral y las dos guionistas (Anita Loos y Jane Murfin), son mujeres. Es difícil reclamar para un sector de la población dignidad, si ni siquiera sus propias integrantes se creen merecedoras de ella, o si establecen un reglamento de excepcionalidad para casos que requieren una dejación de sus propios derechos. No tener orgullo, ni voz, ni voto, es algo a lo que estamos demasiado acostumbrados. Lo estamos cuando vemos esas tristes mujeres mostrando sus carnes, ofreciéndose sin ambages a quien se tercie en cualquier polígono industrial del extrarradio; lo estamos cuando se exhiben cuerpos femeninos hasta en el más vacuo de los productos publicitarios, la contraportada desnuda de periódicos deportivos o los panfletos de cualquier local. Lo estamos cuando vemos modelos desfiguradas, semidesnudas y enfermizas en sus papeles “estelares” de cadáveres en las series de crímenes que proliferan en la televisión, entregando morbo en un conflictivo dilema entre la atracción y la necrofilia. Difícil reclamar orgullo y dignidad, se lo aseguro, a un grupo al que se ha avasallado, y tanto, durante toda la historia y a tantos niveles.

Tenemos nuestro orgullo, faltaría más. Orgullo para ser personas, para ser madres, para ser mujeres, y para ser libres. Para trabajar, para luchar, para cooperar, para amar. Qué insensatez confundir amor con servilismo; dulzura con debilidad; feminismo con odio o indignación con revanchismo.

Las redes sociales, el cine, la sociedad, tienen que cambiar nuestra percepción de los sexos y los roles que llevan parejos. Un nuevo orden más justo, mejor, nos está esperando. Ojalá ningún otro 8 de marzo tengamos que recordar la cantidad de despropósitos que se llevan a cabo contra el bastión femenino del mundo. Hasta entonces, recurramos a la dignidad humana para reclamar lo que es nuestro.

Todos tenemos nuestro orgullo. Las mujeres también.

 

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AS TIME GOES BY
Lucía Tello Díaz

Y así fue que de todos los cafés y locales del mundo, Ilsa hubo de aparecer en el de Rick, intramuros de Casablanca. Lo hizo en diciembre de 1941, más confortada que desvaída, mientras reclamaba de Sam que tocara de nuevo una vieja canción, aquélla en la que se instaba a recordar que un beso era sólo un beso, aun a sabiendas de que su otrora amante (Humphrey Bogart), todavía rememoraba los que ella le había regalado en el pasado, un pasado parisino que ambos veneraban y ninguno había olvidado.

Y es que en el cine, nadie olvida el amor lejano. En la vida real las experiencias se acumulan y se sobreimpresionan, pero en el cine cualquier recuerdo marca de por vida a sus protagonistas. Nadie se recupera de amor en el séptimo arte. A veinticuatro fotogramas por minuto, el amor es letal. Lo es cuando los amantes, por infortunios del destino, han de separarse. Piénsese si no en Sucedió una noche o en Vacaciones en Roma: dos personas distintas, con temperamentos dispares y proveniencias desemejantes, han de tolerarse para más tarde extrañarse con resignación. Lo es, también, cuando los apasionados intérpretes coinciden en un recodo oblicuo del destino, conociéndose casi a hurtadillas, debiendo desaparecer de inmediato y sin remedio, intentando de todos los modos legales e indebidos reencontrarse en otra bocacalle de sus vidas. De esto sabía y mucho Leo McCarey: su Love Affair (1939) y el redoble de campanas de An Affair to remember (1957) no sólo demostraron que el Empire State Building era el mejor de los destinos de San Valentín, sino que el amor bien encauzado, podía llevar pareja una planificada cita previa. Lástima que Irene Dunne primero y más tarde Deborah Kerr, descubrieran cruelmente que soñar con las alturas impedía poner los pies en la tierra.

En el cine nadie pisa calzada firme. Todos se enamoran de manera fulminante, fatua y forzosamente novelesca, pese a lo cual, o precisamente por ello, es el romántico el género del que más gente se queda prendada, por mucho que tanto y tan frecuentemente se abjure de él. Pocos son los títulos en que sus protagonistas, conscientes de las barreras impuestas a su afecto, deciden hacer de su debilidad su fortaleza y seguir adelante. Son pocos, efectivamente, pero existen.

antes de amanecer

En 1995 Richard Linklater y Kim Krizan firmaron un guión cuya frescura y rebuscamiento llamaron la atención de forma inmediata. Con dos millones y medio de dólares de presupuesto, y tan sólo dos actores nacía Antes de amanecer, cinta de culto que marcó las filias amorosas de toda una generación de espectadores deseosos de un romance como el de Céline (Julie Delpy) y Jesse (Ethan Hawke), dos veinteañeros que deambulan por el corazón del viejo continente y que, sin razón aparente, son capaces de activar la alquimia del amor. Inexplicable como las relaciones de alguna canción perdida de Chrissie Hyndel, Céline y Jesse coinciden en un tren a su paso por centroeuropa. Ella regresa de Budapest con dirección a París; él ha viajado de Madrid al cielo, y de regreso del purgatorio toma un tren con destino a Viena, lugar desde el que partirá de vuelta a Estados Unidos. Ella es francesa. Él, americano. Ambos coinciden en el mismo vagón, se miran, se cautivan, hablan y no cesan de hablar. Se gustan aún más. Cuando el tren hace su parada en Viena, Jesse propone una excéntrica aventura a Céline: sin dinero pero con atracción mutua a raudales, pueden deambular por la capital hasta que amanezca, trece horas de ininterrumpido parlamento en el que se pueden conocer y hasta arrepentir de haberse conocido. Sin planteárselo siquiera un segundo, Céline acepta. Se toma su tiempo para bajar el escalón que separa su vida de la de Jesse, y finalmente traspasa la barrera de la razón y del juicio. Nadie sabe que ambos están allí. Son anónimos y libres.

Conforme pasa la noche, irán descubriendo que ambos encajan. No de una manera artificiosa, cinematográfica incluso, sino real: son torpes, directos, seguros, inciertos. Se rozan la mano; tropiezan el uno con el otro; discuten a las orillas del Danubio. Él opina que “el amor es la evasión de dos personas que no saben estar solas”; ella puntea que el feminismo es el gran invento de un varón que ambiciona ser aún más promiscuo. Ambos fruncen el ceño y ambos ríen. Ninguno sabe qué quiere ni qué les empuja a estar juntos, pero es común, a los dos les ha atrapado una fuerza desconocida. Sin ilusiones ni proyectos, brindarán por la que será su primera y última noche juntos, aceptando que no volverán a verse nunca. Nada de teléfonos, nada de apellidos o direcciones; Céline y Jesse lo apuestan todo contra nada, aunque finalmente sólo quede la  penitencia.

Rodada en tiempo real, con diálogos infinitos, cámara en mano y espacios naturales, el anochecer y el amanecer cobran una especial significación en el transcurso de esta pareja. De una sola jornada de duración, como una obra clásica, y con elementos dramáticos tan inherentes a la teatralización humana que bien podrían haber sido retratados por Esquilo o Sófocles, Antes de amanecer es de un realismo sobrecogedor, romántico como una noche entre Gable y Colbert, e intelectualizante como un paseo por Manhattan entre Woody Allen y Diane Keaton. No hay trampa ni cartón: sólo dos personas en el andén de su juventud dispuestos a coger el tren que les empuje, de una vez por todas, a la edad adulta.

Con el alba, los dos se despedirán con lastimero remordimiento, ninguno quiere prescindir del otro. In extremis urden un precipitado plan: ambos acudirán a la misma estación de tren dentro de seis meses, el 16 de diciembre de 1994, cerrando así el círculo con películas como Tú y yo o su falsificada Algo para recordar.  Pero al contrario que Charles Boyer, Cary Grant o Tom Hanks, Jesse no recibe la recompensa del amor de manera inmediata, siendo necesario un nuevo largometraje para reunir de nuevo a esta frustrada pareja.

Let me sing you a Walz

Nos encontramos ahora en 2003. Con guión firmado por Linklater, Delpy y Hawke (nominado al Oscar al Mejor Guión Original), se presenta Antes del atardecer, el fin de este amor episódico (conviene remarcar que no se trata de una trilogía, si alguien busca en la cinta de Julian Schnabel Before the night falls, el desenlace de esta secuela, sufrirá un gran desconcierto).

Han pasado nueve años desde que Viena quedara desamparada y huérfana de amores. Jesse ha escrito un libro elocuente, una novela que habla de un amor para recordar: una noche, dos desconocidos, un andén de tren. De viaje promocional por París, en una bucólica librería francesa atestada de pulgas y preguntas indiscretas, de entre el gentío de la rueda de prensa emerge Céline. No es una aparición, es real. De nuevo torpes, directos, seguros e inciertos, los dos han cambiado sobremanera y, sin embargo, siguen encajando como un puzzle aún sin resolver. 

antes del atardecer

Los recuerdos son maravillosos si no tienes que afrontar el pasado, se dirán durante el irrepetible paseo que presurosamente dan por París, antes de que Jesse deba acudir a contrarreloj al aeropuerto, camino de Nueva York. Ambos se siguen atrayendo; ambos siguen cristalizando. Pero el universo ha dado muchas vueltas: el joven escritor está casado y tiene un hijo; la bella Céline mantiene una relación con un corresponsal de guerra. Ninguno es feliz. Ninguno ha vuelto a sentir como con aquel breve encuentro. Todavía les queda una hora para estar juntos, una hora en la que descubrirán que la felicidad subyace en la búsqueda, no en los logros. Hablan mucho y sin parar. Se reprochan haber aparecido, haber existido, haberse incluso conocido. Si no se hubieran encontrado en aquel tren, no tendrían un modelo, una plusmarca que desbancar con sus relaciones futuras. Su colisión fortuita fue su perdición.

Ambos ríen, se enfadan, y vuelven a reír, pero sin dejar de hablar. El mundo ha cambiado, sus circunstancias también, pero ellos no, no sus sentimientos. Cuando tan sólo quedan minutos para que Jesse tenga que acercarse al aeropuerto, un nuevo giro opera en las vidas de ambos: él le ha dedicado un libro y nueve años de fervor; ella a él una década de espera y la letra de una canción. Sin tiempo, acelerando cada paso y debiendo volver al instante real, ambos se acercan a la casa de Céline para que ella pueda cantarle un vals. Él la mira, ella baila. Ambos se enamoran nuevamente. Él sigue mirándola y ella, cuan Nina Simone, apunta: “pequeño, creo que vas a perder el avión”. Pero hace tiempo que Jesse ha comprendido que para ganar en el amor, primero hay que rendirse, como sabiamente apuntaba J. Richman. “Lo sé”, le interpela entonces él, sabiendo que no coger el avión es quizá la única forma de recuperar el tren perdido

 

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EL PODER DE LO IMPREVISIBLE
Lucía Tello Díaz

 

Qué gusto saberse mortal y creerse inmortal. Los seres humanos, quiero decir. Ningún otro ser conocido o por conocer, incurre en tantísimos despropósitos como nosotros. Por algo lo haremos. Vivimos de manera finita y, sin embargo, creamos arte y vida para la infinitud; esto no nos hace inmortales, bien lo sabemos, pero nos ayuda a pervivir: nunca olvidaremos a Blake Edwards por sus guateques, sus desayunos en Tiffany o sus citas a ciegas; qué importa, si me lo permiten, que Azcona o Berlanga ya no estén con nosotros, si aquí quedan sus verdugos, sus americanos y su crítica. Ninguno morirá nunca, quedarán de por vida en nuestra memoria como esos libros aprendidos by heart por los habitantes de Fahrenheit 451; seamos honestos, aunque nos lo propongamos, ninguno de nosotros desaparecerá jamás. Esta infinitud es enternecedora, no se vayan a creer; la rotundidad de lo imprevisible, de lo repentino, hace que cobremos conciencia del mundo, de su constante acontecer. Por ello las sorpresas nos son tan gratas pese a su poca previsión, porque nos demuestran que el control de nuestras vidas es una mera conjetura.

Desde siempre, y eso es largo, he admirado a una mujer que, por la arrolladora personalidad de su esposo, ha suscitado en la conciencia popular un sentimiento de simpatía y afecto, Asunción Balaguer. Nunca había coincidido con ella, no en un plano real, son muchas las películas en las que la he contemplado, y muchas las veces que, sin embargo, sí he coincidido con su adorado Paco Rabal, paciente, como yo, del mismo doctor en el pasado. No pocas tardes hemos estado, codo con codo, el marmóreo protagonista de Historias de la radio y yo compartiendo espacio y tiempo en una sala de espera. Inmenso él, impresionada yo. No había coincidido con Balaguer, retomo, hasta que por azar, por ese trasgo imprevisible de la suerte, fuimos a aunar nuestro camino hace pocos días, cuando, ya de tarde, deambulábamos con sentido opuesto por la estación de la Puerta del Sol. Dirección descendiente llevaba ella en su escalera, así como ascendente era la que me conducía a mí hasta la salida. Durante unos segundos, diez a lo sumo, tuve ocasión de ver la belleza inmensa de esta mujer amable, coqueta con motivos y dignísima, que miraba con orgullo al horizonte al reparar en mis ojos, incandescentes al encontrar los suyos de repente. Duró pocos segundos, ya lo he dicho, pero en esos ojos hermosos y despiertos, pícaros como respuesta a mi sonrisa, pude localizar décadas de cariño al público, de interminables obras teatrales, de infinito amor a Rabal.

asuncion balaguer

Ninguno muere, es cierto, máxime cuando todavía existe quien mantenga vivo el recuerdo. Asunción Balaguer lo ha hecho con Paco Rabal, como tantas personas lo hacen con sus seres queridos. Hay quien, incluso, mantiene vivo el espíritu de su partenaire cuando éste aún sigue con vida, negándose a conceder al destino la ventaja de su condición. Esto sucede, con garbo y labia inigualables, en una modesta producción ítalo-americana, Por amor a Rosana (1997), que hace ya más de una década descubrimos, también por azar, en algún canal privado de televisión.

En este filme de Paul Weiland, un fervoroso marido, Jean Reno, se niega a permitir que su esposa (Mercedes Ruehl) fallezca, no sólo porque espera que su corazón golpee con más y más fuerza para compartir sus latidos, sino porque desea, suerte mediante, que el pequeño cementerio de la localidad sea la morada de su amada, bizarro deseo que es, de facto, la ulterior voluntad de la mujer. No obstante, el espacio limitado del campo santo complicará la existencia a este obstinado caballero, quien será capaz de guardar un cadáver en casa con tal de que, ante cualquier eventualidad, exista un nicho vacante para su adorada esposa.

Un argumento insólito, sin duda, que parece lindar con las fronteras de la irrealidad, de la ficción que tan bien se le da al cine, ese terreno abonado para el romanticismo, lo extravagante y lo peregrino. Aunque no exclusivamente. Casualidades de la vida, escucho divertida por la radio que la UNESCO, organismo no dado a frivolidades singulares, ha elegido juiciosa y razonablemente a Hallstatt-Dachstein, como ciudad patrimonio de la humanidad, movido no sólo por su bella arquitectura, por su equilibrada estampa alpina, o por su magnífica contribución al universo de la cultura (gracias a un hallazgo en estas tierras austriacas se ha dado nombre a una de las etapas de la edad de hierro de la humanidad), sino por su curiosísima cultura mortuoria, bastante peculiar si somos precisos. Con menos de mil habitantes, esta población posee, proporcionalmente, un cementerio francamente limitado, donde los cadáveres han de ser ordenados, con mucho cuidado –eso sí-, de manera inconfundible: escasos como están de sitio, han creado osarios donde colocan, perfectamente datadas y adornadas, las calaveras de cuantos habitantes han trascendido. Así, en hileras cabalmente apiladas, se dan cita las cabezas de quienes, en algún momento, también pensaron en el porvenir y bienestar eterno de ellos y de sus seres queridos. El resto de sus osamentas, reunidas en comunión con la de los apretados vecinos, se unen en una mezcolanza digna de mención y democracia: visto cómo ha explotado la burbuja inmobiliaria, no están los ánimos para especular con el suelo, ni siquiera el santo.

Visitada como centro turístico de primera magnitud, los seres humanos celebramos así nuestra mortalidad dejando para el futuro lo que hemos hecho de nuestra vida, de manera que consigamos elevarlo a categoría de arte, como en Hallstatt, o a categoría de amor eterno, como en Por amor a Rosana.

por amor a rosana

Qué suerte ser humanos, no les quepa ninguna duda. Suerte que siempre nos quede el arte; suerte que siempre perviva el amor; y suerte que para recordar ambos en estado de gracia, nos quede encontrarnos a Asunción Balaguer en el metro de Madrid. Qué suerte, reitero, poder recordar lo inmenso que es vivir bajo el poder de lo imprevisible: la vida.

 

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PROPÓSITO DE ENMIENDA
Lucía Tello Díaz

 

Se dice que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque a ciencia cierta se conoce la antojadiza capacidad humana de mitificar lo pretérito y vislumbrar tan sólo como posible el futuro. No vamos a estas alturas a ponernos puntillosos: por algún motivo lo hará tanto y tan a menudo la naturaleza, entre todos los especimenes de la vasta progenie humana. Con esta reticencia, con esta capacidad malsana, bien es sabido que comenzamos un nuevo año, y con él, la posibilidad de mejorar lo tachable y reciclable de un ciclo que, ya pasado, se nos presenta poco apurado y resbaladizo. Aunque lo haya sido.

Como premisa, y si pudiéramos realizar los deseos de un año embrionario, elegiría que en las postrimerías del 2011 que ahora comenzamos, cerca ya de Adviento, ninguna vida fuera de nuevo derrochada en tristes barcazas, como sucedió el pasado mes de diciembre, cuando un terrible naufragio empujó a la muerte a decenas de personas cerca de la isla australiana de Navidad. Terrible paradoja que nos recuerda que el espíritu navideño debe estar en la gente, y no sólo susceptible de ponerse en práctica una vez al año. Pareciera que un cataclismo, si no está protagonizado por George Clooney, no fuera sino un mal menor, un daño colateral ahora que la eufemística expresión ha llegado a consagrarse como titular informativo.

tormenta perfecta

Pero qué podemos decir de devastadores infortunios sin referirnos a Haití, ¡ay Haití! en manos de Carlos Jean, que desangró con su dolor al mundo, el cual miraba impasible su sufrimiento a cámara lenta, como sólo hemos sido capaces de verlo reflejado en el cine, esas ocasiones en que los fotogramas cortan como navajas los globos oculares de los espectadores. Ojalá sólo hubiera sido un sueño surrealista en la desbordante prodigalidad de Buñuel y Dalí, y no una noticia más con que atragantar la comida que más tarde adormece nuestras conciencias. Pese a todo, reconozcamos que no es sadismo, aunque lo parezca, el carácter impenitente del año que acabamos de abandonar. Recordemos en un orden semejante el nuevo terremoto que azotó la chilena región Maule, o el que sacudió la china Qinghai. El 2010 se explayó perturbando la calma de nuestra Tierra. Pero hay mucha más historia encerrada en los doce meses que compusieron el año recientemente fenecido. Historia repleta de anécdotas que bien recuerdan al cine, y que como tal en ocasiones lo interpretamos: tan acostumbrados estamos a observar estos fenómenos en la gran pantalla que, trasmutados en realidad, nos parecen el colmo de la ficción. Así, con un nombre que bien hubiera valido a Stanley Kubrick en Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, Barack Obama y Dimitri Medvedev firmaron el tratado Star III, en el que se comprometieron a reducir sus armas nucleares. La enfermedad de la guerra fría, el miedo al suicida MAD y todos los temores fundados e infundados, yacen ahora bajo un compromiso, un deber que esperemos lleven a cabo sin fijarse en los incalculables acuerdos de reducción de CO2. Sería descorazonador extrapolar sus resultados.

Y es que el medio ambiente volvió a quedar abatido y aun mancillado de todos los modos posibles en el 2010. En pleno Golfo de México, la Deepwater Horizon inició su recorrido hacia las profundidades, derramando una cantidad de petróleo tal, que constituye uno de los desastres naturales más profundos del joven siglo XXI. Más tarde, cuando todos pensábamos que nada podría desasosegarnos más que las Cenizas de Ángela, vinieron otras, en efecto, a hacernos ver que Frank McCourt no es sino un aficionado en esto de los restos pulverulentos. Sin optar al Premio Pulitzer, el volcán islandés Eyjafjalla consiguió atraer la atención de periodistas y viajeros, al lograr colapsar el tráfico aéreo de toda Europa gracias a su pertinaz erupción, testadurez que no se reduciría hasta que el tiempo, y sobre todo el viento, hicieran su lenta aunque eficaz aparición. Al tiempo que Isabel Coixet, Basilio Martín Patino y Bigas Luna, realizaban sus videocreaciones para el pabellón español de la Exposición Universal de Shanghái, mostrando el talento y capacidad de los cineastas españoles, el aniversario del nacimiento de Agatha Christie cumplió sus 120 años, nombre -el de Agatha- que asimismo recibirá la tormenta tropical que azotó Guatemala, Honduras y el Salvador. Como puede verse, el  dispendio de sucesos trágicos consiguió ensombrecer todo lo bueno que también tuvo su espacio en 2010.

Parte de lo positivo que dejó su poso en el pasado año se lo debemos a un continente, África, pateado de costumbre por el mundo, y en el que (común contrasentido) se dirimió un Mundial de Fútbol, el más celebrado por palmas españolas para más señas. Sin embargo, no quisiera centrarme únicamente en el milagro deportivo, sino más bien en el vital que un niño fue capaz de contar cuando su avión (procedente precisamente de Suráfrica), chocó en tierras libias. Sin duda este milagro de Trípoli hubiera dejado en apuro a Night Shyalaman: su Protegido Bruce Willis no llega a alcanzar la magnitud que implica ser el único superviviente de 104 personas, contando con tan sólo diez años de edad. No obstante, si un realizador ha sido citado, mencionado, aludido y pensado durante el 2010, ése ha sido indisputablemente Billy Wilder. Su despiadado reportero Kirk Douglas de Ace in the hole, de buena tinta hubiera disfrutado con la cruel sepultación en vida de treinta y tres mineros en el desierto de Atacama, región chilena que tanto recuerda al anecdotario vital de Alejandro Jodorowski, y que vio desfilar a centenares de periodistas por entre sus amarillos y polvorientos caminos, las tristes vías que sostenían la moral de los familiares de estos héroes, que tardaron tres meses en volver a nacer.

Como ven, doce meses dan para una vida entera. No lo olviden jamás. Por eso en este 2011 sería recomendable, deseable y esperable, que entre todos luchásemos por hacer la esa vida menos catastrófica, menos cinematográfica. Nos hemos adaptado (mala costumbre), a un tipo de cine ruinoso, de historias aceleradas, de tramas vertiginosas y sucesos extraordinarios –si bien no en el buen sentido del término-. Ese aturdimiento que nos hace desfallecer en el intento, provoca que la vida real, la nuestra, nos parezca anodina; o bien al contrario, consigue que lo objetivamente relevante sea tan sólo una breve simulación de la ficción. Así nos hacen ver que el año recién perdido, abrió paso al penúltimo de la humanidad, antes del 2012, una historia maya convertida en infausta y siniestra de la mano de Roland Emmerich. Si bien los primigenios mesoamericanos encontraron la clave de sol –nunca mejor dicho-, del devenir humano, pasado al cine la anécdota ha dado lugar a una abulia generalizada, un pensamiento que nos hace ver que el fin está cerca, tal como rezaban los hombres-anuncio errantes por las calles del Nueva York de los sesenta y setenta.

Hagámonos un favor, desterremos definitivamente la idea de la debacle maya (persa, germana o lusa, qué más da). Dejemos de dar golpes de pecho a otros, de responsabilizar a los demás, de buscar y encontrar motivos para la adversidad. Comencemos admitiendo un mea culpa , para abrir camino a un año cargado de interminables opciones. Se puede cambiar. Es más, se debe cambiar. Y si no nos da tiempo en un año entero, hagámoslo en los siguientes. Pensemos a largo plazo, miremos hacia delante. Ningún tiempo pasado fue mejor, amigos, ni siquiera lo será el 2011. 

 

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El AURYN
Lucía Tello Díaz

 

Al principio siempre está oscuro. Antes de que los sueños se hagan realidad, me refiero. Así se lo hacía saber a Bastian Baltasar Bux la Emperatriz infantil, o debiera decir die Kindliche Kaiserin en la novela de Michael Ende, La historia interminable (1979). Bien es cierto, al principio, siempre está oscuro. Intentar soñar en períodos revueltos se ha convertido en una tarea improbable, nadie alberga ya el anhelo de un futuro mejor. O lo que es más insano, si alguien tiene esperanza, no cree que pueda materializarse en un plazo razonable de tiempo. Todos buscamos una razón para el desánimo.

la historia interminable

Acaba ya un año que para muchos se ha hecho largo, quizá demasiado. Doce meses de imperecedera insistencia en que nuestro mundo está enfermo de gravedad, cuando no terminal sin remedio. Absurdez donde las haya: siempre lo ha estado a lo largo de la historia, y lo seguirá estando hasta que la insostenibilidad de nuestras costumbres acabe con su discurrir temporal, nada nuevo. Qué lejos queda el antojo de un almodovariano año de amor, con voz de Luz Casal y cuerpo picaresco de Miguel Bosé, al son de coreografías imposibles secundadas por espectadores voluntariosos. Qué poco hay ya de alegría y jarana, de quimeras e ilusiones, de festividad y contento. Porque sí, ya hemos llegado a la  Navidad, otra vez, pese a que nuestro ánimo siga siendo adusto y huraño, y las calles muestren su decoración empalidecida, triste y casi mohosa, como si la crisis fuera justificación para la corrupción del buen ánimo. Y esto sucede en todos los ámbitos de nuestra vida.

Políticos, medios y ciudadanía, todos se han puesto de acuerdo por fin, en un solo aspecto: minar nuestra conciencia hasta convertirnos en seres inanimados, empequeñecidos, afligidos y dolientes, llevando el duelo que no nos corresponde, y que sólo habrían de llevar quienes obtienen dividendos de nuestra tristeza. Antes, algunos años atrás, los problemas eran idénticos y, pese a ello, reflexionábamos con satírica indolencia hacia sus efectos. Por aquel entonces, Kim Jong Il sólo era un personaje más en la afilada lengua de Trey Parker y su Team America (2004), cantando al infinito “No eres nadie Alec Baldwin” mientras Michael Moore detonaba su irreal cargamento. Por aquel entonces, los controladores aéreos no eran motivo de retrasos, resaca y devaneo cerebral, sino que eran John Cusack y Billy Bob Thornton, luchando por el amor (digamos cuerpo) de Angelina Jolie, en Fuera de control (1999, Mike Newell).

Pero hoy en día, empezando este gélido diciembre de 2010, los ánimos no están para festividades. Quién lo diría avecinándose, más pronto que tarde, las fiestas navideñas. La sociedad ha perdido la esperanza, la ilusión. Nadie cede una brizna al optimismo, pareciera que desaprueban el intento por salir de la logia de la tristeza. Antes, cuando nadie reparaba en los problemas importantes (la sequía, la mortandad infantil, el hambre o el feminicidio), se pretendía hacer creer que todo iba bien: consumíamos ergo existíamos. Ahora que no podemos consumir, porque los recursos son más limitados, caemos en la desesperación y el desconsuelo, no auténticos, no reales (quién ha solucionado la sequía, la mortandad infantil, el hambre o el feminicidio), sino en los impostados, porque nos han arrebatado la idea de que saldremos adelante nosotros.

Pero estamos en la era global, así que nuestras soluciones habrán de ser globales. En 1984, Wolfgang Petersen se puso tras las cámaras para dirigir la primera versión cinematográfica de Die Unendliche Geschichte, nuestra eterna Historia interminable, en la que un mundo entero, el de Fantasía, comenzaba su infranqueable camino hacia la destrucción por un solo motivo, la pérdida de esperanza de la humanidad. Fantasía era sólo el país de los sueños que los seres humanos iban depositando en sus conciencias. Sin esperanzas, Fantasía llegaba a su fin. La gran amenaza de este mundo subsidiario, dependiente del real, estaba en la Nada, materialización del vacío que queda cuando los sueños se escabullen, su ciega desolación. Contra ella no sólo se debía buscar al más valiente de los guerreros, el niño Atreyu, sino que también era necesaria la colaboración de un humano, el único creyente, el que confiaba en un futuro mejor. Así Bastian pasó a convertirse en el enlace clave para la reconstrucción de Fantasía, aunque en su mano tan sólo tuviese un grano de arena. Lo suficiente, empero, para que todo volviera a empezar.

auryn historia interminable

Al igual que Atreyu, todos estamos llamados a luchar por la salvación de Fantasía, de nuestras ilusiones y nuestros sueños. Claro está que no tenemos ayuda alguna, que hace tiempo que perdimos a Ártax, que Vetusta Morla es sólo un grupo musical y que no contamos con Fújur para que nos agilice los trámites hacia la consecución de nuestros sueños. Pero no perdamos la esperanza, todos tenemos un Auryn en nuestro interior. El Auryn, recordemos, es la alhaja de la emperatriz, el símbolo entrecruzado de dos serpientes característico del filme de Petersen, que en mi infancia busqué afanosa e incansablemente por las ediciones impresas (qué decepción saber que en las tapas de la novela no figuraba la preciada insignia). Este pentáculo, este talismán, no sólo dota de valentía y respeto, sino que protege a quien lo porta de todo mal. En realidad todos tenemos un Auryn interno, sólo hay que saber cómo encontrarlo.

Luchemos, por tanto, por recuperar nuestra alegría, nuestra esperanza y nuestros sueños. Ya es Navidad. Ya es hora de salir de la crisálida y comenzar a volar. No podemos dar más de nosotros mismos a la Nada, porque como bien remarcaba Gmork “las personas sin ninguna esperanza son fáciles de dominar, y quien tiene el dominio, tiene el poder”. Entrad en la librería de Koreander, sacad vuestro propio libro, escribid vuestra propia historia y haced de vuestra liberación, la liberación de todos nosotros. Nos han arrebatado un año interminable. No permitamos que nos roben también la Navidad.

 

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GOOD ENOUGH
Lucía Tello Díaz

 

Los Goonies nunca se rinden. Al menos así lo entendimos los hispanoparlantes, a quienes nos hicieron creer que “Goonies never say die” significaba el apoteosis de la laboriosidad. De alguna manera acertaron en su traducción. Después de veinticinco años, los que fuimos niños durante los ochenta y los noventa recordamos Los Goonies (1985) como una parte esencial de nuestra biografía. Nunca visitamos los muelles de Goon; nunca vimos de cerca a Sloth; nunca fuimos perseguidos por los Fratelli ni vislumbramos un barco del siglo XVII atravesar la costa de Astoria como si de un sueño se tratara. La España de los ochenta era totalmente distinta. Los inhumanos nos dijeron que Oregón sólo tenía que ver con John Wayne; el peperonni era un concepto culinario casi esotérico y nuestras bohardillas no albergaban cuadros centenarios, mapas inciertos o tesoros recónditos. El cine vino a suplir el realismo de nuestras pacatas vidas. El cine y Spielberg.

Del plurivalente realizador fue, de hecho, la idea de llevar a la gran pantalla la historia de un grupo de adolescentes indecisos, en plena etapa de transformación, que ve cómo su vida se derrumba cuando sus casas y su rutina son amenazadas por el inminente derribo de los muelles de su localidad. Sin dinero con que poder hacer frente a los especuladores que convertirán su travesía en un campo de golf, a los “goonies” (nombre que recibe el grupo de amigos), sólo les quedará rendirse y esperar el temible desenlace.

the goonies

Con el vaivén propio de un inminente traslado, los padres de los cinco chicos estarán tan embebidos en los preparativos, que los jóvenes (Mikey -Sean Astin-, su hermano Brand -Josh Brolin-, “Data” (Johathan Ke Quan), ‘Gordi’- Jeff Cohen- y ‘Bocazas’ -Corey Feldman-), darán rienda suelta a sus anhelos y fantasías en la soledad de las tardes del pluvioso puerto costero. Encerrados en el desván de Mikey y Brand, tras un polvoriento cuadro encontrarán la clave que podrá dar al traste con la demolición de sus viviendas: el mapa secreto de Chester Copperpot, un ambicioso aventurero que descubrió la localización de un tesoro oculto del pirata Willy “el tuerto”, en los muelles de Goon.

Pese a la oposición de Brand, y convencidos de que no tienen nada que perder, cuan célebres personajes de Enid Blyton se dispondrán a hallar el punto exacto de entrada a los subterráneos que horadan la totalidad de la villa pesquera. Con un vídeoclip de Cyndi Lauper en televisión, cuatro bicicletas, un buen inhalador antiasmático y mucha predisposición, los cuatro amigos seguirán los pasos de Willy “el tuerto” con milimétrica meticulosidad, desconociendo, no obstante, que son asimismo perseguidos por Jake y Francis Fratelli (Robert Davi y Joe Pantoliano respectivamente), dos hermanos recién excarcelados que, con ayuda de su inseparable madre (Anne Ramsey), seguirán la pista de Mikey y sus amigos dondequiera que vayan. Cuando Brand encuentre a su enamorada Andy (Kerri Green) y ésta arrastre con ella a su esencial amiga Stef (Martha Plimpton), los siete vivirán una aventura que cambiará el rumbo de sus vidas.

Aunque a grandes rasgos su hilo conductor no supere en complejidad cualquier producción al uso, muy de género y, por lo demás, profusa en la década de los ochenta, la concatenación de múltiples factores artístico-técnicos hace de este filme de Amblin una producción particularmente atractiva. Entre estos elementos, es de indudable reconocimiento la aportación de Chris Columbus. Convertido a la postre en cineasta de culto por la magnífica escritura de filmes como Los gremlins (1984), El secreto de la pirámide (1985) o The Abyss (1989); así como por ser el reputado realizador de Solo en casa (1990), La señora Doubtfire (1993), Nueve meses (1995) o las dos primeras entregas de Harry Potter, Chris Columbus se ha merecido a base de talento y pericia un lugar destacado en la historia del cine de los últimos decenios.

Junto a él, la presencia de un realizador como Richard Donner habla por sí sola; director de la emblemática La profecía (1976), Donner fue el primero en elevar a categoría de arte la versión cinematográfica del género de superhéroes con las dos primeras entregas de Superman (1978 y 1980), así como entretuvo a los niños de la edad del pop con Lady Halcón (1985) y a las jóvenes parejas que acudían a las salas de cine para disfrutar con los cuatro filmes de Arma Letal (1987, 1989, 1992 y 1998).

Si a todo ello se le añade un productor e ideador de la altura generosa de Steven Spielberg, no cabe extrañeza alguna ante un fenómeno como el de los goonies, capaz de perdurar una veintena e ir más allá, dominando el panorama cinematográfico década tras década (recordemos que hordas de admiradores se acercan a la 368 -38th Street en Astoria, como peregrinaje para conmemorar su alma goonie). Sin duda tenía razón Cyndi Lauper cuando, en su disco de 1985, señalaba que The Goonies 'R' Good Enough.

the goonies

Finalmente, es de recibo agregar que parte cardinal de esta prominencia se la debemos, sin discusión, a sus siete protagonistas, siete niños que, si bien no se han convertido en muñecos rotos por una infancia anómala, al estilo River Phoenix, también lo es que no han vuelto a adquirir la notoriedad que alcanzaran en esta producción, pese a sus intentos. Jonathan Ke Quan compartió cartel con Harrison Ford en la mítica Indiana Jones y el templo maldito. Por su parte Sean Astin asumió el rol de Sam en El señor de los anillos, y a Martha Plimpton pudimos verla en La costa de los mosquitos (1986, Peter Weir) y en Dulce hogar, a veces (1998), bajo las órdenes de Ron Howard. Del resto, escasamente se conoce que Jeff Cohen (“Gordi”), estudió en Berkeley y tras perder una gran porción de su masa corporal, se ha convertido en un prestigioso abogado de Los Ángeles; o que Corey Feldman, tras reconocer su adicción a las drogas, ha ido pasando de relación en relación, describiendo un abanico en el que tienen cabida desde Drew Barrymore hasta la extravagante Paris Hilton.

En cualquier caso, y obviando las sombras que proyecta un filme con tantas luces, tras veinticinco años de juramento goonie cumplido, la película de Richard Donner tiene hoy más vigencia que nunca. Que a nadie le quepa duda: hace tiempo que comprobamos que los goonies “never say die”.

 

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EL DÍA EN QUE CONOCÍ A UN NOBEL
Lucía Tello Díaz

 

No todos los días se conoce a un Premio Nobel. A gente extraordinaria sí, casi a diario, pero a personas a quienes les conceden un galardón internacional, a ésas se las conoce un par de veces en la vida, como mucho el equivalente a los dedos que alberga la palma de la mano, nada más.

mario vargas llosa

La mayor parte de las ocasiones, uno se encuentra por el camino a una persona que, con el tiempo, llega a encumbrarse en su disciplina, algo que, dicho sea de paso, da una inmensa sensación de potencialidad y de júbilo: todos podemos llegar a ser lo que nos propongamos en un futuro no muy lejano. Otras circunstancias precipitan que, quien uno consideraba de un talento extraordinario, acaba por sucumbir ante la vulgaridad (entendida no como algo mediocre sino meramente mundano), cayendo en el anonimato y la frecuente frustración las más de las veces. Cosas que tiene la vida. Conocí a Mario Vargas Llosa como mezcla de designio y casualidad. Aquel encuentro no obedecía a un plan premeditado, aunque reconozco haber fantaseado con conocerle desde hacía años, cuando siendo aún estudiante de Periodismo, revisaba La ciudad y los perros como culmen de la precisión narrativa. Qué poco aprendimos del juicio de Vargas Llosa cuantos sucumbimos a su prosa y a sus encantos. Cuantísimo más podríamos haber absorbido de su inmensa competencia.

Recuerdo la fecha en que nos encontramos porque, dada como soy al recuento numérico, me pareció la cumbre del rebuscamiento conocerle el 27 de septiembre de 2007, cuyos dígitos, tanto aislados en fracciones como sumados entre ellos, resultan todos 9. Aquel día pues, tan nono y tan marcado, acompañé a una buena amiga a visitar al actual Premio Nobel de Literatura, a quien ella conocía de lejos por haber sido su padre, el reputado artista peruano Manuel Aldana Ruíz, profesor de Artes Plásticas de Vargas Llosa, alguien que incluso llegó a realizar la escenografía de La huida del Inca, la que fuera primera obra teatral del autor. Así pues, acudía yo con la hija del creador costumbrista a la Fundación Juan March, atraída tanto por la figura del literato como la de su flamante entrevistador, mi admirado Juan Cruz, con quien no sólo comparto la reverencial querencia por el realizador Gonzalo Suárez, sino de quien admiro su curiosísimo sentido del humor, su voz inigualable y el particular modo con que vive la literatura.

Fui, pues, a su encuentro, sin el ánimo expreso de llegar a departir con Vargas Llosa, su sola presencia resultaba para mí una estimulante satisfacción. Cuál fue mi sorpresa, no obstante, cuando el autor de La tía Julia y el escribidor se acercó a nosotras y, con rectitud de Catedrático aunque cercanía devota (a pesar de su declarado agnosticismo), nos hizo partícipes de su refinamiento sereno, de su tranquilo bienestar. Habló mucho y bien, haciendo caso omiso a la longitud olímpica que alcanzaba ya la hilera de invitados que clamaban por una firma estampada en la hoja inmaculada de sus ejemplares nuevos. El Premio Nobel esperó, nos embelesó; habló de concedernos una entrevista en Londres (que finalmente no pudo materializarse), y nos obsequió con un par de fotos. Nada parecía retenerle y, sin embargo, nada le separaba de nuestra conversación.  Años después, inmersa ya en mi tesis doctoral, recuerdo haber evocado aquel encuentro infinidad de veces, cuando entretenida en la historia del cine, me tocó revisitar la obra de Vargas Llosa a través del cine, visionando de seguido películas basadas en sus novelas. La mayor parte de los filmes son desiguales, aunque me quedo con el inmenso trasfondo y descarnada humanidad de Pantaleón y las visitadoras, del gran Francisco Lombardi; y la cruda La fiesta del Chivo (2006), de su primo y cuñado Luís Llosa.

No he vuelto a verle en mi vida e intuyo, no volveré a tener ocasión de saber de él. Las sorpresas que acontecen en nuestro devenir suelen surgir así, de improviso, y también de improviso de desvanecen. Al menos, y en eso he tenido suerte, tuve la ocasión de conocer de cerca a una de las personas que son, y que además tienen, lo que la generalidad de las personas no alcanzaremos jamás.

Tenía razón el siempre perspicaz Erich Fromm, cuando dogmatizaba que tener no equivale a ser. Es cierto. Siempre he creído que valemos más de lo que tenemos, y que somos más de lo que dicen. Quizá el hecho de tener un Nobel, como lo puede ser un Oscar, una Medalla de Oro, una Copa Volpi o un Goya, no sea la medida de valor de una persona; sin embargo, cuánto se agradece cuando las personas, como en este caso, demuestran ser más de lo que ganan, y merecen más de lo que tienen.

Enhorabuena, maestro Vargas Llosa.

 

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LO CORTÉS NO QUITA LO VALIENTE
Lucía Tello Díaz

Hace muchos años, cuando era niña todavía, un paradójico y, pese a ello, extraordinario suceso, llamó poderosísimamente mi infantil atención. Un grupo musical compuesto por cuatro hermanos, consiguió consagrarse en el mundo de la canción, no sin esfuerzo y mucha entrega. La incorporación de un quinto hermano, sin embargo, era rechazada de forma constante, puesto que los parientes mayores, en su fraternal competencia, creyeron insustancial la aportación que el menor de éstos, blando de corteza y con poca miga, podía realizar a su consolidado grupo. Pasaron años y este pequeño niño, sobrado de talento y competencia, resultó ser Michael Jackson, quien con sus avezados hermanos constituyeron ni más ni menos que los Jackson Five. Si saco ahora a colación esta singular historia, es porque la vida, que da muchas vueltas como bien puntea Rubén Blades, siempre acaba noqueándonos con las más peregrinas extrañezas. Así, el más ninguneado del colegio, acaba convirtiéndose en gran empresario; el que padece esclerosis lateral amitrófica, oculta a un físico y cosmólogo portentoso; y la más apocada de la clase resucita para mostrarse la mejor y más adecuada de las dirigentes.

buried

Permítanme otro excursus, esta vez de destino directo. En 2007, una cinta poco conocida y sobrada de aptitudes, salió a la palestra de la cinematografía patria bajo el título de Concursante, siendo la opera prima de un realizador gallego, joven aunque sobradamente preparado, llamado Rodrigo Cortés. Aunque para la taquilla este filme pasó desapercibido, lo cierto es que en él se encerraba el germen de una gran carrera, con una estética rompedora, un espíritu crítico y mucha rabia contenida, transformada –eso sí- en mordacidad digerible bocado a bocado, sorbo a sorbo. El círculo de esta digresión se cierra.

Conocí a Rodrigo Cortés precisamente cuando presentó en Madrid su primer trabajo, momento en que una intensa y sonada carrera como cortometrajista llegó a su fin con su bautismo en la gran pantalla. Nunca me pareció apocado, ni hacía alarde de ese carácter advenedizo del que adolecen muchos de los principiantes en este arte, como si pensasen que no hay hueco para ellos en una industria capitaneada por Scorsese, Ford Coppola o Lucas. Cortés miraba alto, con mucha seguridad. Era preciso en sus palabras y muy ducho en emplear vocabulario que en su boca, la de un joven de larga melena y atavío informal –ahora su esquilado marcial impone igualmente-, daba una apariencia chocante, pronunciando aún más su especificidad y rareza. Tuve la inmensa suerte de departir con él, aunque más tendido que largo, puesto que las miras de los informadores por aquella época, estaban más centradas en darle coba a Leonardo Sbaraglia, protagonista de la cinta, que en profundizar en la personalidad de Cortés, aunque ésta sorprendiera mucho y muy gratamente. Le confesé mi impresión respecto a su película y él lo celebró. Me declaró los motivos que le habían hecho adoptar la perspectiva estética que enhebraba Concursante, y el porqué de la elección de Sbaraglia, no sin antes reparar ambos en la situación del cine español y la profusión de títulos sobre nuestra contienda civil. Aquella conversación nunca se grabó.

No me arrepiento, no se crean, los sucesos más extraordinarios suceden con frecuencia de forma inadvertida e impensada, y son más caros cuanto más inaccesibles. Nuestra conversación quedó sepultada por el tiempo aunque todavía lata su espíritu, al igual que Ryan Reynolds en el nuevo filme de Cortés, Buried. Por aquel entonces, con el material analógico contado (lo que ha ganado el periodismo con las grabadoras digitales sin apenas límite de capacidad), las ansias de los medios iban encaminadas a recoger las impresiones de artistas consagrados, en esta ocasión, de Sbaraglia. Quién iba a imaginar que aquel joven realizador iba a convertirse en la sensación de Sundance, y el último grito en materia cinematográfica. La propia Renée Zellweger, entusiasta de lo que Cortés ha sido capaz de ofrecer en Buried, parlamentó con él para extenuación del director, quien no comprendía por qué una fanática del filme (no descubrió que se trataba de Bridget Jones hasta que se lo comunicaron horas después), era capaz de analizar tan pormenorizadamente su segunda película, como si hubiera descubierto en su asfixiante trama el Arca de la Alianza.

No se trata de un arca, es cierto, pero el ímprobo trabajo del gallego sí resulta cavernoso y oscuro. Rodada en tan sólo diecisiete días en Barcelona siguiendo el guión de Chris Sparling, cuando Reynolds llegó a  LAX hubo de explicar la cantidad de arena que todavía desprendía en cada movimiento, así como las innumerables yagas en sus dedos y espalda, las magulladuras y los cardenales. Cualquiera diría que Cortés maltrata a sus actores, si bien resulta una revelación que el flamante esposo de Scarlett Johansson, haya conseguido las mejores críticas de toda su carrera, después de creerle encasillado de por vida en la comedia simplona y fácil. Será que Reynolds es otro Michael Jackson como Cortés, a quien finalmente dieron su oportunidad de pertinente lucimiento.

No he vuelto a usar una grabadora analógica, añadiré concluyendo ya mi viaje por los errores de una profesión en la que la celeridad y el ritmo frenético contribuyen al más que frecuente arrepentimiento. No obstante, siempre me quedará el orgullo íntimo y particular de haber descubierto a uno de los realizadores más personales y con más coraje que jamás he conocido. No grabé nuestra conversación, es cierto. Aun así, ya no hay vuelta atrás: lo Cortés siempre será para mí, sinónimo de valiente. Con o sin grabadora. Con o sin legítimo remordimiento.

 

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BETTE DAVIS´ EYES

Lucía Tello Díaz

 

Nunca he sido dada a los aforismos, recetarios populares o refranes variados. Siempre he sido más bien pausada, esperando que los proverbios pudieran emerger de mi propio ingenio, sin sacar a relucir anecdotarios extendidos, por atinados que éstos fueran. Quién lo diría; estaba en lo cierto Heráclito cuando dogmatizaba que todo cambia y nada permanece. Y es que no encuentro mejor manera de exponer una sospecha que de largo me atenaza, que sacando a relucir un axioma muy aplaudido y triste, que exalta la fortuna de la menos agraciada (el matiz femenino aquí es imprescindible), frente a la bella que se queda atrás en lances de suerte. Nadie podía augurar que a estas alturas, este recelo pudiera recobrar presencia en nuestras agendas.

eva al desnudo

Inquietada por la conocida banda sonora que han decidido asignar a un a priori cándido anuncio de crema de cacao, enseguida reconozco la sintonía de Jimmy Soul y me aventuro a descifrar la letra completa. El título de la melodía no puede ser más festivo If you wanna be happy, y en ella se asegura, con la candidez de infantes haciendo sus cánones a capela, que si un hombre desea ser feliz, debiera decidirse por una mujer fea y no por una bella, pues aquélla –pero sólo desde su personal punto de vista-, no sólo le tendrá la comida a su hora, sino que además no quebrantará su paz mental. Permítanme añadir que esta letra, pronunciada por un coro de menores chispeantes dispuestos a ofrecer sus gorgoritos al más tierno chocolate para untar, me resulta insólita e incomprensible. Qué enajenación o desconocimiento del idioma han obrado en los creativos de esta marca, es para mí un hecho extraordinario, digno de estudio.

Es cierto que la incorrección política respecto a ciertos temas, resulta tan farragosa como innecesaria en ocasiones; perdidos en un sinfín de meollos autoimpuestos, cambiamos de dirección, de sentido y hasta de rasante con tal de no quedar en evidencia ante un colectivo que pueda ofenderse por el curso de nuestra conversación. De ahí a la laxitud con que se toman ciertos temas, empero, va un trecho y muy mal señalizado, sobre todo en lo que a mujeres se refiere. Olvidando que se trata de un anuncio infantil, o al menos dirigido a un público joven –y esperemos que escasamente versado en idiomas extranjeros-, sorprende que nuestros medios de comunicación no hayan cesado de insistir en los estereotipos como preceptos reglados para ajustar nuestro comportamiento. El cine en concreto, no ha dejado de hacer incómodos distingos entre sus actrices bellas y sus grandes actrices, las apodadas de “carácter”, como terrible eufemismo que escondía en su trastienda todo aquello que no podía ser considerado dentro del cauce de lo canónicamente bello. Hace apenas unos años, en otoño de 2007, se elaboró incluso una lista titulada “25 Ugliest Celebrities in Hollywood”, que incluía entre sus filas desde la desalentadora Anne Ramsey (mítica en papel de mamma italiana en los Goonies), hasta Tilda Swinton, Sarah Jessica Parker o Helena Bonham Carter.

elena bonham carter

Lo retorcido del tema, si me permiten la indignación, es ese avieso fatum que ha logrado hacer realidad el singular dicho, desembocando efectivamente en que la suerte de estas mujeres sea envidiada por otra gran mayoría, seguramente conformada por féminas más agraciadas que ellas (descartemos de entre las afortunadas a Ramsey).

Quién puede negarle a Swinton su incombustible charm, capaz de simultanear a varios varones, y encandilar a la mitad del mundo con su fría distancia; quién osaría quitarle el puesto a SJP como gurú de la moda y fashion victim, capaz pese a las críticas de conquistar a Matthew Broderick, a Mr. Big y a los más alocados seguidores de la HBO; y quién puede arrebatarle a Bonham Carter, con sus voluntarios y forzados despropósitos estilísticos, su exquisito encanto, preparado para romper el binomio “Ken & Em” (Kenneth Branagh y Emma Thompson), incorruptiblemente unido en el imaginario colectivo desde Mucho ruido y pocas nueces, y a quien se había apodado con el título de “Pareja real del cine inglés”. La respuesta es unánime: nadie.

Y es que nadie, del mismo modo, había podido dilucidar en décadas pretéritas, que mujeres andróginas, desgarbadas, desvaídas pero poderosamente turbadoras como Marlene Dietrich, Greta Garbo o Gloria Grahame, pudieran desbancar en éxito a femmes fatales como Lana Turner, Lauren Bacall o Marilyn Monroe. Es más, el propio Billy Wilder, quien poco se prodigó en alabar a sus actrices, confirmó, certificó y juró su incondicional querencia por la Dietrich, prefiriéndola frente a las más voluptuosas bellezas sin ninguna duda.
 
Pero indudable es, y siempre lo será, la belleza recelosa, altiva y profunda de una de las más bellas entre las deslucidas de Hollywood, Bette Davis, nombre ronco en la garganta de Kim Carnes, descomunal en la gran pantalla. Y todo ello a pesar del humor de este Premio Donostia (ahora que el Certamen está en ciernes), de su mal genio, de su poderío e insolencia, sólo posibles en una gran estrella como lo era ella. Su Jezabel, su Loba y su ¿Qué fue de Baby Jane? no sólo exasperaron a Joan Crawford, gloriosa enemiga de Davis, sino que enamoraron a una hilera de hombres, entre ellos William Wyler o Howard Hughes.

bette davis

Quizá sea cierto que la suerte de la fea, la guapa la desea, qué importa. Al menos en el cine esta norma habría quedado patentizada tras años y años de enérgica implantación. Lo que resultaría magnífico (ya porque es edificante, ya porque no ofende a ningún individuo), sería evitar etiquetas, protocolos y rótulos sobre ninguna actriz, y que fuera su talento, y no la adecuación estética, lo que llevara a su catapulta y consagración. No nos atañe si alguien es o no es agraciado, lo mismo da; lo relevante, lo que realmente interesa, es poder llevar nuestra individualidad como bandera. De otro modo, díganme quién si no Bette Davis, podría alguna vez lucir los desmayados y celebérrimos Bette Davis´ Eyes.

 

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BREVE ENCUENTRO: O CÓMO RECORRER UN LONDRES DE CINE
Lucía Tello Díaz

 

No se llamen a engaño, Avatar no nació con James Cameron, sino con los viajes de largo recorrido. El turismo ha demostrado que, lejos de nuestro cuerpo y su respectiva vida, existe un desconocido alter ego en cualquier otra parte del mundo, dispuesto a adquirir corporeidad en el momento en que pisamos suelo extranjero. Y así es que en España, azotada por olas de calor que han mutado ya en constante estacional, abandoné por obra y gracia del low-cost a mi hipotenso y extenuado organismo, para conquistar la plenitud de la vitalidad en Londres, donde me reencarné en una fisionomía quizá más violácea e inquietante, aunque del mismo modo más vigorosa y recia.  Atrás queda mi pretérita visita al país de James Ivory, más bucólica, más romántica, de campiña y bruma que tanto me recordaron a Evelyn Waugh, y que tan bien retrata en su acreditada Retorno a Brideshead. Lejos permanece el campo y la naturaleza, a tantos pies como distancia existe entre el avión y los dominios británicos. Cuando se llega a tierra firme se descubre que Londres, con su carácter urbanita, vibrante, despierto y lúdico, se convierte en una experiencia capaz de evocar innumerables secuencias de nuestra filmografía universal, convirtiéndose en una ciudad en la que de cada calle, de cada recoveco, se puede extraer una íntima guía turística por nuestra cinematografía personal.

brideshead revisited

Brief Encounter

Inglaterra es uno de los países artísticos por antonomasia. Lo fue en el campo de la dramaturgia, de la lírica y de la prosa, y lo es igualmente en el del cinema. Sin necesidad de sesudos recordatorios de resultado incierto, la remembranza directa de un sinfín de títulos emana de nuestra memoria sin esfuerzo alguno, siendo sólo necesario pensar en clásicos como David Lean, para darse cuenta de que el cine e Inglaterra son una misma realidad. Lean tuvo la hercúlea deferencia de legar para la posteridad una obra imperecedera digna del British Museum, del BFI o de cualquier galería que se precie, Breve encuentro, la narración de la vida de una dulce mujer devota y pulcra, que aprovecha cada una de sus escapadas semanales a Londres para serle infiel a su leal esposo, tan magnánimo como flemático, mezcla entre aprobación y desgana. También de Lean es La vida manda, magnífico título merecedor de un artículo aparte, como asimismo lo son la mayoría de las obras del realizador inglés.

En un primer contacto, el visitante destila en su paladar el poso dulce de Grandes esperanzas, de los turbadores filmes embrionarios del genio del suspense, con 39 escalones, Alarma en el expreso, Asesinato o Sabotaje a la cabeza, filmados mucho antes de que Hitchcock devolviera a Manderley a su desquiciada Rebeca. Su exuberancia floral conmemora a La Señora Miniver, así como su admirable educación a los Essanay Films de Charles Chaplin, siempre con sombrero y corbata pese a su menesterosidad, convertido en sir lejos ya del Tivoli Theatre de Manchester. Pocas ciudades del mundo, vistas en primer plano, son capaces de conectar tantos recuerdos fílmicos como Londres, convertido ya en auténtico mapa de los sentidos cinematográficos de nuestra historia.

Lo que queda del día

No abundan autores que hayan sabido delinear con mayor pericia la importancia del hospedaje como el británico Edmund Goulding en su archiconocida Grand Hotel, donde un conjunto de idas y venidas configuraban el acontecer diario de un hotel de lujo. Y es que la buena disposición para conocer una ciudad no es sólo resultado de la intención del viajero, ni más faltaba, sino indudablemente del lugar que tenga a bien alojarle, algo que ayuda de manera irrefutable a ver con otros ojos una ciudad tan fría y al tiempo respetuosa como lo es la capital inglesa. Para los más pudientes, o para aquellos a los que la crisis, el ahorro y el comedimiento equivalgan a una simple cuestión estilística, les recordamos el paseo inmenso que por el Ritz se dio nuestro british Hugh Grant en Notting Hill, en la que un impostado redactor de la revista Caballo y sabueso, osa a entrevistar a una Julia Roberts más estrella que nunca, o se sorprende al descubrir la preferencia artística de una jovencísima Mischa Barton, quien sueña con Leonardo, sí, pero no con Da Vinci sino Di Caprio.

Match Point

Pero qué mejor que acercarse al pulso de la ciudad, a su sabor e impertérrito olor a curry, a cilantro, a canela y a clavo, que dejándose seducir por sus tonalidades, por su crisol multicolor, su policromía idiomática y su eclecticismo en equilibrio, fundiéndose con el pasado, el presente y el futuro en sus galerías, en sus museos y en sus salas, aunando en un solo espacio oriente y occidente; norte y sur. Ben Stiller, ducho ya en capitanear batallas espacio-temporales, bramaría sin pudor por vigilar con celo las puertas de la National Gallery, donde la impactante mezcla de talento, hace recordar lo mucho que tiene que ganar el cine en expresividad. Los pintores, acostumbrados a sus dos dimensiones y haciendo uso de su creatividad infinita, fueron capaces siglos atrás de dotar de una vehemencia a sus obras que, salvo algunos genios como Murnau o Jean Renoir (con razón su padre Pierre-Auguste fue uno de los mayores talentos de la vanguardia francesa), no se ha vuelto a contemplar en el cinema. Sólo la mirada desafiante, hermosa y serena de la bella joven de Los paraguas, lejanamente emparentada con los rasgos de Keira Knightley, es capaz de concentrar mayor beldad que el conjunto de la cartelera de los últimos tiempos. De nuevo comparto con el gran José Luis Garci su opinión, cuando señala que los museos son una lección viva de auténtico cine. Aprendamos pues de la fuerza de Jean-François Millet, de la picardía matizada de La Venus del espejo de Velázquez, de la armonía infinita de la Virgen de las Rocas de Da Vinci, genio entre los genios antes de que su nombre se soldara indefectiblemente al de Dan Brown. No es de extrañar que la National Gallery resulte la mejor cinemateca de toda Inglaterra.

Closer

Pero si la mirada de inocencia redentora de la joven castaña de Renoir deja boquiabierto al visitante, el inmenso caudal de su inhóspito Támesis consigue hipar al más fornido de los turistas, por curtido que esté en asuntos fluviales. Arrogante, intempestivo, auténtico protagonista, su decena de puentes resulta abrumador bajo cualquier perspectiva, tanto a lo largo del paseo de Southbank, como hacían Mark Darcy y Bridget Jones en la segunda entrega de su amoroso encuentro, como desde el aire, comenzando por el emblemático London Eye de reminiscencias jamesbondianas, seguido del ángulo brujeril que aleja a humanos de muggles en Harry Potter  y el príncipe mestizo. Sea como fuere, los resoplidos de su propia climatología invitan a alejarse de él durante las ventosas amanecidas y los fríos atardeceres, aunque su compostura y su amable serenidad nocturnas inciten a pasearse entre sus múltiples encantos, siguiendo las luces del Parlamento hasta alcanzar el omnipotente Big Ben, cuyo latido marca las horas de la tibia y apacible noche londinense, momento en que no es difícil ver aparecer a la creación de James Matthew Barrie atravesando las quejumbrosas manecillas del reloj que marca el son de la balada de Peter Pan, quien surge a trompicones mientras intenta coser su sombra a los zapatos, temiéndose, y con razón, que también ella quiera permanecer en la ciudad más tiempo del que dispone. 

big ben peter pan

Shakespeare in love

La noche es joven, dicen, aunque en verdad la de Londres no tenga edad, color, raza ni sexo. La nocturnidad atrae a quienes serios herederos del centro financiero europeo de día, se deshacen de las rígidas estrecheces uniformadas y se entregan al desenfreno color rubí, dorado y parpadeante de los neones capitalinos. En la ciudad no se baila, se seduce; no se mueve, se embelesa; no se escucha la música, se siente. Y así es que Picadilly Circus, tan turística, tan transitada y dúctil durante el día, en la anochecida muta en punto de encuentro universal, donde todos los días es viernes y los un-birthday de Alicia en el país de las maravillas alcanzan el apoteosis en una celebración constante. Los locales de moda se encuentran en el Soho, y allí es fácil toparse con el auténtico esplendor del decálogo fashionista, con jóvenes ataviadas al más puro estilo de Carrie, Samantha, Charlotte y Miranda; hordas de veinteañeras que se dirigen a la zona más trend de la ciudad recordando que el sexo no es territorio exclusivo de Nueva York.

Sin prisa, sin apuro, hindúes que conducen carretillas-taxi con ademanes de Nueva Delhi, acompañan a un autobús de dos pisos tintado en un chirriante pink, mientras en su interior Lady Gaga ruge acompasada por un Bad Romance con Psicosis, Vértigo y Ventana indiscreta incluidos, poniendo banda sonora a una película de lujo, con infinitas Holly Golightly que no sueñan con diamantes en Tiffany´s, sino con un gentleman galante al que llevarse, con orgullo y sin prejuicio, a la pista de baile.

Love Actually

Pero el amor, como los viajes exuberantes, también llega a su fin, y la ciudad que tan amablemente nos acogió durante días o semanas, deja ahora el hueco escarchado de su ausencia, sin que nada honroso o barato pueda hacerse para que regrese. Estaba en lo cierto Mike Newell cuando señalaba que “el amor está en todas partes” en la célebre Cuatro bodas y un funeral, porque así funciona el flechazo en su ciudad. Es amor en sentido estricto lo que se experimenta en Londres: ardor ante su aroma especiado y penetrante; afecto por su comida, ninguna autóctona, compuesta por platos portugueses, libaneses, italianos, japoneses, índicos... Una mezcla de la que es fácil enamorarse y que sólo indigesta si se obvia; pasión asimismo por su afabilidad, por sus eternos eufemismos, por lo agotador de su correcta disposición, por sus elderlies encantadoras, tan difíciles de encontrar en el extranjero como el andén 9 y ¾, y que tanto recuerdan a las hadas góticas de La Bella durmiente, que orientan con el sentimiento y reaccionan a fuego lento, como el té de las cinco, el atestado suburbano, la elección entre la infinita variedad de chocolate, las indicaciones de los viandantes o los copiosos desayunos continentales.

cuatro bodas y un funeral

Se mencionaba en Love actually, con su histriónica combinación y su recóndito humor, que sólo hay que acercarse a un aeropuerto para comprobar -no sólo que todos quieren ser como Beckham-, sino cómo el amor nunca ha estado más presente en nuestras vidas como hoy en día. Pues bien, en vista de la ingente cantidad de viajeros que esperan ilusionados su turno para adentrarse en la ciudad de la lluvia, no podemos sino rendirnos ante la certeza de que Londres, como cualquier película imperecedera, cala en el alma en sentido literal, y te envuelve para siempre.

Y es que hay pocas metrópolis que hagan contradecir a mi siempre revisitado William Shakespeare, cuando atestiguaba en Macbeth que la vida no es sino “un cuento narrado por un idiota, que significa nada”. Y es que nada, precisamente, es lo que se le puede reprochar a una ciudad que lo tiene todo.

 

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Cuarenta grados a la sombra
Lucía Tello Díaz

 

Vía de servicio perdida en un recodo de la A2. Tres de la tarde. Treinta y cinco grados marca el termómetro en el interior del coche. En el exterior más de cuarenta. Con pereza reposto el combustible que el vehículo se afana en consumir y me adentro en el cubículo donde se efectúa el pago. Entrego mi tarjeta. Muestro el DNI. Cuando la mera formalidad parece llegar a su fin, el empleado comienza a hacer alarde de una bizarra febrícula, al espetarme con naturalidad: “así que has limpiado el parabrisas, lo he visto desde aquí”. Pasmada no tanto por su voyeurismo como por las confianzas, esbozo una leve mueca de aseveración. Pese a mi escaso esmero, sigue su perorata con impunidad torera: “no sé yo si te habrá servido de nada, para mí que lo has ensuciado más de lo que estaba”. Si fue efecto del calor, del tedio o de la charla no puedo certificarlo con rotundidad, aunque en aquel momento hubiera deseado ser un dobermann rabioso, enajenado y sin desparasitar; o quizá ser un hombre, tal vez eso hubiera bastado para acallar al licencioso cajero: “ha servido para limpiarlo”, me apresuré en contestarle, cuando tras su nuca de sociólogo ilustrado, reparé en las películas pornográficas que esperaban su turno junto a los ambientadores de pino, las baguette recién hechas y los chalecos reflectantes. Jóvenes catetas con largas coletas, rezaba el primer título, al que seguía Jóvenes catetas con piruletas. Permítanme desconocer si se trataba de una saga al estilo Crepúsculo o bien si los nombres respondían a una querencia intencional de sus autores hacia las jóvenes catetas, disculpen la ignorancia.

cuarenta grados a la sombra mariano ozores

Lo que es cierto, y para esta deducción no era necesaria la escena antecedente ni las que me restarán, es que esas películas y la actitud del dependiente, manifiestamente guardaban una correlación. Qué tipo de analogía establecían, eso resulta más enjundioso de concretar, aunque concordancia existía a fin de cuentas.

El cine sicalíptico, para una gran mayoría, responde a una suerte de necesidad de experimentación vicaria que requiere del quehacer ajeno para activar la propia imaginación, al menos así me lo han explicado o así quiero entenderlo, quién sabe. Lo que no comprendo, ni en ése ni en ningún otro cine, es la intencionalidad manifiesta de degradar a los individuos, o lo que es peor, de colocar un defecto, un menoscabo personal –aunque sea forzado y tan falso como la juventud de sus intérpretes-, como reclamo para la venta de cualquier tipo de cintas. Lo siniestro de todo esto no es ya la existencia de una de las industrias cinematográficas más boyantes, y cuya manufactura la hace imbatible ante crisis de índole variada, sino la insistencia perversa en subvertir el orden de equidad en un ámbito tan delicado como el de las relaciones, sean o no filmadas.

Y es que las relaciones, por motivos que desconozco, o no tanto, siempre resultan un quebradero de cabeza para los humanos en esta época del año, cuando el calor reblandece la materia gris convirtiéndola en puro dislate. Pero no nos rindamos, no todo el cine veraniego ha de presumir irreparablemente de fallas y grietas, también hay espacio para el esparcimiento menos explícito, más comedido y de mejor gusto. Con Cuarenta grados a la sombra aparecía una de las películas de Mariano Ozores que mejor y más certeramente ilustraba lo que suponía un verano español hace menos de cuarenta años, con todo lo que esta etapa suponía de estrechez económica, de pudor y de represión de desenlace incierto. En el filme conocemos a un hombre (Alfredo Landa) que realiza lo permisible y lo inadmisible por conquistar a su escultural vecina, realizando denodados esfuerzos por conseguir hacerse un hueco en las sábanas del chalet colindante a expensas de su devota esposa. Por supuesto, el magnífico novio de la joven pronto da al traste con las expectativas del desesperado marido, quien habrá de conformarse con hacer de pater familias con impostada rectitud. 

 

cuarenta grados a la sombra

Gracita Morales, querida sor Citröen, comparte en esta película penurias con Antonio Ozores, interpretando a un matrimonio bien avenido que tras un verano en la costa, renegará del sol y de sus imperecederas quemaduras, de los pisos a pie de playa, de la incomodidad de las camas y sofás alquilados –nunca dúctiles, siempre arrogantes-, y de las terrazas y jaranas nocturnas, con su ruido, su resonancia y su insomnio. Tras unos días en el litoral, alabarán el envilecido Madrid al que tanto porfiaron, regresando con fruición a sus atascos, sus sofocos y su narcótico sopor.

La película no es perfecta, pero el repaso a su pegadiza sintonía me hace olvidar el torpe incidente de la dichosa gasolinera. Firmo el ticket. Guardo la tarjeta y salgo del establecimiento. Vuelve el atasco, el sofoco y el narcótico sopor. Pero fuera de ese cubículo comprendo lo bien que se está en verano, pese a los cuarenta grados a la sombra, lejos ya de donde se ve adecuado que jóvenes de largas coletas se dejen seducir por quienes las consideran catetas.

 

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CUANDO VON STROHEIM ENCONTRÓ A GABIN
Lucía Tello Díaz

 

El cine cambia la vida. Ciertas películas, visionadas en peculiares circunstancias, pueden conducir a la resolución de los problemas, a la catarsis más liberadora e incluso a la carcajada saludable, que también es necesaria. Un filme, uno sólo, es capaz de transformar el ángulo de visión a su absoluto arbitrio, haciendo que salgamos de una sala transmutados, revitalizados, mejores personas. En cierta ocasión le confesé a Federico Luppi que su simple aparición en la gran pantalla variaba el rumbo de mi ánimo, revelándole que tras visionar Martín H, mi vida no había vuelto a ser la misma. Quizá no era mejor, es cierto, pero sí diferente.

Otro de los títulos con capacidad de modificar el punto de vista que siempre se ha tenido respecto al mundo es, e indudablemente siempre será, La grande illusion (1937), obra maestra del cine galo dirigida por Jean Renoir. Acostumbrados a superproducciones hollywoodienses de lucha y prestigio militar, en las que el nuevo D´Artagnan rescata in extremis a sus compatriotas Aramis, Porthos y Athos, todos ellos de una muy profunda y depauperada América (los neoyorkinos nunca van a la guerra y los bostonianos tan sólo seducen a Henry James, será que el Oeste les resulta más bélicamente cinematográfico), lo que más sorprende de La gran ilusión es, manifiestamente, la educación admirable de que hacen alarde todos y cada uno de sus protagonistas, sean del bando que sean.

la grande illusion

Y es que el enemigo siempre ha sido despersonalizado en el cine. Desde los desventurados nativos americanos, pobres indios en un universo de triunfantes vaqueros, hasta los extraterrestres más sanguinarios, el enemigo nunca ha tenido alma, ni corazón, y mucho menos empatía. Por eso un blanco acertado era un éxito y no una barbarie; por ello un golpe certero era motivo de regodeo y no de reflexión. En el filme que nos ocupa, sin embargo, la I Guerra Mundial aparece ante los ojos del espectador como un juego tan polite como caballeroso, con sus tiempos, sus peones, sus torres y sus reyes. Como un ajedrez a escala humana, cada personaje adquiere un rol diferenciado, solicitando a pesar de su servidumbre, un trato justo y esmerado.

Confinados en un campo de concentración alemán, un grupo de oficiales franceses pasa a disposición del Comandante von Rauffenstein (Erich von Stroheim), una suerte de alcaide quien, con mucha humanidad, cuida con debido respeto a sus reclusos, comprendiendo su afán de huida e instándoles a hacer públicas sus quejas, asumiendo como propia la responsabilidad de que estén en buen estado, máxime atendiendo a su rango militar. Con un código de honor que supedita su actuación, el primer día les es informada la consigna del campo de prisioneros, señalando que los oficiales serán tratados con consideraciones debido a su categoría, con la excepción de que han de someterse a la jurisdicción alemana.

A pesar del inaudito respeto en el trato de igual a igual entre militares de semejante escalafón, los oficiales franceses urdirán un plan perfecto que incluye, cincuenta años antes de que Stephen King le otorgase a Andy Dufresne esa revelación sediciosa, la elaboración de un túnel subterráneo excavado noche tras noche, para la conquista de su libertad. Estos nuevos Conde de Montecristo reptarán a diario por entre las profundidades de su presidio, conscientes de que su libertad está por encima de toda guerra, de todo bando, de todo poder.

Se dice en La gran ilusión, con jocoso atrevimiento, que los campos de tenis o de golf están para jugar, y los de prisioneros para evadirse. Y es que, aunque se repitan una y otra vez que no pueden dar cabida a la ilusión, en verdad es lo único que les queda, comenzando un quejoso devenir reincidiendo en todos y cada uno de los presidios a que son enviados, pese a que incluso von Rauffenstein decida reubicarles unidos en una misma celda.

“El ser humano se adapta fácilmente”, dogmatizan en un momento del metraje con triste valentía. Y es triste porque, realmente, los individuos tenemos una capacidad sobrehumana para soportar lo irresistible; pensemos si no en Haití, en Níger, en Chad, en Mali, en Nigeria o en Burkina Faso. Pero hemos dicho que es valiente y estamos en lo cierto porque, si no fuéramos animosos los humanos, qué sería de nuestra dignidad; dónde quedaría nuestra capacidad de supervivencia.

Hay guerras, como la de La gran ilusión, que resultan insoportables pero que duran pocos años, no alcanzan el lustro. Otras muchas, todavía en ciernes y sangrantes, no parecen terminar nunca. Hambrunas, sed, desidia, olvido, cuántas guerras entran en una historia que ha perdido la cuenta de sus víctimas.

El cine cambia a las personas, y va siendo hora de que las personas cambien el mundo. Jean Renoir demuestra, con talento inescrutable y la valiosa ayuda de Jean Gabin, Pierre Fresnay, Dita Parlo o el propio von Stroheim, que no hay guerra cuyos cimientos no puedan ser cavados, escamoteados y derribados. Claro que para ello, para vencer, se necesita algo más que una espátula y mucha ayuda, se requiere de gente que, como nuestros protagonistas, no olviden que todo individuo necesita conquistar su humanidad.

Entre excavación y evasiva, se preguntan los presos de Renoir por qué los otros reclusos gritan del modo en que lo hacen, y la respuesta no puede ser más elocuente: porque esta guerra (como el hambre, como la pobreza), dura demasiado. Ojalá no quedase ya en el mundo un solo lugar del que necesitar escapar

 

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EL TALENTO DE OLVIDAR A 451 GRADOS FAHRENHEIT

Lucía Tello Díaz

Todos tenemos un talento. Que sea o no provechoso, que tenga o no utilidad, es otra cuestión, algo que se aleja de nuestro propósito y que sin duda queda supeditado a la parcialidad y al arbitrio. Al menos el de los individuos como entidades aisladas.

No es así, en cambio, el juicio que podemos elaborar respecto a los talentos inherentes a nuestra sociedad. Hogar de todos, en nuestra mano está el yugo del compromiso y su consecuente responsabilidad; si el nuestro es el talento de Mr. Ripley deberemos pechar con las consecuencias, por nefastas que éstas sean.   

fahrenheit

Lo oportuno de las estadísticas, si es que de su desapego y tibieza se puede destilar algo positivo, es su registro incontestable, las marcas profundas que dejan los actos ejecutados, como los tiros en un paredón o el reguero de sangre incontenible de una herida abierta. El cine nos lo ha enseñado con profunda viveza desde sus inicios, ya lo hemos comprobado.

Lo amargo, lo turbador y hasta patético de las estadísticas, es cuando éstas arrojan datos terribles, realidades que en el cine sorprenderían por su violencia y por su brutal insensibilidad. Hace décadas, apenas un par, la audiencia se sintió aterrada por la historia que le tocó vivir a Julia Roberts en su sorprendente Durmiendo con su enemigo, un título que recuerdo con viveza al tiempo que rememoro el cartel de su anuncio colgando de las marquesinas de la que era mi ciudad. Si algo sorprendía de aquel póster, no era tanto la expresión de alerta que mostraba la intérprete, sino lo espeluznante de su título; por aquel entonces se antojaba improbable que alguien pudiera compartir lecho con quien sólo le profería animadversión. “El cine es cine”, pensaría el viandante sin  reparar en la realidad que subyace a toda producción cinematográfica. Quién podía creer que las trincheras hubieran de establecerse en el propio domicilio. Era ilógico, era inquietante... Pero era real.

Veinte años después, el Instituto Centro Reina Sofía de Valencia, hace públicos los resultados del III Informe Internacional sobre “Violencia contra la Mujer en las Relaciones de Pareja”, donde recoge los despropósitos sociales de setenta países. Ciertamente, es demoledor hacerse eco de un registro tan amargo. Sus autores, José Sanmartín, Isabel Iborra y Yolanda García, han concluido que la tasa de feminicidios es de 19,4 mujeres por cada millón de ciudadanas mayores de 15 años, siendo España  el quinto país donde más se incrementaron este tipo de crímenes durante el período analizado. Qué lástima destacar en materia tan sombría.

la sombra de una duda

Lo terrible, lo inaceptable, no es ya el número de muertes, sino la naturaleza de éstas. Tras años atemorizando a las espectadoras femeninas con callejones húmedos, sombríos, repletos de bocacalles y desagües humeantes, el cine noir se quita su sombrero ante los escenarios de asesinatos de la new age, habiendo de aceptar que siete de cada diez crímenes femeninos, se llevan a cabo en el propio hogar de las víctimas. Lejos queda el apacible cuadro de punto de cruz que rezaba Home sweet home en películas como Los sobornados, de Fritz Lang. La sociedad ha cambiado y el cine habrá de hacerlo con ella: "las mujeres en España parecen estar más seguras en la calle que en sus casas". Sencillamente desolador.
La imagen de un familiar intimidando hasta el abismo a una mujer, me recuerda a una de las películas más olvidadas y ásperas de Alfred Hitchcock, La sombra de una duda, en la que se podía sentir la asfixia límite que llevaba a Teresa Wright a esconderse de su tío, Joseph Cotten, ante su apremiante y persistente ataque. Sólo visionando el filme uno puede sentir la angustia de quien se encuentra acorralado en su propio hogar, temiendo por su vida y cobrando conciencia del precio de un paso en falso. Nadie merece una vida así.

Sin embargo, la sociedad olvida con facilidad, ése es nuestro segundo y definitivo  talento. Embriagados por el propio egoísmo, escuchamos cifras como quien oye la lluvia golpear contra los cristales. Y ya sabemos que nuestros cristales lo aguantan todo.

Hace años, en 1966, uno de los mejores realizadores que el mundo ha conocido, el gran François Truffaut, tuvo el acierto de llevar a cabo la adaptación cinematográfica de la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, con un éxito rotundo de público y crítica. En ella se narraba cómo a un bombero, inmejorable Oscar Werner, le era encomendada la misión de destruir los libros, ya que éstos conllevan la reflexión, el pensamiento crítico y, con ellos, la irremediable acción. Aletargados y entumecidos, los individuos fueron perdiendo las obras de Balzac, de Proust, de Faulkner, y junto a ellas el raciocinio, la capacidad de reacción y las ansias por cambiar la realidad.

fahrenheit

El bombero, asqueado por la perversidad de sus acciones, consulta la idoneidad de abandonar su actividad profesional con su mujer Mildred (una enajenada Julie Chistie), quien termina por denunciarle. Huido de su entorno, dará con el poblado de los hombres-libro, cuyos habitantes, conscientes del valor de la letra impresa, perderán su identidad por adoptar la de su texto predilecto. Cada individuo será una historia, y cada historia será un individuo.

Nadie puede comparar un libro con una estadística, ni más faltaba. Con todo, el valor de cada cifra en un inventario cobra una dimensión diferente, paradójicamente humana. Los datos no son números, son personas; los resultados no son cuentas, son crímenes.

Sabemos que el papel prende a 451º Fahrenheit o 233º Celsius, lo que ustedes prefieran; pero la capacidad para borrar la historia de auténticas personas parece diluirse a cualquier temperatura. De norte a sur, de este a oeste, nadie recuerda los nombres de las víctimas. Será nuestra responsabilidad, como ciudadanos consecuentes, el no olvidar que las vidas son mucho más que decenas de datos dispuestos al azar. Sólo acordándonos de sus nombres, de sus historias, seremos conscientes de que de olvido, nadie debería morir. Ni siquiera en el cine.

 

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SORTIDO DE BOLACHAS O DE CÓMO HACER FORÁNEO LO CONTIGUO
Lucía Tello Díaz

 

En la radio se oye una canción censurada, “Grándola”, pero nadie sabe qué significa, porque nada ha empezado. Todavía no.

Convendrán conmigo que las relaciones humanas son singulares, y más aún las que se entablan en las comunidades de vecinos. Acostumbrados a vivir agolpados, frente por frente, se torna confuso intuir cómo lo que nos es tan cercano, puede constituirse en un mundo paralelo, un universo con sus constelaciones propias, sus satélites y sus órbitas tan bien definidas, que inmiscuirse en territorio ajeno se presenta como un atentado contra la propia individualidad. Será que los humanos preferimos estar solos, quién sabe, sin poder contar con el compañero ni para bien, ni para mal. Cosas que suceden en este nacer y aislarse en que se ha convertido nuestro ciclo vital. En esta dinámica de clausura monacal, de retraimiento enfermizo si me apuran, sucede que extrapolamos nuestro encierro personal al escenario cartográfico, convirtiéndonos en compartimentos estanco del buque de las naciones. Pobreza, injusticia, caos y tortura están a la orden del día a escasos kilómetros de nuestras fronteras, sin que las voces de quienes solicitan ayuda puedan ser escuchadas en nuestras insonorizadas conciencias. Milagros de las puertas blindadas

Sin buscar la tragedia allende nuestros portales, aquélla que clama por una perentoria y  necesaria solidaridad, sorprende también cómo hemos conseguido obviar a nuestros propios vecinos de rellano, aquéllos con los que compartimos historia, transformaciones o alegrías, y quienes ni siquiera reclaman para sí atención ni ayuda. Y así es que Portugal, siamesa, vecina y amiga, quien en varias ocasiones formó parte de nosotros, como un matrimonio oscilante y finalmente disuelto, se nos antoja el colmo del exotismo, siendo tan ajenos de nuestros compañeros lusos, como de un antiguo amor del que no se ha vuelto a saber un ápice desde que se consumara el breve romance.

portugal

Lo más peregrino, entre otros muchos sucesos insólitos, es que parece que nadie ha reparado en la constante presencia lusa en nuestra vida cotidiana. Como quien recibe el correo diario de un vecino ausente, nuestra vida completa se encuentra transcrita en clave portuguesa, estando especialmente presente en los productos que diariamente consumimos. Así, las cajas de galletas se han convertido, por acción de una bipolar trascripción idiomática, en un “sortido de bolachas”; la composición ha pasado a llamarse “composição”; el modo de empleo es ahora “conselhos de conservação”; y el reiterativo “mantener en lugar fresco y seco”, ha mutado en un exótico: “manter ao abrigo da humidade e do pó”.

Si ignorar esta presencia en nuestra vida consumista es advertida como un estrabismo incomprensible, el desconocer la cinematografía lusa resulta una bizquera imperdonable. Como una producción inexistente, ajena a nuestro día a día, no abundan analistas, críticos ni tan siquiera público, que se esfuerce por conocer el cinema de nuestro país más cercano, de una parte de nuestra propia península. Por ello, por este gran desconocimiento, y por celebrar su singularidad, pese a que exista quien todavía le reproche a Felipe IV su pérdida (inconcebible después de casi cuatro siglos), es por lo que le vamos a dedicar esta columna mensual, al cine portugués.

Como en otros aspectos de nuestra historia, el cinematógrafo llegó a Portugal casi simultáneo a España, de la mano Edwin Rousby el 18 de junio de de 1896 (a su vecina Hispania llegó Alexander Promio el 13 de mayo, apenas un mes de diferencia). Simulando a los Lumière, un realizador portugués, Aurélio Paz dos Reis, se apresuró en presentar en público la Saída do Pessoal Operário da Fábrica Confiança, semejante a la presentada por los hermanos franceses en el Grand Café del Bolulevard des Capucines. Desde entonces, el cine portugués ha seguido un ritmo lento aunque sostenido, con hitos históricos nada desdeñables, como lo fue la creación del Centro Portugués de Cine en 1970, o el surgimiento de realizadores tan magníficos como Manoel Cândido Pinto de Oliveira, valedor, ni más ni menos, que del León de Oro del Festival de Venecia 1985; el Fipresci de Cannes 1990; el Premio Especial del Gran Jurado del Festival de Venecia 1991; el del Jurado de Cannes 1999, y la merecidísima Palma de oro del Festival de Cannes 2008.

maria de medeiros

Sin embargo, y dado que nos encontramos en uno de los meses más importantes para la historia portuguesa, resulta obligada la reseña de uno de los mejores filmes de su industria, Capitanes de abril (2000), coproducido por miembros de la Unión Europea (entre ellos España), y dirigido por la polivalente María de Medeiros. Y es polivalente porque la que clamara por un vientre sexy en Pulp Fiction (actriz que interpretaba el personaje de la pareja de Bruce Willis), no sólo es una gran intérprete, sino que además goza de uno de los currículums más nutridos e impresionantes del panorama internacional, con licenciatura en la Sorbona incluida. Con Capitanes de abril, Medeiros se estrenó en la dirección y la escritura cinematográfica, al tiempo que consiguió emocionar a la opinión pública con un filme candoroso, valiente, lúcido y extremadamente seductor, en el que nos retrata la sublevación de los jóvenes capitanes del Ejército portugués el 24 de abril de 1974, cuando decidieron poner punto y final a la dictadura más larga de Europa, de casi cincuenta años de duración.

Protagonizada por Stefano Accorsi, Joaqim de Almeida, Fele Martínez y la propia María de Medeiros, la historia nos narra cómo los capitanes Manuel y Maia, se arman de valor y conducen a los jóvenes oficiales lusos hacia la toma pacífica de los organismos públicos. Conocedores del poder mediático, tomarán una radio nacional, consiguiendo que su locutor emita una canción prohibida por la censura, “Grándola”, convertida en un nuevo himno de la alegría por la libertad. Mientras los capitanes van tomando posiciones para el golpe de estado, la población se encontrará recluida en sus casas, temiendo el peor de los desenlaces, e imaginando una represión tan contundente como atemorizante. Lo que nadie podía imaginar era que, ante su activo pacifismo, ningún militar afecto al régimen se atrevería a cargar contra ellos, llegando a encontrarse ante un pelotón capitaneado por un general iracundo, y consiguiendo, por obra y gracia de la razón, que todos aquéllos que les apuntaban con su metralleta, soltasen sus armas y cruzaran la línea de fuego para reunirse con sus compañeros. Sin duda una de las escenas más emocionantes de la historia de la cinematografía.

capitanes de abril

En vista del éxito obtenido, y teniendo en cuenta que la revolución pacífica reclamaba un nuevo estado de cosas distinto al imperante, se llevó a cabo el traspaso de poder sin que una sola gota de sangre humana fuera derramada a causa de los capitanes, un loable provecho de la democracia portuguesa. Cuando la sociedad rompió la crisálida del miedo, durante la mañana del 25 de abril de 1974, los ciudadanos tomaron la calle del mercado de las flores, colocando en los embocaduras de las metralletas de los capitanes de abril un clavel como símbolo de paz, en señal inequívoca de que, a veces, las armas no tienen por qué vivir para matar.   

Con un tono fresco, de evocación romántica, el impacto emocional de Capitanes de abril se debe no sólo al verismo de su trama, sino al aspecto de improvisación que entregan sus intérpretes, trasladando al espectador a los años setenta, al miedo de la tortura, y a la esperanza de un futuro mejor y más pío. Quizá una sola película no pueda justificar el amor a todo un cine, el portugués, pero es indudable que sí invita, y con creces, a acercarse a uno de esos vecinos que atesoran mucho más de lo que se puede intuir a primera vista.

En la radio se oye una canción censurada, “Grándola”, y por fortuna, todos saben su significado: la revolución de los claveles se ha impuesto, y al fin todo ha comenzado.

 

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TO BE OR NOT TO BE
Lucía Tello Díaz

 

Me declaro culpable y reincidente, vaya por delante la honestidad. Y lo soy, porque en lo que a derechos humanos se refiere, o se está comprometido, o no se está, esa es la cuestión. Y es que esta nueva versión shakespeariana se presenta crucial en una sociedad como la nuestra, en que hemos olvidado con exorbitante frecuencia qué valores son los realmente importantes, y cuáles son meramente contingentes. De estar vivo Shakespeare, seguro hubiera militado en el bando del compromiso, máxime cuando el dramaturgo inglés fue uno de los pioneros en eso de darle un papel protagónico a los personajes femeninos, algo que esta sociedad nuestra, tan retrógrada, tan publicitaria, tan monetaria, ha querido situar en un inmaterial segundo plano, devolviéndole la dignidad a las mujeres a base de anuncios de detergente y lacrimógenos sucedáneos emocionales del show business. Cosas de la modernidad.

violencia contra mujeres

Y es así que, en este 2010, llegamos al día de la Mujer con unas cifras obscenas, sonrojantes para cualquier individuo, de no estar tan habituados a que se nos presente como una fatalidad escuetamente natural, consustancial a la raza humana. Una mujer muerta. Un dígito más. En todo caso, papel mojado para la edición de mañana.

Este último año arroja unos datos escalofriantes en lo que a víctimas de malos tratos se refiere, pero no sólo en España, sino en todo el mundo, especialmente preocupante en Europa. Según últimos estudios de Amnistía Internacional, en la Unión Europea (UE), “decenas de miles de mujeres y niñas de todas las edades y de todos los grupos sociales son víctimas de múltiples formas de violencia. Son maltratadas por sus parejas o exparejas, son víctimas de trata, sufren abusos y violencia sexual por parte de familiares, personas de su entorno y desconocidos, mutilación genital femenina o matrimonios forzados”. Pero hagamos caso omiso, el mundo va bien y eso del feminismo es sólo una corriente de pensamiento propia de mujeres amargadas. Qué más da una mujer más que menos, ya lo he sostenido muchas veces, tan sólo hablamos del 51% de la población mundial.

Del mismo modo, este día de la mujer coincide con la madrugada de la Ceremonia anual de los Óscar americanos, una circunstancia que, por descontado, no sólo nos agrada por cinéfilos, sino que este año posee el aliciente de que una mujer esté nominada a Mejor Dirección, Kathryn Bigelow por su enérgica En tierra hostil. No obstante, no cabe llamarse a engaño, ninguna edición ha concluido con un Óscar a una realizadora, es más, de las dos únicas directoras nominadas, Lina Wertmuller en 1975 por su filme Siete bellezas, y Jane Campton en 1993 por la magnífica El piano, ninguna de ellas recibió más que un esquelético aplauso.

Desde las starletts más impresionantes de Hollywood, como lo fue la desinhibida y brillante Mae West, el cine ha querido cosificar a la mujer como mero objeto de deseo, en un buñuelesco intento por demostrar que en lo que a entes bellos, la mujer se lleva la palma, aunque ésta sea la de Cannes. Resulta consolador, y al mismo tiempo emocionante, que algunos directores (pocos, no se vayan a creer), hayan rescatado del olvido a la mujer para poner sobre el tapete sus verdaderos problemas, sus auténticos conflictos, y los aspectos más apremiantes de su condición de ciudadano de segunda clase como desean seguir viéndonos, por mucho que nos duela admitirlo. Isabel Coixet, con su desgarradora La vida secreta de las palabras, nos devolvía una visión nada agradable de la trastienda de la guerra, en la que la mujer es siempre perdedora, sea del bando que sea. En El intercambio, Clint Eastwood nos acercaba a una realidad que siempre ha sobrevolado a la mujer, y es la de imposición de tutela física y mental, en un mundo que ella no tiene derecho a controlar y mucho menos a denunciar.

Según estos personajes, encerrar en un psiquiátrico a una mujer parece una solución adecuada cuando ésta resulta incómoda, tanto para el sistema como para sus organismos. Así lo hicieron con el personaje de Angelina Jolie en el filme de Eastwood, como asimismo lo llevan a cabo en una postrera novela y filme de actualidad, Millennium III: la reina en el palacio de las corrientes de aire, donde Lisbeth Salander resulta más conveniente acallada que diciendo la verdad.

Un año da para mucho, es cierto, y oportunidades para cambiar no han de faltarnos. Quién sabe, quizá el punto de inflexión lo supongan los Premios Óscar de este año; o tal vez la conciencia popular de una sociedad hastiada de tanta hipocresía, vayan a saber; pero qué quieren que les diga, a este respecto me declaro escéptica y además reincidente. Y todos saben que en esto de “ser o no ser”, reside la cuestión.

 

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La vida de los otros, o el día del orgullo de san Valentín
Lucía Tello Díaz

 

Las efemérides tienen una naturaleza intrigante, no me lo podrán negar. Víctimas de alguna perversa tortura, el año entero está repleto de santorales siniestros, en que celebramos la trágica y cruel mutilación y posterior asesinato de cualquier individuo, por el simple hecho de haber realizado cualquier acción bondadosa, o así nos lo han referido. En cualquier caso, el calendario es algo misterioso y sombrío, lleno de citas ineludibles y de responsabilidades contraídas, ora personales, ora sociales, tan turbador como estresante. Pero hele aquí que se nos acerca, como cada año, una de las citas más celebradas de nuestro actual calendario, ésta es, san Valentín.

empire state

Hasta nueva orden, o hasta que el maya se imponga con su finitud, nos deparan años y años de impíos san Valentines, en los que de nuevo haremos gala de nuestro comercialismo extremo, nuestra vanidad y, en el peor de los casos, de nuestra soledad. Pero no se crean, Hollywood, tan ducho en esto de hacernos sentir a gusto, ha planeado su propio First Aid Kit para vacunarnos contra todo mal, el de amores incluido.

Porque san Valentín, mal que nos pese, es un día de todos, no sólo de los petulantes filtreadores de amor al peso, que únicamente lo demuestran en ocasiones especiales, exhibiendo a su amado/a como una presa en el zurrón de un cazador. Por fortuna en esta caza no se exhiben las cornamentas de igual suerte, en tal caso muchos de los que alardean de amor sufrirían sus visibles consecuencias.

Pero no se crean, esta columna no está escrita para la crítica, sino para la reflexión, porque ¿quién puede atreverse a definir qué es el amor? ¿Quién puede poner barreras a los sentimientos humanos? Los antiguos romanos (en este aspecto redimen su acción propiciadora de días del santoral), relacionaban la verdad (verum) con la bondad (bonum), de cuya conjunción partía cualquier acto ético; de ello podría inferirse, con altas dosis de romanticismo o de locuacidad, como los maestros de la ética de situación, que el amor sería el acto ético por excelencia.

Esta perspectiva, aderezada con proporciones desmedidas de burbujeante champagne y alguna que otra fresa, también la comparte el cine, quien a su vez nos ha enseñado históricamente que el amor no entiende de color (Adivina quién viene a cenar), de edad (El graduado), de especie (King Kong), ni de sexo para ellos (Philadelphia) o para ellas (Manhattan).

adivina quien viene a cenar esta noche

Sin embargo, existía cierta tendencia voyeurística en el cine de siempre que hacía pensar en su maquinaria como una suerte de artificio autoflagelante, tanto para los que gozan del amor verdadero, como para los que ansían conocerlo, algo que de por sí tiene menos sentido que Ubú rey (con la venia del gran Alfred Jarry), y que por ende, favorece el malestar generalizado. Para los primeros, porque el amor cinematográfico siempre excedía en aditivos y colorantes la belleza del afecto real, más físico, menos melodioso y mucho más humano (en tanto que imperfecto y fallido). Para los segundos, porque el visionar un afecto idílico en esta platoniana cueva de las remembranzas que es el cine, patentiza más si cabe la sensación de oquedad que por otro lado tanto promueve nuestra sociedad.

Es curiosa esta paradoja malsana del que seguro, será el último siglo de la humanidad. Piensen detenidamente, por qué se nos insta al beneficioso individualismo, a las raciones para llevar, a los productos monodosis y a los packs rebajados para singles. Los solteros y sin compromiso se llevan y mucho, tan sólo hay que acercarse a las salas de cine para ver qué tipo de personajes se promulgan a los cuatro vientos y los siete mares. Esto justificaría, de facto, que el día de los enamorados se reduzca a una sola jornada, un momento de licencia única, un solo día, ni uno más. Si el amor interesase a los controladores de mentes, no existiría un día para el afecto; su existencia demuestra en última instancia lo poco que se practica el amor –en sentido amplio-, diariamente; deben recordárnoslo para que, en ese único caso, nos acordemos de él y lo vivamos a nuestro antojo. Lógico es entonces, que no exista el día de la guerra, o el día de lal violencia, ya que, por ende, todos los días son el día de la guerra y de la violencia. 

¿Qué interés tendría, en ese caso, remachar las conciencias de los bienpensantes con días para el amor? En este sentido, podríamos buscar la faz sardónica de todo ello, y pensar que es tan sólo el recuerdo de una forma de vida que existió algún día, y del que tan sólo quedan los vestigios, como las devastadas columnas del Coliseo, o las eternas  Keops, Kefrén y Mikerinos, tan indescifrables como cualquier cultura muerta. El cine de la era postmoderna, insisto, no busca el amor ni lo propugna. Allá quedaron películas para el recuerdo como el amor inmortal de El fantasma y la señora Muir (obra maestra de Mankiewicz), el amor consecuente de Vacaciones en roma, o el inmutable de Tú y yo (en las dos versiones de Leo McCarey; absténgase Algo para recordar).

No nos engañemos, el cine clásico propugnaba el amor, aquél incluso imposible mantenido entre Doris Day y Rock Hudson; o el arrebatadoramente honesto de Marlon Brando y Eve Marie Saint en La ley del silencio. Lo que el cine unía, no lo separaba el hombre, aunque acoplara a los que no podían amarse e hiciera amarse a los que no podían ni verse.

El cine actual, en su versión más perversa, nos insta a apostarnos (y lo que es peor) a enquistarnos, en esto que han dado en llamar la crisis de la nueva era, donde el relativismo impera y ningún criterio es válido ya. Pero es falaz y todos lo sabemos, el ser humano no ha cambiado tanto; la gente sigue queriendo ser amada por mucho que nos duela. Hay quien no quiere ser querido, es cierto, y resulta honroso admitirlo y disfrutarlo. Adelante, si es su propósito, es magnífico tener las cosas claras. Pero para los demás, para todos aquellos y aquellas que se emocionan (sin reconocerlo) con Lo que el viento se llevó; que han llorado con la magnífica canción de Ray Peterson en Ghost, cuando Demi Moore besaba a Patrick Swayze (olvidemos por un momento que es Whoopi Goldberg), y que siente palpitaciones cuando Richard Gere entra en la fábrica de papel de Debra Winger en Oficial y caballero, a todos ellos, insisto, feliz día del orgullo de san Valentín.

Porque sí, el amor es algo de lo que hay que estar orgullosos, quizá lo menos animalesco de nuestra naturaleza y lo más edificante. No se dejen engañar, salgan de sus cavernas, dejen de mirar la vida de los otros y recuerden, por mucho que nos exhorten con fulgurantes luces de neón, que el amor nunca ha perjudicado seriamente la salud... Al menos en su justa dosis.

 

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SINFONÍA DE UN CUENTO DE NAVIDAD
Lucía Tello Díaz

 

Nada mejor que una road-movie podría definir con mayor precisión lo que ha sido mi vida hasta el momento. Las carreteras, convertidas en auténticos hogares, me han dado siempre una confianza y serenidad que difícilmente podía conseguir de otras topografías, delineando a través de sus medianas y sus arcenes, el perfil idílico de una vida en movimiento, en constante transformación.

carretera nocturna

He tenido la suerte de vivir en muy diversos y excitantes lugares, siempre me he enorgullecido de ello. Todos deberíamos, en mayor o menor medida, nutrirnos de esa variedad de experiencias y caracteres que sólo el camino muestra, a veces de forma velada, otras de manera explícita y rotunda. Háganme ustedes caso, dejen en sus casas los prejuicios y el equipaje: salgan y viajen, se darán cuenta de la riqueza que ofrece la vida.

Decía que la mía ha sido una road-movie, y no porque haya tenido pretensiones de emular a Thelma & Louis, en modo alguno; ni tampoco porque Bonnie and Clyde sean el mejor ejemplo a seguir; y menos aún, matizo, Un mundo perfecto. La mía ha sido más parecida a un anuncio, a un cortometraje comprimido: planos rápidos, emocionales, sensitivos; ha sido edición, puesta en escena y sonido, mucho sonido. Y fíjense que no hablo de ruido, deducible del estruendo que, por lo general, emitían los automóviles de mi infancia (los actuales son más cinematográficos, más silenciosos, más de ciencia ficción). El continuo vaivén del firme, la nocturnidad de las estrellas y las pequeñas luces que iluminaban, una tras una, las pequeñas poblaciones que aderezan con su encanto las carreteras secundarias, me hacían vivir, de modo constante, en un mundo navideño. Quizá fuera, vayan ustedes a saber, porque el mayor viaje anual que realizaba era en Navidad, para unir en lo posible aquello que doce meses se habían esforzado en disociar: la familia, se entiende.

Y es curioso que, sea precisamente ese grupo de congéneres y allegados, tan fluctuante e incierto durante todo el año, el que cobrara en Navidades una dimensión especial, mezcla de conmiseración, candor y humanidad, que tanto se añora cuando se vive en la lejanía. Permítanme la licencia pero, si pudiera elegir un símil análogo a la Navidad, no tendría más remedio que elegir el cine como mejor metáfora de esta etapa festiva.

Fíjense en las semejanzas. Comienza con la expectación infantil de vivir una experiencia fascinante, mágica, inagotable en la plenitud de la fantasía que se perpetúa. Nada es fáctico, todo es inaprensible. Esa deslizadiza ensoñación, cobra vida en la penumbra, en la oscuridad onírica de todas las quimeras, donde se da cabida a un juego de luces, sonidos y melodías que poco tienen de reales y que, en su invención, engatusan con mayor fervor que cualquier verdad categórica. Conforme avanza, la ensoñación va dejando el poso amargo del consumo, al tiempo que el entusiasmo aumenta por la cercanía del gran clímax, el final catártico, la recompensa, el deseo colmado, lo que has estado anhelando durante el tiempo en que el sueño ha durado. El regalo. Y así, con un rayo de luz que desvanece el sueño y con él la entelequia, volvemos a ponernos en pie y a enfrentarnos a la realidad de nuestras vidas. Los colores, el celuloide, las guirnaldas, las estrellas, las pequeñas luces de un pueblecito a la vera de una carretera, todo se desvanece cuando la realidad, la mal llamada realidad, hace de nuevo su aparición.

Que el sueño, nuestros sueños, se perpetúen mucho después de que las luces se enciendan, y podamos decir durante todo el año, que la vida es sueño, que el sueño es cine, que el cine es vida y que la vida sabe mucho mejor cuando es Navidad.

Felices Fiestas.

 

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AUTUMN IN NEW YORK
Lucía Tello Díaz

 

Señoras, caballeros, el otoño ha hecho su aparición. Y es que ésta, manifiestamente, es una de las mejores estaciones del año, a pesar de que la permutación climática haga briosos esfuerzos por demostrar que el verano no entiende de fronteras, y que la caída de la hoja bien puede compatibilizarse con un buen refresco a pie de playa. Eventualidades de la nueva era.

No sé a ustedes pero, a mí el otoño me trae remembranzas de jazz, de cielos grisáceos y de anocheceres rojizos; de griteríos infantiles a la puerta de un colegio, de librerías entrañables protegidas de una oportuna lluvia salpicada de pantallas multicolores de paraguas infinitos. El otoño es un cine nocturno, privado del frío errante de las húmedas calles.

Suelo mantener mis secretos como tales, sin revelar un ápice de sus interioridades (las mías), ante ningún conocido que no sea yo misma, y esto sólo cuando no soy yo la verdadera extraña que desconoce sus recodos –que también puede suceder, no se crean-; pero hoy haré una excepción, amparada en este impensado enamoramiento que me produce por fin, la anhelada llegada del otoño. Reverencio una canción que, de no haber sido concebida, hubiera tenido yo que inventar con jirones de mi propia alma, Autumn in New York, magistral pieza de Vernon Duke que adquiere una significación especial cuando es interpretada por Ella Fitzgerald y Louis Amstrong. Patentado remedio contra el cansancio crepuscular, escucho muy a menudo su melodía para recordarme a mí misma lo profundo de la existencia humana, en un momento de comunión sólo equiparable al reconforto que me producen las conversaciones noctámbulas de Woody Allen y Diane Keaton en Manhattan.

Lástima que, como de costumbre, todas las rosas tengan espinas, y que en esta ocasión la muerte de Patrick Swayze haya empañado los cristales de nuestra memoria cinematográfica. Esto no es un adiós, como catervas de informadores sensacionalistas han querido recalcar. Ya mencioné el mes pasado que toda vida tiene un ciclo, al igual que cualquier lapso, con su primavera, su verano, su otoño y su invierno; la desesperanza surge porque vivimos en una sociedad que ha olvidado su caducidad y, en ese sueño inmortal de perpetuidad, nos engañamos hasta que la realidad nos azota con su contundencia. La culpa es nuestra por vivir alojados en la estulticia, y no lo es de la vida, que no hace sino lo que debe. No voy a negar la evidencia, Patrick Swayze siempre será para mí uno de los hombres más bellos que ha dado el séptimo arte y a él envío la mayor de las gratitudes por los grandes momentos de baile, de sueño y de dulzura que dieron a otras épocas su brillo y su esplendor. Que sea usted muy feliz, señor Swayze, esté donde esté.

Pero no se crean que la del protagonista de Ghost es la única noticia cinematográfica actual. También este otoño nace coetáneo a la detención de Roman Polanski a su paso por Suiza; quién iba a decirle al gran realizador polaco que, tras la máscara de un premio, iba implícito el cumplimiento de un deber para con la justicia contraído hace más de treinta años. Un muy cinematográfico final para una huida o road-movie, entregada al celuloide.

Pero abandonemos las páginas de sucesos de la actualidad del cinema, ya hemos dicho que el periodo estival ha tocado su fin y por fortuna tenemos tres meses de exoneración hasta la llegada del invierno. Por ello, regresemos pues al frío, al cine y al júbilo que produce descubrir que estamos vivos y que todo está por hacer. Empieza un nuevo curso, así que no se dejen llevar por la languidez de los versos tristes de Recuerdo infantil que cantaba Antonio Machado a las aburridas horas de escuela. Que la lluvia tras los cristales nos llene de voluntad y no de monotonía; que las hojas en el suelo sirvan para dar forma a los más variados caleidoscopios de vivencias, y que las confortables salas nos recuerden que todavía, el cine es y será siempre uno de los mejores lugares para pasar nuestro tiempo.

Señoras, caballeros, ¡por fin es otoño! Y es que, ya lo decía la excelsa Fitzgerald, “is good to live it again”...

 

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REBOBÍNALA DE NUEVO, SAM
Lucía Tello Díaz

Cómo son de sencillos los avatares en el cine. El verano, sin ir más lejos: viajes a Acapulco, a Río de Janeiro, cruceros por el Mediterráneo, o incluso amores estivales, de ésos que mutan en desamores otoñales con la caída de la hoja de los afectos. Un sinfín de historias pasajeras, agradables, luminosas y agitadas como un spot publicitario, una canción pegadiza o una comida frugal. El verano en el cine no atiende a razones, ni a cambios climáticos, ni a las impertérritas quemaduras solares de los hombros desprotegidos; no importa que la brisa sea incómoda o la arena huidiza entre los millares de recovecos de nuestro equipaje. El verano a veinticuatro fotogramas por segundo se vive intensamente.

Crecí soñando con un verano de cine, ya lo he confesado en más de una ocasión. Soñaba con los hoteles que recibían a sus huéspedes con collares de flores, con cestas de fruta y una wide -white-smile como consigna. Blame it on Río, uno de mis imprescindibles de Stanley Donen -que nada tenía que ver con su afamada Singin´in the rain-, ilustró a ritmo de samba y bosanova que unas vacaciones paradisíacas eran posibles, sin percances pavorosos al estilo Tiburón, ni aglomeraciones familiares y prototípicas de La gran familia.

Sin corrupción de menores mediante –blame  it on Donen-, sino más bien de mayores, aparece en la mente colectiva de toda una generación Dirty Dancing, donde un bautismo de fuego para entrar en la edad adulta implicaba despojarse de los condicionamientos y entregarse al baile sensual e irreprimido, capaz de hacer tambalear los cimientos de maduros con mirada lasciva y recelosa. Por mucho que insistieron, Baby nunca volvió a la cuna a donde la enviaban, conquistando para la posterioridad un hombre, Patrick Swayze, y una canción, The time of my life, inherentes a partir de entonces al pulso de su danza.

Qué sencillo es todo en el cine, insisto. Tanto, que en ocasiones uno quisiera que la vida  se amoldara a las leyes de la industria y no de la humanidad, que por mucho que brama por ser inmortal no logra, ni se aproxima, a que la existencia de sus componentes sea eterna. De eso el cine sabe mucho, no se crean. Ningún personaje vive eternamente y, si lo hace, siempre se le atribuye una terrible soledad y amargura.

Pero aún así, aún sabiendo que los protagonistas morirán irremediablemente, siempre  queda en última instancia un artilugio tan envidiable como recurrente llamado rewind, el magnífico rebobinado que nos acerca una y otra vez al instante de felicidad, al beso profundo, a la mirada reveladora, al amor sincero. No existen rebobinados en la vida real y eso, casi con exclusividad, es lo que hace al cine muy superior a la vida.

A colación de este tremendo desvelamiento, viene la noticia de que un montañista español, Óscar Pérez, yace en la montaña pakistaní Latok II sin posibilidad de rescate, esperando un destino incierto en el que todos, queriendo o no, participamos como testigos impávidos. Algo escandaloso, terrible, humillante como miembro de una sociedad que se despierta con una noticia semejante durante diez días seguidos, y no pone el grito en el cielo de indignación. Quien recuerde Ace in the hole, uno de los filmes más ásperos y terribles de Billy Wilder, rememorará cómo la población de Alburquerque vivía minuto a minuto la infortunada lucha de un hombre atrapado en un yacimiento, cuyo desenlace no se acercaba ni lo más mínimo a un final feliz. Kirk Douglas, un aprovechado gacetillero, hacía su agosto vendiendo las intimidades del aciago personaje, alargando su sombría mano sobre todo aquello que le reportaría un buen fajo de sucios dólares. Testigo de una injusticia semejante me hacen sentir los actuales sucesos.

ace in the hole

En el momento en que escribo estas líneas, se desconoce si el montañista se encuentra o no con vida, a pesar de que las labores de rescate ya han sido interrumpidas sin remisión. Pensar en él, en nuestro compatriota perdido en los confines de un mundo con demasiadas aristas para nuestro débil bastidor, me hace sentir no sólo en sintonía con la gente que a buen seguro está sufriendo por él, sino con su propia persona. Y no puedo evitar preguntarme en qué estará pensando, qué estará sintiendo y cómo se encontrará. Me vienen a la cabeza las palabras que Kristin Scott Thomas relataba para sus adentros durante El paciente inglés cuando, herida de gravedad, era abandonada en una cueva mientras Ralph Fiennes buscaba auxilio. “Sé que vendrás por mí”, repetía Scott Thomas, como un mantra interminable, “sé que vendrás”.

Es increíble que, relatando estas frases, exista un ser humano en algún lugar del mundo que esté padeciendo un sufrimiento semejante y no haya clemencia para con él. Es aborrecible que no se pueda hacer nada. También lo es que asistamos a su paulatino apagamiento sin que siquiera una válvula acelere nuestro corazón y que, al contrario que en el cine, no haya ningún botón de rebobinar para una decisión errada. Quién pudiera pedir que alguien rebobinara nuestra cinta otra vez.

Qué castigo que, en la vida, no seamos los que elijan dónde poner nuestro final feliz.

 

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SI DE FUMAR SE TRATA...
Lucía Tello Díaz

Por muchos años que viva, y espero que sean numerosos y plenos, a buen seguro no olvidaré el día en que Alex de la Iglesia fue investido nuevo Presidente del cine español. Citada en la Academia de las Artes y de las Ciencias a las doce de la mañana –por motivos diversos y, en todo caso, ajenos al objeto de esta columna-, durante más de dos horas fui la afortunada testigo del ir y venir de lo más granado del arte audiovisual patrio.

Un apunte: el cine español, nuestro cine, es muy grande. Años, lustros, decenios han empleado ciertos sectores de la opinión pública de este país, en echar por tierra la labor de nuestros artistas –tanto los que operan delante como detrás de las cámaras-, sin reparar en lo injusto, extemporáneo y desacertado de sus comentarios. Así ha quedado de manifiesto en el día de hoy, cuando el valiente De la Iglesia ha acentuado la necesidad de revisión de la imaginería que de la industria cinematográfica se da; así como su expreso interés en recuperar grandes figuras como Pedro [Almodóvar] y José Luís [Garci]; al tiempo, sostiene que la Academia debiera servir de nexo de unión entre el espectador y el cine, dándole unos mayores preparación y conocimiento técnico a los niños y jóvenes acerca del aparato creador audiovisual, para que ningún niño, como el propio De la Iglesia indica, “piense que una película en blanco y negro es sólo fruto de un fallo del televisor”.

alex de la iglesia e iziar bollain

A esto añadió, no sin acierto, que los que trabajan en esta industria -tan vilipendiada, tan poco comprendida-, “no son unos parásitos subvencionados”, sino otra área laboral que recibe ayudas como cualquier otra, tal como afirmó la nueva vicepresidenta, Iziar Bollaín. Nada hay de deshonroso en percibir auxilios como lo hace la industria del tabaco o del aceite.

Sin duda uno de los puntos que más unanimidad encontró fue el de la paridad. La escalofriante discrepancia entre la presencia femenina y masculina en las producciones españolas –piénsese en el vergonzante 7% que alcanzó la participación de mujeres en la realización en los últimos años-, es un enemigo a batir en todos los frentes, siendo obligación moral y ciudadana de toda nuestra industria –y no sólo la cinematográfica-, el apostar por la mujer como se ha venido haciendo hasta el momento con el hombre.

A pesar de esta cifra agónica e irresponsable, también es cierto que existen en nuestro cine damas magníficas e indiscutiblemente glamourosas cuyo inmenso talento es difícil de superar y olvidar. En aquel hall vibrante, a la espera de noticias sobre la resolución de la Asamblea, vi aparecer a la gran Marisa Paredes, impecable en su traje blanco, con unos envidiables peinado y buen humor. Justo cuando parecía que se perdía entre el gentío del pasillo que llevaba a la deliberación, la musa de Almodóvar giró insospechadamente, en busca de un mechero con el que prender su cigarrillo. No tuvo mucha fortuna. Apoyada en la pared, percibí de reojo cómo venía hacia mí y, con su estupenda voz de teatro, me preguntó: “Perdona, ¿tú fumas?”. Cuánto me dolió ser la responsable de desvanecer la esperanza que tenía depositada en mí. Mal momento para hacer alarde alguno de mis saludables costumbres.

Paso a paso, minuto a minuto, hora a hora, me fui acercando cada vez más a la reunión de la Junta, una sala de proyecciones amplia, policromática y atestada de figuras de renombre conocidas -Urbizu, Gómez Pereira, Porto-, como oraciones cinematográficas que uno aprende en la más temprana infancia. Conversaciones cómplices con damas del teatro, las anécdotas entre bambalinas de alguna de nuestras actrices más populares, los cigarros nerviosos de actores deseosos de saciar su ansia fumadora o guionistas madrugadores que dan amena conversación en los pasillos. Ese era el ambiente que percibí, observé e incluso compartí.

He dicho que nunca olvidaré este día y lo sostengo. Nunca olvidaré la merecida ovación proferida a Alex de la Iglesia, su sano interés en hacer más hospitalaria la casa del cine, la casa de todos; o el abrazo cómplice, sentido y casi fraternal entre Carmen Maura y Marisa Paredes, dos de los pilares básicos del cine español –sin olvidar a Pilar Bardem, a Eusebio Poncela, a Fernando Fernán-Gómez o a Rafael Azcona, entre muchos otros-. El día de hoy fue en parte inesperado, arbitrario, puro azar. Un sueño hecho realidad y además cumplido. Una suerte.

scarlett johansson

Lo único que lamento, si he de sacarle un pero a una experiencia como ésta, es no haberle sido de más ayuda a nuestra adorada Marisa Paredes. No me volveré a encontrar en una situación semejante en la vida, de sobra lo sé, aunque creo haber encontrado la solución para cualquier otro imprevisto de índole semejante: si de fumar se trata, empiezo hoy mismo... ¡Faltaría más!

 

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¡MAMMA MIA!
Lucía Tello Díaz

Decía el singular Lord Byron que “la verdad siempre es más extravagante que la ficción”. Sin duda, nunca el autor londinense pudo dar un golpe más certero en el corazón de la condición humana, y aun en la universal, que cuando afirmó que, en ocasiones, la realidad supera con creces la invención. Y es así que recibo con asombro, dos noticias increíbles provenientes de la realidad tangible y evidente, que me permiten replantearme todos los cimientos científico-morales de esta sociedad. La primera, un varapalo al buen gusto y al sentido común, un disparo a sangre fría contra la mitad de mundo con alevosa iniquidad;  la  segunda, un canto –en sentido estricto- a la esperanza y a la vida, un  tremebundo milagro sonoro con resonancias cinematográficas que nos ha conmovido ciertamente.

Leemos con estupor que bajo el título de  “La violación, ¿fuera del Código Penal?”, en la revista Alfa y Omega se ha publicado un texto en el que se llega a poner en duda si la violación debiera ser tenida como delito, dada la degradación moral de la sociedad en el ámbito de los apetitos carnales. Sin poner en duda la intención del autor, y apelando a un raciocinio que el propio Ricardo Benjumea parece haber olvidado en el tintero, nos escandalizamos al leer frases en que equiparan la violación a obligar “a alguien a divertirse durante algunos minutos". Parece que su autor, lejos de conocer y entender no ya la condición de la mujer, sino la del ser humano –dejémonos de emplear a la mitad de la sociedad como moneda de cambio e instrumento-, ha confundido términos y ha equiparado la violación con una diversión. Es probable que el creador de tamaña falacia, no haya leído informes de Médicos sin fronteras, de Amnistía internacional, o ni siquiera lea la prensa. Quizá sea que dicho autor, tampoco sea muy cinéfilo, quién sabe. Y, ya que no es conmovido por la realidad terrible a la que están sujetas féminas por parte de tirios y troyanos –en guerras, en paz, en dictaduras, en democracias-,  quizá convendría recordarle pasajes cinematográficos que le recuerden lo tremendo de sus palabras, y el malestar creciente que su medieval ejemplificación –insistimos en su presunción de inocencia, ningún ser humano puede decir algo semejante sin vacilar éticamente-, ha provocado en las conciencias de la gente de bien. Tal vez el señor Benjumea debiera acercarse a Acusados, a El silencio de los corderos, a La letra escarlata, La vida secreta de las palabras o tal vez al crudo cuento Spara che ti passa de Giorgio Scerbanenco, presente en su libro Milano calibro 9, y que tan bien adaptó al cine nuestro genial Carlos Saura bajo el título ¡Dispara! Aunque me temo que será quizá American History X, una brutal y terrible violación masculina, la que más perturbe al autor. El propio Edward Norton aseguró haberse conmovido teniendo que rodarla a pesar de que, al contrario que en la generalidad de los casos femeninos, hablamos de ficción. Espero que en años venideros, las generaciones futuras no vuelvan a tener que encontrarse en un medio de comunicación, frases como "cuando se banaliza el sexo […] deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal", porque quizá eso signifique entonces que también se vaya a permitir la violencia de género y alabar la discriminación sexual o la disparidad de sueldos. Desde esta publicación hagamos un llamamiento al sentido común: basta ya.

Y fuera del sentido común precisamente, e intentando reponernos tras la desafortunada becerrada, nos enteramos de que Layla Towsey, una niña británica de tres años de edad, despertó del coma profundo en que un ataque cardíaco le había sumido, cantando Mamma mia, la mítica melodía que popularizara Abba hace más de tres décadas, y que Layla había descubierto tras visionar la cinta protagonizada por Meryl Streep, una de sus películas favoritas según confirmaron sus padres. La niña, que había estado coreando para sus adentros la legendaria canción durante todo el tiempo en que duró su letargo, emocionó a todo el servicio sanitario del hospital St Mary's, de Paddington (Londres), quienes no pensaban que la pequeña pudiera recuperarse tras la septicemia que en que desembocó la meningitis B que provocó su fiebre y su posterior infarto. Quizá nadie se haya percatado no ya de lo milagroso de su recuperación, sino del magnífico apoyo a las tesis de cuantos somos cinéfilos, ésta es: que el cine salva vidas. Decía José Luís Garci que, en ocasiones, ver una película determinada puede sacarnos de nuestro ostracismo y ver el mundo con otros ojos. No importa la película que sea, qué tipo de producciones nos gusten y cuánto nos desprecien por ello. Habrá quien venere la el cine clásico, la serie B, o incluso la serie Z, no importa: el cine es cine, y éste se ha inventado para hacernos la vida más fácil, para hacerla vivible y hasta inmortal.

Sea lo que sea lo que salve vidas, como a Layla Towsey Mamma mia, permitamos que el cine vuelva a devolvernos esa parte humana que todos parecemos perder con el inexorable paso del perverso tiempo. Si como decíamos al inicio, “la verdad siempre es más extravagante que la ficción”, al menos dejemos que sea ésta, la que nos saque de los baches en que nos mete la vida. Qué menos se le puede pedir a la fábrica de sueños.  

 

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COMO SI FUÉRAMOS MAYORES
Lucía Tello Díaz

 

Cómo es la vida, siempre dando vueltas. Por avatares del destino, asiste uno a las más inhóspitas situaciones jamás pensadas, esas que de ser vistas en el cine, resultarían histriónicas de tan inverosímiles. Y es en este contexto, que me encuentro recavando documentación en la histórica ciudad Universitaria madrileña, en plena celebración del aniversario de la II República, hace exactamente un mes. Por obra anónima, a cada paso que doy por una escalinata, encuentro símbolos que rememoran los colores de su bandera: “rojo, amarillo, morado”; “rojo, amarillo, morado”; “rojo, amarillo, morado”, o tal vez al revés la hilera cromática, el sentido de mis pasos era ascendente.  Y heme aquí, cuando ante mis ojos sólo existe una vista frontal de la muy castigada facultad de Filosofía durante nuestra Guerra Civil, que comienzo a escuchar proveniente de un exquisito coche, un curioso allegro que enseguida me retrotrae a tiempos pretéritos: la “Pequeña serenata nocturna” de Wolfgang Amadeus Mozart; y digo pretéritos porque, si algo activa en mi mente esa sintonía, es a una pelirrojísima y desatada Susan Sarandon en la genial Las brujas de Eastwick, un filme de obligada visión que fue el recreo incesante de mis tiempos de infante.

Y es que los niños y niñas de antes –no hace mucho-, no crecimos con High School Musical ni con Hannah Montana –cuya protagonista, Miles Cyrus visitó Madrid el mes pasado-, sino con películas pensadas, películas que no tenían que ser necesariamente infantiles y que, como bien apuntaba Julián Marías, trataba a los niños como futuros adultos, y no como simples ineptos –aunque no me considere, ni más faltaba, detractora de ninguna de las sagas anteriormente citadas-.

Sin embargo, en ese mundo creado en el ya póstumo siglo XX, no se puede decir que se haya acertado en las medidas y actitudes tomadas, ni que esos antiguos niños, criados como futuros adultos al amparo de aquella sociedad, hayan hecho gala alguna de madura sensatez. Hace unos días se han hecho públicas cuáles son las tres mejores iniciativas de los últimos diez años para los intrépidos internautas, increíble su disparidad: la primera, la abolición del servicio militar obligatorio (sin duda el Soldadito español de Antonio Jiménez Rico lo habría preferido así); la segunda, la investigación con células madre, y la tercera –atención-, la ausencia de Raúl en Selección española que ganó en la Eurocopa. Sin palabras. No sé qué con qué cine se habrán criado los votantes de esta encuesta, seguramente en su mayoría niños que crecieron albergados en series como Campeones u Oliver y Benji, aunque como digo, es sólo una suposición, comprenderán ustedes que no me lo plantee con ningún afán diseccionador, mera curiosidad acaso. No obstante, y dentro del consuelo que me aporta el pensar en el futuro -limitado, no se vayan a creer-, observo con emoción que alguien, al menos alguien, piensa en las consecuencias que ha traído al mundo nuestro intento por ser mayores: No hunger, el nuevo proyecto de Al Gore, con el que me demuestra que todavía hay luz al final del túnel, aunque el camino se esté haciendo en exceso angosto y largo. Después de la aclamada Una verdad incómoda, Gore vuelve a poner el acento sobre una realidad aún más inaceptable: la del hambre, la más injusta de las aberraciones humanas.

no hunger

Pero ya se sabe, los cabeza de lanza de esa generación adulta y bienintencionada, sigue pensando en la crisis desde sus propias arcas, como un avaro nada teatral que haría perecer de infamia al de Moliere. Campando a sus anchas nuestro sistema internacional, e hincando bien el codo sobre las gargantas de quienes no tienen voz y en los estómagos de quienes tienen hambre, la crisis parece haber permitido que la moralidad y la razón se diluyan sin indulgencia. Algo habrá que hacer. Algo habrá que planear. Lo que es evidente, lo que es incuestionable, es que mientras sigamos concentrados en nuestro histórico y cómodo “pan y toros”, seguiremos asistiendo inmóviles a la destrucción de millones de vidas con nuestras despensas llenas y la cabeza bien alta.

Quizá por eso sorprendan películas como las de Al Gore; quizá por eso llame la atención que aún exista gente con la sensibilidad suficiente como para oír deleitada a Mozart en la soledad de un coche. Y quizá por eso podamos recordar nuestra infancia y nuestro cine como un tiempo pasado pero irremediablemente mejor. No sé cómo será el mundo criado con High School Musical y Hannah Montana, pero sé cómo es el que se cebó de unas películas con vocación infinita. Quizá nuestras generaciones no estaban a la altura de su cine. Dejemos que alguien, quien sea, cambie el mundo, y así podamos decir, como José Sacristán en la genial y única Solos en la madrugada, vayamos adelante y hagamos algo por nosotros, por todos, “como si fuéramos mayores”.

 

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LET IT SNOW

Lucía Tello Díaz

 

“Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín”, fue la consigna marinera que rompió el silencio de un vagón tardío, en el Metro de Madrid. “Bajel pirata llamado por su bravura El temido, en todo mar conocido, del uno al otro confín”, continuaba diciendo con voz sentida un joven estudiante, fervoroso por un examen realizado. La amada del muchacho -siempre la hay cuando un chico se pone en evidencia-, asistía risueña a su interpretación, engatusada por su empeño y por su, por qué no decirlo, valentía.

metro

- Espera, espera, ahora viene lo mejor –proseguía el estudiante, más metido ahora que nunca en su recital- “Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar”. Ése sí que era un lobo de mar, ése sí que adoraba la navegación, y no como ese Jack Sparrow de las películas- afirmaba arrebatado.

La joven enamorada, entre carcajada y sonrisa, asentía taxativamente todo lo que le profería su amado. -¿Dónde se ha visto que un pirata lleve Rimmel? ¡Pues nunca, nunca se ha visto!

No se puede negar su mérito, el chico había conseguido hacernos olvidar el endémico tiempo de demora del suburbano, el frío que arreciaba y el hacinamiento de aquel vagón. Y es que, en ocasiones, un buen temporal de frío hace recordar lo que el paulatino aburguesamiento va haciéndonos olvidar. Decía Azcona, en este y otros muchos sentidos su cita es ineludible, que un guionista pierde su alma cuando abandona el transporte público. Como siempre, el maestro tenía razón. No recordaba lo fructífero que resulta, en ocasiones, abandonar el coche en el garaje. 

- Entonces, cuando Sparrow lucha, ¿qué conversaciones mantiene con otros piratas?- profería vehemente-, “¡tú, desenfunda!”, le diría al bandido, a lo que el otro le respondería: “De acuerdo Sparrow, pero antes dime, ¿qué máscara de pestañas usas?”... Y dejando la espada clavada en un madero, todavía vibrando la hoja, le diría: “acércate y le echas un vistazo tú, es la que mejor combina con la sombra de ojos”... ¡Eso no son piratas, por amor de Dios! ¡Se ha perdido la esencia!

jack sparrow

 

A pesar de que su amiga, novia o amante –había grado de confianza entre ellos, eso seguro-, insistía en llamarle loco, y a pesar de que se intuía que su extrapolación e hipérbole gratuita respondían más a una suerte de cortejo que a una crítica sentida acerca de un cambio social más o menos acusado según su criterio, lo cierto es que la conversación en sí no tenía desperdicio. Y no porque dejara en entredicho la capacidad interpretativa de Johnny Deep –admirado por este medio hasta lo indecible-, ni tan siquiera porque su intenso alegato fuera o no convincente; lo que sorprende, lo que emociona, es que el cine, como fenómeno social y antropológico, haya alcanzado todas las áreas de nuestra vida, y nos sirva como referente para juzgar y medir nuestra realidad. Es cierto que los tiempos han cambiado, y es muy posible que los piratas de cine sean mucho más presumidos que aguerridos, pero lo cierto es que de nuevo, sea como fuere, a pesar de la crisis, de la baja calidad de las películas y de sus respectivos guiones, pese a todo ello, insistimos, el cine sigue adentrándose en nuestra vida y en nuestra alma. No está mal como punto de partida a un año que se teme, será largo y complicado. Al joven Romeo el cine le granjeó la sonrisa de su Julieta; a los testigos cercanos al romance, nos devolvió las escolares andanzas de la Canción del Pirata de Espronceda, tan repetidas cuando niños, y tan recordadas desde entonces. Y al vagón entero, nos dejó la sensación de que el cine, en su inmensa ficción, forma parte sustancial de nuestra realidad.

No se puede pedir más al temporal de frío que asedia a un seco martes 13 de un enero antojadizamente nórdico. Mientras sea para recordar momentos estelares del cine, y pese a los inconvenientes que suponga, ya lo dice la canción: let it snow, let it snow, let it snow.

 

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Navidad in memoriam
Lucía Tello Díaz

Seamos realistas, la vida es cruel. Así son las cosas o, al menos, así nos las han contado. Y es que no hay momento más crítico para reflexionar acerca de la fiereza de la vida, que la Navidad, período festivo, mágico y casi por obligación feliz que, en la mayor parte de los casos, acaba en desastre. Lejos quedan aquellas fechas de la infancia en que todo era como una película de De Sica, “pan, amor y fantasía”, y en que los regalos y la alegría desbordaban las tiernas expectativas de los infantes. La vida pasa, los niños crecen, y con ellos los gastos, las hipotecas y el desencanto. Echémosle la culpa a la crisis, a Bernard Madoff, al calentamiento global o a nosotros mismos. Todos somos partícipes de esta espiral en que hemos convertido al mundo, tremendo egoísmo el que nos azota y nos hace pensarnos el ombligo del universo. Lástima.

navidades al fuego

Pero el ser humano es así, en cualquier estación del año, en cualquier momento de la historia. Por ello, por la ingente cantidad de despropósitos humanos que somos capaces de hacer, torpe aunque concienzudamente, dedicamos este especial mensual a los innumerables lamentos que nos hacen maldecir políglotamente la Navidad.

Y es que el cine, agudo observador de la realidad, no se ha sustraído a la doble vertiente de las fechas navideñas. Si bien es cierto que existen cientos de filmes basados en las bondades de estas fiestas, también lo es que algunos han colocado las mayores calamidades afectivas, personales, profesionales y aun vitales en la Navidad.

Comencemos por un drama familiar de libro. No es que haya desterrado al emblemático George Baily de Capra, ni más faltaba, pero sí es cierto que para una generación temprana, la de mediados de los ochenta, la película Home alone de Chris Columbus, supuso todo un mito. Y es que estar solo en casa en Navidad, para según qué familias, puede ser todo un alivio. Un hermano insufrible, un niño abandonado, una pareja de delincuentes acechando y la más terrible soledad, es la combinación perfecta para el ocio familiar de la pasada década. Quién diría que hablamos de cine infantil. Aunque quizá debamos departir sobre Solo en casa II, perdido en Nueva York, para darnos cuenta de la brutalidad de los realizadores a la hora de abordar el período navideño. Mostrar a la gente padeciendo la indigencia, a ricos malgastando su capital en lujos inservibles, y decenas de niños hospitalizados que miran con triste resignación el mundo allende sus ventanas. Que suene Jingle Bells, no olvidemos que es Navidad.  

A comienzos del siglo XXI, Brett Ratner nos trajo Family Man, con Nicolas Cage en el papel de hombre de negocios frío y satisfecho que, por avatares del destino, acaba en un borough de Nueva York compartiendo miseria con Téa Leoni. Del cielo al infierno redentor, en una vuelta de tuerca a la novela de Dickens y su personaje Scrooge, este “cuento de navidad” del nuevo milenio demostraba que, a veces, menos es más y que, atención al mensaje, siempre queda tiempo para perder algo más. Alentador. Una de las más inquietantes y, por ello, realistas películas acerca de la Navidad se la debemos la gran Jodie Foster, con su A casa por vacaciones (1995). La que hubiera sido la niña más famosa de Coppertone, dirigió un filme satírico y mordaz acerca de las licencias que la familia se toma con respecto a sus miembros. Capaces de sojuzgar, de condenar y hasta ejecutar sus penas, los familiares de Home for the holidays son jueces y parte de la desesperación. De forma increíble, la confabulación del clan a las órdenes de Foster, precipita que muten en auténticas alimañas. Pero no creamos que la soledad, el abandono o sostener a un grupo de impresentables genéticamente compatibles son las mayores atrocidades que el cine nos ha mostrado. Sólo a una industria feroz se le habría ocurrido acabar con la vida de Diane Keaton en una, a priori, comedia: The family stone (2005), película en que una Sarah Jessica Parker un tanto pusilánime, intenta abrirse camino en la familia de su novio, Dermot Mulroney, antes de que éste caiga rendido ante los influjos de su hermana, -Julieta eterna- Claire Danes. Sin embargo, no es la única muerte a la que Hollywood nos tiene acostumbrados en Navidad. Para el cine, lo habitual es perder a familiares en estas fechas: un hijo en la dulce e increíble Serenata nostálgica; una esposa en Planes, Trains & Automobiles (1987) con unos geniales Steve Martin y John Candy; e incluso un padre en la aclamada historia de Jack Frost (1998, Troy Miller). Increíble la abulia con que el cine ha tratado a las personas, y la facilidad con que se deshace de ellas para accionar la palanca emocional. Para ello, qué mejor que acudir al ejemplo más cercano, gamberro y macabramente genial que fue el filme de Alex de la Iglesia, El día de la bestia (1994). A nadie más que a De la Iglesia se le habría ocurrido colocar el nacimiento del anticristo en una ciudad como Madrid, tan maltratada y variopinta como sus calles. Sólo De la Iglesia se pudo imaginar el descontrol que supondría tal suceso en la capital, ni más ni menos, que el día de Nochebuena. Sin duda, matrícula de honor dentro de la filmografía catastrófica de Navidad.

Es por ello, por la cantidad de sucesos inesperados, trágicos, sorprendentes, horribles e insospechados que pueden suceder en Navidad -y que tan bien nos ha retratado nuestro adorado celuloide-, por lo que les insto, nos insto, a que disfrutemos de las vacaciones como nunca antes lo hemos hecho: ni una gota de alcohol al volante; ni una pizca de intimidación a las familias; ni un recodo de amargura. No demos al cine nuevas ideas, para más cine catastrófico en Navidad.

 

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TRANSFORMARSE O MORIR. EL RENACER EUROPEO DE WOODY ALLEN

Lucía Tello Díaz

Quien dijera que mezclar nunca es bueno, estaba equivocado. Al menos esa expresión parece contradecir al cosmopolita espíritu del más afamado realizador de Nueva York, Woody Allen, quien en su último proyecto cinematográfico ha demostrado que de las combinaciones más impensadas, pueden surgir estimulantes resultados. Bajo el título Vicky Cristina Barcelona, -inusitado para un cineasta como él-, se esconde uno de los filmes más arriesgados de Allen, con plantel y localizaciones que mucho –no todo- tienen de nuevo, y que no parecen corresponderse con el alma que impregnaba las primigenias obras del director, ni tan siquiera las de sus mejores películas.

vicky cristina barcelona

 

Atrás queda Manhattan, la Gran Manzana que tanto juego diera a Allen en su extensa filmografía –que excede las cuarenta películas-, y lejos queda también su adoptivo Londres, ciudad que acogió sus films de la nueva centuria. Con su último trabajo, Allen se ha reinventado a sí mismo mostrándonos que la mutación del paisaje no cambia, en absoluto, su carisma inconfundible ni su afán creador. Redundando en su travesía europea, después de títulos que renovaron su ya consolidada fama –léase Match Point (2005) o Scoop (2006)-, atrás quedan las tierras británicas para que el crucero Allen arribase en costas españolas, promesa contraída por el director neoyorkino tras su merecido Príncipe de Asturias de las Artes en 2002. Una ofrenda que, por descontado, ha cumplido con creces, habida cuenta de que gran parte del rodaje fue llevado a cabo en tierras astures, tal como unos pocos periodistas afortunados tuvimos la ocasión de presenciar. Fiel a su palabra, Allen filmó en las localizaciones más emblemáticas del Principado, con un despliegue hollywoodense que sorprendió, y de qué manera, al público allí concitado. Pero Allen cumplió, y no sólo en Asturias –tal como se infiere del título de la cinta-, aunque para ello tuviera que soportar el asedio de medios y público al que se vio sometido. Cumplió a pesar de que llegaran a solicitar a los curiosos turistas en Barcelona, que cejasen en su empeño de fotografiar las escenas durante el rodaje, precipitando la intervención de policía y guardia urbana para evitar el cerco al director. Cumplió, incluso, a la hora de hacer el cásting, siendo mayoría española el plantel del film, con el oscarizado Javier Bardem y Penélope Cruz en dos de los roles principales.   

Misma musa, misma neurosis

A pesar del sabor español que impregna la película de Allen, qué duda cabe de que el realizador ha medido milimétricamente las concesiones estilísticas, manteniendo invariables elementos fetiche que le han definido en sus últimos filmes. Como musa indiscutible de Allen –pese a que en innumerables ocasiones lo haya negado-, Scarlett Johansson vuelve a coprotagonizar este filme, poniendo un toque sofisticadamente platino a esta comedia ligera y romántica, en la que Vicky y Cristina, dos amigas norteamericanas –Rebeca Hall y Scarlett Johansson respectivamente- deciden atravesar el Atlántico para vivir nuevas experiencias en tierras españolas, donde conocerán –y se enamorarán- de Juan Antonio –Javier Bardem-, un sugestivo pintor que las embelesará con su atractivo, al tiempo que deberán hacer frente a su colérica y celosa ex mujer, la exuberante María Elena -Penélope Cruz-. Un conflicto amoroso difícil de sostener que provoca una situación límite que, según el realizador, “en la vida real, la mayoría de nosotros no podríamos manejar”. El enredo amoroso, los secretos compartidos, la intimidad, el arte, el sexo y la reclamante locura, serán el eje central de una película en la que los arquetípicos asuntos de Allen, volverán a ponerse frente al patíbulo para ser diseccionados y juzgados por el público. 

Con su música a otra parte

Con años de saxofonista a su espalda, resulta curioso que el realizador de Manhattan haya elaborado una esmerada banda sonora en la que dos temas han sido llevados a cabo por un grupo de música español. Alejado de su jazz emblemático, el grupo catalán Giulia y los Tellarini, ha hecho su peculiar aportación con dos singles que dan voz a la imagen del film de Allen: “Barcelona” y “La ley del Retiro”, ambos incluidos en su primer disco, Eusebio. Esta aportación fortuita –dejaron en el hotel en el que estaba alojado el cineasta un CD para que lo escuchara- sin duda ha enriquecido una película que ya ha cosechado éxitos en Cannes el pasado mes de mayo, cuando se presentó en sociedad, y tras cuyo visionado en la capital mundial del glamour cinematográfico, fue laureada por unanimidad. En la actualidad, además de haberse hecho público el cartel que será la tarjeta de visita del film, la película también fue presentada en la première de Los Ángeles el pasado 5 de agosto, donde de nuevo volvió a cosechar el triunfo que ya obtuviera en el estreno. En nuestro país, habrá que esperar todavía al próximo 19 de septiembre para saborear la nueva película de un cineasta que nunca deja indiferente a su público y que, como mínimo, poseerá un toque incomparable con respecto a sus filmes más representativos. Tal como afirma el diario de espectáculos Daily Variety, esta película es “más apasionada que el cine normal (de Woody Allen) por varios grados”.

Grados de pasión que resultarán todo un aliciente para el espectador y un récord loable para un director que, treinta años después, aún consigue sorprendernos.

 

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CALOR LATENTE O LOS PECADOS DE UNA SOCIEDAD CÓMODA


Lucía Tello Díaz

Hace no mucho, nuestro siempre admirado referente, Jaume Figueras, afirmó que “calor latente” tenía visos de convertirse en un magnífico título para un filme. Siendo conscientes de nuestra limitación económica –no obviemos el estado de recesión mundial-, nos conformaremos con titular así no ya una película, sino a una columna dedicada a esta magnífica estación que ahora estamos disfrutando o padeciendo –allá cada cual-: el verano. Y es que si el calor latente es “la energía absorbida por un cuerpo al cambiar de un estado a otro”, qué mejor que denominar así al período estival, que con tanto ahínco se esfuerza, año tras año, en derivar nuestro cuerpo y paciencia al estado líquido. Sin embargo, no sería justo reprocharle tanto al estío. No en vano, a él le debemos nuestra inexcusable cita redentora de todo un año eludiendo nuestro radical compromiso para con el cine. Sólo tolerando su soporífera penitencia llegamos, y de qué manera, al sublime placer de ver, disfrutar y sentir el séptimo arte como en ninguna otra estación. Al verano vaya, por tanto, el tributo que ahora le rendimos.

Que la crisis no sirva de excusa alguna, cada vez se acude menos a las salas de cine, sin que exista pretexto convincente para avalar esa melindrosa tacañería. Con o sin crisis, el mundo siempre se ha regido por la tendencia a disfrutar del cinema a través de sus ortodoxos –y legales, desterremos de una vez la piratería- medios. Hagamos memoria histórica. Allá por los años diez de la pasada centuria, los sacrificados ciudadanos acudían prestos a las proyecciones que se efectuaban en barracones de madera –los que más-, o teatros adaptados –los que menos-, sólo para poder disfrutar de los limitados cortometrajes incipientes que pioneros como Promio ponían a su disposición. Salones de variedades, recreos como el de Salamanca o el de Argüelles, o incluso el ya mítico Circo de Price, acogían a estos embrionarios cinéfilos que estaban dispuestos a pagar un exorbitado precio –demasiado para una economía de subsistencia restringida- por complacerse con  una diversión al alcance de muy pocos. 

Tres décadas más tarde, nuestros antepasados hubieron de conformarse con ver desde las trincheras los pocos noticiarios o películas propagandísticas de dudosa calidad –denso tema que indudablemente merece una columna aparte-, con los que tenían la “suerte” de deleitarse. Un decenio después, los famélicos y desesperados descendientes de toda la catástrofe civil, sobrellevaban sus penas y miserias con un cine desmesuradamente caro, que les mostraba cómo existía luz más allá de las fronteras, y que eran capaces de llegar al ayuno para acudir a su cita con Gary Cooper o Rita Hayworth. Ni qué hablar de la censura, ¡cuántos besos le habrá arrebatado la represión a niños y niñas como Salvatore (Cinema Paradiso, 1988, Giuseppe Tornatore), que se criaron sin saber qué sucedía tras el THE END!   

cinema paradiso

Y es que, superado el siglo XX, el tercer milenio nos ha traído unos parámetros hasta ahora inhóspitos que resultan difícilmente explicables, y  aún menos comprensibles. La vida está cara: es cierto; la crisis de guionistas ha hecho mella en el cine: de acuerdo; la calidad de las cintas está ciertamente mermada: depende. Y es que, en una sociedad que tiene a la hipocresía generalizada y a la demagogia, afirmar que no se acude al cinema por la baja calidad de las producciones es un insulto a la inteligencia, máxime cuando nuestro país está a la cabeza de los estados que descargan vía electrónica las producciones cinematográficas. Allá cada cual. Y en el caso de las maldades y bondades del cine, quizá fuera adecuado recurrir a Locke y a su archiconocido empirismo. En el pasado año, el cine español perdió varios millones de espectadores, hecho que se trasluce en una merma significativa del poder adquisitivo de la industria y, lo que es más pernicioso, que precipita un miedo a priori del sector productor. Menos inversión equivale a menor producción. Y eso sucede, como decimos, en un año en que se han realizado películas de calidad considerable, como lo son Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta), Chuecatown (Juan Flahn), Días de cine (David Serrano de la Peña), La habitación de Fermat (R.Sopeña, L. Piedrahita), Mataharis (Icíar Bollaín), El Orfanato (J.A. Bayona), Oviedo Exprés (Gonzalo Suárez), El prado de las estrellas (Mario Camus), REC (Jaume Balagueró), Salir pitando (A.F. Armero), La soledad (J. Rosales), ¿Tú quién eres? (Antonio Mercero) o Trece rosas (E. Martínez Lázaro). Hablar de falta de calidad es adolecer de una carencia absoluta de escrúpulos y aun conocimiento. Acudir a las salas de cine, o disfrutar de él en casa bien sea con legítimos VHS, DVD o Blu-Ray, no es sólo una recomendación, sino un requerimiento que nos beneficia a todos, desde consumidores hasta directores; de críticos a actores.

 Sin intención de que el tono peque en exceso de admonitorio, sí es cierto que este verano tenemos una oportunidad inigualable de disfrutar del cine como un acto responsable y fiel, fidelidad que le debemos a una industria que ha puesto imágenes a nuestros sueños; que ha dibujado con tanta lucidez veranos de ensueño como el disfrutado por Kim Novak junto a un rasuradísimo –exigencias del guión y la censura- William Holden en Pic-Nic (1955, Joshua Logan); el cine que nos ha presentado a una directora encomiable como Lee Jeong-Hyang y que nos ha retrotraído a un verano armonioso y dulce conducido por Sang Woo y su abuela (2002), a través del cual nos ha enseñado que, a veces, no hay fronteras para la comprensión, ni físicas ni idiomáticas. Un cine que nos ha revelado cómo los amores de verano no entienden de edad, como le sucede a Blas Otamendi en Historia de un beso (2002, José Luis Garci), ni tampoco de clase social, West Side Story, (1961 Robert Wise); ni tampoco profesión ni condición, como nos mostraron –deleitándonos- Holly Golightly –Audrey Hepburn- y Paul “Fred” Varjak –adorable George Peppard- en Breakfast at Tiffany´s (1961, Blake Edwards).

desayuno con diamantes

Y es que el verano, como el cine, tienen mucho que ofrecernos. No importa cuan calurosa sea la temperatura. No importa que las crisis, los termómetros, los guionistas norteamericanos o la piratería se unan en una causa común para hacernos desfallecer y perder nuestra fe. El Via Crucis de la desidia y la apatía tienen un fin libertador: el hecho de que cada vez que las luces se apagan en una sala de cine, la ilusión vuelva a comenzar. No sé ustedes, pero que un invento que cuenta con más de cien años de vida siga produciendo semejante efecto en nosotros, se me antoja como un verdadero sueño de verano. Por ello, ahora como antes, disfruten del cinema como él y nosotros nos merecemos. Ya saben, ilegalidad, nunca; pero cine… Cine siempre.  

 

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SYDNEY POLLACK: TAL COMO ERA


Lucía Tello Díaz

“Siempre se van los mejores”, dicen incansables las voces de quienes no se dan cuenta –consciente o inconscientemente-, de que todos los mortales, tarde o temprano, acaban cediendo el paso a la posteridad. Quién iba a decir que la muerte es lo único verdaderamente democrático. Pero en este caso, al margen de las inquietantes condolencias que tratan de poner barreras a lo inevitable, sí que se puede afirmar que, en efecto, uno de los mejores se ha ido, no sólo porque Pollack, director ineludible para las generaciones de los setenta y ochenta, fuera un notable realizador, sino porque su polivalencia y maleabilidad –entiéndase por maleable no el fácil de persuadir,  sino por el contrario, el que es capaz de adaptarse a cualquier forma sin romperse-, hacían de él un “todo terreno” del mundo audiovisual.

 

sydney pollack

Y es que Sydney Pollack, en sus más de cuarenta años de carrera,  fue capaz de ejercer como actor, productor y director, en una treintena de filmes de la más variada etiología, en los que demostró que la versatilidad no es sólo una floritura banal en una industria como la cinematográfica, sino todo un requerimiento para cuya consecución no todos están a la altura.


Nacido en Lafayette (estado de Indiana) en julio de 1934, este descendiente de inmigrantes rusos tuvo claro desde el principio su vocación artística y teatral, viajando a Nueva York para completar sus estudios dramáticos y participar en la cuna del teatro estadounidense, Broadway. Después de su travesía dramática, la televisión captó toda la atención de Pollack, dedicándose a la realización de programas y espectáculos que le valdrían el reconocimiento de la Academia, con varios premios Emmy. Sin embargo, la vida de este polifacético autor no se quedaría confinada a los monótonos 25 fotogramas por segundo que le ofrecía la televisión, sino que pronto vio la oportunidad de saltar a la gran pantalla. Fue en 1966 cuando, por vez primera, Sydney Pollack rodó su primer largometraje, The Slender Thread, un filme desigual y con escasa repercusión mediática que, sin embargo, le abrió las puertas del cinema. Tres años después, en 1969, Pollack pudo ver recompensados su esfuerzo y reconversión gracias al palmarés obtenido por el film Danzad, danzad, malditos, premiado tanto en Cannes como en Bruselas o Belgrado, e incluso nominada al Oscar por la Academia. No obstante, como a todo autor que se precie, Pollack no alcanzó el verdadero estatus de realizador hasta que no encontró a su musa, su preciada y dulce inspiración que, paradójicamente, en su caso fue encarnada por los mechones rubios de un galán, Robert Redford. Encontrada la musa y congregada con ella, de la fusión nacieron los más afamados filmes de Pollack, no tanto Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), tan sólo primera aproximación, como Tal como éramos (1973) o, más adelante, Memorias de África (1985), film que le valió el Oscar a la Mejor Dirección. Pero antes de todo Oscar, como presumiblemente después de él –aunque por desgracia no en todas las circunstancias-, siempre hay obras que catapultan al éxito a sus autores. Éste punto de inflexión de Pollack vino refrendado con Tootsie (1982), film con el que su fama internacional quedó de manifiesto, no sólo porque fuera el único realizador lo suficientemente diestro como para calzar unas medias de rejilla a Dustin Hoffman, sino porque sus diez nominaciones a los Premios de la Academia hicieron patente la capacidad creativa del director de Indiana. Tras los rotundos éxitos que supusieron Tootsie y Memorias de África, y superada ya la década de los ochenta, la fama de Pollack sufrió un viraje insólito, colocándose en un soterrado segundo plano que, a pesar de sus intentos, nunca llegó a superar. Pese a éxitos de taquilla como La tapadera (1993), film protagonizado por Tom Cruise –sin duda peor inspiración que la sugerente mirada del padrino del Festival de Sundance-, Pollack hubo de conformarse con pertenecer a la lista de “los que en cierta ocasión fueron, pero no volvieron a ser”.


Superados los noventa, el nuevo milenio trajo al Pollack más arrollador con un filme en el que el realizador volvió a rodearse de estrellas consagradas, en esta ocasión, Sean Penn y Nicole Kidman, en La intérprete (2005), un trepidante thriller de acción que sólo un experto director podía conducir. Finalmente, en 2007 Pollack dirigió a George Clooney en Michael Clayton, film nominado al Oscar a la Mejor Película que, sin embargo, no brindó a su director la oportunidad de llevarse la preciada estatuilla. Con o sin palmarés por sus últimos trabajos, lo cierto es que Pollack siempre ha sido una figura inexcusable en el panorama cinematográfico mundial, no sólo porque sus filmes hayan llegado tan lejos como cabría esperar, sino porque era Pollack una persona a la que siempre agradaba ver en la gran pantalla, tanto detrás como delante de las cámaras. De estas incursiones en el mundo de la actuación, quién puede olvidarle en Tootsie, sentado en el Salón de Té ruso de Nueva York, o compartiendo escenas con Tom Cruise enla última producción de Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut (1999). No obstante, si Pollack es reconocido públicamente se debe, en esencia, a una única interpretación, ésta es, la de Maridos y Mujeres (1992, Woody Allen), donde compartía con el genio neoyokino no sólo amistad, sino intimidad a raudales.


Y es que así era Sydney Pollack, un hombre polivalente, único e inigualable que, como todo lo bueno, termina por agotarse. Un hombre que, en palabras del propio Clooney, “hacía el mundo un poco mejor; hacía las películas un poco mejor; e incluso hacía la cena un poco mejor”. Un hombre recordado y al que recordar, eso sí, tal como era.

 

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TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A ROMA

Lucía Tello Díaz

 

Aterrizar en una capital extranjera resulta la mayor de las veces, una experiencia apasionante: lo nuevo, lo único, lo inmóvil y lo ajeno. Cada ciudad tiene su encanto y sus peculiaridades, lo que no siempre se presenta ante el viajero como “excitante”. Sin embargo, la experiencia adquiere tintes disímiles cuando uno sobrevuela y vive Roma, metrópoli que, al igual que otras ciudades como Nueva York, Los Ángeles o París, parece que uno conoce a la perfección, a pesar de no haber transitado por sus vías en toda la vida. Y es que, qué no se habrá visto de Roma en la gran pantalla, esa ciudad tan viva, tan carismática y atrevida, enraizada en sus costumbres y enriquecida con los nuevos idiomas, sabores y colores de esta multiétnica globalidad. Aunque uno se sienta extraño, y aun nostálgico en ocasiones, recorrer sus calles nunca vírgenes –cuántas generaciones de celuloide no las habrán retratado- aporta al peregrino una sensación de genial fusión con la ciudad. De nuevo el cine ha conseguido hacer cercano lo que no lo es tanto, y próximo lo que aparentemente nos es lejano. Y así, abrumados por la belleza del fortuito romance con Roma, el viajero puede sonreír al ver en la televisión local una reposición de Zafarrancho en el casino (1961,  Richard Thorpe), donde un Steve Moqueen italianizado, inmortal y políglota nos demuestra cómo el cine es cine en cualquier punto del mundo, en cualquier rincón del planeta.

la dolce vita

Ya no cabe duda de que esta sociedad convulsa y su imperdonable colonialismo –qué tantos males nos ha traído-, han brindado a la descendencia postrera un único consuelo: la idea de formar parte de un todo y, por ende, la excéntrica capacidad de sentirse en casa en cualquier sitio. Por ello, ante entornos como el romano, el extranjero no puede sino darse por vencido y sucumbir ante los recuerdos –ora propios, ora de nuestra cinéfila memoria colectiva- que espontánea e inconscientemente surgen en la mente del forastero.

Quién no ha llorado de pura delectación ante la Fontana di Trevi, cuya visión lleva pareja la imagen imborrable de Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en La Dolce Vita (1959, Federico Fellini); quién no ha reído de la emoción, y hasta se ha sorprendido, al introducir la diestra en la Bocca della Veritá, sabiendo que, en algún momento, nuestra adorada Audrey Hepburn sufrió conmocionada al creer a Gregory Peck –o bien su alter-ego periodístico Joe Bradley-, amputado por la pétrea boca del mitológico Tritón en Vacaciones en Roma (1953, William Wyler). Y quién puede haber olvidado, si es que hay alguien que alguna vez haya osado olvidarlo, a la Magnani cayendo muerta, fulminada por la intransigencia y el amor, en Roma cittá aperta (1945, Roberto Rossellini). Más de uno se habrá emocionado al pensar en Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani), buscando incansable su medio de vida, en la cumbre del neorrealismo que fue El ladrón de bicicletas (1948, Vittorio de Sica), película en la que descubrimos que, ante la pobreza, a veces ni siquiera las bicicletas son para el verano. Y es precisamente de de Sica, de quien más se acuerda el transeúnte –propio y foráneo-, en la ciudad imperial: enamorado de la capital romana, nadie como él retrató en centro motor de su organismo en la poco celebrada Stazione Termini (1953), cuando un Montgomery Clift atormentado, puso cuerpo y voz al pensamiento de Truman Capote.

roma citta apertavacaciones en romavittorio de sicadolce vita

 

Pero son más, muchas más, las rememoraciones que al viajante le evoca esta ciudad enérgica y envolvente: La vía Veneto nos recuerda a Las noches de Cabiria (1957, Federico Fellini); Lungotevere Testaccio rememora Accattone (1961, Pier Paolo Pasolini); La vía del Moro, es decir, Trastevere, hace inmortal una obra menor como Sólo tú (1994, Norman Jewison); incluso la vía Cavour nos remite a la histórica Cleopatra (1963, Joseph L. Mankiewicz) o la vía de S. Teodoro con su indisoluble Circo Massimo, nos sitúa en Ben Hur (1959, William Wyler).

el mago de ozNadie se siente solo, insistimos, cuando las luces de la ciudad comienzan a aparecer y el día cede paso a la noche romana. Nadie siente extrañas a sus gentes, su magnífica arquitectura ni su voluptuosa historia. Nadie parece desentonar en una urbe que forma parte de nuestro recuerdo, de nuestro cine, de nosotros. A nadie le sorprende su fisonomía, ni siquiera cuando su perfil se haya desfigurado con el tiempo o Steve Moqueen sea caro e civettuolo y no sólo apuesto. No, en Roma cualquiera se siente como en casa. Y es que, ya lo dijo Dorita, “se está mejor en casa que en ningún sitio”.

Hace tiempo que la gran pantalla nos ha mostrado que el cine, si es verdadero,  suena mejor cuando se habla en italiano.
  

 

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RODAJE DE UNA NOCHE DE VERANO

Lucía Tello Díaz

 

Sesión nocturna. Una pareja sale del cine a media noche y se dirige a su casa decidida y calurosamente. Él, camina con desdén; ella, deslizándose enfrascada en sus pensamientos. De repente, una bocanada de aire surge de entre los barrotes de la reja de ventilación del metro. El público se queda atónito, y Wilder grita ¡corten! Así recuerdo The seven year itch, una de esas películas que tan bien refleja el característico aire estival y festivo de las noches de verano.

la tentación vive arriba
Hace años, les retrataba con pasión en un artículo titulado "La más impía de las estaciones" la desidia que provocan los sofocantes días de verano. No obstante, no sería justo finalizar la estación que nos ocupa sin atender, por liviana y superficialmente que sea, a las escasas y aprovechables noches que nos brinda esta temporada, aunque sólo sea observándolas a través de los ojos del gran maestro de la comedia. Y es que en La tentación vive arriba, son muchas las claves que se pueden observar, pese a que la atención en verano se merme por el aletargamiento.


Nadie puede imaginarse cuán detestables pueden ser las horas muertas si se prescinde de un necesario aparato de aire acondicionado. Tan sólo debemos evocar la súbita satisfacción que expresaba la malograda Marilyn Monroe, al descubrir que su convecino gozaba en su hogar de unas noches frescas y agradables. Hasta la más grata de las actividades puede resultar detestable cuando se la somete a tan inhumana temperatura. Otra clave deducible es la de los amoríos estivales. Si bien es cierto que John Travolta y Olivia Newton-John cayeron serviles a los poderosos influjos del romance veraniego, aún lo es más que la mayor parte de las veces estas relaciones no superan la mera anécdota.

 

Como bien retrata Wilder, son muchos quienes pretenden deshacerse de la familia en verano, aunque sean pocos los que lo consigan realmente –tengan o no a un sex symbol por vecino-. Y qué me dicen del atuendo. ¿Quién no ha querido lucir el maravilloso –y ya histórico- vestido de gasa blanca que llevaba la que fuera esposa de Joe DiMaggio? ¿Qué mujer no ha querido atraer para sí tal grado de atención?  Resulta evidente que cualquier fémina desearía vestir de modo sofisticado y distinguido en las noches de verano, para no sucumbir –como de costumbre- a las miméticas, socorridas y descuidadas prendas propias de esta época del año. No sé ustedes, pero a mí me produce una grima de tamaña envergadura vislumbrar en el horizonte centenares de seres vestidos según un idéntico patrón. Y hablando de mímesis ¿qué me dicen de la programación cinematográfica del verano? ¿Acaso no les enerva la ausencia de producciones dignas de ser exhibidas? Puede que el calor afecte al estado de nuestras neuronas, es cierto, pero no a la cantidad.


En la Tentación vive arriba Tom Ewell y Marilyn Monroe salían del cine después de haber visto otra de las olvidables películas de monstruos de ciencia ficción –de esas que se fabrican a granel y se venden de oferta-. Sin embargo, pocas veces se puede afirmar con orgullo que alguna sala cinematográfica exhiba un ciclo sobre directores ejemplares o films emblemáticos. Aún recuerdo con veneración cuando en una producción francesa, Tangui, dos de los protagonistas sonreían henchidos tras visionar un especial del gran Blake Edwards; o cómo en las intrincadas películas de Woody Allen, los actores suelen mencionar a los grandes mitos del cine–valga de ejemplo el parlamento sobre Ingmar Bergman que se desarrolla en Manhattan-. Pero como antes matizaba, estos son pocos casos aislados, tan sólo reales en el universo de la ficción. En el mundo real estas circunstancias son aún menos frecuentes, si cabe, hecho que pasa inadvertido para muchos, y que nos preocupa a algunos otros.

manhattan


Quizá las aquí escritas parezcan divagaciones propias de esta larga estación. No obstante, estoy convencida de que ustedes reflexionan sobre esta realidad cultural perniciosa de modo tan frecuente y vehemente como yo lo expongo. Desde aquí aliento a las grandes salas de exhibición a que se atrevan a invertir –sin miedo- en reposiciones, sesiones dobles, ciclos e incluso conferencias sobre el ya olvidado “cine de calidad”. Quizá debiéramos volver al pasado, a los conceptos acuñados por Cahiers du cinema y otros pioneros en el gusto por el arte para poder disfrutar, aunque sólo sea durante el estío, de este gran invento que se resiste a ser desterrado. Esta vez nos ha servido como guía y deleite La tentación vive arriba para analizar la realidad circundante, aunque soy consciente de que existen otras muchas grandes obras en las que apoyarse para observar cómo, inexorablemente, todos los años cometemos los mismos errores. Esperemos que la próxima temporada estival podamos ver cómo los fallos han sido enmendados. La fe es lo último que se pierde. Como dijo Manuel Vázquez Montalbán “siempre se espera un verano mejor y más propicio, para hacer lo que nunca se hizo”. Disfruten de su tiempo.

 

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UNA NAVIDAD DE CINE

Lucía Tello Díaz

 

Regalos, turrones, luces… Cámara y ¡acción! Como todos los años, la Navidad ha llegado y, con ella, nuestra ineludible cita con la filmografía navideña, una de las épocas del año que más ríos de celuloide ha vertido. Sin saber a ciencia cierta a qué fenómeno responde tal demanda cinematográfica, lo cierto es que a la vera de estas entrañables fiestas ha surgido un cine propio, un género cinematográfico que, de tan frecuente, viene a ser consustancial al matasuegras, el aguinaldo y el polvorón. 

Pero no es éste un fenómeno nuevo fruto del desaforado consumismo del que hacemos alarde en estas fechas, ni tan siquiera una estratagema comercial urdida por la industria cinematográfica para hacernos caer en su insalvable oferta de ocio familiar. No, el cine de Navidad, el verdadero cinema de uso y disfrute navideño, no es un fenómeno de nuevo cuño, este tipo de filmes son tan antiguos como lo es la propia fábrica de sueños.

Y es que hay pocas épocas en el año que más se presten a la ilusión, a la fantasía y al sueño -que es en definitiva la materia con que se construye la cinefilia-, que la Navidad, esas dos semanas en las que los problemas decrecen, el ingenio se agudiza, y las prisas se incrementan. Por ser la Navidad el momento de magia y encanto que nuestro maltratado mundo merece al menos una vez al año, y por ser este lapso de tiempo la mejor forma de demostrar que la buena voluntad hace milagros, qué mejor que poner veinticuatro imágenes por segundo a los sentimientos de ternura que la Navidad suscita en nosotros, y proyectar sobre la pantalla de nuestro recuerdo las películas que han hecho de la Navidad una de las mejores épocas del año.  

 

Es de obligada mención –cuyo olvido pudiera contemplarse como delito por omisión en el mundo del cinema-, comenzar este azaroso y personal recorrido cinematográfico-navideño con Qué bello es vivir (1946), la inmortal película que Frank Capra le legó a la historia del cine de por vida. Nadie ha podido nunca olvidar el nombre de George Bailey, ni siquiera un espectador olvidadizo podrá negar el encanto natural –y también buscado-, de este drama familiar con moralina, tan cercano y típicamente navideño que se sufre como propio –difícil ver a James Stewart como alguien ajeno-, y cuyas situaciones acaban provocando la más profunda de las adhesiones y empatías. Un personaje, Bailey, tan bondadoso y  magnánimo que consigue de inmediato la identificación del espectador, en una película en la que tan sólo recordar el modo en que  un niño pierde la audición, para emitir un lánguido y sentido suspiro.

Pero no nos llamemos a engaño, no es la sensibilidad el coto privado de la cinematografía navideña, más al contrario, valga como ejemplo que el segundo personaje más recordado de las cintas de estas fiestas lo interpreta el malvado Scrudge, personaje de Dickens encarnado en celuloide de la mano de muy distintos autores, que no sólo le han conferido la malevolencia que ya depositara en él el novelista, sino que le han dotado de un sinfín de caras –incluso la de un cartoon del más avaricioso de los personajes de la factoría Disney en Mickey's Christmas Carol (1984)-. Y es que los personajes malignos aparecen el los filmes navideños como “cláusula de inexcusable cumplimiento”, a pesar de que la mayor parte de éstos estén destinados –mire usted por donde- al consumo infantil. A qué publico si no, iba a ir dirigida una película en la que un niño se queda Solo en casa (1990, Chris Columbus) en Navidad, precisamente el día en que dos infames ladrones osan saquear la propiedad de la familia. O bien, qué publico será el indicado para ver una película en la que Santa Claus sufre un fatídico accidente realizando sus bondadosos quehaceres anuales, lo cual lleva a un padre desesperado a ocupar de forma apresurada su irremplazable puesto en Vaya Santa Claus (1994, John Pasquín). Seguramente el mismo público que estará encantado al ver a un histriónico y verde Jim Carrey danzando por entre la nieve con el firme propósito de arruinar la Navidad, El Grinch (2000, Ron Howard). 

el grinch

Es evidente que tanta crueldad envasada en monodosis cinematográficas no puede tener destinatario alguno si no el infantil. Pero de nuevo las apariencias engañan. El cine cruel aparece como indicado para los niños y los dramas se reconvierten en comedia, aunque para ello sea necesaria la maestra mano del también maestro Tim Burton en Pesadilla antes de Navidad (1993), en la que un  mítico Jack Esqueletor queda fascinado por las “luces de color” del mundo navideño, sin duda más deslumbrante que su lúgubre pasaje infernal. Nada que ver su mundo, por cierto, con el de otro de los iconos de estas fiestas, Elf (John Favreau, 2003), un sobreexcitado elfo que encuentra en la Gran Manzana el mejor escondrijo para que sus babuchas verdes y sus apretadísimos leotardos amarillos –sin duda valiente el polifacético Will Ferrell-, pasen desapercibidos.

La que muy a su pesar no logra pasar desapercibida, es sin duda la mujer cuyos devaneos con Mark Darcy y Daniel Cleaver han revolucionado el mundo del celuloide tanto como el desproporcionado tamaño de su ropa interior, la inconfundible Bridget Jones (2001) de Sharon Maguire, que pronto nos enseñó cómo conseguir a un hombre –y un buen resfriado-, a golpe de sinceridad y nulas porciones de autocontrol.

bridget jones

Pero qué vamos a hacer, la Navidad es así, la nieve cae y la gente se enamora, aunque ésta lo haga de quien nunca debe Love Actually (2003, Richard Curtis), o al menos de quien nunca imaginó que lo haría. Cómo si no se puede explicar que James Stewart encuentre a su amor en la mujer que se ocultaba tras un libro de Ana Karenina a quien, dicho sea de paso, nunca hizo el más mínimo caso en El bazar de las sorpresas donde ambos trabajaban (1940), magistralmente dirigida por el gran –con mayúsculas- Ernst Lubitsch.

Y quién si no su más sobresaliente pupilo, Billy Wilder, hubiera sido capaz de rodar la mejor comedia agridulce de todos los tiempos, ambientada en una íntima y siempre recurrente Navidad neoyorkina, en la que el espectador se sumerge con la comodidad y confianza con que uno se desenvolvería en su propio Apartamento (El, 1960), y que ha legado para la posteridad imágenes tan indelebles y suculentas como el baile que Jack Lemmon comparte con una improvisada partenaire en un escaso bar. Pocas películas son capaces de deslumbrar con tanto talento e imaginación como ésta, en la que un disparo en una rodilla resuena a comedia y un corcho despedido por la furia de un año nuevo resuena a tragedia. Nadie como Billy Wilder es capaz de hacer de lo malo bueno, y de lo bueno, mejor.

No quisiera, ni debiera, cerrar este repaso a la cinematografía festiva sin recordar la más castiza y entrañable de todas las Navidades, a saber: la española. Puede que Manhattan deslumbre, o que el polo Norte se presente como el más indicado decorado para los trances navideños pero, sin ninguna duda, la madrileña calle Mayor y sus irremplazables puestos de Navidad no tienen parangón, por muy espectacular que sea el árbol de Navidad del Rockefeller Center, o lo elevados que sean los efectos especiales de la ciencia ficción foránea. Quizá sea porque la Navidad de mi infancia lleva acento español, o bien porque en mi mente resuenan Alberto Closas, Gracita Morales, José Luís López Vázquez o Pepe Isbert, lo cierto es que ante mis ojos películas como La Gran Familia (1962, Fernando Palacios),  Un ángel tuvo la culpa (1959, Luís Lucía), o la dulce Felices Pascuas (1954) del siempre grande Juan Antonio Bardem, se presentan ante mí como irremplazables, entrañables y mías.

la gran familia

Puede que las Navidades no sean la mejor época del año, puede que en ellas la mezquindad y sordidez humanas sigan actuando del modo en que acostumbran, e incluso puede que la falsedad campe a sus anchas sin atisbo alguno de desvanecimiento; sin embargo, ningún otro momento invita más a la redención que la Navidad. Bien sea en la vida real, o bien vicariamente a través de los siempre útiles fotogramas de nuestra memoria, lo cierto es que nunca mejor que en Navidad para soñar y ser feliz.

Ya saben, tanto si sus vecinos les apoyan, como si deciden comprar un diario, boicotear las fiestas, hacer las veces de Papá Noel, perder a un niño en el centro de la ciudad, defender su casa de ataques o cambiar de apartamento, nunca mejor que estas fechas para empezar de cero. Mientras tanto, tan sólo me resta desearles un año cargado de cinefilia.

Felices Fiestas.      

 

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